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Martin Heidegger, autor de Drácula

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Martin Heidegger, autor de Drácula

Gerardo de la Fuente Lora*
No sé si Heidegger leyó a Bram Stoker o si posó su vista sobre uno o varios Faustos, el de Goethe tanto como las variaciones que sobre esa figura se han efectuado desde Christopher Marlowe, pasando por Thomas Mann. Pero dado que las relaciones intertextuales poseen una densidad y complejidad que superan con mucho la contingencia de que un autor hubiese leído efectivamente a otro, me resulta muy sorprendente un párrafo cerca ya del final de la conferencia "Construir, habitar, pensar", en el que Heidegger concluye una larga exposición en los siguientes términos:

...el habitar es el rasgo fundamental del ser según el cual son los mortales. Tal vez este intento de meditar en pos del habitar y el construir puede arrojar un poco más de luz sobre el hecho de que el construir pertenece al habitar y sobre todo sobre el modo como de él recibe su esencia. Se habría ganado bastante si habitar y construir entraran en lo que es digno de ser preguntado y de este modo quedaran como algo que es digno de ser pensado.1

¿Qué quiere decir Heidegger con que todavía no pensamos el habitar, ni lo hemos considerado digno de meditación, y menos aún "rasgo fundamental" de los mortales? Ya se sabe, según el autor de Ser y tiempo, que todavía no pensamos el habitar, el morar, porque en sentido estricto aún no hemos pensado nada, no hemos siquiera dilucidado adecuadamente lo que "pensar" significaría.

Y sin duda, cuando a pesar de todo "pensamos" en la agitación urbanístico-tecnocrática de nuestro tiempo; cuando nos enfrentamos al parloteo sobre el vivir y la vivienda en términos de planes de desarrollo, presupuestos, programas económicos o incluso literatura light para el consumo de suplementos culturales, no podemos sino concluir con el filósofo que, en efecto, lo único que no habita en todo eso es el pensamiento, cualquiera fuese la definición, en más de una línea, que a esa categoría quisiéramos asignarle.

Pero a pesar del efecto que una primera lectura ingenua pudiera producirnos, no es ese texto urbanístico-tecnocrático-económico el que es objeto del afán polémico de Heidegger. El decir derivado de reflexiones como la de Engels sobre el problema de la vivienda, por ejemplo, sería muy menor como contrincante para quien ha logrado escribir obras de la magnificencia de Sendas perdidas. "Un clásico -ha dicho Borges- es aquel que crea sus propios pre-cursores", es decir, aquel que elige con quién medirse, el que por sí funda los raseros con que habremos de evaluarlo y ante los que él se tasa a sí mismo; sobre todo, un clásico es aquel que escoge frente a qué textos, y sólo frente a ellos, ha de experimentar lo que Harold Bloom denomina la "angustia de las influencias", la ansiedad por saberse repetidor, la angustia de no ser el primero, de tener padres, de no ser autoengendrado.

"Todavía no pensamos el habitar" no es enunciado que se dirija a arquitectos y maestros de obras de toda laya, sino a quienes hicieron del morar, o de la imposibilidad del morar, el tema explícito de una escritura y de un lenguaje que aún nos hablan en sentido heideggeriano, que aún nos construyen. Stoker y Marlowe-Goethe-Mann anteceden a Heidegger y es hacia ellos a quienes se dirige una proposición que no es simple constatar -"resulta que hasta ahora no hemos pensado"-, sino un grito, una rebelión, un imperativo y acaso una súplica: "eso que hasta ahora ha sido, no es, no puede ni debe ser, el pensar el habitar". Precursores angustiosos que no se nombran, pero que, en tanto espectros, vuelven, siempre vuelven.

Como el Fausto que de manera sorprendente irrumpe en medio del comentario heideggeriano sobre el verso de Hölderlin, "...poéticamente habita el hombre": "El hombre, como hombre -viene diciendo el filósofo- se ha medido ya siempre en relación con algo celeste y junto a algo celeste", y en seguida, aparentemente sin ser llamado, Mefistófeles: "También Lucifer viene del cielo", remata Heidegger.2

