Ibrahim siempre te seguiré


No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

Historia, ciencia y ficción: Michael de Certeau ( )

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 Michael de Certau. Historiador francés, miembro de la Escuela Freudiana de París, ha publicado notables, eruditos y renovadores estudios sobre historia, antropología religiosa y crítica de la producción historiográfica. Entre sus obras recientes destacan: Une politique de la langue (Gallimard, 1975), L’escriture de L’histoire (Gallimard, 1975) y L’invetion du Quotidien (ediciones 10-18, 1980).
Ficción es una palabra peligrosa, al igual que ciencia, su correlativa. Aquí me limitaré a precisar cuatro funcionamientos posibles de la ficción en el discurso del historiador.
Ficción e historia. La historiografía occidental lucha contra la ficción. Esta guerra intestina entre la historia y las historias se remonta a muy lejos. Es una disputa familiar que, de entrada, fija posiciones. Pero gracias a esa lucha contra la fabulación genealógica, contra los mitos y las leyendas de la memoria colectiva o contra las versiones derivadas de la circulación oral, la historiografía crea una distancia de respecto al decir y al creer comunes, y se aloja precisamente en esa diferencia que la acredita como erudita distinguiéndola del discurso ordinario.
No que diga la verdad. Jamás historiador alguno tuvo semejante pretensión. Más bien, mediante la crítica de los documentos, el erudito le quita error a las “fábulas”. El terreno que gana a costa de ellas lo adquiere diagnosticando lo falso. Excava en el lenguaje recibido el lugar que otorga a su disciplina, como si, instalado en medio de las narraciones estatificadas y combinadas de una sociedad (todo lo que en ella se cuenta o se contó), se esforzará por perseguir lo falso más que por construir lo verdadero, o como si no produjera verdad más que consignando el error. Desde este punto de vista la ficción dentro de una cultura es lo que la historiografía instituye como erróneo, abriéndose así un territorio propio.
Ficción y realidad. Por ende, el discurso técnico capaz de determinar los errores que caracterizan la ficción se autoriza a hablar en nombre de lo real, tanto desde el punto de vista de los procedimientos de análisis (examen y comparación de los documentos) como de las interpretaciones. Al establecer según sus propios criterios el gesto que separa los dos discursos -uno, científico, y el otro de ficción-, la historiografía se adjudica una relación con lo real porque su contrario está colocado bajo el signo de lo falso.
Esta determinación recíproca implica un doble desfase que consiste, por una parte, en volver plausible lo verdadero demostrando un error y, simultáneamente, en hacer creer lo real denunciando lo falso. Por tanto supone que lo que no se comprueba como falso debe ser real. Así, argumentando contra “falsos” dioses, se hacía creer en la existencia de uno verdadero. El procedimiento se repite hasta en la historiografía contemporánea. Es sencillo: probando errores, el discurso hace pasar por real lo que se les opone. Aunque es lógicamente ilegítimo, funciona y engaña. La ficción es situada del lado de lo irreal, en tanto que al discurso técnicamente armado para designar lo erróneo se atribuye el privilegio complementario de representar lo real. Los debates entre “literatura” e historia permitirían fácilmente ilustrar esta división.
Ficción y ciencia. Por una vuelta bastante lógica, la ficción también acaba por encontrarse en el campo de la ciencia. Una lenta revolución modernizadora sustituyó el discurso metafísico y teológico que descifra el orden de los seres por las escrituras capaces de instaurar coherencias a partir de las cuales producir un orden, un progreso, una historia. Destituidas de su función epifánica de representar las cosas, esas lenguas formales dan lugar, en sus explicaciones, a argumentos cuya pertinencia ya no se debe a lo que expresan sino a lo que posibilitan. Es una nueva especie de ficción. Un artefacto científico no se juzga por lo real que supuestamente le falta, sino por lo que permite hacer y transformar. “Ficción” no es lo que fotografía él desembarco lunar, sino lo que lo previene y lo organiza.
La historiografía también utiliza ficciones de este tipo cuando construye sistemas de correlaciones entre unidades definidas como distintas y estables; cuando, en el espacio de un pasado, hace funcionar hipótesis y reglas científicas presentes, produciendo así modelos diferentes de sociedad; o cuando, más explícitamente, como en el caso de la econometría histórica, analiza las consecuencias probables de hipótesis alternativas (por ejemplo, ¿qué hubiera sido de la esclavitud en los Estados Unidos si la guerra de Secesión no hubiese tenido lugar?). Sin embargo, el historiador no deja de sentir recelo con respecto a esa ficción vuelta científica. La acusa de “destruir” la historiografía: los debates sobre la econometría lo mostraron elocuentemente. Esta resistencia puede también recurrir al aparato que, apoyándose en “hechos”, demuestra errores. Pero se funda más aún en la relación que supuestamente mantiene el discurso histórico con lo real. En la ficción el historiador combate una falta de referencia, una lesión del discurso “realista”, una ruptura de la unión que él supone entre las palabras y las cosas.
La ficción y lo “propio”. Por último, la ficción es acusada de no ser un discurso unívoco, es decir, de carecer de “propiedad” científica. En efecto, juega con expresiones polivalentes, cuenta una cosa para decir otra, se expresa en un lenguaje del cual saca, indefinidamente, efectos de sentido que no pueden ni circunscribirse ni controlarse. A diferencia de lo que sucede con una lengua artificial, en principio unívoca, no tiene lugar propio. Es “metafórica”. Se mueve, inasequible, en el campo de lo otro. El saber no encuentra en ella terreno firme, y su esfuerzo consiste en analizarla a fin de reducirla o traducirla en elementos estables y combinables. Desde este punto de vista, la ficción infringe una regla de cientificidad. Es la bruja que el saber se empeña en fijar y en clasificar, exorcizándola en sus laboratorios. Es la sirena de la que debe defenderse el historiador, como Ulises atado a su mástil.
