Ibrahim siempre te seguiré


No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

La intención en la historia (Una discusión filosófica) Carlos Pereyra

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I
El modelo de comprensión teleológica se presenta como una alternativa plausible frente a las dificultades -efectivas o atribuidas- observables en la explicación causal de los acontecimientos históricos. La formulación de ese modelo constituye una vuelta de tuerca encaminada a reelaborar la antigua idea de que es ilegítimo transferir a las “ciencias humanas” los procedimientos explicativos utilizados en las ciencias naturales. Las versiones contemporáneas buscan despojar a la teoría de la comprensión histórica de sus implicaciones sicologistas más burdas como las resultantes, por ejemplo, del papel desempeñado por la noción “empatía” en el discurso de los sostenedores de las ciencias “ideográficas” en el siglo XIX. Como señala von Wright (sobre cuyos trabajos en torno a esta cuestión nos centraremos aquí), “no es sólo a través de este giro sicológico, sin embargo, que la comprensión puede diferenciarse de la explicación. La comprensión está también conectada con la intencionalidad de una manera en que la explicación no lo está” (EU, 6). La intencionalidad es el punto decisivo en los actuales desarrollos de este enfoque a tal extremo que, en una respuesta a sus críticos, von Wright precisa: “no deseo emplear más el nombre ‘explicación teleológica’ para el modelo explicativo en cuestión… me parece que ‘explicación intencionalista’ es el mejor nombre para éste” (R, 374).
El planteamiento cardinal se orienta a diferenciar la explicación causal de los fenómenos naturales respecto de la explicación “teleológica” o “intencionalista” de las acciones humanas. El rasgo específico de la acción es la intencionalidad implicada en ella. “¿Qué es ‘acción’? Se podría contestar: acción es normalmente la conducta comprendida, ‘vista’ o descrita bajo el aspecto de la intencionalidad, i.e., como significado algo o como dirigida a un fin” (DSM,423). El término “acción” se emplea sólo para referir a formas de comportamiento en las que es posible identificar la presencia de fines en cuya virtud se realiza tal actividad. La peculiaridad metodológica de la explicación en ciencias sociales (la historiografía incluida) proviene, en consecuencia, de la necesidad de atender los elementos teleológicos contenidos en la acción humana. Así pues, desde esta perspectiva la causalidad es esencial para la explicación de eventos en cuya ocurrencia intervienen agentes no humanos, mientras la intencionalidad ejerce esa función esencial cuando se trata de explicar acciones humanas. “Subsumir el comportamiento bajo leyes causales es comprenderlo como mero comportamiento; subsumir el comportamiento bajo la intención de un agente es comprenderlo como acción. Las ciencias humanas, por tanto, adoptan una forma diferente de las ciencias naturales”.(1)
Para esta nueva versión del viejo dualismo (ciencias del espíritu, ciencias de la naturaleza) es confusa la distinción tradicional entre ambos tipos de ciencias. Comprensión y explicación no marcan la diferencia entre dos formas de inteligibilidad científica toda vez que la comprensión es un momento de cualquier explicación, ya sea causal o teleológica. En el caso de los fenómenos naturales se comprende qué es algo y tratándose de acciones humanas se comprende lo que estas significan (se proponen). “Podría decirse que el carácter intencional o no intencional de sus objetos marca la diferencia entre dos tipos de comprensión y de explicación” (EU, 135). Así pues, la distinción proviene de la índole del explanandum: allí donde éste refiere a fenómenos en los que la intencionalidad no interviene es posible la explicación causal, a diferencia de la explicación finalista propia de los casos en que el explanandum remite a la acción (intencional) del agente. La explicación teleológica está precedida por una “comprensión intencionalista” de la conducta humana.