Según Heidegger el habitar, el sostenerse ahí, en la medida de la apertura entre el cielo y la tierra, "cabe las cosas", es rasgo de la esencia misma del ser de los mortales. ¿Pero qué decir entonces de los inmortales? Pues Drácula es, paradójicamente, la recreación por antonomasia del individuo y de su doble imposibilidad, para habitar y para morir. Es el texto de los que, por singulares, no pueden estar ya más en medio del cielo y la tierra, bajo la luz del sol, sino aparte, abajo, en ninguna construcción entendida en cualesquiera de los dos sentidos que nos propone Heidegger como cultivo paciente o como edificación. El Conde es la anomalía, la monstruosidad surgida de lo rural, que ya no puede sostenerse en el espacio del cultivo, pero al que tampoco le es permitido mantenerse en medio de los edificios, la ciudad, la moral, la ciencia lo persiguen y devuelven al campo, y ahí, de conformidad con el op-timismo romántico de Stoker, lo matan. Pero ese es el problema para Heidegger. Ya que si Drácula a fin de cuentas muere, ¿cómo es posible pensar en un mortal que en su vida, y no sólo en ella, sino en su esencia misma, nunca habitó, nunca "moró" más que en la ausencia total de morada, bajo la tierra, en la tumba? La incomodidad que provocan los inmortales, Drácula y Fausto, radica en que, a diferencia de antiguos dioses, "mueren", si es que en algún sentido pudiera afirmarse que estuvieron "vivos".

El apotegma heideggeriano,"el habitar es el rasgo fundamental del ser, según el cual son los mortales", es el interdicto de Drácula, la prohibición de una forma de individualidad, de un mortal que no habite o de un no-muerto que more. Es eso lo que da qué pensar, lo preocupante, lo digno de ser pensado. ¿Pero es suficiente el interdicto? ¿Nuestro vade retro logrará que los fantasmas no vuelvan? Difícilmente. Porque a pesar de que el filósofo escriba en sus reflexiones sobre el habitar, en una especie de prolongado Antidrácula, ocurre que el Conde y Heidegger mismo se parecen demasiado; ambos encarnan un proyecto similar, el tema de uno y otro es el de qué hay con la extranjería de los hombres en medio de hombres y mundo, de las palabras cabe las palabras. "Sé muy bien que si yo anduviese y hablase en pleno Londres, nadie dejaría de notar que soy extranjero" afirma el conde Drácula, a pesar de que, en el ins-tante previo, el interlocutor londinense a quien se dirige se hubiese maravillado ante la perfección de su manejo de la lengua inglesa.3 Heidegger, por su parte, señala al finalizar La época de la imagen del mundo: "Es ella (la auténtica meditación) la que hunde al hombre en aquel ente que pertenece al ser y, no obstante, sigue siendo un extraño en lo existente."4 ¿Cómo hacer, entonces, para que el pensar, que nos coloca en una suerte de extranjería, no nos conduzca directamente hacia Drácula sino que nos envíe al habitar, al morar, al "cabe las cosas"?

Pero no es sólo Drácula, es también Fausto. Michele Cometa en su brillante ensayo Umbrales del abandono. Espacio, tiempo y paciencia en Heidegger y Peter Handke5 considera que la escritura de estos dos autores es, en una dilatada reflexión sobre la espera, la paciencia secularizada, el sostenerse y perseverar, a la escucha, sí, pero ya sin la trascendencia y los motivos religiosos que de antaño han configurado los conjuntos metafóricos asociados con la promesa, la expectativa y la esperanza. Si en efecto el morar "cabe las cosas" significa en Heidegger un transitar pausado por entre los entes, cuidadoso, con pies mullidos para no atropellarlos y tirarlos, sino dejarlos aparecer y cultivarlos en el despliegue de su esencia; si la superación de la metafísica, el recuerdo del ser, es una crítica a nuestra agitación, al apresuramiento por el que tan fácilmente dejamos de lado la diferencia entre ser y ente, entonces Heidegger escribe un Anti-fausto.

Hemos visto ya a Lucifer mostrarse entre las líneas de un comentario a Hölderlin. También la casa con la que, al final de su conferencia sobre habitar y construir, ejemplifica Heidegger su noción del morar -una "casa en la ladera de la montaña que está a resguardo del viento, entre las praderas, en la cercanía de la fuente" -podría sustituirse por las habitaciones rurales, cerca de Munich, en las que Adrián Leverkühn, el Fausto de Thomas Mann, realizó su pacto con el demonio. Pero de ordinario lo fáustico habita los escritos heideggerianos a modo de contratexto, de sombra, de espejo, pues Fausto es el que no espera más, el atropellado, el que reclama todo hoy, ya y para siempre, el apremiante. ¿Y no es de él de quien habla Heidegger cuando afirma, en La época de la imagen del mundo, que "cuanto más objetivo parece el objeto, tanto más subjetivo, es decir, tanto más apremiante, se eleva el sujeto"?6

En los senderos del bosque podría ocurrir que el ser se abriera y que el hombre, en su esencia, se sostuviera en dicha abertura, si fuese paciente, si se entregara al preguntar y dilucidar auténticos. Pero también podría acontecer que, en un rapto de impaciencia, nos sobreviniera el loco deseo de pactar con Mefistófeles y acceder a todo de una vez, aunque el costo fuera la entrega de la esencia según Heidegger, aunque para abarcarlo todo, no pudiésemos morar ya en nada. Como el Fausto de Mann, en cuyo contrato con Lucifer se establece, explícitamente, la imposibilidad del habitar en un sentido profundo, Adrián Leverkühn, Fausto, obtiene el don de la composición musical no sólo a cambio de su alma, sino sobre todo, de su posibilidad de amar.

