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La tradición según Gadamer

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Carlos Oliva Mendoza


Afirma Carlos Oliva que ni el siglo pasado ni éste que comienza han sido propicios para albergar “una obra sistemática al estilo de las anteriores ontologías y metafísicas que explicaban la totalidad de lo real”, pero que el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer se atrevió a intentarlo, sobre todo con su fundamental Verdad y método. Nacido al mismo tiempo que el siglo XX y muerto el año pasado, Gadamer es uno de los teóricos del pensamiento más relevantes de la actualidad. En este ensayo, Carlos Oliva nos invita a que, junto con Gadamer, regresemos “a la vieja idea griega del pensar”.
Para Mariflor Aguilar
Nadie conocerá jamás el verdadero comienzo de su experiencia existencial. Habrá siempre una experiencia, una instrucción y un ensayo de las propias fuerzas, y al final una barrera infranqueable.
Gadamer
El 14 de marzo del año pasado murió en la ciudad de Heidelberg el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer, fundador de la llamada filosofía hermenéutica y el más importante pensador de la idea de tradición dentro del discurso filosófico occidental en el siglo pasado.

Gadamer nació en 1900 en Breslau. Vivió un siglo aún incomprensible. Un siglo de oprobio: dos guerras mundiales, la locura del fascismo, la represión de los imperios socialistas, la infinita decadencia del capitalismo occidental, la hipocresía de la justicia en medio de las dictaduras y su sistemática violación de los derechos humanos, la invención y utilización de tecnologías de guerra y exterminio como nunca antes en la historia de la humanidad. Este fue el principal e inevitable contexto de creación de la destacada obra del pensador alemán. Gadamer escribía en 1971:

Vivimos en una época en la que la ciencia trae consigo el progresivo dominio de la naturaleza y regula la administración de la convivencia humana, y este orgullo de nuestra civilización, que corrige incansablemente los fallos de sus éxitos y crea constantemente nuevas tareas de investigación científica que fundamenta a su vez en el progreso, la planificación y la remoción de daños, despliega el poder de una auténtica ofuscación. Insistiendo en la vía de la configuración progresiva del mundo mediante la ciencia, se perpetúa un sistema al que la conciencia del individuo se somete resignada y ciega o contra la que se rebela no menos ciegamente.

Este espacio que se instaló con especial violencia dejó atrás cualquier pasado con pretensiones de normar el tiempo actual. Todavía en el siglo xix había lugar para discutir sobre la inserción de la técnica y la ciencia en las decisiones de la moral pública, de las costumbres y de las creencias de los pueblos; en el siglo xx, por el contrario, esa discusión tiene un impacto mínimo en la vida cotidiana, la cual ha asumido como parte de su propia condición la formación tecnocrática del ser humano. No existe más un sentido común que aspire a un bien común; en las grandes urbes del mundo, experimentos descontrolados de la ciencia y la técnica, existe la dinámica propia del capital: preservar la vida y buscar, día tras día, la satisfacción y el placer que nos ofrece esa deslumbrante mercancía en el escaparate mundial.

Dentro de ese siglo y ese mundo no había, como no hay ahora, lugar para una obra sistemática al estilo de las anteriores ontologías y metafísicas que explicaban la totalidad de lo real. Sin embargo, Gadamer lo intentó. Su obra Verdad y método, el texto más importante de la hermenéutica en el pasado siglo, es un intento de hacer explícitas las estructuras de comprensión del ser humano. Una obra no sólo con pretensiones ontológicas, esto es, no sólo preocupada por responder a la pregunta de lo que somos y lo que es el ser, sino con rasgos metafísicos. El trabajo de Gadamer sale de la dinámica que se estableció en el pensamiento moderno desde el siglo xiii, donde se perfila la categoría del "Hombre" como fundamento para explicar el sentido del mundo y de la vida, y tiene que lidiar con "cosas" que superan la vida finita de cualquier ser humano: la religión, el arte, el juego, el lenguaje y la comunidad. Ese es el carácter metafísico de la obra de Gadamer.

Recuerdo cuando a Borges le preguntaban por la presencia de lo trascendental en la vida y él nombraba los grandes temas de la humanidad, pero finalmente señalaba que el agua en contacto con nuestro cuerpo es un momento metafísico. Así es la tensión de la obra gadameriana, una obra con pretensiones de universalidad, de trascendencia, que teorizaba desde las pequeñas cosas, los diarios comportamientos de resistencia en la cultura occidental. No casualmente Gadamer nos recuerda el significado etimológico de teoría. Theorós, en griego, es el que participa de una fiesta y la theoría "es verdadera participación, no hacer sino padecer, un sentirse arrastrado y poseído por la contemplación".

Como en toda metafísica que intenta comprender el comportamiento de los hombres y las mujeres, pero que a la vez se resiste a instaurar un poder que termine con ese remanente incomprensible que tiene todo actuar en el mundo, Gadamer, como Platón, realizó una obra con dos características fundamentales: la conciencia del fracaso del pensamiento y el optimismo de la permanencia del ser humano en el mundo.