Explicaciones de esta clase se elaboran mediante la inversión de lo que se denomina “silogismo práctico” o “inferencia practica”, cuyo esquema fundamental es: 1) A intenta realizar P; 2) A considera que no puede realizar P a menos que haga X; 3) por tanto, A procede a hacer X. El punto de partida de la inferencia (su premisa mayor) describe la finalidad de la intención; su premisa menor refiere la opinión (creencias) del agente en relación con lo que es necesario hacer para cumplir esa finalidad y la conclusión establece la disposición del agente para efectuar lo que conducirá al fin propuesto. La conclusión no se deriva con necesidad lógica de las premisas; se trata de un silogismo “práctico” y no de una demostración lógica. En cualquier caso, este esquema opera al revés en la explicación intencionalista. “Tenemos un argumento lógicamente concluyente sólo cuando la acción está ya allí y se construye un argumento práctico para explicarla o justificarla. La necesidad del esquema de inferencia práctica es, podría decirse, una necesidad concebida expost actu ” (EU, 117).
Según una de las tesis principales de este enfoque, la peculiaridad de la explicación de los acontecimientos históricos resulta de que éstos sólo pueden ser pensados en términos de intenciones y propósitos. Las dificultades que presenta la explicación de “acciones” no son equivalentes a las que aparecen cuando la ciencia se ocupa de eventos que suceden sin intervención de la voluntad del agente. El problema básico de la historiografía, por tanto, es el de cómo explicar las “acciones”, cómo comprender la intención y el propósito de quienes efectúan tales acciones. El enfrentamiento con este problema es guiado por la idea de que explicar una acción no es sino mostrar el vínculo entre el objeto de la intención, las creencias del agente respecto a cómo alcanzar ese propósito y su conducta efectiva. “En una explicación intencionalista la acción individual es vista como algo a lo que el agente se encuentra obligado por su intención y su opinión de cómo llevar a cabo el objeto de su intención. Decimos ‘esto es lo que en esas circunstancias él tenía que hacer’ y así explicamos (comprendemos, volvemos inteligible) por qué lo hizo” (R, 409).
El punto de partida de toda explicación teleológica es la inversión del esquema característico de la inferencia práctica, vale decir, la acción efectivamente realizada por alguien. Frente a la pregunta ¿por qué el agente hizo X?, la respuesta se dirige a identificar el propósito de la acción y las ideas que el agente tenía respecto a las posibilidades de realización de este propósito. “Lo que el agente piensa es aquí la única cuestión relevante” (EU, 97). La explicación de acontecimientos históricos es caracterizada como el señalamiento de los eventos previos que pueden considerarse “causas contribuyentes”. Tales sucesos previos no están conectados por un conjunto de leyes generales con el acontecimiento que se quiere explicar, sino por un conjunto de enunciados singulares componentes de otras tantas inferencias prácticas. “El vínculo entre los acontecimientos es un mecanismo motivacional cuyo funcionamiento puede ser reconstruido por una serie de inferencias prácticas. Los eventos a los cuales les es atribuido un papel causal crean una nueva situación y con ello proporcionan una base positiva para inferencias prácticas que no podrían haber sido efectuadas antes” (EU, 155).
La historiografía explica “acciones” que ocurren en lugares, tiempos y condiciones específicas que impiden subsumirlas bajo leyes generales. Tales acciones no pueden ser consideradas como el “efecto” en una conexión legal, sino como eslabones de un mecanismo motivacional. La actividad de los agentes genera nuevas acciones en cuanto obliga a los demás a reconsiderar la situación a la luz de sus propósitos e intenciones. Cada acción configura nuevas circunstancias que plantean a los agentes otras oportunidades para la realización de sus propios objetivos. De ahí la necesidad de abordar en forma distinta a lo propuesto por los defensores del modelo nomológico deductivo la preocupación tradicional de la historiografía por descubrir las causas de los acontecimientos. “Cuando se atribuye significación a un acontecimiento pasado sobre la base de que hizo posible algún acontecimiento posterior, o se dice incluso que se requirió el primero para que acaeciera el segundo, a veces, pero ni remotamente siempre, se afirma una conexión nómica de condicionalidad necesaria entre los acontecimientos” (EU, 154).
