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No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

La reconstrucción de la memoria en las Repúblicas de Indios: Enrique Florescano

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Enrique Florescano

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Las catástrofes que diezmaron a la población indígena en las primeras décadas del siglo XVI, y la voracidad de los colonos que demandaban más trabajadores, condujeron a nuevas formas de organización de la población nativa.1 Así, entre 1540 y 1600 los debilitados sobrevivientes de las grandes mortandades fueron obligados a abandonar sus antiguas moradas y forzados a “congregarse” en nuevas poblaciones, a las que se llamó Repúblicas de Indios. En estos nuevos pueblos, trazados a la española, se llevó a cabo un inusitado programa de hispanización de la vida individual, familiar y colectiva de los indígenas. A partir de entonces sus formas de gobierno, sus creencias religiosas, los modos de vestir, algunos hábitos alimenticios y la vida pública y ceremonial adoptaron las tradiciones españolas.
Una de las consecuencias del programa de congregación de pueblos fue la separación de los indígenas del conjunto social. En primer lugar por una barrera territorial, pues los nuevos pueblos se concibieron como residencia propia de los indios, con exclusión de blancos, negros y castas. En segundo lugar por una barrera jurídica, porque la Corona estableció tribunales especiales que protegieron los derechos de los pueblos en forma privativa y paternalista. Y, por último, por una barrera económica, porque los pueblos de indios se convirtieron en una fuerza de trabajo subordinada a las necesidades de la economía española (por esta vía los indígenas se vincularon a las actividades económicas españolas, pero sin dejar de residir en sus pueblos). Esta múltiple segregación impidió que la población indígena desarrollara una conciencia histórica integrada al resto de la sociedad, y alentó la formación de una identidad corporativa, reducida al ámbito local.
Desde la conquista los indígenas vivieron un rompimiento inexorable con su pasado. El proceso que iniciaron los frailes con la extirpación de la antigua idolatría y la imposición del cristianismo culminó con las congregaciones de pueblos, pues en esas reducciones el antiguo pasado fortalecedor fue progresivamente cortado del presente. Los antiguos dioses cayeron despedazados, quemados y declarados falsos. Sus prácticas y ritos tradicionales recibieron el calificativo de idolátricos y fueron proscritos. Su nombre nativo, antes expresado en la propia lengua, fue trastocado, pues cada uno de los nuevos pueblos congregados recibió el nombre de un santo cristiano que se antepuso al nombre original indígena.2
Quizá la consecuencia mayor de la política de congregación de pueblos fue la pérdida de la memoria étnica y el desarrollo de una nueva identidad, centrada en el pueblo o República de Indios. Esta nueva conciencia comunitaria se articuló alrededor de los llamados Títulos primordiales. Los pueblos de indios que carecían de mercedes de tierras o habían perdido sus papeles, los recientemente congregados y los que tenían litigios de tierras con sus vecinos, elaboraron estos y otros documentos semejantes para defender sus derechos ancestrales a la tierra y preservar el territorio que les habían legado sus padres y abuelos.3
La existencia generalizada de los llamados Títulos en el ámbito nahua o purépecha, lo mismo que entre los mixtecos o mayas, señala que se trata de una expresión cultural con raíces, contenido y formato comunes. La presencia de los Títulos en diferentes tradiciones culturales permite sostener que estamos ante un artefacto especialmente creado para conservar y transmitir la memoria colectiva, un artefacto producto de la interacción entre la cultura mesoamericana y la occidental.
A los Títulos se sumaron los llamados Códices Techialoyan,4 los documentos que combinaban el texto escrito con numerosas imágenes con el mismo propósito de defender las tierras del pueblo y la identidad de sus habitantes. Así, mediante el procedimiento de imponer a los pueblos nativos una nueva forma de poblar y legitimar la posesión de la tierra, la administración española obligó a éstos a desplegar una gama de dispositivos para satisfacer esa exigencia, cuyo resultado fue la aparición de estos Títulos, de los Códices Techialoyan, de las llamadas “probanzas” y de otros muchos alegatos. Para atender esa demanda los pueblos recurrieron a sus propias tradiciones, a los recipientes donde se había almacenado la memoria que explicaba sus orígenes y la constitución de sus altépetl. El canto que narraba el origen de los seres humanos, la fundación del altépetl, el linaje de los gobernantes y los avatares del grupo étnico, fue la piedra angular a la que acudieron los pueblos para sostener su identidad y afirmar la antigüedad de sus posesiones territoriales.
Los lienzos, mapas y Títulos oaxaqueños de los siglos XVI y XVII tomaron su información histórica de la sustancia identitaria del Códice de Viena, la gran enciclopedia donde sus antepasados habían depositado los fundamentos del reino y la nación. Lo mismo hicieron los pueblos mayas con el Popol Vuh, el almácigo que nutrió los Títulos y probanzas que sustentaron la antigüedad de sus pueblos y posesiones territoriales, así como los mexicas y pueblos de habla náhuatl recurrieron a la memoria almacenada en Tollan Teotihuacán, la matriz civilizadora de Mesoamérica en la época clásica y más allá.
