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Murilo Mendes Aforismos

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Murilo Mendes

Aforismos

Sabiduría y humor son las columnas que sostienen este leve y elegante edificio de aforismos escritos por el gran poeta brasileño Murilo Mendes. En su inteligente nota, Rodolfo Alonso nos habla de las ricas contradicciones que enaltecieron la vida y la obra de Murilo: cristiano y antifascista; enamorado de su única esposa y devoto de la Venus pagana; místico y humorista; defensor de la iglesia católica y de la liberación social y cultural... Murilo tuvo como principal tema el de la restauración de ``la melodía de la estructura humana'', y en sus aforismos aparecen sus grandes amores: la música, la danza, Luis de Camoens, los clásicos en general y ``el buen gusto'' como forma de vida. Como Murilo, lamentamos que las doctrinas modernas se caractericen ``por una notable falta de poesía''.

Corría el trágico año de 1944. Mientras los Aliados (básicamente Estados Unidos, Inglaterra, la Unión Soviética y la Francia libre) se enfrentaban en los campos de batalla de Europa a la siniestra pesadilla nazi, la Livraria Agir publicaba en Río de Janeiro El discípulo de Emaús, un volumen con los numerosos aforismos de un poeta, Murilo Mendes (1901-1975).

Y si no era en absoluto un libro más, tampoco se trataba de un poeta cualquiera, sino de alguien que junto a autores como Carlos Drummond de Andrade, Manuel Bandeira, Cecilia Meireles, Vinicius de Moraes o Augusto Frederico Schmidt, constituía otra de las grandes figuras de aquel legendario y fecundísimo movimiento modernista brasileño que, desencadenado en la entonces provinciana Sao Paulo durante 1922, había concretado el milagro, inconcebible entonces desde una perspectiva eurocéntrica, de ser a la vez tan cabalmente vanguardista como profundamente nacional. (Y es por eso, entre otras razones, que todavía podemos seguir considerándolo en realidad lo contrario de su homónimo, el modernismo hispanoamericano.)

Junto a esa brillante generación que -precisamente a partir del mismo año en que el peruanísimo César Vallejo publica Trilce en la también provinciana Trujillo- nos permite admitir la absoluta originalidad e incluso la precocidad de las vanguardias latinoamericanas con respecto a sus contemporáneas del Viejo Continente, la figura de Murilo Mendes alcanza una destacada dimensión. No sólo por lo vivo y ricamente contradictorio de su apasionante personalidad, que le permitió ser tan sinceramente cristiano como antifascista; tan enamorado de su única mujer (María da Saudade Corteso) como devoto de la Venus pagana; tan capaz de misticismo como de humor; a la vez defensor de la Iglesia y de la liberación social y cultural. No sólo por todo eso, sino también, y muy especialmente, por la personalísima calidad estética y humana de su extraordinaria poesía, fruto logrado de lenguaje y de pasión, de ironía y de accesis, que se concreta en títulos tan inolvidables como Historia del Brasil, Tiempo y eternidad -en colaboración con Jorge de Lima-, La poesía en pánico, El visionario, Las metamorfosis, Mundo enigma, Poesía libertad , Ventana del caos, Contemplación de Ouro Preto, Siciliana y Tiempo español, entre otros.

Aquellos 750 aforismos que Murilo Mendes reunió durante la segunda guerra mundial en una edición hoy inencontrable y que nunca antes habían sido traducidos a nuestra lengua, conservan por supuesto las huellas de su contexto histórico, político y social, pero no se limitan por ello a la simple categoría de documento. Como palabra de un gran poeta, hay allí atisbos precisos y certeros sobre los más candentes temas que conservan, en su gran mayoría, no sólo una inaudita actualidad sino también, lo que es aún mucho mejor, una explosiva carga de verdad y de belleza.

La moral es la filosofía del instinto de conservación.

Lo difícil no es encontrar la verdad: es organizarla.

El hombre es un ser eminentemente teatral.

La indigestión produce más víctimas que la aviación.

Los artistas piensan que saben. Los científicos no saben que no saben. Los santos saben que no saben.

El amor burgués es la organización de la imprudencia.

Hay hombre que se matan, para no matar.

Una revolución triunfante pierde el elemento novelesco que hay en las conspiraciones. A un poeta revolucionario nunca le gustaría llegar al gobierno. Yo conspiraría si tuviese la certidumbre de perder.