Las explicaciones elaboradas por la historiografía y las ciencias sociales son “casi-causales” porque no están funda- das en la validez de leyes generales y, sobre todo, por el peso que en tales explicaciones tienen las inferencias prácticas. Elexplanandum es un enunciado que refiere una acción y, más allá de los acontecimientos que puedan considerarse “causas contribuyentes” de esa acción, el explanans está fundamentalmente constituido por las premisas del silogismo práctico que describen las intenciones y propósitos, creencias y opiniones de los agentes, toda vez que el mecanismo motivacional es el vínculo entre las “causas” y la acción-”efecto”. Una de las tesis centrales de Explanation and understanding es que “el silogismo práctico proporciona a las ciencias humanas algo de lo que su metodología careció largo tiempo: un modelo explicativo propio el cual es una alternativa definida frente al modelo monológico deductivo. Burdamente hablando, lo que el modelo de la subsunción teorética es a la explicación causal y a la explicación en las ciencias naturales, el silogismo práctico es a la explicación teleológica y a la explicación en la historia y las ciencias sociales” (EU, 27).
Carlos Pereyra: Autor de Configuraciones (ensayos), Edit, 1979. Ha publicado en Nexos 13 enero 1979: “¿Quién mató al comendador? Notas sobre Estado y Sociedad en México.
II
No obstante esta optimista declaración de von Wright, su libro está muy alejado de la problemática inherente a la teoría de la historia. Se trata, en definitiva, de un discurso comprometido con las cuestiones lógico-formales de una teoría de la acción. La confianza en que una investigación de este carácter podría contribuir a resolver los problemas de la explicación del proceso histórico descansa en el supuesto infundado de que las acciones humanas constituyen el objeto teórico de la historiografía. Sin embargo, como objeta Tuomela, “la descripción y explicación de acciones no es en manera alguna la única y tal vez ni siquiera la más importante tarea de las ciencias sociales. Por ejemplo, tópicos diversos tales como la formación y desarrollo de un determinado sistema cognoscitivo, los rasgos estructurales de una sociedad, etc., son ciertamente otros objetos de estudio teóricamente respetables e importantes”(2). Ahora bien, está objeción tiene que ser desarrollada de modo más preciso: no está con enumerar otros temas de investigación y apuntar la posibilidad de que las acciones no constituyen la cuestión principal en el examen del proceso histórico.
En efecto, la realidad social no está constituida por una suma tal de acciones individuales que, una vez comprendidas cada una de éstas a la luz de los motivos, intenciones y creencias de los agentes, queden explicadas las transformaciones de aquélla. El trabajo del historiador no tiene que ver tanto con el comportamiento intencional de los individuos como con el funcionamiento de las instituciones sociales. De hecho, ese comportamiento jamás obedece a los deseos de una imaginaria voluntad libre sino a las numerosas determinaciones provenientes de la compleja estructura social. En Explanation and understanding no hay prácticamente ni una alusión al respecto, como lo admitió más tarde von Wright: “subestimé,… entre otras cosas, el papel que las reglas e instituciones sociales desempeñan como determinantes de las acciones tanto de grupos como de individuos” (R, 373). El problema, sin embargo, no queda resuelto con el señalamiento de que hay, además de las acciones individuales, otros fenómenos sociales, ni tampoco con la aceptación de la influencia del “medio externo” sobre el comportamiento intencional de los hombres.