De hecho, a pesar del quid pro quo de sus estatutos sucesivos o simultáneos, la ficción, en sus modalidades míticas, literarias, científicas o metafóricas, es un discurso que “informa” lo real, pero no pretende ni representarlo ni acreditárselo. Por ende, se opone fundamentalmente a una historiografía que siempre se articula en la ambición de decir lo real -y por lo tanto en la imposibilidad de resignarse a perderlo. Esta ambición parece la presencia y la fuerza de algo originario. Viene de muy lejos, como una escena primitiva cuya opaca permanencia seguiría determinando la disciplina. En todo caso, sigue siendo esencial. Será por lo tanto el centro oscuro de algunas consideraciones que quisiera introducir acerca del juego de la ciencia y la ficción, abordando tan sólo tres cuestiones: I) lo “real” producido por la historiografía también es lo legendario de la institución historiadora; II) el aparato científico, por ejemplo la informática, también tiene aspectos de ficción en el trabajo historiador; III) si se contempla la relación del discurso con lo que lo produce, o sea con una institución profesional y con una metodología científica, se puede considerar a la historiografía como una mezcla de ciencia y de ficción, o como un lugar donde se vuelve a introducir el tiempo.
I. Lo legendario de la institución
De modo general, cualquier relato cuenta lo -que- sucede (o lo que cedió) instituye lo real, en la medida en que se hace pasar por la representación de una realidad (pasada). Su autoridad proviene del hecho de presentarse como el testigo de lo que es, o de lo que fue. Sucede y se impone, a título de los acontecimientos de los cuales pretende ser el intérprete, por ejemplo las últimas horas de Nixon en la Casa Blanca o la economía capitalista de las haciendas mexicanas: En efecto, toda autoridad se basa en lo real que supuestamente declara. Siempre es en nombre de un “lo real” que se engaña a creyentes que se los produce. La historiografía adquiere ese poder en la medida en que presenta e interpreta “hechos”.
Sin embargo, lo “real” representado no corresponde a lo real que determina su producción. Tras la figuración de un pasado, se oculta el presente que lo organiza. Expresado sin miramiento, el problema es el siguiente: el discurso historiográfico oculta el aparato social y técnico que lo produce, o sea la institución profesional. La operación parece bastante astuta: el discurso se vuelve creíble en nombre de la realidad que supuestamente representa, pero esa apariencia autorizada sirve precisamente para camuflar la práctica que la determina realmente. La representación disfraza la praxis que la organiza.
El discurso histórico y la institución. La historiografía erudita no escapa a la constricción de las estructuras socioeconómicas que determinan las representaciones de una sociedad. Ciertamente el historiador, al aislarse en un medio especializado, trató de sustraer la producción de esa historiografía; a la politización y a la comercialización los relatos que nos cuentan nuestra actualidad. Ese retiro, que a veces tiene forma de organismo oficial (una institución del Estado), otras corporativas (una profesión), permitió la circunscripción de objetos antiguos (un pasado), la puesta aparte de un material caso (unos archivos) y la definición de operaciones controlables por la profesión (unas técnicas).
La erudición ya no es una obra individual sino marginalmente. Es una empresa colectiva. Para Popper, la comunidad científica corregía los efectos de la subjetividad de los investigadores. Pero esa comunidad también es una fábrica, distribuida en cadenas, sometida a exigencias presupuestarias, por lo tanto supeditada a políticas y a las crecientes obligaciones de un instrumental refinado (infraestructuras archivísticas, computadoras, modalidades de la edición, etc.); determinada por un reclutamiento social bastante estrecho y homogéneo; orientada por esquemas o postulados socioculturales que imponen ese reclutamiento: el estado de las investigaciones, los lntereses del “patrón” o director, las corrientes del momento, etc. Además, interiormente está organizada por una fuerte división del trabajo: tiene sus patrones, su aristocracia, sus “jefes de trabajos” (a menudo proletarios de las investigaciones patronales), sus técnicos, sus trabajadores a destajo mal pagados, sus manipuladores..Y dejo a un lado los aspectos psicosociológicos de esa empresa; por ejemplo, la “retórica de la respetabilidad universitaria” analizada por Jeanine Czubaroff (véase “Intellectual respectability: a rhetorical problem”, Quaterly Journal of Speech, No. 59, 1973).
Ahora bien, los libros producidos por esa fábrica no dicen nada acerca de su fabricación. Ocultan su relación con ese aparato jerarquizado y socioeconómico. ¿Acaso la tesis, por ejemplo, aclara su relación con el director de quien depende la promoción, o con los imperativos financieros a los cuales debe obedecer el director, o con las presiones que ejerce el medio profesional sobre los temas escogidos y los métodos empleados? Es inútil, pero hay que insistir en el hecho de que esas determinaciones no conciernen ni a imperativos propiamente científicos, ni a ideologías individuales, sino a una realidad histórica actual que pesa sobre discursos que no hablan en absoluto de ella y al mismo tiempo pretenden representar lo real.
Esta representación historiadora tiene ciertamente su papel, necesario en una sociedad o en un grupo. Repara incesantemente los desgarrones entre el pasado y el presente. Asegura un “sentido” que supera las violencias y las divisiones del tiempo. Crea un teatro de referencias y de valores comunes que garantizan al grupo una unidad y una comunicabilidad simbólicas. En resumen, como decía Michelet, es el trabajo de los vivos para “calmar a los muertos” y reagrupar todas las especies separadas en una apariencia de presencia que es la representación misma. Es un discurso de la conjunción, que lucha contra las disyunciones producidas por la competencia, el trabajo agotador, el tiempo y la muerte. Pero esa tarea social requiere precisamente la ocultación de lo que particulariza la representación. Induce a evitar el regreso de la división presente en el escenario simbolizado. Así, el texto sustituye la representación de un pasado por la elucidación de la operación institucional que lo fabrica. Da una apariencia de lo real (pasado) en vez de la praxis (presente) que lo produce.