Este antiguo sustento de la memoria colectiva fue amenazado de muerte por la implantación del régimen colonial. En los años críticos de 1530 a 1560 se reconstruye la memoria indígena en medio de un quebrantamiento radical del orden antiguo. En esos años los dioses, las instituciones políticas, las tradiciones y la misma vida material de los pueblos fueron desencajadas de sus cimientos y puestas en vilo por los cambios desatados por el gobierno español y las catastróficas epidemias y mortandades. Es un periodo en el que los pilares que sostenían la memoria indígena enfrentaron los ataques conjuntos de la muerte masiva y de la desculturación. A la muerte de los informantes que habían memorizado las “palabras de los ancianos”, siguió la pérdida de las técnicas de lectura y de elaboración de las “pinturas”, la desaparición de miles de documentos antiguos, confiscados por los religiosos, destruidos por los propios indios u olvidados a medida que se hacían indescifrables:5 No puede olvidarse este sombrío telón de fondo cuando se trata de explicar algo tan pegado a la vida como es la recuperación de la memoria histórica. Como si los pueblos nativos se hubieran propuesto conjurar con las artes de la remembranza el colapso que inexorablemente destruía su mundo, entre 1530 y 1560 transcribieron al alfabeto español las obras maestras de la memoria indígena, las grandes sumas de su tradición histórica: la Relación de Michoacán de los purépechas (ca. 1541), el Popol Vuh de los k’iché (1554-1558), el Códice Selden II de los mixtecos (siglo XVI), el Códice Xolotl de los texcocanos (mediados del siglo XVI), la Historia tolteca-chichimeca de los fundadores de Cuauhtinchan (1547-1560), o la Historia de los mexicanos por sus pinturas (1531) y la Leyenda de los Soles (1558) de los nahuas.
En este proceso de derrumbe y transformación nacieron también las nuevas obras que intentaron recuperar el pasado de los pueblos mezclando las formas nativas de historiar con las europeas. Los Títulos, mapas, Códices Techialoyan y lienzos no son, como postulan algunos indigenistas recalcitrantes, obras primordialmente nativas, sino productos híbridos, mezclas inéditas que conjugaron la tradición americana con la occidental. En el momento crítico que unió la postración de la gran cultura aborigen con el asentamiento progresivo de la occidental, se pintan y escriben los lienzos y mapas que transportaron la antigua tradición al presente colonial: Lienzo de Jicayán, Lienzo de Zacatepec I, Lienzo de Tlapiltepec, Lienzo de Ihuatlán, el Códice Selden II y otros más, también elaborados a mediados del siglo XVI.6
Una simbiosis continua entre la tradición indígena y la occidental es ahora la forjadora de la nueva identidad de los pueblos. Quizá la contribución más significativa de los lienzos, mapas y Títulos de las diversas regiones de Nueva España radique en su capacidad para esclarecernos el proceso mediante el cual los grupos nativos construyeron su nueva identidad mestiza. Es un proceso que muestra cómo reescribieron su pasado y crearon testimonios históricos asentados en ambos legados pero portadores de una nueva identidad. La memoria que alienta en los lienzos, mapas y Títulos oaxaqueños o mayas es una memoria con un trasfondo histórico profundo, apoyada en los más remotos arquetipos de la conciencia mesoamericana, pero transformada por las disrupciones de la invasión española: conquista, congregación de pueblos, implantación del cristianismo, creación del fundo legal, imposición de la legislación española sobre la tierra, expansión del lenguaje escrito en alfabeto latino y constitución del pueblo como eje de la vida material y cultural de la comunidad. Otro rasgo diagnóstico de estos testimonios es su destinatario: los pobladores del altépetl. Por su estilo, los Títulos denotan que fueron hechos por los viejos del pueblo para beneficio de las generaciones por venir. La decisión de escribir estos testimonios en náhuatl, aun cuando el pueblo donde se redactaron hablara otomí o mixteco, revela la intención de que su contenido fuera comprendido por los más, los hablantes de la lingua franca de ese tiempo, que era el náhuatl. Los lienzos, mapas y Títulos, al incorporar esos diversos procesos, se convirtieron en invaluables testimonios históricos de su tiempo y en nuevas formas de narrar y transmitir el pasado. Son los relatos que transmiten la memoria colectiva de los miembros del altépetl.
Los Títulos mayas, zapotecos, mixtecos, purépechas y nahuas comparten el intento de asentar las formas de poblar impuestas por el régimen colonial sobre los cimientos de sus antiguas tradiciones. Son instrumentos dedicados a fortalecer el altépetl y proteger sus tierras. Pero para sorpresa del historiador dominado por la visión occidental, o del antropólogo adicto al dogma indigenista, la fundación de los pueblos coloniales es una mezcla de ambas tradiciones. Su redacción hace concurrir la parafernalia que rodeaba a las antiguas fundaciones: dioses protectores, Fuego Nuevo, padrinazgo de los ancianos, participación de la comunidad en pleno, fiesta celebratoria… pero en el marco de las instituciones y símbolos europeos, pues adoptan la escritura en castellano que legaliza el acto fundacional, e incorporan la presencia de las autoridades virreinales, la construcción de la iglesia y la erección de cruces en los cuatro rumbos del pueblo, el bautizo de los principales o caciques… Tal es la naturaleza híbrida del canon que ahora sacraliza la constitución de los pueblos.