La radical insuficiencia del modelo intencionalista para la explicación de la realidad social se encuentra en el supuesto de que los hombres no sólo son agentes históricos sino sujetos de la historia, es decir, no sólo entes activos en el proceso sino entidades con capacidad autónoma de relaciones e iniciativas. Este supuesto está contenido de manera implícita en el modelo y reduce su eficacia explicativa a tal punto que resulta estéril su empleo en las ciencias sociales. Ello se advierte con facilidad cuando von Wright establece que “una explicación intencionalista, podría decirse, esclarece el modo en que la voluntad (i.e., la intención de hacer esto o aquello) determina nuestra acción. La cuestión de qué, si algo, determina la voluntad, es otro asunto” (R, 409). En otras palabras: el modelo intencionalista aclara algo irrelevante para la explicación de la historia y deja de lado, considerándolo “otro asunto”, precisamente lo que es fundamental en el análisis del comportamiento de los agentes sociales.
El esquema explicativo del modelo teleológico implica una concepción subjetivista de la finalidad teórica de las ciencias sociales. Las premisas de la inferencia práctica describen intenciones, deseos, creencias y opiniones y, por ello, el sicologismo propio de la tradición hermenéutica (del que von Wright pretende escapar) está presente, sin embargo, con todo vigor en la explicación intencionalista. Las condiciones en virtud de las cuales se comprenden las acciones se mueven todas en el plano del pensamiento. “Una intención y una opinión de lo requerido para que aquélla se haga efectiva constituyen, como ya fue dicho, un fundamento o razón suficiente para actuar en consecuencia. Si el agente actúa luego en consecuencia, comprendemos completamente por qué hace lo que hace. Ninguna información adicional puede ayudarnos a comprender esto mejor. Podemos preguntarnos, por supuesto, por qué habrá tenido la intención que tuvo o cómo fue que pensó del modo en que lo hizo -equivocadamente tal vez- sobre los requerimientos para hacer efectiva su intención. Pero estas cuestiones no conciernen a los determinantes de su acción sino a los determinantes, si hay algunos, de estos determinantes”. (DSM, 423).
Así pues, hay una comprensión suficiente cuando se identifican los propósitos y motivos de la acción. Estos son los determinantes que deben ser aprehendidos para comprender la acción y estar en capacidad de explicarla. Los eventuales determinantes de estos determinantes son “otro asunto”. La voluntad y la conciencia aparecen como los ámbitos predominantes de la investigación historiográfica. Todo ocurre como si los problemas de la explicación se resolvieran localizando el objeto de la intención del agente (premisa mayor de la inrencia práctica) y sus ideas respecto a qué hacer para alcanzar tal objeto (premisa menor). Es éste un planteamiento que permite recordar la crítica de Engels a cierta corriente del XIX que “acepta como últimas causas los móviles ideales que actúan en el campo histórico, en vez de indagar detrás de ellos, cuáles son los móviles de esos móviles. La inconsecuencia no estriba precisamente en admitir móviles ideales, sino en no remontarse, partiendo de ellos, hasta sus causas determinantes”(3).
La pregunta ¿por qué el agente X realizó la acción Y? no tiene respuesta seria cuando se establece que la intención (P) del agente y sus creencias (Q) de cómo realizar P implicaron Y. La descripción del comportamiento de X incluye la referencia a P tanto como a Q. De hecho, la pregunta ¿por qué el agente X realizó la acción Y? es una fórmula abreviada que condensa e incluye las preguntas ¿por qué la intención de X era P?, ¿por qué X consideró necesario Y para realizar P? Toda explicación se apoya en un trabajo descriptivo y, en el caso de las acciones, la descripción abarca la narración de cuáles eran los propósitos de los agentes y cuáles los medios que éstos consideraron idóneos para cumplir tales propósitos. Según von Wright, “si A hizo X, entonces el hecho de que intentaba Y y para ello juzgó necesario hacer X, explica por qué hizo X” (R, 397). Esta afirmación se apoya en la caracterización general que considera “explicativos” los enunciados cuya función es responder la pregunta ¿por qué?, y ¿descriptivos” los enunciados cuya tarea es contestar ¿qué?, ¿cómo?
