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BORRAR PARA DIGNIFICAR Italo Calvino ( )

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BORRAR PARA DIGNIFICAR

1 febrero, 1982
Italo Calvino ( )

Dignificar la zona oriente del Centro Histórico de la Ciudad de México es un deseo largamente acariciado por el D.D.F. Ahora esto engloba el proyecto, todavía más antiguo, de desplazar los centros del poder federal de la Plaza” de la Constitución. Porfirio Díaz había dado los primeros pasos cuando trasladó hacia el poniente la Secretaría de Comunicaciones, el Correo y el Teatro Nacional, pero la Revolución interrumpió el traslado del Palacio Legislativo. En casi todos los sexenios se han producido descentralizaciones, (Bucareli, Lieja, Xola, Río de la Loza, Cuauhtémoc, Tlatelolco, Insurgentes, Constituyentes), pero sólo con el traslado del Archivo General de la Nación, y del Palacio Legislativo, que han sido desplazados hacia el Oriente, surge la necesidad de remodelar el área donde van a realizarse dos actividades importantes para la vida política y cultural del país. Desde la época colonial, la zona arroja una intensa vida comercial y un abigarramiento de clases sociales; pero siempre fue considerada la trastienda de la ciudad por sus actividades de abasto de víveres y se fue deteriorando en modo creciente por la falta de interés de las autoridades para dotarlo de servicios.
Revitalizar esta zona implica un alto costo material, pero sobre todo un altísimo costo social, tanto por las actividades que resultarían afectadas como por el desalojo de miles de habitantes. Esto se realizará “naturalmente” en cuanto se reorienten las actividades comerciales, con un cambio radical que irá acelerándose al trasladar el comercio del área a la nueva central de Abastos que se construye en Ixtapalapa. El Estado no ha reparado en gastos, a pesar de que la obra se ha prolongado varios meses más de lo previsto, habiendo calles que aún hoy no están terminadas, interfiriendo en las actividades comerciales pero, sobre todo, afectando la vida cotidiana de los habitantes que siguen transitando por ella entre lomas de cascajo y zanjas de drenaje.
La primera etapa contempla el reajuste de tres calles: Corregidora, Soledad y Moneda, desde Palacio Nacional a Circunvalación, y las transversales que contienen. La intención de dar un marco digno a las nuevas instalaciones viene acompañada por la natural plusvalía, por la modificación de costumbres de sus habitantes y por el cambio de uso del suelo; por otro lado, poco se ha avanzado en las normas de remodelación que se aplican, pues aún siguen vigentes las obras “a la manera” de Guanajuato en los años sesenta, o del Estado de México en los setenta, donde el criterio guía fue la uniformidad en textura y forma, pero sobre todo en color. Bajo esta óptica se destruyen aportes de otras épocas, se desconoce el devenir histórico y se unifican las fachadas a partir de un pretendido estilo “colonial neutro”, síntoma de un criterio simplista de recuperación formal, que podría catalogarse como “colonial de los ochenta” y que pretende ocultar las profundas diferencia de clase e ideología tanto de los constructores como de los actuales usuarios.
LAS VIVIENDAS “DIGNIFICADAS”
En los edificios coloniales se restituye su dimensión original a puertas y ventanas; en los porfiristas, se unifican balcones pero se dejan las puertas con las medidas a que han sido abiertas; curiosamente se respetan todas las obras “coloniales” del siglo XX (desde las construcciones de las primeras décadas, con arcos mixtilíneos y decoración floral sobre paños de ajaraca o de tezontle), las de los treinta y cuarenta (con marcos en recuadros sobre tezontle o chapeado de cantera), y las de los últimos cuarenta años, con marcos cada vez más sencillos de cantera sobre aplanado. En todos los casos hubo un profundo desconocimiento de las proporciones y del criterio de composición usado en las fachadas de la época colonial.
EL “colonial” del siglo XX ha sufrido un proceso de simplificación que culmina, ahora, con la ventana vertical bordeada por un recuadro aplanado y remetido, que se aplica con pequeñas variantes a los pisos altos de los demás edificios del siglo XX; en contraste, los vanos en planta baja no se alteran causando la extraña sensación de que las viviendas están “dignificadas” pero que no lo están los comercios. Globalmente, se unifican alturas cada 2 o 3 edificios, levantando los pretiles de la azotea, inventando remates, ocultando detrás de enormes bardas los edificios que por sus actividades resultan inmaquillables, e iluminando la calle a base de reflectores en azoteas. Lo único interesante es que en lugar de pintar con un solo color y con el tradicional zoclo de desplante, se ha elegido una gama cromática (del amarillo al ocre) que permite amplias posibilidades combinatorias; esto colabora a matizar un poco la sensación de encontrarse en una gran escenografía haciendo “natural” el aspecto de las fachadas surgidas en momentos y condiciones muy diversas. Añadiendo a esto la desaparición casi total de postes y cables de luz y teléfonos, el resultado es casi agradable.
Dignificar no implica unificar y mucho menos uniformar con un decorado que borre el desarrollo histórico de la zona, por desgracia, en México se ha vuelto “lo normal” ya que nunca se reconoce el valor de un edificio característico de una época o de una zona. Pasados algunos años la fachada se altera radicalmente y se destruye el acervo histórico y cultural de la ciudad que siempre parece recién acabada. El tratamiento de los pisos es adecuado, resolviendo adecuadamente aceras y guarniciones; pero sobre todo es un acierto el arroyo empedrado con cintas de cantera en las esquinas, y que recuerda los pasos que en la época colonial evitaban el lodo y los desechos orgánicos que se arrojaban a la calle al grito de “agua va”. Las losas de “cantera” de la banqueta las “piedras” de las guarniciones y el “empedrado” de la calle, son elementos hechos de concreto con color, pero su tratamiento y apariencia final son agradables y su proceso sin duda es más rápido. En este rubro la unificación no sólo es conveniente sino indispensable al tratarse de obras de infraestructura que corresponden al gobierno de la ciudad. La recuperación de los restos de la acequia, en el costado sur del Palacio Nacional, se hace olvidando su sentido y funciones, convirtiéndola en una fuente incomprensible y destinada a ser depósito de envolturas, papeles, y monedas extranjeras.
LOS LIMITANTES “NATURALES”
Muy interesante, en cambio, es el rescate de la acequia en la plaza de la Alhóndiga, que otorga dignidad al espacio y sentido al edificio del Diezmo, obra bellísima que con poco podría integrarse de una vez por todas al patrimonio cultural de la zona. Del mismo modo, es posible rescatar la continuación de la acequia en la calle que hasta 1896 se llamó Puente de Solano, y que ahora es un lote baldío junto al edificio del Diezmo. Pero es obvio que no bastan el voluntarismo y la improvisación. En la continuación del proyecto deberán contemplarse las actividades y los procesos productivos de la zona, la integración respetuosa de las construcciones de las diferentes épocas, y la tarea de destacar los elementos valiosos de cada una, alterando únicamente los edificios que hayan sido resueltos con obvia falta de calidad y carácter. Este trabajo implica mayor tiempo de estudio y un conocimiento mayor de la imagen urbana en las diferentes épocas; y en ellas, de las distintas clases sociales, de las diferentes entre la arquitectura del Estado y la arquitectura de las capas altas de la pequeña burguesía y de las clases populares; un conocimiento del uso de materiales, formas, y texturas pero, sobre todo, sus funciones y significado. Sólo esto validaría el intento de intervenir en los limitantes “naturales” del espacio urbano.
José Blas Ocejo
 

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