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Gaston Bachelard El cosmos del hierro

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Gaston Bachelard

El cosmos del hierro

Gaston Bachelard, nos entrega en este número sus acercamientos, comentarios, admiraciones y deslumbramientos sobre el titánico trabajo de Eduardo Chillida, iniciador de una de las revoluciones estéticas más importantes de los últimos tiempos. Chillida se fue hace unos días y su obra vive en el corazón de nuestro Palacio de Bellas Artes. Para despedirlo y seguirlo viendo nos ayudarán las palabras de Bachelard: “Desde que he prendido en una esquina de mis estanterías de libros tres fotografías de las obras de Chillida, me despierto mejor. Enseguida estoy más contento. El trabajo me gusta. Y me sucede, a mí que soy un viejo filósofo, que respiro como un herrero.”

Eduardo Chillida. Foto: archivo personal/Museo Chillida.LekuEl cosmos del hierro no es un universo inmediato. Para abordarlo hay que amar el fuego, la materia dura, la fuerza. Solamente se lo conoce a través de actos creativos, valientemente educados.

Antes de internarse en la forja creativa, Eduardo Chillida probó destinos mucho más simples. Quería ser escultor. Siguiendo el aprendizaje clásico, le pusieron arcilla en las manos. Pero, cuenta él, sus manos se rebelaron pronto. Más que moldear, él quería desbastar. Ya que había que aprender a trabajar los espacios sólidos, al principio manejó el cincel contra bloques de escayola. ¡Pero la escayola solamente le procuraba delicadezas baratas! Él quiere la lucha de las manos fina y fuerte: la piedra caliza y el granito hacen de Chillida un escultor consumado.

¿Pueden detenerse aquí semejantes sueños de dureza progresiva? ¿No es el cincel el vencedor cotidiano de la piedra? El hierro es más duro que el granito. En el extremo del sueño duro, reina el hierro.

Para colmo, este gran luchador de las materias duras encuentra que la masa interna de las estatuas conserva una dureza intacta. Sueña con una escultura que provoque a la materia en su intimidad. Para Chillida, la escultura de la piedra encierra un espacio más pesado, un espacio que el creador humano ha dejado sin trabajar. Para ayudarnos a disfrutar del espacio material reanimando las fuerzas esenciales, la piedra ya no es útil. La piedra es masa, nunca es músculos. Eduardo Chillida quiere conocer el espacio musculoso, sin arcilla ni pesadez. El ser del hierro es todo músculo. El hierro es fuerza recta, fuerza segura, fuerza esencial. Se puede construir un mundo vivo cuyos miembros son todos de hierro. Chillida tira el cincel y el mazo. Toma la pinza y la maza de herrero.

Así es como un escultor se convirtió en herrero.

Chillida y sus asistentes en su taller de la villa Paz, 1990Pero la revolución estética a la que nos arrastra Eduardo Chillida exige una decisión aún mayor. Tenemos que descargar al hierro de todos sus cometidos tradicionales, de todas sus obligaciones utilitarias. Con el hierro, el artista no está condenado a hacer "objetos". Tiene que hacer "obras", sus obras. El hierro, como el color, tiene derecho a ser original. El hierro de Chillida no es el hierro de nadie. Este singular herrero tiene verdaderamente sueños de hierro, dibuja con hierro, ve con hierro. Y mientras está en mi habitación, contándome sus entusiasmos de trabajador, le veo atento a los ruidos; escucha al hierro que propaga su fuerza a través de los espacios dominados; escucha al hierro repetir su poder en unas formas que son como ecos materializados. ¡Los ecos! Ese es el título que Chillida ha dado a cinco anillos amorosamente situados como los huesecillos de una inmensa oreja "externa". Pues el artista tiene todos esos sueños, sueños de silencio y de musicalidad, en medio del escándalo de su fragua.

He aquí algunos de los más grandes: Chillida quiere que el hierro nos revele realidades aéreas. En el pueblo de la costa vasca donde vive, edificará sobre una roca frente al mar una antena de hierro que tiene que vibrar con todos los movimientos del viento. A ese árbol de hierro que hará brotar de la roca lo llama Peine del viento. La roca, por sí misma, respondería masivamente a las fantasías de la tempestad en su pico aislado. El hierro, multiplicado en sus ramas por el martillo soñador, dará toda su amplitud a la cabellera del viento.

Otras piezas aéreas tienen que ser suspendidas. Dicen su armonía en todas las direcciones. Están compuestas tan sólidamente que nos olvidamos del hilo que las sostiene. Hay en ellas una especie de libertad de símbolos. Cada soñador puede encerrar allí sus sueños. Para mí, esas obras del hierro volador son jaulas-pájaros, pájaros-jaulas, jaulas que van a emprender el vuelo; pero no fuerzo a nadie a soñar como yo, a leer como yo lo hago el destino de esas obras que realizan una síntesis de la sustancia y del movimiento. Con el hierro, el movimiento fuerte ha encontrado su verdadera sustancia. Lo cierto es que Chillida despierta la ensoñación del hierro en libertad.