Sin embargo, la denominada “explicación teleológica” o “intencionalista” cree operar en el plano explicativo y, en definitiva, no rebasa el nivel descriptivo. “Comprende esencialmente los métodos de trabajo que en el lenguaje tradicional de la historiografía figuran en la tarea metodológica de asentar los hechos”(4). Tal explicación intencionalista sólo en apariencia responde la pregunta ¿por qué?, como puede concluirse de los propios argumentos ofrecidos por von Wright. En efecto, según éste la acción presenta dos aspectos: uno interior y otro externo. El primero es la intencionalidad de la acción y el segundo es el resultado de ésta. Se plantea, pues, el problema de si la intención o voluntad puede ser la causa del comportamiento, vale decir, del aspecto externo de la acción. Von Wright denomina “causalistas” a quienes piensan que la intención puede ser una causa de la acción e “intencionalistas” a quienes consideran que el vínculo entre intención y acción es de naturaleza lógica o conceptual.
La cuestión en disputa es la de si el nexo entre las premisas y la conclusión de la inferencia práctica es empírico (causal) o conceptual (lógico)” (EU, 107). El discurso de von Wright es, en buena medida, un alegato en favor de la concepción intencionalista, rechazando la idea de que la intención puede ser “causa” de la acción. Se coloca en la perspectiva según la cual la relación entre los propósitos y creencias, por un lado, y la acción resultante, por otra parte, es de orden conceptual, llegando a calificarla como deductiva. Ahora bien, la efectiva explicación de una acción consiste en dar cuenta de los dos aspectos que la constituyen: decir por qué presenta ese aspecto interno, es decir, esa intencionalidad y por qué se expresa en tal resultado. Creer que la acción queda explicada cuando se aclara su aspecto externo por la vía de mencionar el aspecto interno equivale a confundir la explicación con una descripción más amplia de lo sucedido.
Se puede suscribir la especificación terminológica de von Wright: “me parece más claro distinguir aquí entre interpretación o comprensión, por un lado, y explicación, por otro. Los resultados de la interpretación son respuestas a la pregunta ‘¿qué es esto?’. Sólo cuando preguntamos por qué ocurrió X, o cuáles fueron las ‘causas’ de X estamos en un tido más estrecho y estricto tratando de explicar lo que son los hechos” (EU, 134). En tanto la intención no es causa de la acción sino su “aspecto interno” o momento inicial, cualquier referencia a ella permite comprender mejor la acción, o sea, describirla de manera más completa pero, en manera alguna, explicarla. Una respuesta adecuada a la pregunta ¿qué es esto?, cuando “esto” es una acción, supone comprender la intención del agente y las creencias conforme a las cuales éste actuó, pero con ello se está todavía en el nivel descriptivo. La comprensión es un momento de la explicación pero ésta no se reduce a aquélla. “El problema es generado aquí por la naturaleza misma del esquema. Por cuanto es completamente formal, todo lo que puede hacer es exhibir de qué manera el discurso acerca de acciones se relaciona con el discurso sobre ciertas creencias, intenciones, etc”(5).
III
Más allá de las objeciones que puedan formularse al esquema explicativo basado en la inferencia práctica, lo cierto es que no son las acciones humanas las que explican el funcionamiento de la sociedad, sino este funcionamiento lo que decide el carácter de aquellas acciones. Alguna conciencia tiene de ello von Wright cuando admite “en Explanation and understanding sobrestimé la importancia de este modelo explicativo particular (inferencia práctica) para las ciencias humanas” (R, 373). Permanece sin embargo, no hay duda de ello, en el mismo horizonte teórico: “no advertí entonces la existencia de otros modelos explicativos diferentes -particularmente para explicar acciones en un marco social… las explicaciones en las ciencias sociales no tienen usualmente el carácter de explicaciones intencionalistas pero incluso aquí el esquema de la inferencia práctica es fundamental en el sentido de que todos los otros mecanismos explicativos parecen girar alrededor de este esquema” (R, 413).
