Ibrahim siempre te seguiré


No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

Edipo amenazado. Robert Musil ( )

|
Aunque maligna y parcial, esta crítica no pretende para sí la objetividad científica. Si el hombre antiguo tenía su Escila y su Caribdis, el moderno tiene el Acuario y el Edipo. Y si ha logrado evitar a los primeros forjando a sus dignos sucesores, ahora puede estar seguro de que todo el éxito se resume en el último. A ciencia cierta, actualmente nada —o casi nada— es posible sin Edipo. Ni la vida familiar, ni la misma arquitectura.
Yo, que he crecido antes del Edipo, sólo puedo decir con sumo cuidado algo al respecto. Sí, admiro los métodos del psicoanálisis. Recuerdo que en mi infancia si uno de nosotros era insultado por otro niño, de tal modo que fuera imposible responder al ataque con igual fuerza, teníamos una frasecita: todo lo que digas será al revés, que intercalada entre las pausas del enemigo devolvía todos los insultos por el camino más corto. Y estudiando la literatura psicoanalítica me sentí satisfecho de ver que a todas las personas que dicen no creer en la infalibilidad del psicoanálisis, se les puede comprobar enseguida que tienen sus profundas razones para no hacerlo, y que éstas son casi siempre de naturaleza psicoanalítica. Una espléndida prueba de que los métodos científicos son adquiridos antes de la pubertad.
Si esta ciencia médica recuerda aquí a los magníficos tiempos de las diligencias que iban y volvían, es desde luego algo inconsciente; pero no sin razones psicológicas profundas. Uno de sus más grandes logros radica en que —ante la escasez de tiempo que sufre nuestro presente— nos ha ido educando en un cómodo pasar el tiempo. Sí, en un suave dilapidar este efímero producto natural. Si nos ponemos en las manos del Preparador de almas, sabremos sólo una cosa: la terapia tendrá alguna vez su final. Mientras, nos daremos por satisfechos con los progresos cotidianos. Pacientes impacientes se curan de una neurosis, sólo para caer en otra más grave. A pesar de todo, quien gusta del psicoanálisis no tiene prisa. Del ajetreo de todos los días llega al consultorio de un amigo. Afuera el mundo puede explotar si quiere. Allí, en el consultorio, existe sólo el tiempo pasado, que siempre fue el mejor. El sentido de la familia, que la vida moderna ha descuidado lamentablemente, recobra aquí su significado original. Nos enteramos de que la tía Guste había dicho frases definitivas cuando la sirvienta dejó caer un plato. Y que no eran tan absurdas como creíamos. Viéndolo bien eran más interesantes que un proverbio de Goethe.
Musil
Y podemos hablar sin inhibiciones de los pájaros que tenemos en la cabeza; pero sólo si alguno de ellos es una cigüeña. Lo más importante en este tratamiento lo que sí llega a ser definitivo es que el hombre —acariciado magnética y suavemente— vuelve a sentirse la medida de todas las cosas. Durante siglos se le dijo que su conducta estaba determinada por una cultura que era más importante que él mismo. Y como nos hemos venido desprendiendo en gran parte de esa cultura, ahora resulta que el individuo se siente una nada frente a todos los inventos y las innovaciones. Nuestro psicoanálisis toma de la mano al vapuleado individuo. Sí, le enseña que todo es cuestión de coraje y glándulas. ¡Ah, ojalá nunca desaparezca esta terapia de la faz de la tierra! Este es mi deseo. El deseo de un profano en la materia. Aunque creo que es el mismo de todos los especialistas.
Y sin embargo, me inquieta una sospecha. Acaso se debe a mi ignorancia; aunque a lo mejor puede ser correcta. Si no me equivoco, el complejo de Edipo antes mencionado se encuentra en el centro de esta teoría. Todos los síntomas se reducen a este conflicto. Y temo que el complejo de Edipo desaparezca dentro de una o dos generaciones. Hay que aclarar otra cosa: este complejo nace de acuerdo a la naturaleza del común de los mortales, quienes encuentran placer en el seno materno y deben sentir celos de su padre que los aparte de ese lugar. Bueno, ¿qué sucede si de pronto la madre pierde el seno? Creo que se entiende lo que quiero decir: la palabra seno designa no sólo esa parte del cuerpo en estricto sentido sino también, psicológicamente, todo lo que de maternal existe en una mujer. Me refiero a los senos, a la grasa cálida y bien repartida, a esa suavidad tan tranquila y acogedora. Significa también —y no sin razón— las faldas de grandes arrugas, que forman un nido extraído y misterioso. En este sentido, las más importantes experiencias del psicoanálisis vienen de la moda de los años setenta y ochenta. De ningún modo de los trajes de esquiar. Y si vemos los actuales trajes de baño, ¿dónde quedó el seno materno? Si pienso en la nostalgia que el psicoanálisis siente ante los cuerpos de todas las muchachas y las mujeres que actualmente nadan o corren, reconociendo toda su extraña belleza no veo por qué la próxima generación no quiera regresar con el mismo entusiasmo al seno paterno.
¿Y entonces?
¿Tendremos un Orestes en lugar de un Edipo? ¿Tendrá que abandonar el psicoanálisis toda su rica y benefactora influencia? n
Traducción de José María Pérez Gay

0 comentarios:

Publicar un comentario