Del producto erudito a los medios masivos. Desde este punto de vista, el discurso erudito ya no se distingue de la narración prolija y fundamental que es nuestra historiografía cotidiana. Participa en el sistema que organiza, mediante “historias”, la comunicación social y la habilidad del presente. El libro o el artículo profesional, por una parte, y el periódico impreso o el noticiario televisado, por otra, no se diferencian más que dentro del mismo campo historiográfico, constituido por los innumerables relatos que cuentan e interpretan los acontecimientos. Por supuesto, el historiador “especializado” se empeña en recusar esa solidaridad comprometedora. Vano rechazo. La parte erudita de esa historiografía tan sólo forma en ese campo una especie particular, que no es más “técnica” que las especies vecinas, sino que tiene simplemente otras técnicas. También compete a un género que prolifera: los relatos que explican lo-que-sucede.
En efecto, la historia se cuenta sin cesar, de la mañana a la noche. Privilegia lo que anda mal (el acontecimiento es primero un accidente, una desgracia, una crisis), porque es urgente recoser esos rasgones con un lenguaje que los dote de sentido. Pero recíprocamente, las desgracias son inductoras de relatos, autorizan su infatigable producción. No hace mucho lo “real” tenía la figura de un Secreto divino que autorizaba la interminable narratividad de su revelación. Hoy en día lo “real” sigue permitiendo relatos indefinidamente, pero tiene la forma del acontecimiento, lejano o extranjero, que sirve de postulado necesario para la producción de nuestros discursos de revelaciones. Ese dios fragmentado no cesa de hablar. Charla. En todas partes hay noticias informaciones, estadísticas, sondeos, documentos que compensan, mediante la conjunción narrativa, la disyunción creciente creada por la división del trabajo, por la atomización social y por la especialización profesional. Estos cursos proporcionan a todos los separados una referencia común. Instituyen en nombre de lo “real”, el lenguaje simbolizador que hace creer en la comunicación y que forma la hermosa telaraña de “nuestra” historia.
De esa historiografía general, señalaré tan sólo tres rasgos propios de todo el género entero, si bien son más visibles en la especie “medios de comunicación masiva” y mejor controlados (o de diferente aspecto) en la especie “científica”.
a) La representación de las realidades históricas es el medio de disimular las condiciones reales de su producción. El “documental” no muestra que es en primer lugar el resultado de una institución socioeconómica selectiva y de un aparato técnico codificador, el periódico o la televisión. Todo sucede como si a través de las noticias periodísticas, Afganistán se mostrara. De hecho nos es contado en un relato que es el producto de un medio, de un poder de contratos entre la empresa y sus clientes, de la lógica de una técnica. La claridad de la información oculta las leyes del trabajo complejo que la construye. Es una apariencia engañosa que, a diferencia de la engañifa de antaño, ya no proporciona ni la visibilidad de su estatuto de teatro ni el código de su fabricación. La “elucidación” profesional del pasado hace lo mismo.
b) El relato que habla en nombre de lo real es conminatorio. “Significa” como se significa una orden. A este respecto, la actualidad (ese real cotidiano) desempeña el mismo papel que la divinidad de antaño: los sacerdotes, los testigos o los ministros de la actualidad, la hacen hablar para ordenar en su nombre. Ciertamente, “hacer hablar” lo real ya no es revelar las voluntades secretas de un Autor. En adelante, cifras y datos hacen las veces de esos secretos. Sin embargo, la estructura sigue siendo la misma: consiste en dictar interminablemente, en nombre de lo “real”, lo que hay que decir, lo que hay que creer y lo que hay que hacer. ¿Y qué oponer a esos “hechos”? La ley que se cuenta en datos y en cifras (o sea en términos fabricados por técnicos pero presentados como la manifestación de la autoridad final, lo Real) constituye nuestra ortodoxia, un inmenso discurso del orden. Se sabe que lo mismo sucede con la literatura historiográfica. Hoy en día muchos análisis lo muestran: siempre fue un discurso pedagógico y normativo, nacionalista o militante. Pero al enunciar lo que hay que pensar y lo que hay que hacer, ese discurso dogmático no necesita justificarse, puesto que habla en nombre de lo real.
c) Además, ese relato es eficaz. Al pretender relatar lo real, lo fabrica. Vuelve creíble lo que dice, y hace actuar en consecuencia. Al producir creyentes, produce practicantes. La información declara: “íEl anarquismo está en vuestras calles, el crimen está a vuestra puerta!” El público se arma y se encierra en seguida, La información añade: “Los criminales son extranjeros, tenemos indicios”. El público busca culpables, denuncia personas y va a votar su muerte o su exilio. La narración historiadora devalúa o privilegia prácticas, exorbita conflictos, enciende nacionalismos o racismos, organiza o desata comportamientos. Hace lo que dice. Jean-Pierre Faye lo analizó en sus Langages totalitaires (París, 1974), a propósito del nazismo. Conocemos muchos otros casos de esos relatos fabricados en serie y que hacen la historia. Las voces hipnotizadoras de la narración transforman, desplazan y regulan el espacio social. Ejercen un inmenso poder, pero un poder que escapa al control, puesto que se presenta como la única representación de lo que sucede o de lo que sucedió. La historia profesional, por los temas que selecciona, por las problemáticas que privilegia, por los documentos y los modelos que utiliza, tiene una operatividad análoga. Con el nombre de ciencia, también arma y moviliza clientelas. De ahí que los poderes políticos o económicos, a menudo más lúcidos que los propios historiadores, siempre se esforzaran por ponerla de su lado, por halagarla, pagarla, orientarla, controlarla o someterla.
II. Cientificidad e historia:
la informática.