Reformando a Rousseau: el hombre nace malo, la sociedad capitalista lo hace peor.

El surrealismo, intentando sobrepasar los límites de la razón humana, se aproxima a veces considerablemente a la mística.

La invisibilidad es uno de los más bellos atributos de Dios.

El amor es una comunicación de bienes, por eso es anticapitalista; por eso es caridad.

La propiedad colectiva podrá ser desviada de sus fines, y servir tanto al mal y a la injusticia como la propiedad privada.

La vulgaridad al alcance de todos; he ahí la fórmula de la civilización norteamericana.

No deseamos la vuelta del hombre medieval. Deseamos la instauración del hombre ajustado a su vocación y a sus objetivos, de cultura más armónica que especializada, sembrando en el tiempo para recoger en la eternidad, conciudadano de todos los seres y heredero consciente de la promesa divina, hombre supranacional que no confunde la cultura con la técnica, ni el valor con el dinero. Queremos el hombre nuevo que no pone sus fines en sí mismo.

Las doctrinas modernas se caracterizan por una notable falta de poesía.

Dios es infinitamente cortés y tolerante. Hace nacer el sol y la lluvia sobre el primero de los capitalistas y sobre el último de los proletarios.

La lucha de clases proviene de la lucha primitiva de Caín y Abel. Esa lucha es una de las consecuencias del pecado original. La historia de las sociedades es la historia de la caída continua del hombre.

Hay una especie de meditación plástica tan intensa como una meditación filosófica.

La naturaleza es muy surrealista.

Un buen cuadro es el que puede ser fragmentado, sin que se encuentre en cada pedacito ninguna solución de continuidad plástica.

La realidad en la pintura asume el valor de un mito. En la verdadera pintura el genio de la transposición es mucho mayor que el de la descripción.

Se observa un abuso de la línea recta en la arquitectura moderna, y esto es debido a su carácter utilitario. Pero el hombre ya se está cansando, y retomará la línea curva, de acuerdo con la tendencia permanente de la naturaleza humana de retornar a los orígenes, a la línea del vientre femenino, ``a las ideas madres''. Por eso el cementerio debería tener forma oval.

El hombre tiene gemelos que desconoce, esparcidos por toda la creación.

El hombre moderno efectuó la separación entre la palabra y el acto; es un hombre dudoso, farisaico. El hombre Camoens es firme e integral. En él no combaten el sí y el no. El hombre Camoens es el Sí. Su acto es fiel a su palabra. Este Luis de Camoens sabía muy bien qué es el verbo: por eso pudo encarnarlo.

La única posibilidad humana de convertir a un rico consiste en despojarlo de su riqueza.

Actualmente todos, excepto los capitalistas, somos proletarios.

No existe nada más dentro de un concepto lógico, y menos digno de sorpresa, que el desprecio del rico por el poeta.

El poeta es el hombre que da; el rico es el hombre que toma.

A todo se escapa, menos a una metafísica.

¿Habrá algún gran espíritu que no sea clásico?

Los casamientos muchas veces no aciertan porque la mujer, criatura profundamente espiritual -poco conocida del hombre- es casi usada por éste apenas como un bien temporal.

El héroe crece con la propaganda; el santo crece con la discreción.

La burocracia intelectual aumenta día a día.

Siempre, en todos los tiempos, la poesía corrigió a la crítica.

Nada es más individual que el sueño.

La danza está en el principio del culto religioso; su influencia se extiende a todas las cosas.

Hay el hombre que danza y el hombre que es danzado. El verdadero danzarín es danzado.

Dios y la danza caminan del Oriente hacia el Occidente, y volverán al Oriente, cerrando la parábola.

Conforme a los autores la lengua portuguesa es rica o pobre: prefiero la pobre.

Sólo por los místicos, por los músicos y por los poetas se podrá restaurar la melodía de la estructura humana.

El duelo Mozart-Beethoven no tiene razón de existir. La naturaleza de Mozart es más íntima, vocal y profana: la de Beethoven más colectiva, instrumental y religiosa. Pertenecen a dos diferentes familias de espíritus, que un día terminarán por unirse.

Sólo no existe lo que no puede ser imaginado.

El hombre sin música trabaja para su desconsuelo final.

Un día nos reclamarán lo que nos prestaron.

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