El sustrato más profundo de los Títulos, mapas, Códices Techialoyan y lienzos es indígena, pero su factura es híbrida, un compuesto en el que concurren diversas tradiciones culturales. Su origen se remonta a la época prehispánica, pero su elaboración a lo largo de los siglos XVI y XVII se contamina con los legados que provienen de la tradición occidental. Es por ello que en sus contenidos encontramos una mezcla intrincada de tradiciones orales, pictográficas y escritas cuya estirpe no es fácil deslindar.
Su construcción, asimismo, navega entre la maleabilidad y el cambio. Los Títulos nacen bajo el signo de la mudanza. De crónica del reino se tornan en lienzo o mapa que relata la fundación o refundación del pueblo y describe pormenorizadamente la extensión de sus tierras y los límites con sus vecinos. Luego, el lienzo pintado se transforma en texto híbrido y más tarde abandona las pictografías y deviene documento donde impera la letra, pero aun cuando cambia de forma mantiene el mismo contenido: la defensa de la tierra y la preservación de la identidad étnica y cultural de sus pobladores. Los Títulos primordiales de las Repúblicas de Indios vinieron a ser el tesoro que guardaba la memoria vivificante de los ancestros, el arca donde reposaban las reliquias del santo patrono, el almacén de la memoria colectiva y el escudo del pueblo frente al nuevo orden legal.
La conservación de las tierras comunales se convirtió así en la empresa colectiva que unificó a los miembros del pueblo y los Títulos primordiales se volvieron el arcón donde se resumió la memoria ancestral de los pobladores. Los Títulos primordiales y los Códices Techialoyan, por su contenido y forma, son un modo nuevo de representar y relatar el pasado. Un canon que la tradición dominante en los estudios históricos se empeñó en separar en dos vertientes opuestas: la indígena por un lado y la occidental por el otro. Fue éste un rompimiento arbitrario, que por varios siglos impidió penetrar en el misterio de su origen y reconocer la naturaleza de su cambiante desarrollo.7
La memoria de los “indios conquistadores”
Al lado de la memoria del altépetl tradicional, hubo muchos otros pueblos y grupos étnicos que se aliaron con los invasores españoles para liberarse del dominio mexica. Como es sabido, desde el Cacique Gordo de Cempoala hasta los huejotzincas, tlaxcaltecas, chalcas, xochimilcas, mayas, mixtecos y otros pueblos pactaron aliarse con Hernán Cortés y sus capitanes en contra de los mexicas y sus debilitados seguidores. Se trata de alianzas interiorizadas en la misma tradición indígena, donde era frecuente que los dirigentes de un altépetl pactaran acuerdos para enfrentar rivales ambiciosos de sus tierras, amenazas de invasión o la imposición de tributos. La clave para comprender estas alianzas son los lazos de identidad que se forjaron desde tiempos remotos entre los seres humanos y el territorio que habitaban.
Desde que los mesoamericanos fundaron sus primeras ciudades y reinos, asentaron esas construcciones en territorios que entendían autónomos y singulares, amparados por un dios o numen protector, y gobernados por un tlatoani, un jefe superior que era la cabeza política del altépetl, el capitán de los ejércitos, el juez supremo y el ejecutor de los ritos y ceremonias dedicados a los dioses. El territorio del altépetl abarcaba “tanto el centro urbano o cívico, como el territorio entero de la ciudad, incluso la zona rural”.8 El núcleo que unía a los calpules (sing.: calpolli) del altépetl era la propiedad corporativa de la tierra, repartida para su explotación en las cabezas de familia que lo integraban. Los pobladores estaban atados por lazos de sangre con el grupo étnico y por hilos de identidad con el territorio que habitaban y sus dioses protectores. El altépetl era entonces el núcleo que organizaba el conjunto social, político, económico y religioso, y hacia él se volcaba la lealtad de sus pobladores.