Para combinar una escenificación y un poder, el discurso histórico se vincula con la institución que lo promueve, lo cual le brinda a la vez una legitimidad con respecto al público y una dependencia con respecto al juego de las fuerzas sociales. La institución donde labora el historiador garantiza la imagen como discurso de lo real para los lectores o los espectadores, a la vez que, por su funcionamiento interno, articula la producción con el conjunto de las prácticas sociales. Pero hay entre esos dos aspectos la misma situación que entre dos personas que se buscan sin encontrarse. Las representaciones sólo están autorizadas a hablar en nombre de lo real en la medida en que hacen olvidar las condiciones de su fabricación. Ahora bien, también es la institución la que opera la alianza de esos contrarios. Esta vive las luchas, reglas y procedimientos sociales comunes e impone las obligaciones que de ellas se derivan a la actividad productora del historiador y autoriza la ocultación por el discurso producido. Aseguradas por el medio profesional, esas prácticas pueden por lo tanto ser ocultadas por la representación.
Es evidente que esa práctica no es reductible al género de la historiografía general. En calidad de “científica”, tiene rasgos específicos. Tomaré como ejemplo de ello el funcionamiento de la informática en el campo del trabajo historiográfico especializado o profesional. Con la informática se abrió la posibilidad de lo cuantitativo, del estudio serial de las relaciones variables entre unidades estables en una larga duración. Para el historiador, es la Isla Afortunada. Por fin va a poder arrancar a la historiografía de sus relaciones comprometedoras con la retórica, con todos los usos metafóricos del detalle supuestamente significativo de un conjunto, con todas las astucias oratorias de la persuación. Va a poder liberarla de su dependencia para con la cultura ambiente, cuyos prejuicios delimitan de antemano postulados, unidades e interpretaciones. Gracias a la informática, se vuelve capaz de dominar el número, de construir regularidades y de determinar periodicidades según curvas de correlaciones. Así, un arrebato estadístico se apoderó de la historiografía. Los libros se llenaron de cifras, garantes de la objetividad.
Desgraciadamente, hubo que deshechizar esas esperanzas, aun sin llegar a hablar de “retórica de las cifras”.
1. Las condiciones históricas del análisis matemático de la sociedad.
Aparentemente, no hay nada más ajeno a las vicisitudes de la historia que esa cientificidad matemática. En su práctica teorizante, la matemática se define por la capacidad que tiene su discurso de determinar las reglas de su producción, de ser “consistente” (sin contradicción entre sus enunciados), “propio” (sin equivocidad) y apremiante (prohibe por su forma, todo rechazo de su contenido). Su escritura dispone así de una autonomía que hace de “la elegancia” el principio interno de su desarrollo. De hecho su aplicación al análisis de la sociedad a circunstancias de tiempo y de lugar. Es en el siglo XVIII cuando Condorcet funda una “matemática social” y emprende un cálculo de las “probalidades” que rigen, según piensa, los “motivos de creer” y por lo tanto las elecciones prácticas de los individuos reunidos en sociedad. Es sólo entonces cuando cobra forma la idea de una sociedad matematizable, principio y postulado de todos los análisis que, desde entonces, tratan matemáticamente la realidad social.
Esta “idea” no era evidente, si bien el proyecto de una sociedad regida por la razón se remonta a la República de Platón. Para que la “lengua de los cálculos”, como decía Condillac, definiera el discurso de una ciencia social, fue preciso primero que una sociedad fuera considerada como una totalidad compuesta de unidades individuales y cuyas voluntades se combinaran: este “individualismo”, nacido con la modernidad, es la presuposición de un tratamiento matemático de las relaciones posibles entre esas unidades, así como en la misma época es la presuposición de la concepción de una sociedad democrática. Además, tres condiciones circunstanciales vinculan esta idea con una coyuntura histórica: un progreso técnico de las matemáticas (el cálculo de las probabilidades, etc.), por lo demás indisociable del enfoque cuantitativo de la naturaleza y de la deducción de las leyes universales, características de la cientificidad en el siglo XVII organización sociopolítica de una administración que uniformizaba el territorio, centralizando la información y porcionando el modelo de una gestión general de los ciudadanos; por último la constitución de una élite burguesa ideológicamente persuadida de que su propio poder y la riqueza de la nación quedarían asegurados mediante una racionalización de la sociedad.
Esta triple determinación histórica, una técnica, otra sociopolítica y la tercera ideológica y social, fue -y sigue siendo- la condición de posibilidad de las operaciones estadísticas.
2. El análisis matemático y la reducción de la realidad
Además, el precio del rigor matemático es una restricción del campo e puede ejercerse. Condorcet procedía ya a una triple reducción. En su temática social”, suponía a) que se actúa lo que se cree, b) que la creencia puede reducirse a “motivos de creer y c) que esos “motivos” se reducen a probabilidades. No le queda más tiempo que delimitar en lo real un objeto matematizable. Por lo tanto deja fuera de sus cálculos toda la complejidad social y psicológica de las elecciones. Su “ciencia de las estrategias” combina simulacros. El precio de la rigurosa novedad del método es la transformación de su objeto en ficción.
Hoy en día, sólo unas restricciones drásticas permiten el uso en historia de la estadística, forma sin embargo elemental de la matemática. Así, al inicio mismo de la operación, sólo retiene del material recopilado lo que puede constituirse en series, lo cual favorecerá una historia urbanística o una historia electoral, en detrimento de otras historias, dejadas yermas o abandonadas a un artesanado de aficionados. También se deben definir las unidades tratadas de tal modo que el signo (objeto cifrado) nunca se identifique con las cosas o con las palabras, cuyas variaciones históricas o semánticas comprometerían la estabilidad del signo y por lo tanto la validez del cálculo. A las restricciones exigidas por el “lavado” de los datos, se añaden las que imponen los límites de los instrumentos teóricos. Por ejemplo, se necesitaría una “lógica imprecisa” capaz de tratar las categorías del tipo “un poco”, “quizá”, “bastante”, etc., que son características del campo histórico.
Muchos historiadores comparten la experiencia de las eliminaciones que hubo que efectuar en el material porque no era tratable según las reglas impuestas. Desde el nivel elemental de las unidades por delimitar, y por excelentes razones, la operación matemática excluye regiones enteras de la historicidad. Crea inmensos desechos, rechazados por la computadora y amontonados en torno a ella.
