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No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

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La supervivencia como pasión

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Elias Canetti

La satisfacción al sobrevivir, una especie de placer, puede convertirse en una pasión peligrosa e irrefrenable. Crece en la medida de sus posibilidades. Mientras más grande sea la pila de muertos entre los cuales uno se sostiene en pie, mientras más seguido se tenga esta experiencia, tanto más fuerte e ineludible se vuelve la necesidad de tales pilas. Las trayectorias de héroes y mercenarios hablan de un tipo de adicción imposible de remediar. La explicación habitual dada en estos casos es la siguiente: tales personas sólo pueden respirar bajo peligro; toda existencia pacífica y tranquila les sería sombría y sin gracia, no podrían hallarle gusto a una vida apacible. La atracción del peligro no debe ser subestimada. Pero se olvida que esta gente no parte sola a sus aventuras, que hay otros con ellos que sí sucumben al peligro. Lo que ellos necesitan realmente, de lo que ya no pueden prescindir, es del placer siempre renovado de sobrevivir.

Pero tampoco se trata de que siempre tenga que exponerse uno mismo al peligro para satisfacer este placer. Nadie puede derribar por sí mismo a tantas personas. Sobre los campos de batalla hay un número incalculable de personas ocupadas en la misma tarea, y cuando uno es su comandante, cuando uno controla sus movimientos, cuando la batalla es el resultado de una determinación personalísima, entonces uno puede apropiarse también del resultado, así como de los cadáveres en general, de los cuales uno es responsable. No en balde el general porta su orgulloso título. Él ordena: él envía a sus hombres a morir contra el enemigo. Cuando alcanza la victoria, todo el campo raso de muertos le pertenece. Unos cayeron a su favor, otros en su contra. De victoria en victoria, él sobrevive a todos ellos. Los triunfos que celebra expresan de forma muy exacta lo que más le importaba. Su relevancia se mide según el número de muertos. Cuando el enemigo se rinde sin una batalla auténtica, cuando hay pocos muertos reunidos, el triunfo es ridículo. Cuando el enemigo se defendió con valor, cuando se peleó con fervor por la victoria y costó un alto número de víctimas, el triunfo es glorioso.

"Al librar la mayor cantidad de batallas y matando el mayor número de enemigos, César superó a todos los héroes de guerra y los generales juntos. Pues en los casi diez años en que hizo la guerra contra las Galias, tomó por asalto a más de ochocientas ciudades, subyugó a trescientas tribus, combatió poco a poco a tres millones de hombres, mató a un millón de ellos en la contienda y tomó prisioneros a un mismo número."

Este juicio es de Plutarco, uno de los espíritus más humanistas que ha dado el mundo, a quien no se le puede atribuir ni gusto por la guerra ni sed de sangre. En esto radica su valor, porque hace un balance muy agudo. César peleó contra tres millones de enemigos, mató a un millón, capturó un millón más. Fue superado por generales posteriores, tanto mongoles como no mongoles. Pero este juicio antiguo también es característico de la ingenuidad con la cual todo lo que sucedió se atribuye sólo al general. Las ciudades conquistadas por asalto, los pueblos subyugados, los millones de enemigos abatidos, masacrados y capturados, todos ellos pertenecen al César. No es la ingenuidad de Plutarco la que se refleja, es la ingenuidad de la historia. Desde los informes de guerra de los faraones egipcios uno está acostumbrado a esta ingenuidad y hasta el día de hoy apenas algo ha cambiado.

A tantos enemigos sobrevivió pues César venturosamente. En tales circunstancias se considera indiscreto tomar en cuenta las pérdidas propias. Se sabe de ellas, pero no se le reprochan al gran hombre. En las guerras del César no fueron muchas, comparadas con el número de enemigos caídos. De todas maneras, él sobrevivió a algunos miles de aliados y romanos. Desde este punto de vista tampoco salió con las manos vacías.

Estos ufanos balances han sido transmitidos de generación en generación, y en cada una se han hallado potenciales héroes belicosos. Su pasión por sobrevivir a incontables seres humanos ha sido atizada hasta el frenesí a través de estos balances. El juicio de la historia parecía justificar su plan, incluso antes de que ellos lo hubieran realizado. Quienes mejor saben manejar esta forma de supervivencia, tienen en la historia el lugar más grande y seguro. Al final de cuentas, en esta especie de distinción póstuma, más que la victoria o la derrota, vale el monstruoso número de víctimas. Cabría preguntarse cómo se sentía en realidad Napoleón durante la Campaña de Rusia.



Traducción del Seminario de traducción del Departamento de Letras Alemanas de la FFyL de la UNAM.

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