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En Yucatán el equivalente del altépetl fue el cah, el centro unitario de toda organización sociopolítica maya. “Tanto en Yucatán como en el México central, la organización colonial […] se asentó sobre estas instituciones indígenas, el cah y el altépetl, respectivamente”. Es decir, la encomienda, la parroquia rural, el municipio indígena (basado en el modelo español) y la administración de la justicia se levantaron sobre el altépetl y el cah, respectivamente. Tanto “el cah, como el altépetl, lejos de disminuir por la conquista, ganaron importancia durante el periodo colonial”.9 Respecto a Yucatán, Restall afirma que las dos unidades políticas más estables, antes y después de la conquista, fueron la comunidad municipal del cah y el grupo o linaje llamado chibal. Las provincias y los distritos políticos “se definieron y fueron posibles por la dominación de un grupo de cahob por un chibal o una oligarquía de chibaloh. En la mayoría de los territorios un chibal fue predominante, a menudo representado por un halach unic (un gobernante regional) que fue típicamente el batab o gobernador del cah o distrito”.10 Lo mismo ocurre con los ñuu o pueblos mixtecos. Afirma Kevin Terraciano en su minucioso estudio sobre los mixtecos en la época colonial, que el ñuu definido como “pueblo”, “territorio”, “villa” o “lugar de un pueblo”, fue “central en la organización indígena, tanto como el altépetl en el México central y el cah en Yucatán”.11
Altépetl, cah o ñuu reunían en su seno el dominio sobre un territorio claramente delimitado y el lazo identitario con la lengua, el linaje y los dioses protectores del pueblo. Unidos uno con el otro, constituyeron desde la época prehispánica hasta los siglos coloniales el núcleo de las lealtades que ataban a sus pobladores. Así que para defender el territorio y la identidad del pueblo se inventaron y fortalecieron los pactos, alianzas y medios capaces de asegurar su independencia e integridad. Esta perspectiva es la que dio paso a mirar con nuevos ojos las complejas alianzas que los conquistadores españoles pactaron con los grupos indígenas desafectos o contrarios a los mexicas que comandaban la Triple Alianza. Gracias a estos enfoques hoy sabemos que en casi todo el territorio de la Nueva España se celebraron pactos y alianzas entre españoles y los altepeme nativos, hasta el punto de que los miembros de algunos altepeme indígenas se llamaron a sí mismos “indios conquistadores”.12 Contra la persistente interpretación de que la conquista fue una hazaña debida al valor, la intrepidez, el armamento y la maquinación política de las tropas españolas, hoy se acumulan nuevos estudios que dan cuenta de la importancia y significación de la participación de indígenas, negros y mujeres en esta empresa colectiva. Se han encontrado numerosos textos escritos donde los indígenas dan cuenta de su presencia en acciones de guerra y conquista, y exigen la recompensa prometida (por ejemplo: Carta de los indios tlaxcaltecas y mexicanos al Rey sobre ser maltratados —1547—; Carta de los Caciques e Indios Maltratados de Suchimilco —1563—; Méritos de los de Tlascala —1575—, etcétera)13.
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Más expresivos acerca de la participación indígena en la conquista y pacificación de la Nueva España son los documentos pictóricos: lienzos, murales, mapas y códices. Entre ellos sobresalen el Lienzo de Tlaxcala (fig. 1) y el Lienzo de Quauhquechollan (fig. 2).
La participación indígena en la conquista de México-Tenochtitlán más conocida, difundida y estudiada es sin duda la tlaxcalteca. Desde las décadas posteriores a la conquista se conoció en Tlaxcala la existencia de documentos pictóricos que relataban el buen recibimiento que los nobles de esta ciudad le dieron a los españoles (Manuscript Fragment en la Nettie Lee Benson Latin American Collection de la Universidad de Texas), así como copias de lienzos pintados hacia la mitad del siglo XVI que antecedieron al famoso Lienzo de Tlaxcala (fig. 3).14 Estos testimonios pictóricos (murales, lienzos, códices) provienen de la enraizada tradición mesoamericana de rememorar el pasado sirviéndose de pinturas y jeroglíficos. Un ejemplo de ello es el famoso Códice Mendocino, cuyos primeros 16 folios narran en pinturas la historia de México-Tenochtitlán desde su fundación hasta su caída en manos de Hernán Cortés. Conforme a la tradición indígena, primero se hicieron las pinturas y luego un escriba redactaba el texto en náhuatl. Pinturas y textos siguen el modelo de los anales y el motivo central de la narración son las gestas del tlatoani o jefe militar en turno, una historia de hechos victoriosos y genealogías que ignora las derrotas o los tiempos aciagos. Es el tipo de historias que encontramos en los textos de Hernando Alvarado Tezozómoc, fray Diego Durán y otros cronistas españoles que se basaron en las antiguas fuentes y prototipos indígenas.15
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El descubrimiento de la Descripción de la Ciudad y Provincia de Tlaxcala (fig. 4) escrita por el historiador mestizo tlaxcalteca Diego Muñoz Camargo puso en claro que desde los primeros años (1519) en que Hernán Cortés hizo su entrada en Tlaxcala, los cuatro jefes principales que gobernaban este reino rebelde a los mexicas mandaron pintar en las Casas Reales y en el palacio de Xicoténcatl (el jefe de mayor jerarquía) una versión edulcorada de ese acontecimiento, que borraba los iniciales enfrentamientos bélicos y resaltaba en cambio la buena acogida que le dieron a Cortés los nobles de esa ciudad, su bautizo como primeros cristianos y la donación de mujeres nobles para que emparentaran con los españoles.16