3. La expulsión de la realidad y la invención de “realidades” formales.
En la medida en que el historiador las respeta en su práctica efectiva, esas obligaciones producen una corrección técnica y metodológica. Generan efectos de cientificidad. Para caracterizar esos efectos, se podría decir de una manera general que, cuando se introduce, el cálculo multiplica las hipótesis y permite falsificar algunas de ellas. Por una parte de las combinaciones entre los elementos que fueron aislados sugieren relaciones hasta entonces insospechadas. Por otra parte el cálculo en base a grandes números prohibe interpretaciones basadas en casos particulares o en ideas inculcadas. Hay por lo tanto aumento de posibles y determinación de imposibles. El cálculo no prueba nada. Incrementa el número de las relaciones formales legítimas entre elementos abstractamente definidos, y designa las hipótesis que se deben rechazar por estar mal formuladas, o por no ser tratables, o por ser contrarias a los resultados del análisis.
Pero de ese modo, el cálculo ya no se ocupa fundamentalmente de lo “real”. Es una gestión de unidades formales. De hecho, la historia efectiva es expulsada de estos laboratorios. Por tanto, la reacción de los historiadores es muy ambigua. Al mismo tiempo lo quieren y no lo quieren. A la vez seducidos y rebeldes. No hablo aquí de una compatibilidad teórica, sino de una situación de facto. Debe tener un sentido. Si la examinamos tal como se presenta, se pueden localizar por lo menos tres aspectos de ese funcionamiento efectivo de la informática en la historiografía.
a) Si distinguimos, como se debe, la informática (en que la estadística desempeña un papel menor), el cálculo de las probabilidades, la estadística misma (y la estadística aplicada), el análisis de datos, etc., se puede decir que, por lo general, los historiadores se confinaron en el tratamiento cuantitativo de los datos. La computadora se utiliza fundamentalmente para constituir nuevos archivos. Esos archivos, públicos o privados, duplican y paulatinamente reemplazan los antiguos archivos.
Sin embargo, este desarrollo considerable está circunscrito a la archivística, disciplina tradicionalmente considerada como “auxiliar” y separada del trabajo interpretativo que el historiador se reservaba como su campo propio. Así, aunque al transformar la documentación también transforma las posibilidades de la interpretación, la computadora se aloja en su compartimiento particular de la empresa historiográfica, dentro del marco preestablecido que protegía la autonomía de la hermeneútica. No se le otorga sino un lugar de “auxiliar”, aún determinado por el modelo antiguo que distinguía la recopilación de datos y la elucidación del sentido y que jerarquizaba las técnicas. Esta combinación permite en principio que el historiador utilice el cálculo sin tener que plegarse a sus reglas. También explica sin lugar a dudas que, como lo señalaba Charles Tilly, haya habido tan pocas confrontaciones epistemológicas entre la operación matemática y la operación interpretativa a nivel de los planteamientos intelectuales y que se mantenga de ese modo, a pesar de las tensiones, de las porosidades y los desplazamientos recíprocos, una especie de bilingüismo epistemológico.
b) Utilizada por los historiador como proveedora de datos más seguros y más extensos en vez de valorarla por las operaciones formales que pone en obra, la computadora aparece en sus trabajos con su figura actual de poder tecnocrático. Se introduce en la historiografía a título de una realidad socioeconómica más bien que a título de un conjunto de reglas y de hipótesis propias de un campo científico.
Por tanto, cada libro de historia debe incluir una base estadística mínima que a la vez garantiza la seriedad del estudio y rinde homenaje al poder reorganizador de nuestro aparato productor. Ambos gestos, uno de conformidad a un método técnico contemporáneo y el otro de dedicatoria a la autoridad reinante, no son separables. Es el mismo gesto. Desde este punto de vista el tributo que la erudición contemporánea paga a la computadora sería el equivalente de la “Dedicatoria al Príncipe” en los libros del siglo XVII: un reconocimiento de deuda para con el poder que sobredetermina la racionalidad de una época. La institución informática hoy en día, así como la institución principesca y genealógica ayer, aparece en el texto con la figura de una fuerza que tiene razón y se impone al discurso de la representación.
Además, respecto de esos dos poderes sucesivos, el historiador está en la posición de estar cerca de ellos pero ajeno. Está “dirigiéndose” a la computadora como antes estaba “dirigiéndose” al rey. Analiza y mina operaciones que sólo efectúa de lejos. Las utiliza pero no se confunden con ellas. En resumen, hace historia pero no hace la historia. La representa.
c) En cambio, la dedicatoria a esa cientificidad acredita el texto del historiador. Desempeña el papel de cita autorizante. De todas las autoridades a las que se refiere el discurso historiográfico, es ésta la que le brinda más legitimidad. En efecto, lo que acredita siempre es en última instancia el poder, pues este funciona como una garantía de lo real, del mismo modo que un capital oro valida los papeles y billetes de banco. Esta razón, que lleva el discurso de la representación hacia el poder, es más fundamental que las motivaciones psicológicas o políticas. Ahora bien, el poder tiene hoy en día la forma tecnócrata de la informática. Citarlo es, por lo tanto, gracias a esa autoridad”, dar credibilidad a la representación. Mediante el tributo que paga a la informática, la historiografía hace creer que no es ficción. Sus planteamientos científicos articulan todavía algo que no lo es: el homenaje rendido a la computadora sostiene la antigua ambición de hacer pesar el discurso histórico por un discurso de lo real.
A esta problemática del “hace creer” mediante la cita del poder, se añade, como su corolario, una problemática del “creer” que está vinculada con la cita de lo otro. Ambas están ligadas, pues el poder es lo otro del discurso. Tomaré como ejemplo la relación que mantiene una disciplina particular con otra. En la experiencia que tengo de las colaboraciones entre historiadores y técnicos de la informática, una ilusión recíproca hace suponer, de cada lado, que la otra disciplina le garantizará lo que le falta – una referencia a lo real. Los historiadores le piden la informática que los acredite mediante un poder científico capaz de brindar “seriedad” a su discurso. Los técnicos de la informática, por su parte, inquietos por su propia habilidad para manipular unidades formales, le piden a la historiografía un reforzamiento de sus cálculos mediante lo “concreto” y mediante las particularidades de la erudición. En el borde de cada territorio, se hace desempeñar al campo vecino el papel de compensar las dos condiciones de toda investigación científica moderna, por una parte su limitación (que es renuncia a la totalización) y por otra parte su naturaleza de lenguaje artificial (que es renuncia a ser un discurso de lo real).