La difícil dialéctica que arman estas dos posturas sólo se pudo originar en un pensador que renunció a los límites canónicos de la llamada modernidad occidental. Los aportes de Gadamer a la comprensión de la filosofía antigua, especialmente sus estudios sobre Platón, rompieron el molde del especialista. No parecía posible que un intelectual, tan importante para la filosofía contemporánea, un participante central en los debates de aquel siglo, fuese a la vez un teórico tan luminoso sobre otras formas históricas del pensamiento. Y Gadamer lo fue de manera ejemplar, con él regresamos a la vieja idea griega del pensar, donde este verbo implica antes que nada constatar que las cosas existen, participar de una vida que nos trasciende y que paradójicamente nos incluye. De esa forma, se rompe cualquier cerco dictado por la academia y se trata de pensar como se actúa, con una carga de creencias y supuestos que siempre, en cada momento y pese a su contingencia y carácter temporal, implican la búsqueda de lo correcto.

Bajo este supuesto –señalar que toda comunidad busca ser comprendida e intenta regirse por actos justos y honestos–, se tiende naturalmente a darle un peso central a la tradición de los pueblos, y con esta propuesta nuclear es que Gadamer protagonizó, entre muchos otros, dos de los debates más importantes para el pensamiento occidental en el presente siglo. Sus discusiones con Habermas y Derrida, más allá de las figuras involucradas, implicaban el debate entre las posturas filosóficas nodales del siglo xx. Por un lado, el debate con Habermas enfrentó a la hermenéutica con la teoría crítica posmarxista y el debate con Derrida con lo más granado de las propuestas posmodernas. Debates sin posibilidad de acuerdo, en ellos quedaba demostrado que la posibilidad de verdad no podía ser alcanzada en su totalidad por ninguna postura, pero que tampoco era una cuestión negociable o acordada. A la pregunta, con pretensiones científicas de la escuela crítica, sobre cómo saber que está aconteciendo lo correcto dentro de una tradición y no que se trata sólo de una situación de enajenación y poder, Gadamer contestará como el viejo Sócrates: "no lo sé". Con lo que Gadamer insistía en el peligro de justificar desde la teoría la figura del "ingeniero social", el detentador del poder situado muchas veces de manera absurda a la izquierda o a la derecha, pero igualmente peligroso a la hora de detentar y ejercer poder. Ninguna teoría puede decirnos qué es o qué no es lo correcto, eso está dado por la tradición, su práctica y su dinámica de cambio y resistencia, su fractura y su continuidad. "La reflexión hermenéutica –dice Gadamer– se limita a abrir posibilidades de conocimiento que sin ella no se percibirían. No ofrece un criterio de verdad."

Si los ataques hacia Gadamer por parte de las escuelas críticas del pasado siglo han insistido en que es un pensador que reniega del progreso, de lo moderno, lo revolucionario, y que cifra sus mayores
esfuerzos en criticar a la Ilustración, mientras defiende de forma conservadora a la tradición y al sentido común; las tradiciones posmodernas insisten en lo contrario. Desde esta perspectiva Gadamer fue finalmente un metafísico más, defensor de la idea de buena voluntad kantiana y de las ideas cristianas y platónicas de la permanencia de lo bello y lo justo. Un erudito personaje que confió en que el diálogo no sólo era posible, como lo creen las escuelas críticas, sino que ya estaba dado en la misma tradición, de forma que sólo era necesario comprenderlo. Así se entendería el famoso párrafo escrito en Verdad y método: "En principio toda lengua en la que vivimos es inagotable, y es un craso error concluir de la existencia de diversas lenguas que la razón está escindida. Lo contrario es lo cierto. Justamente por la vía de la finitud, de la particularidad de nuestro ser, visible también en la diversidad de las lenguas, se abre el diálogo infinito en dirección a la verdad que somos."

Pero Gadamer contesta a esta crítica posmoderna que lo tildó de idealista, una vez más, siguiendo los pasos de Platón y demostrando que él también supo conocer lo trágico en su clave irónica. En su debate con Derrida, el hermeneuta dice: "Aun los seres inmorales tratan de entenderse" y, más adelante, "estoy esperando que él me disculpará si yo intento entenderlo". Con base en esas ideas prácticas arma Gadamer todo un discurso sobre el hecho irrebasable de la necesidad, el deseo y la posibilidad de comprensión e interpretación del discurso de otros y otras. Sin que este hecho le haga perder de vista una premisa hermenéutica que las teorías críticas y revolucionarias olvidan: comprender por completo lo que nos es ajeno es imposible. En ese sentido Gadamer ha escrito: "Una experiencia perfecta no es un perfeccionamiento del saber, sino una apertura perfecta a una nueva experiencia."

Mucho se seguirá diciendo sobre esos debates y en general sobre la producción intelectual de Hans-Georg Gadamer. El presente es sólo un texto con una pretensión platónica: recordar. ¿Cuáles son las cosas pertinentes de contar?, ¿qué es lo que esa persona fue? No lo sé. Tan sólo recuerdo de sus textos una prosa diáfana, feliz y asombrada. De Gadamer se aprende, como de pocos otros filósofos y filósofas, una actitud humilde del pensamiento frente a lo cotidiano. El gesto, el saludo, la frase que se repite millones de veces y que tiene millones de traducciones constata el milagro cotidiano de permanecer unas con otros y de participar de aquello que permanecerá más allá del instante nuestro. No parece ser otro el fondo de todo intento de interpretación del mundo y sus pobladores.

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