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Las pinturas del llamado Lienzo de Tlaxcala al parecer fueron solicitadas y patrocinadas durante la administración del virrey Velasco (1550-1564), y supervisadas por el Cabildo de Tlaxcala.17 Para Travis Barton Kranz la existencia de estas pinturas, junto con las que se hallaban en la sede del cabildo, muestran que la narrativa tlaxcalteca de la conquista se expresó inicialmente en forma visual, mediante imágenes.18 El propósito de esta narrativa era probar que los tlaxcaltecas fueron los primeros y más numerosos colaboradores de los españoles en las distintas etapas de la conquista y colonización de la tierra, y los más aguerridos en la cruenta batalla de Cholula. Los tlaxcaltecas se presentan en esas pinturas y en la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala como devotos cristianos y el mayor apoyo de los frailes misioneros.19
Una de las participaciones indígenas más notables y decisivas en las conquistas españolas fue la que se dio en Guatemala, primero en 1524 bajo el comando de Pedro de Alvarado y luego en 1527-29 bajo la dirección de su hermano, Jorge de Alvarado. A tal punto que un historiador no dudó en escribir que “el éxito de la conquista española de Guatemala puede atribuirse, primeramente, a la participación de los indígenas conquistadores del México central. Grandes ejércitos de capitanes y soldados lucharon al lado de los españoles”.20
Como se ha visto, los “indios conquistadores” dejaron testimonios gráficos notables de sus acciones en el conocido Lienzo de Tlaxcala, en la citada Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo, y en el nuevamente interpretado Lienzo de Quauhquechollan, que aporta una detallada descripción pictórica de la participación de los indígenas de esta región situada a unos kilómetros del suroeste de Puebla, en la conquista y pacificación de Guatemala.21 Como en otros testimonios citados, el Lienzo de Quauhquechollan presenta una visión de la conquista de Guatemala desde “el punto de vista de los ‘indios conquistadores’, a través de los medios tradicionales de comunicación indígena y con un mensaje dirigido a los miembros de la comunidad de Quauhquechollan”.22 La pintura de la migración de los de Quauhquechollan y la crónica de sus hazañas en tierra guatemalteca constituyó un testimonio que glorificaba a sus autores y establecía su categoría de conquistadores iguales a los españoles con los mismos derechos para recibir los premios, beneficios y recompensas que aquéllos (fig. 5). Este lienzo mostraba “que los quauhquecholtecas habían ganado las tierras que habitaban en la ciudad de Santiago, en el Valle de Almolonga, hoy llamada Ciudad Vieja, en Guatemala, que ellos las merecían así como merecían los títulos y privilegios vinculados a este servicio”.23
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Esta reivindicación de los indígenas aliados a los españoles la encontramos en todos los rincones del México central y se extendió a otros territorios. El Mapa de Cuauhtlantzinco, asociado con el pueblo de San Juan Cuauhtlantzinco, situado entre Puebla y Cholula, no lejos de Tlaxcala, es otra prueba de ello.24 En este mapa los nobles y gobernantes del pueblo tomaron la decisión de unirse al ejército del conquistador y para difundir esta asociación virtuosa mandaron pintar el mapa citado, entre 1650 y principios del siglo siguiente.25 Como en los otros testimonios indígenas, los de Cuauhtlentzinco hicieron pintar en su narración el supuesto encuentro de los cuatro caciques del pueblo con Hernán Cortés (fig. 6), el escudo de armas que supuestamente les otorgó Carlos V por sus buenos servicios (fig. 7) y sus batallas contra los indígenas que se resistían a aceptar el cristianismo o la alianza con los españoles (figs. 8 y 9). En todos estos casos son los gobernantes del pueblo quienes ordenan las pinturas, proporcionan los datos y documentos que las sustentan y los tlacuilos y medios para su elaboración. No sorprende entonces que, como en el pasado, sean ellos los protagonistas junto con los aliados españoles, de las principales escenas pintadas. El pueblo, la comunidad y los macehuales sólo aparecen como ejecutantes de los mandatos emitidos por los gobernantes y caciques.26
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En la conquista de los mayas de Yucatán por los españoles, Matthew Restall encuentra relatos, testimonios e imágenes mayas en los que “los valientes conquistadores no son españoles, sino mayas-nobles de los pueblos indígenas de la región”,27 como es el caso de los Pech de Chicxulub, quienes se llaman a sí mismos yax hidalgo concixtador en (“yo, el primer hidalgo conquistador”).28 Estos relatos reiteran la tradicional historia heroica de los pueblos mesoamericanos: la tendencia a mitificar a los fundadores del altépetl así como a sus héroes militares y conquistadores de nuevas tierras.29