Para constituirse, una ciencia debe despedirse de la totalidad y de la realidad. Pero lo que tiene que excluir o perder para formarse vuelve con la figura de lo otro, del cual se sigue esperando una garantía contra la insuficiencia que se encuentra en el origen de nuestros saberes. Un creer en lo otro es el modo en el que se presenta el fantasma de una ciencia totalizante y ontológica. La reintroducción más o menos marginal de ese modelo de ciencia traduce el sentimiento que marcó la ruptura entre el discurso (la escritura) y lo “real” (la presencia). No es sorprendente que la historiografía, sin duda la más antigua y la más obsesionada por el pasado de todas las disciplinas, sea un campo privilegiado para el regreso del fantasma. El uso de la computadora, en particular, es indisociable de lo que permite a los historiadores hacer creer, y de lo que supone de creencia en ellos Ese acrecentamiento (esa superstición) del pasado interviene en su manera de emplear las técnicas modernas. Por tanto la historiografía es “histórica” no sólo en el sentido en que produce una interpretación de períodos antiguos, sino en el sentido en que el pasado (lo que las ciencias modernas han rechazado o perdido y constituido como pasado -algo acabado, separado) se produce en ella y se cuenta.
III. Ciencia-ficción, o el lugar del tiempo.
Ese combinado sería lo histórico mismo: un regreso del pasado en el discurso presente. Más ampliamente, ese mixto (ciencia y ficción) perturba la división que instauró la historiografía moderna entre un “presente” y un “pasado” distintos, uno “sujeto” y el otro “objeto” de un saber, uno productor del discurso y el otro representado. De hecho, ese ob-jeto, ob-jectum, supuestamente exterior al laboratorio, determina desde dentro sus operaciones.
Ese combinado pasa frecuentemente por el efecto de una arqueología que habría que eliminar poco a poco de la buena ciencia, o por un “mal necesario” que hay que tolerar como una enfermedad incurable. Pero también puede constituir, como yo lo creo, el índice de un estatuto epistemológico propio, y por lo tanto de una función y de una cientificidad que deben ser reconocidas por sí mismas. En ese caso, hay que sacar a la luz los aspectos “vergonzosos” que la historiografía cree deber ocultar. La formación discursiva que aparece entonces es un espacio entre dos cosas. Tiene sus normas, que no corresponden el modelo, siempre transgredido, al cual se quiere creer o hacer creer que obedece. Ciencia y ficción. Esta ciencia ficción interviene en la juntura del discurso científico y del lenguaje ordinario, también allí donde el pasado se conjuga en presente, y donde las interrogaciones que no tienen tratamiento técnico regresan en forma de metáforas narrativas. Para terminar, quisiera tan sólo precisar algunas de las preguntas que serían los objetivos de la elucidación de ese mixto.
1. Una repolitización. Nuestras ciencias nacieron con el gesto histórico “moderno” que despolitizó la investigación instaurado campos “desinteresados” y “neutrales”, sostenidos por instituciones científicas. Ese gesto sigue organizando muy a menudo la ideología que ostentan ciertos medios científicos. Pero el desarrollo de lo que ese gesto posibilitó invirtió su alcance. Desde hace mucho tiempo la instituciones científicas, transformadas en potencias logísticas, encajan en el sistema que racionalizan y que las conecta entre que les asigna orientaciones y que asegura su integración socioeconómica. Ese efecto de asimilación es naturalmente más gravoso en las disciplinas cuya elaboración técnica es más reducida. Tal es el caso de la historiografía. 
Por tanto, hay que “repolitizar” las ciencias. Por ello entiendo rearticular su aparato técnico sobre el campo de fuerzas que condiciona el medio donde trabaja el investigador y en función de las cuales éste produce operaciones y discursos. Esta tarea es historiadora por excelencia. La historiografía siempre se alojó en la frontera del discurso y de la fuerza, como una guerra del sentido y de la violencia. Pero después de tres o cuatro siglos durante los cuales creyó poder dominar esa relación y situarla en el exterior del saber para volverla su “objeto” y analizarlo en forma de un “pasado”, hay que reconocer hoy en que el conflicto del discurso y de la fuerza domina la historiografía a la vez que le es interior. Debe por tanto volver explícita su relación interna y actual con el poder (como sucedía ayer en la relación con el Príncipe). Sólo esta relación evitará que la historiografía cree simulacros que, al suponer una autonomía científica, tienen precisamente por efecto eliminar todo tratamiento serio de la relación que el lenguaje (de sentido o de comunicación) mantiene con juegos de fuerza.
Técnicamente esta “repolitización” consiste en “historicizar” la propia historiografía. Por reflejo profesional, el historiador refiere todo discurso a las condiciones socioeconómicas o mentales de su producción. Pero también tiene que aplicar ese análisis a su propio discurso, a fin de restituir su pertinencia a las fuerzas presentes que organizan las representaciones del pasado. Su propio trabajo será el laboratorio en que experimentará cómo se articula una simbólica con una política.
2. El tiempo, el sujeto, el efecto. De ese modo se modifica la epistemología que diferenciaba al sujeto del objeto y que, por consiguiente, reducía el tiempo a la función de clasificar los objetos. En efecto, en historiografía las dos causas, la del objeto y la del tiempo, están ligadas y sin duda alguna la objetivación del pasado ha hecho del tiempo, desde hace tres siglos, lo impensado de una disciplina que no deja de utilizarlo como un instrumento taxonómico. En la epistemología nacida con las Luces, la diferencia entre el sujeto del saber y su objeto funda la diferencia que separa el pasado del presente.