Por otra parte, en todas las obras de Chillida el hierro impone sus propias iniciativas. La obra se desarrolla sin plan ni dibujo previos. Este herrero, que desea realizar en toda su pureza el ensueño de la fragua, es hostil a toda maqueta. Un modelo reducido no sería más que un entramado de alambres plegados por unos dedos perezosos. Sería la negación misma del genio de la fragua.

¡Con qué fervor me cuenta Chillida el crecimiento autónomo de una obra! Al hablar, revive el diagrama de su trabajo. Un día , el martillo más grande trabajó sin parar; la pieza fue introducida diez veces en el fuego. Otro día, en el extremo del yunque, con pequeños gestos, el martillo forjaba una imagen ligera, contento de soñar. ¡Qué diferencia entre el brotar de las chispas bajo los golpes excesivos y los pequeños estallidos del hierro al oscurecerse! Es en estas experiencias cuando el herrero siente todos los dramas –¡tan diversos!– del hierro y del fuego.

Pero llega la hora en que el trabajador sabe que el drama ha acabado, que se han alcanzado las dimensiones de la obra. El espacio ha sido conquistado. Entonces, el escultor-herrero está seguro de que ha hecho decir al hierro aquello de que era incapaz la piedra. Ha encontrado el secreto de la solidez liberada de toda inercia.

Si nos sintiéramos tentados a designar estas obras bajo el título general de forja abstracta, inmediatamente perderíamos el beneficio de la sorprendente estimulación que dan a la imaginación material. Significaría juzgar únicamente por las formas unas obras hechas en honor de la materia. Aquí el herrero nos invita a sus largos ensueños sobre la imagen material del hierro. Conoce el alma compleja del hierro. Sabe que el hierro tiene extrañas sensibilidades. Hierros que se creían acabados por sabias metalurgias continúan viviendo sordamente. Poco a poco, reciben una pátina interna que resurge en la fragua bajo la violencia del martillo. ¡Pero más complejos aún se vuelven los hierros abandonados! Para las puertas de la basílica consagrada a la Virgen de Aránzazu, Eduardo Chillida quiso partir de un hierro empobrecido, un hierro viejo, abandonado. Martilleó el hierro oxidado. Ahora el óxido se ha insertado en el metal, inofensivo, reconciliado. Aporta unos valores fauves al gris implacable del metal. Y las puertas son felizmente jóvenes y viejas a un tiempo, sólidas en el umbral de la nueva iglesia.

Sin duda, ha pasado la época en que los buenos cuchilleros enterraban durante largos años el acero que tenían que trabajar. No obstante, en un libro muy positivo sobre el oficio de cerrajero en la Encyclopédic Roret, se lee: "El hierro y el acero parecen adquirir calidad mediante una larga estancia alejados de la luz, en lugares oscuros y húmedos […] Los herreros que necesitan una pieza de hierro de gran tenacidad, utilizan preferentemente chatarras que hayan permanecido mucho tiempo en un muro, como los goznes de puertas y rejas […] En España, los buenos cañones de fusiles se hacen con viejas herraduras de mulas; por eso las escopetas más apreciadas llevan el nombre de ‘herraduras’ en el cañón."

Las tradiciones y los ensueños son constantes: el verdadero herrero no puede olvidar los sueños primitivos. El ensueño concreto lo domina. Todo en él se vuelve historia, larga historia. Recuerda el óxido y el fuego. El fuego sobrevive en el hierro frío. Cada martillazo es una firma. Cuando se participa no sólo de la obra realizada, sino del trabajo tomado en su fuerza y en sus ensueños, se reciben impresiones al mismo tiempo tan concretas y tan íntimas que se siente claramente que las seducciones de un arte abstracto son ineficaces.

Así, con la obra del hierro estetizado, frente a un cosmos metálico, no sólo hay que contemplar, hay que participar en el devenir ardiente de una violencia creadora. El espacio de la obra no está solamente geometrizado. Está dinamizado. Un gran sueño rabioso ha sido martilleado.

Pero ¿acaso no se encuentran inconscientemente dentro de nosotros mismos, simples hombres de manos pálidas, esos sueños? Lo que aquí se nos ofrece, ¿no es un gran sueño de primitivismo humano? Muy lejos, en un pasado que no es el nuestro, viven dentro de nosotros las ensoñaciones de la fragua. Es saludable hacerlas revivir. ¡Qué consejo de fuerzas, de jóvenes fuerzas, en la obra de Chillida! ¡Qué llamada a la energía matinal! ¡Qué cosmos de mañana vigorosa! Desde que he prendido en una esquina de mis estanterías de libros tres fotografías de las obras de Chillida, me despierto mejor. En seguida estoy más vivo. El trabajo me gusta. Y me sucede, a mí que soy un viejo filósofo, que respiro como un herrero.

Traducción de Kosme de Barañano

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