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Albert Camus y el Nobel

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Marco A. Cuevas Campuzano, re actualizado por su servidor.

Albert Camus y el Nobel

En este 2010 se cumplen cincuenta años de la muerte de Albert Camus. La lucidez y la honestidad del autor de El extranjero -que recibió como una carga el premio Nobel a los cuarenta y cuatro años-, desde su integridad intelectual, tuvo que soportar que la inteligentzia francesa de la posguerra, mayoritariamente integrista y encabezada por Sartre y su revista Les Temps Modernes, le asestara un golpe tras otro por el pecado de pensar que el hombre rebelde es aquel que repudia los totalitarismos y combate los fanatismos ideológicos.

Dos años antes de su muerte, Albert Camus, el escritor avaro de esa libertad interna que conduceÊal estado de conciencia plena -pues la felicidad es de antemano imposible-, albergaba una idea que lo sedujo siempre: renunciar de manera definitiva a su oficio. Lejos de constituir una decisión, pues ya no vivió lo suficiente, ése fue uno de los tantos remedios que pretendió contra el malestar del artista. En 1958 deseaba, a veces con vehemencia y a veces sin ella, guardarse de volver al estado de desgarramiento interno que precede al alumbramiento de una obra. Sin embargo, sabía que no podría, por más que quisiera, deambular por los pasillos de la contemplación; hombre de acción como era, sólo se sentía vivo con y en el trabajo. Así, veinticuatro meses antes del fin, Albert Camus se esforzaba aún en hacer frente y, en ocasiones, abatir los que para él seguían siendo escollos: la sociedad mundial y los seres del mundo.

Lejos de ser un incentivo para continuar reafirmando su obra, el premio Nobel de Literatura -que recibió el 10 de diciembre de 1957, a los 44 años de edad- fue una carga que apenas pudo soportar sobre sus hombros. En el París de la segunda mitad del siglo XX, se tenía la certeza de que el Nobel era el último clavo sobre el ataúd de una obra terminada. Los últimos franceses galardonados reafirmaban esta idea: André Gide lo había recibido en 1947, a los 78 años de edad (cuatro antes de morir), y Francois Mauriac en l952, a los 67, aunque este último murió hasta 1970. Los enemigos de Camus, entre los que se contaban varios ex amigos como Pascal Pia, decidieron que había llegado el momento preciso para que el autor de La peste recibiera su ``segunda lección''.

La primera fue en septiembre de 1951, cuando Camus publicó El hombre rebelde, libro polémico que distinguía y diferenciaba los conceptos de revolución y rebeldía; además cuestionaba analíticamente y denunciaba a los regímenes totalitarios, incluyendo al comunismo y a las posturas filosóficas de la época, tales como el nihilismo, concepto que, según Camus, conduce invariablemente a la servidumbre. En mayo del siguiente año, en su revista Le Temps Modernes, Jean-Paul Sartre y un exegeta sartreano, Francis Jeanson, criticaron e insultaron al libro y a Camus, situación que desembocaría, después de variadas disputas, en una ruptura Camus-Sartre y en un duro golpe para el primero.

Los editoriales en los periódicos no dejaron en ningún momento que disminuyera el ruido alrededor de Camus y del premio; con comentarios crueles y virulentos, los periodistas e intelectuales le reprochaban posturas políticas y silencios, e incluso lo difamaban achacándoleÊfrases que nunca dijo o tergiversando ideas que no habían podido (o querido) comprender. Si Camus había dicho que el rebelde sólo podía conservar su valía como ser humano si respetaba la vida de los hombres sobre cualquier ideología, ahora lo tachaban de falso rebelde, indigno para la izquierda. Si en alguna ocasión Camus había denunciado a los escritores que realizaban su tarea movidos por el dinero, ahora le tocaba el turno de ser juzgado por recibir la recompensa del Nobel (que estuvo a punto de rechazar). Los que acusaban a Camus no sabían que la última decisión a este respecto fue de Gastón Gallimard, patriarca que reinaba con poder absoluto sobre la editorial del mismo nombre: al ser Camus lector y autor en esta compañía, Gallimard juzgó impertinente un desaire a la Academia Sueca, aunque años más tarde no obligaría a otro autor de la casa, Sartre, a cumplir de la misma manera con el compromiso.

Al momento de conocer la decisión unánime para entregarle el Nobel, Camus declaró que a partir de entonces iba a tener más enemigos que amigos. Eso lo torturaba. Pero siendo un escritor acostumbrado a la hostilidad de los intelectuales parisinos, además de un gran lector de Nietzsche, sabría distinguir lo verdadero de lo falso y beneficiarse del dolor que le brindara el desencanto. Camus sabía a qué se enfrentaba; tal vez por eso nunca se cansó de repetir que no él sino André Malraux, una gran influencia de juventud, debía ser el laureado de ese año.