Dentro de una realidad social estratificada, la historiografía definía como “pasado” (como conjunto de alteridades y de “resistencia” por comprender o por rechazar) lo que no incumbía al poder (político, social, científico) de producir un presente.
En esta concepción típica de la economía “burguesa” y conquistadora, llama la atención el hecho de que el tiempo es la exterioridad, es lo otro. Por tanto sólo aparece, al igual que un sistema monetario, como un principio de clasificación para los datos situados en ese espacio objetivo externo. Transformada en medida taxonómica de las cosas, la cronología se vuelve la coartada del tiempo, un medio de valerse del tiempo sin pensarlo y de exilar fuera del saber ese principio de muerte y de paso (o de metáfora). Queda el tiempo interno de la producción, pero esta experiencia, transformada en el interior del discurso en una serie racional de operaciones, y objetivada en el exterior en un sistema métrico de unidades cronológicas, esa experiencia no tiene sino un lenguaje ético: el imperativo de producir.
Quizá si restaurara la ambigüedad que comporta la relación objeto-sujeto o pasado-presente, la historiografía volvería a su antigua tarea, filosófica tanto como técnica, de expresar el tiempo cómo la ambivalencia que afecta al lugar mismo donde opera el historiador, y por lo tanto, de pensar la equivocidad del lugar como el trabajo del tiempo en el interior mismo del sitio del saber. El tiempo también puede reincorporarse en el pensamiento historiográfico por una modificación que concierne a la práctica y a la concepción del objeto, no ya a las del lugar. Así, “la historia inmediata” ya no autoriza distanciarse de su “objeto” que, de hecho, la domina, la envuelve y la vuelve a colocar en la red de todas las demás “historias”. Lo mismo sucede con “la historia oral”, cuando no se contenta con transcribir y exorcizar esas voces cuya desaparición era antaño la condición de la historiografía. Si se pone a escuchar, sin detenerse en lo que puede ver o leer, el profesional descubre frente a él interlocutores que, aunque no son especialistas, también son sujetos productores de historias y compañeros del discurso. De la relación sujeto-objeto, se pasa entonces a una pluralidad de autores y de contratantes. Se sustituye la jerarquía de los saberes por una mutua diferenciación de los sujetos. Por tanto, la relación que mantiene con otros el sitio particular en que está el técnico, introduce una dialéctica de esos sitios, es decir una experiencia del tiempo.
Que la particularidad del sitio en que se produce el discurso sea pertinente, se manifiesta naturalmente cuando el discurso historiográfico trata de cuestiones que ponen en tela de juicio el sujeto historiador: historia de las mujeres, de los negros, de los judíos, de las minorías culturales, etc. Es cierto que en estos casos se puede por turno sostener que el estatuto personal del autor es indiferente (con respecto a la objetividad de su trabajo), o que esto precisamente autoriza o invalida el discurso (según se “forme parte de él” o no). Pero ese debate exige precisamente hacer explícito lo que fue ocultado por una epistemología, a saber: el impacto de las relaciones dé sujetos a sujetos (mujeres y hombres, negros y blancos, etc.), el empleo de técnicas aparentemente “neutrales” y la organización de discursos quizá igualmente científicos. Por ejemplo, en vista de la diferencia entre sexos, ¿debe concluirse que un mujer produce una historiografía diferente a la de un hombre? Esa interrogación pone en tela de juicio el sitio del sujeto, y obliga a tratar acerca de él, contrariamente a la epistemología que construyo la “verdad” de la obra sobre la no pertinencia del locutor. Interrogar el sujeto del saber, es igualmente tener que pensar el tiempo, si es verdad que el sujeto se organiza como una estratificación de tiempos heterogéneos y que, mujer, negro o vasco, está estructurado por su relación con el otro. El tiempo es precisamente la imposibilidad de la identidad con el lugar. Por tanto, por allí comienza una reflexión sobre el tiempo. El problema de la historia se inscribe en el sitio de ese sujeto que es en sí mismo juego de la diferencia, historicidad. de la no identidad consigo.
Por el doble movimiento que perturba en su seguridad el lugar y el objeto de la historiografía, introduciéndoles el tiempo, también hace su entrada el discurso del efecto o de las pasiones. Después de haber sido central en el análisis de una sociedad hasta el final del siglo XVIII (hasta Spinoza, Hume, Loke o Rousseau), la teoría de las pasiones y de los intereses fue lentamente eliminada por la economía objetivista que, en el siglo XIX, la sustituyó por una interpretación racional de las relaciones de producción y sólo conservó de la antigua elaboración un residuo, permitiendo dar al nuevo sistema una base en “necesidades”. Después de un siglo de rechazo la economía de los afectos ha regresado en el modo freudiano de una economía del inconsciente. Con Tótem y Tabú, Malestar en la civilización y el monoteísmo, se presenta el análisis, forzosamente relativo a una inhibición, que articula nuevamente la situación del sujeto con las estructuraciones colectivas. Esos afectos vuelven entonces a insertarse en el orden de una razón socio- económica. Permiten formular, en la teoría o en la práctica historiográfica, problemas de los que ya existen muchas expresiones, desde los ensayos de Paul Veyne sobre el deseo del historiador, (Comment on écrit l’Histoire, París, 1971), de Albert Hirschman sobre el disappointment en economía (The Passions and the Interest, 1977), de Martin Duberman sobre la inscripción del sujeto sexuado en su objeto histórico (Black Mountain, New York, 1973), o de Regine Robin sobre la estructuración del estudio por las escenas míticas de la infancia (Le cheval blanc de Lénine u I’histoire autre, Bruselas, 1979). De ese modo se inaugura una epistemología diferente de la que definía el lugar del saber por un lugar “propio” y que medía la autoridad del “sujeto del saber” por la eliminación de toda cuestión relativa al locutor. Al volver explícito ese eliminado, la historiografía nuevamente es remitida a la particularidad de un sitio ordinario, a los afectos recíprocos que estructuran representaciones, y a los pasados que determinan desde dentro el uso de las técnicas.