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La colaboración indígena en todas las acciones de conquista y pacificación de la tierra fue multitudinaria, estratégica, decisiva en las batallas, fundamental en el avituallamiento de los ejércitos y en el transporte y protección del armamento, y la más eficaz en el conocimiento de la tierra y sus pobladores. Gracias a estos ejércitos multitudinarios los españoles pudieron conquistar el México central y luego invadir Michoacán, la Nueva Galicia (Jalisco), el norte (Nuevo México), la costa de Veracruz, Oaxaca, Tehuantepec, hasta penetrar en las tierras mayas de Guatemala, Honduras, San Salvador y otras partes de Centroamérica.30 La importancia militar y estratégica de la participación indígena es manifiesta en el embate final a Tenochtitlán. Ross Hassing, el riguroso historiador de esa batalla, calcula que en el asalto final a la capital mexica intervinieron unos 200 mil indígenas aliados, “aun cuando éstos fueron virtualmente ignorados y nunca recompensados”.31
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La nueva atención a la participación indígena ha permitido considerar con más claridad sus características grupales. Destacan, en primer lugar, los nativos, llevados a la fuerza por su condición de esclavos o prisioneros. A su lado, los numerosos indios que habían perdido sus tierras se unieron a los españoles como soldados, conquistadores y auxiliares, y luego se convirtieron en colonos permanentes de las tierras conquistadas. Entre éstos destacan los nobles, jefes y guerreros que capitanearon a los nativos de su altépetl y mantuvieron los lazos solidarios de la identidad étnica, la lengua y el amor al pueblo de origen. Finalmente, los relatos de la conquista consignan la presencia de indios mercenarios, quienes se alquilaban ocasionalmente para tomar parte en expediciones de guerra y conquista.32
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El conjunto de estos estudios contribuyeron a borrar la imagen del héroe conquistador y capitán invencible cuyo prototipo dejó estampado William H. Prescott en la figura de Hernán Cortés (History of the Conquest of Mexico, 1842). Asimismo, poco a poco se fue desmoronando el mito del ejército imperial sustentado por el rey de España. Ya en 1933 Silvio Zavala había publicado un ensayo seminal: Los intereses particulares en la conquista de la Nueva España. En pocas páginas este libro demostraba que todas las empresas de conquista se hicieron sobre la base de compañías y asociaciones privadas, en las cuales los concurrentes particulares acordaban el monto de su compromiso y el correspondiente beneficio si la empresa tenía éxito. Siguiendo esta huella, en un ensayo reciente sobre “El mito del ejército del rey”, Matthew Restall pudo afirmar que los españoles que se unieron a las expediciones de conquista lo “hicieron no bajo la condición de recibir pagos específicos, sino con la esperanza de adquirir riqueza y estatus”.33 Eran, como dijo James Lockhart, “agentes libres, emigrantes y colonos no asalariados”, receptores de encomiendas irregulares y ávidos buscadores de tesoros y ganancias personales.34
La ininterrumpida floración de nuevas fuentes, métodos e interpretaciones y la creciente cruza de disciplinas antes desconectadas, asestaron un golpe duro a los consagrados arquetipos del gran hombre, la superioridad racial, el poder sin parangón del armamento europeo o la sutil “conquista espiritual” conducida por los frailes misioneros, y con ellos se borraron otros mitos parecidos, que fueron cayendo uno tras otro al ser sometidos al nuevo instrumental analítico. Simultáneamente abundaron los estudios que reivindicaron las fortalezas que sostuvieron a los pueblos indígenas: el altépetl, la cohesión étnica, la defensa comunitaria del territorio, la autonomía política, la escrupulosa práctica de formar alianzas y establecer acuerdos con los vencedores en cualquier orden amenazado por fisuras: militar, político, económico, social, religioso, comunal, etcétera. A estas dos convergencias debemos una nueva concepción de la conquista y del papel prominente que en ella jugaron las comunidades indígenas.

Enrique Florescano
Historiador. Entre sus libros recientes: Atlas histórico de México (en colaboración con Francisco Eissa), Los orígenes del poder en Mesoamérica y Quetzalcóatl y los mitos fundadores de América.

1 Florescano, Enrique, Memoria mexicana, México, FCE, 1994, pp. 353-369.
2 Ibíd., pp. 359-369.
3 Lockhart, James, “Views of Corporate Self and History in some Valley of Mexico Towns: Late Seventeenth and Eighteenth Centuries”, en George A. Collier, Renato I. Rosaldo y John D. Wirth (comps.), The Inca and Aztec States 1400-1800, Anthropology and History, Academic Press, Nueva York, 1982, pp. 367-393; véase también Menegus, Margarita, Del señorío indígena a la República de Indios. El caso del Valle de Toluca 1500-1600, Conaculta, México, 1994.
4 Sobre los Códices Techialoyan hay una extensa bibliografía. Véase, por ejemplo, Robertson, Donald, Mexican Manuscript Painting of the Early Colonial Period. The Metropolitan Schools, Yale University Press, cap. 11, 1959; Harvey, H. R., “Techialoyan Codices: Seventeenth Century Indian Lands Titles in Colonial Mexico”, en Spores, Ronald (comp.), Handbook of Midle American Indians (supplement 4), University of Texas Press, pp. 153-184, 1986; Harvey, H. R., Códice Techialoyan de Huixquilucan (Estado de México) (ed. facsimilar), El Colegio Mexiquense, 1993; Noguez, Xavier y Rosaura Hernández (eds.), Códice Techialoyan García Granados, El Colegio Mexiquense, 1992; Bélingand, Nadine, Códice de San Antonio Techialoyan, Instituto Mexiquense de Cultura, 1993; Wood, Stephanie, “El problema de la historicidad de los Títulos y Códices Techialoyan”, en Xavier Noguez y S. Wood (eds.), De tlacuilos y escribanos, El Colegio de Michoacán-El Colegio Mexiquense, 1998, pp. 167-221.