Sin embargo, el golpe más duro lo iba a recibir después de la ceremonia de premiación y mucho antes de la serie de repercusiones a posteriori. En una de las tradicionales recepciones que se organizan en honor de los ganadores de un Nobel, enfrente de una multitud de estudiantes universitarios, Camus era cuestionado sobre su carrera literaria, sus gustos personales, sus aficiones, sus influencias y muchas otras cosas que debía responder para cumplir con el protocolo. Aburrido por la incomodidad de verse situado en el pedestal de los ``grandes pensadores, intelectuales escritores'', en el que de momento, según sus propias palabras, no consideraba estar, Camus se sentía muy mal en la velada. De pronto un joven se puso de pie para tomar la palabra. Se trataba de un argelino que inmediatamente le reprochó, con energía, su silencio con respecto al asunto de Argelia, aún colonia francesa por esos años (en esos momentos del reloj histórico, en Argelia, patria natal amada por Camus, se gestaban los acontecimientos políticos, sociales, culturales y económicos -con violencia o sin ella- que desembocarían en la revolución que le dio la independencia a Argelia en 1962; es decir, dos años después de la muerte del autor de Calígula). Camus trató de conservar la serenidad y la cordura ante este nuevo ataque. En realidad, el joven venía a sumarse a la larga lista de amigos, enemigos y gente que le reclamaba, desde dos años atrás, su falta de compromiso en un asunto en el que él era pieza fundamental (o al menos así querían verlo). Lo que ese argelino no podía comprender era cómo el hombre que con tanta vehemencia había defendido los derechos de los ``indígenas'' de Argelia (musulmanes, árabes y cabilas), el hombre que rompió con el Partido Comunista argelino por las injusticias cometidas en contra de los nativos de su nación en nombre de una ideología, ahora prefería guardar silencio en vez de participar en la construcción de la nación argelina independiente. Lo que ese estudiante ignoraba, al igual que todos los demás, era que Camus, antes que cualquier otra cosa, era prudente, y que si guardaba silencio respecto a lo que tanto amaba era precisamente para no contribuir a su ruina. Más allá de convertirse en una abstracción, en soberbia o en una pretendida indiferencia, el silencio sería una toma de postura mesurada en medio de los gritos de odio, el dogmatismo absoluto y la descalificación sistemática.

Para comprender esta tragedia en la que Camus vivía y se desesperaba, habrá que entender, en primer lugar, que el autor de Bodas era francés, nacido en Argelia, sí, pero francés a fin de cuentas. Al igual que sus posturas ideológicas, en este aspecto de su vida sus actos guardaron estrecha relación con su realidad, y su realidad no congeniaba con la idea de que el fin justifica los medios. Primeramente, y como lo había demostrado en 1955 durante un llamado público a la tolerancia y al diálogo en Argel, en medio de una violencia extrema y de amenazas de muerte, ahora se pronunciaba a favor de una Argelia unida, fraterna, en donde musulmanes, cabilas, árabes y franceses -de Francia y de Argelia- viviesen en paz. Después de todo, su madre, sus tíos, su hermano, sus sobrinas, la familia de su esposa Francine y algunos de sus mejores amigos continuaban en ese lugar. Entonces, ¿a qué podía aspirar este hombre si su moral, su razón y sus sentimientos se encontraban al final de un oscuro callejón sin salida? A pesar de eso, el mutismo de Camus fue un voto por la paz y la igualdad de seres humanos universales, no de argelinos o franceses exclusivamente.

Además, el escritor nunca se detuvo, ni en el terreno de las ideas ni en el de las acciones. Sin alardes de egocentrismo o protagonismo (como, por el contrario, acostumbraba Sartre), Camus, con actos eficaces y reales, salvó la vida a un considerable número de personas (150, aproximadamente) condenadas injustamente a muerte en Francia y en el extranjero. Intercediendo personalmente por ellas, logró mucho más que estampando una simple firma en los manifiestos de izquierda o de derecha, ya fuera en los desplegados del Frente de Liberación Nacional Argelino (FLN) o en las peticiones del prefecto de Argel.

El fantasma de la muerte sobre su patria acompañó a Camus hasta el final de sus días. Pero en aquella reunión con los universitarios ya había dudado. Se preguntaba si el joven estudiante argelino no tendría razón al recriminarle, con todo el odio del que era capaz, y en su forma de ver las cosas, su ``pusilanimidad''. El tiempo vendría a dar la razón a cada cual. Se hizo caso omiso de la tolerancia y la mesura, y los ríos de sangre se desbordaron en Orán, en Argel, en Constantina. Albert Camus se habría marchado a Canadá, pues años antes le había dicho a un amigo que no soportaba vivir en una nación (Francia) que se esforzaba en hacer sentir a su gente como extranjeros en su propio hogar. En esta ocasión, al hablar de ``gente'' hacía alusión a los franceses pobres de Argelia (entre los que se contaba su propia familia) y a los hombres humildes universales, oprimidos en cualquier parte; porque ``en ellos reside el honor y la grandeza de este mundo''.

Así pues, el autor de la novela inconclusa El primer hombre recibió en 1957 el último galardón que coronaba la grandeza de una obra recién comenzada. Monsieur Albert Camus, un francés de Argelia nacido el 7 de noviembre de 1913, murió como vivió: sin querer ser víctima ni verdugo, esforzándose por ser justo en todo, sin acceder a entrar en el doble juego mundano de dar la razón a éste para desmentir a aquél, y reclamando la independencia en la interdependencia.

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