Como Drácula, Fausto también "muere", y ese deceso no corresponde a un ser cuyo rasgo fundamental, esencial, haya sido el habitar. ¿Es el texto sobre lo fáustico, ese decir que viene desde Marlowe, y aún antes, y que sigue fluyendo hasta nuestros días, un pensar real, efectivo, profundo, sobre el habitar, o no lo es? Heidegger, sin duda, diría que no. En parte, porque la figura fáustica es una metáfora de la ciencia y la técnica -con su correspondiente metafísica-, a la que el filósofo ha dedicado una demoledora crítica. Pero Heidegger escribe un Antifausto, no tanto por la dilucidación que realiza de la esencia de la técnica, como por el combate en que se empeña contra la impaciencia.

"Lo que hasta aquí se ha presentado como reflexión sobre el habitar, lo mismo Drácula que Fausto -diría el interdicto de Heidegger- no es, no ha sido, no ha debido ser pensamiento." Todavía no hemos comenzado a pensar. ¿Pero no hay en esta especie de tabla rasa heideggeriana algo del apremio fáustico? ¿Y no trasluce la misma impaciencia en la exhortación reiterada a superar la metafísica? Lo mismo que a Bram Stoker, Heidegger se parece a Marlowe-Goethe-Mann, y una profunda angustia de las influencias le impele a negar a sus precursores -"aún no ha habido pensamiento"-, al mismo tiempo que le obliga a reescribir constante, obsesivamente, sus obras. En cada meditación sobre el habitar, el filósofo autografía una nueva versión de Drácula, repite otra vez a Fausto.

¿Y todo esto importa? Sí, porque tanto el Conde como el que pacta con el diablo, emblematizan, al mismo tiempo, a los individuos y a la imposibilidad de que los singulares, los diferentes, los monstruos o inmortales, vivan en comunidad, convivan con el resto de los hombres. Como individuos y porque han llegado a serlo plenamente, "habitan" fuera de la sociedad. Heidegger hubiera querido escribir un Drácula o un Fausto sin inmortales. Unos relatos nuevos en que los hombres, a diferencia de los personajes creados por sus precursores, "habitaran en la tierra":

Pero "en la tierra" significa "bajo el cielo". Ambas cosas co-significan "permanecer ante los divinos" e incluyen un "perteneciendo a la comunidad de los hombres".7

Todavía no pensamos en la comunidad, es cierto. No hemos podido hacerlo. Pero, a juzgar por los esfuerzos heideggerianos, en nuestro empeño de pensamiento habremos de llevar con nosotros a Drácula y a Fausto, querámoslo o no. Por mucho que intentemos eliminarlos, prohibirlos, volverán como espectros, siempre volverán. Ellos son las anomalías, los monstruos, los singulares; ellos son los individuos mismos. Ojalá estemos condenados a repetirlos, y aunque no complazca a Heidegger, a escribir cada vez, como él a pesar suyo, un nuevo Drácula.

* Gerardo de la Fuente Lora (Pachuca, Hidalgo, 1960). Doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México, en la actualidad es profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de dicha casa de estudios, así como de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores. Acaba de publicar Amar en el extranjero. Un ensayo sobre la seducción de la economía en las sociedades modernas.
Bibliografía

Cometa, Michele, "Umbrales del abandono. Espacio, tiempo y paciencia en Heidegger y Peter Handke", en revista Debats, núm. 55, Valencia, marzo de 1996, Edicions Alfons el Magnanim, pp. 54-65.

Heidegger, Martin, Conferencias y artículos, la. ed., España, 1994, Ediciones del Serbal.

———, Sendas perdidas, 3a. ed., Buenos Aires, 1979, Losada.

Stoker, Bram, Drácula, la. ed., México, 1995, Ediciones B.

Notas

1 Heidegger, Martin,"Construir, habitar, pensar", en Conferencias y artícu-los, p. 141.

2 Heidegger, Martin, "...Poéticamente habita el hombre...", op. cit., p. 170.

3 Stoker, Bram, Drácula, p. 33.

4 Heidegger, Martin, "La época de la imagen del mundo", en Sendas per-didas, p. 85.

5 Cometa, Michele, "Umbrales del abandono. Espacio, tiempo y paciencia en Heidegger y Peter Handke", en Debats, núm 55, Valencia, marzo de 1996 pp. 54-65.

6 Heidegger, Martin, "La época de la imagen del mundo", en Sendas per-didas, op. cit., p. 82.

7 Heidegger, Martin, "Construir, habitar, pensar", op. cit., p. l31.

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