5 Gruzinski, Serge, La colonización de lo imaginario: Sociedades indígenas y occidentalización en el México español, siglos XVI-XVIII, col. Historia, FCE, México, 1991, p. 82.
6 Véase Florescano, Enrique, “El canon memorioso forjado por los Títulos primordiales”, American Review, Colonial Latin, vol. 11, núm. 2, 2002, pp. 183-230.
7 Ídem. Sobre los Títulos primordiales véase también: López Caballero, Paula (comp.), Los Títulos primordiales del Centro de México, Conaculta, “Cien de México”, 2003; y Ruiz Medrano, Ethelia, Claudio Barrera Gutiérrez y Florencia Barrera Gutiérrez (eds.), La lucha por la tierra. Los títulos primordiales y los pueblos indios en México, siglos XIX y XX, FCE, 2012.
8 Carrasco, Pedro, Estructura politico-territorial del imperio tenochca: La Triple Alianza de Tenochtitlan, Tetzcoco y Tlacopan, col. Fideicomiso Historia de las Américas, FCE/ColmEx/FHA, México, 1996, p. 27. Véase una definición amplia del altépetl y sus características en Lockhart, James, The Nahuas After the Conquest. A Social and Cultural History of the Indians of Central Mexico, Sixteenth trough Eighteen Centuries, Stanford University Press, Stanford, 1992, pp. 14-58; Florescano, Enrique, Los orígenes del poder en Mesoamérica, FCE, México, cap. II; y Fernández Christlieb, Federico y Ángel Julián García Zambrano (coords.), Territorialidad y paisaje en el altépetl del siglo XVI, FCE/Instituto de Geografía de la UNAM, 2006.
9 Restall, Matthew, The Maya World: Yucatec Culture and Society, 1550-1850, 1997, Stanford University Press, Stanford, pp. 24-27. Restall dedica todo el capítulo III de su libro a explicar y describir las características del cah. Véase también una comparación entre el cah y el altépetl en las pp. 312-314.
10 Restall, Matthew, Maya Conquistador, Beacon Press, 1998, pp. 47-48.
11 Terraciano, Kevin, The Mixtecs of Colonial Oaxaca: Nudzahui History, Sixteenth Through Eighteenth Centuries, Stanford University Press, Stanford, 2004, pp. 103 y ss.
12 Esta nueva interpretación la debemos a los estudios de Restall, Matthew, Seven Myths of the Spanish Conquest, Oxford, 2003; Matthew, Laura E. y Michel Oudjik (eds.), Indian Conquistadors. Indigenous Allies in the Conquest of Mesoamerica, University of Oklahoma Press, 2007; Asselbergs, Florine, Conquered Conquistadores. The Lienzo de Quauhquechollan: A Nahua Vision of the Conquest of Guatemala, University of Colorado Press, 2004, p. 82, entre otros. “In the A61 Justicia 291 document, the indigenous conquistadors, referring to themselves as “conquistadores”, clearly regard themselves as being at the same level as the Spaniards, and they are also clearly disillusioned that they received little in return for their loyal service”: Asselbergs, Conquered Conquistadors, p. 101.
13 Ibíd., p. 85.
14 Kranz, Travis Barton, “The Tlaxcalan Conquest Pictorials: The Rule of the Images in Influencing Colonial Policy in Sixteenth-Century Mexico”, PhD dissertation, University of California, Los Ángeles, 2001. El historiador Alfredo Chavero hizo una edición del texto que llamó Historia de Tlaxcala en 1892. Finalmente, René Acuña encontró en la Colección de la Universidad de Glasgow, registrada con ese título, la Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala de la Nueva España e Indias del Mar Océano, para el buen gobierno y ennoblecimiento de ellas, que es una de las relaciones solicitadas por Felipe II hacia 1579, y que Muñoz Camargo preparó entre 1580 y 1585. Esta Descripción de la Ciudad y Provincia de Tlaxcala, la editó la UNAM en 1981 en forma de facsimilar bajo el cuidado del mismo doctor René Acuña.
15 Véase Berdan, Frances B. y Patricia Rieff Anawalt (eds.), The Codex Mendoza, 4 vols., I, University of California Press, 1992, pp. 35-37, 42-46 y 51, y Boone, Elizabeth Hill, Relatos en rojo y negro. Historias pictóricas de aztecas y mixtecos, trad. de Juan José Utrilla Trejo, col. Antropología, FCE, México, 2010, cap. VIII.
16 Kranz, Travis Barton, “Sixteenth-Century Tlaxcalan Pictorial Documents on the Conquest of Mexico”, en Lockhart, James, Lisa Sousa y Stephanie Wood (eds.), Sources and Methods for the Study of Postconquest Mesoamerican Ethnohistory, Eugene, Oregon, Wired Humanities Projects, University of Oregon.