3. Ciencia y ficción. Desde hace mucho tiempo, la proliferación de la ficción es signo de que las identidades de tiempo, de lugar, de sujeto y de objeto supuestas por la historiografía clásica no “pueden sostenerse” y se ven afectadas por un “meneo” que las perturba. Pero es una parte considerada como vergonzosa e ilegítima -una oscura mitad que la disciplina deniega. Además, resulta curioso que la historiografía se haya colocado, en el siglo XVII, en el extremo opuesto: en aquel entonces, el historiador general se vanagloriaba de practicar el género retórico por excelencia. En tres siglos, la disciplina pasó de un polo a otro. Esta oscilación ya es el síntoma de un estatuto. Habría que precisar su curva y analizar, en particular, la progresiva diferenciación que separó, en el siglo XVIII, a las “ciencias” de las “letras”. La historiografía se vio entonces distendida entre los dos continentes, a los cuales la vinculaba su papel tradicional de ciencia “global” y de conjunción simbólica social. Siguió siéndolo, aunque en modos variables. Pero el mejoramiento de sus técnicas y la evolución general del saber la obligan cada vez más a disimular sus lazos, científicamente inconfesables, con lo que entretanto cobró forma de “literatura”. Esa disimulación introduce precisamente en ella el simulacro que se niega a ser.
Para restituir su legitimidad a la ficción que asedia el campo de la historiografía, hay que “reconocer” primero en el discurso legitimado como científico la inhibición que cobró forma de “literatura”. Las astucias del discurso con el poder a fin de utilizarlo sin servirlo, las apariciones del objeto como actor fantástico en el sitio mismo del “sujeto del saber”, las repeticiones y los regresos del tiempo supuestamente pasado, los disfraces de la pasión bajo el antifaz de una razón, etc., todo eso es muestra de la ficción, en el sentido “literario” del término. Sin embargo, la ficción no es ajena a lo real. Por el contrario, Jeremy Bentham lo observaba ya en el siglo XVIII: el discurso fictitious es más cercano a lo real que el discurso objetivo. Pero otra lógica interviene aquí, que no es la de las ciencias positivas. Comenzó a regresar con Freud. Su elucidación sería una de las tareas de la historiografía. En ese primer aspecto la ficción es reconocible cuando no hay lugar propio y unívoco, o sea cuando el otro se insinúa en el sitio. El papel tan importante de la retórica en el campo historiográfico es precisamente un síntoma masivo de esa lógica diferente.
Considerada como “disciplina”, la historiografía es una ciencia que no tiene los medios de serlo. Su discurso toma en cuenta lo más reciente a la cientificidad (la relación social con el acontecimiento, con la violencia, con el pasado, con la muerte), osea lo que cada disciplina científica tubo que eliminar para constituirse. Para esta postura difícil, trata de sostener, por la globalización textual de una síntesis narrativa, la posibilidad de una explicación científica. Lo “verosímil” que caracteriza a ese discurso defiende el principio de una explicación y el derecho a un sentido. Mantiene una creencia en la inteligibilidad de las cosas que más se le resisten. Así la historiografía yuxtapone elementos no coherentes o aun contradictorios, y a menudo hace como si los “explicara”: es la relación de los modelos científicos con sus déficits. Esta relación de los sistemas con lo que los desplaza o metaforiza también corresponde a la manifestación y a nuestra experiencia del tiempo. En esta perspectiva, el discurso historiográfico es en sí mismo, como discurso. la lucha de una razón con el tiempo, pero una razón que no renuncia a lo que todavía es incapaz, una razón en su movimiento ético. Por lo tanto estaría en la vanguardia de las ciencias, como lo está la ficción en relación a lo que las ciencias logran parcialmente. Una afirmación de cientificidad rige el discurso que, en sí mismo, conjuga la explicación con lo que aún no lo es. Lo que se cuenta en él es una ficción de la propia ciencia.
Manteniendo siempre su función tradicional de ser una “conjunción”, la historiografía vincula de ese modo la cultura de una época -lo legendario- con lo que ya es en ella controlable, corregible o prohibido por prácticas técnicas. No puede identificarse con esas prácticas, pero la historiografía es producida por lo que éstas describen quitan o confirman en el lenguaje reconocido de un medio. El modelo tradicional de un discurso global, simbolizador y legítimamente se vuelve pues a encontrar en ella, pero surcado por instrumentos y controles que pertenecen al aparato productor de nuestra sociedad. Por tanto, ni la narratividad totalizante de nuestras leyendas culturales, ni las operaciones técnicas y críticas pueden suponerse, sin arbitrariedad, ausentes de lo que desemboca en una representación -el texto o el artículo de historia. Por ese medio, cada una de esas representaciones, o la masa que forman juntas, podría compararse con el mito, si se define el mito como un relato perforado por las prácticas sociales, o sea un discurso global que articula prácticas que no relata pero que debe respetar y que a la vez le faltan y lo vigilan. Nuestras prácticas técnicas son a menudo tan mudas, tan circunscritas y tan esenciales como lo eran antaño las de la iniciación, pero ahora son de tipo científico. Es en relación con ellas que se elabora el discurso histórico, asegurándoles una legitimidad simbólica pero “respetándolas”. Este es necesario para su articulación social y sin embargo está controlado por ellas. Así, sería el mito posible de una sociedad que; rechaza los mitos- la ficción de la relación social entre prácticas especificadas y leyendas generales, entre técnicas que producen lugares y leyendas que simbolizan el efecto del tiempo. Concluiré con una fórmula. El lugar instaurado por procedimientos de control es a su vez historicizado por el tiempo, pasado o futuro, que se inscribe en él como regreso de lo “otro” (una relación con el poder, con precedentes o con ambiciones) y que, “metaforizando” de ese modo el discurso de una ciencia, la vuelve igualmente una ficción.
Traducción de Oscar Barahona

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