17 Ibíd., p. 7.
18 Ibíd., pp. 12-13.
19 Ibíd., pp. 18-19.
20 “Estos aliados proveyeron a los españoles de elementos esenciales: comida, el conocimiento de los caminos, la estrategia de combate de los guerreros indígenas, [...y] proveyeron además de la fuerza de trabajo y el conocimiento [de las len- guas y costumbres nativas] que a la postre hizo efectiva la conquista de Guatemala” (Asselbergs, op. cit., pp. 95-99).
21 Ibíd., pp. 86 y 245-249: la obra de Asselbergs es la primera que muestra el contenido real, su sig- nificación histórica, las características pictóricas y el mensaje del Lienzo de Quauhquechollan. Un complemento valioso de esta obra es el libro El Lienzo de la Conquista. Quauhquechollan, editado por la Universidad Francisco Marroquín, Guatemala, 2007. Esta edición contiene una excelente reproducción del lienzo ya restaurado, escena por escena.
22 Asselbergs, op. cit., pp. 229-230.
23 Ibíd., pp. 225-228. Véase también el libro de Akkeren, Rudd van, La visión indígena de la Conquista, Serviprensa, Guatemala, 2007.
24 Wood, Stephanie, “A Proud Alliance. The Mapa de Cuauhtlantzinco”, en Transcending Conquest. Nahua Views of Spanish Colonial Mexico, University of Oklahoma Press, 2003, cap. 4.
25 Ibíd., pp. 79-83.
26 Dice Peer Schmidt (“Símbolos políticos y su iconografía en los códices coloniales del México central”, en Arellano, Carmen, Peer Schmidt y Xa- vier Noguez, coords., Libros y escritura de tradición indígena. Ensayos sobre los códices prehispánicos y coloniales de México, El Colegio Mexiquense/Universidad Católica de Eichstatt, Zicanatepec, 2002, pp. 410-411): “Aunque no se sepa mucho acerca de los escribas (Tlacuiloque) y los autores de los códices, conocemos con seguridad que la elaboración de los escritos pictográficos se debe en gran parte a la iniciativa de la nobleza indígena y que los personajes descritos son del linaje noble [...] La autorrepresentación de la nobleza era necesaria para legitimar de nuevo su posición y los derechos de la clase regente nativa bajo las nuevas condiciones del dominio colonial [... Así, el códice] Techialoyan de Huixquilucan fue elaborado por tres caudillos indígenas que pusieron por escrito la historia de su linaje: Don Juan Chimalpopocatzin, Don Miguel Totoquiahuaztli y Don Antonio Chimalpopocatzin”. Sobre el uso de la heráldica hispana en los lienzos, códices, escudos y mapas indígenas véase Hans Roskamp, “La heráldica novohispana del siglo XVI: un escudo de armas de Tzintzuntzan, Michoacán”, en Pérez Martínez, Herón y Bárbara Skinfill Nogal (eds.), Esplendor y ocaso de la cultura simbólica, El Colegio de Michoacán, 2002, pp. 227-268.
27 Restall, Matthew, 1998, op cit., pp. XIII-XIV.
28 Ibíd., pp. 44-46.
29 Véase Pohl, John, “Creation Stories, Hero Cults, and Alliance Building”, en Smith, M. E. y E. F. Berdan (eds.), The postclassic Mesoamerican World, University of Utah, 2003, pp. 61-66. En la p. 61, observa Pohl: “las historias heroicas fueron situadas típicamente en los tiempos posteriores a su creación, mezclando hechos reales con tradiciones míticas. Se contaron múltiples variaciones que a menudo eran conflictivas pero siempre llenas de suficientes detalles para sugerir que podían estar basadas en eventos históricos. Cf. Zborovev, Danny, “Identidades ‘faccionales’ en las ‘narraciones territoriales’ de la Oaxaca colonial. Un enfoque desde las montañas chontales”, en Sebastian van Doesburg (coord.), Pictografía y escritura alfabética en Oaxaca, Colegio Superior para la Educación Integral Intercultural de Oaxaca, 2011, pp. 233-270.
30 Matthew, Laura E. y Michel Oudjik (eds.), Indian Conquistadors. Indigenous Allies in the Conquest of Mesoamerica, University of Oklahoma Press, 2007. Este libro contiene ensayos que muestran el amplio abanico territorial de la conquista es- pañola y la participación indígena en cada región. Véase también Restall, M., Maya Conquistador, y del mismo autor, Seven Myths of the Spanish Conquest, especialmente el cap. 3, “Invisible Warriors”.
31 Citado por Restall, Seven Myths of the Spanish Conquest, p. 47. El libro de Ross Hassig es Aztec Warfare. Imperial expansión and Political Contact, University of Oklahoma Press, 1988.
32 Véase sobre estas clasificaciones, Schroeder, “Introduction. The Genre of Conquest Studies”, en Matthew y Oudjik, Indian Conquistadors, pp. 8-20.
33 Restall, Matthew, Seven Myths of the Spanish Conquest, cap. 2, “Neither Paid nor Forced”, pp. 34-37.
34 Lockhart, James y Enrique Otte, Letters and People of the Spanish Indies: The Sixteenth Century, Cambridge University Press, 1976, p. 3, citado por Restall, ibíd.

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