Frente a esta desmedida confianza habría que insistir, por el contrario, en la inoperancia de un enfoque cuyo punto de partida es la actividad de un sujeto aislado que establece sus propios fines. El examen de la relación simple entre los propósitos personales y las acciones llevadas a cabo por los individuos, considerada al margen del proceso social en su conjunto, obliga a mantener la reflexión en el plano más superficial. Las propuestas metodológicas de von Wright se apoyan en el supuesto de que la sociedad es un agregado de sujetos cuya actividad puede ser conocida con independencia del sistema de relaciones sociales en que los agentes históricos están inscritos. Por ello se cree factible constituir el explanans con enunciados referidos a intenciones, deseos, creencias y opiniones, es decir, con enunciados referidos a elementos que, debiera ser obvio, forman parte del explanandum. En efecto, las intenciones y creencias no explican el curso de la historia y son, al revés, aspectos de la realidad que deben ser explicados a través de los fenómenos económicos, políticos e ideológicos componentes del tejido social.
En forma ocasional von Wright apunta que los propósitos y fines incluidos en las premisas de la explicación intencionalista “son a veces productos bastante sutiles de tradiciones culturales, políticas, religiosas, etc. El origen y articulación de estos propósitos puede ser otro importante objeto de explicación histórica” (EU, 144). Esta idea no está desarrollada en el texto pero bastaría desplegarla para exhibir la fragilidad del modelo de “explicación intencionalista”. En tanto los individuos no son sujetos cuya “voluntad pura” elaborar a su “libre arbitrio” intenciones y creencias, éstas -no a veces sino siempre- están determinadas por la peculiar inserción del agente en el tejido social. La estructura de este tejido y sus transformaciones en el curso del tiempo son el objetivo teórico de las ciencias sociales y las acciones de los agentes tienen algún significado para la investigación no en tanto resultados del comportamiento de sujetos aislados que “hacen” la historia pero sí como formas en las que se manifiesta el juego complejo de determinaciones sociales.
Los defensores del esquema de “explicación teleológica no advierten que las intenciones y creencias de quienes participan en el proceso histórico no pueden ser punto de partida de la explicación y, por el contrario, son el punto de llegada de ésta. Sólo para un pensamiento carente de sentido histórico pueden parecer comprensibles de suyo las intenciones y creencias de los agentes sociales, al extremo de convertirlas en el fundamento de la explicación. Sin embargo, la génesis y formación de esas intenciones y creencias no se encuentra en una imaginaria conciencia subjetiva sino en la totalidad social. Esta totalidad social no se explica por la acción intencional de los agentes: los acontecimientos históricos no son resultado del proyecto intencional de algún sujeto. “Si del individuo pasamos a grupos sociales más o menos vastos (clases sociales, naciones, estructuras sociales o incluso la sociedad en su conjunto) que despliegan una actividad práctica colectiva, cabe preguntarse si es posible establecer la relación entre intención y resultado… ¿es posible atribuir dicha actividad práctica a un agente determinado que haya anticipado idealmente el producto de su actividad y que, en consecuencia, haya dirigido y organizado el proceso práctico teniendo una intención, proyecto o fin como ley de su actuación?” (6).
La investigación historiográfica nada tiene que ver con el comportamiento de los individuos en cuanto tales. Los fenómenos sociales no pueden ser referidos a simples acciones de individuos explicables en función de sus intenciones y creencias. La historia de la sociedad es resultado, en efecto, de la actividad colectiva pero se trata de una praxis inintencional y, por ello, la pregunta anterior tiene respuesta negativa. Las acciones humanas forman parte de una estructura global y por cuanto las intenciones y creencias de quienes actúan están histórica y socialmente determinadas, ninguna explicación es posible en el plano abstracto de las acciones consideradas en sí mismas. En textos posteriores von Wright se mueve en esta dirección y subraya, además de los factores determinantes internos (intenciones y creencias) la presencia de determinaciones externas. “Estos determinantes tienen en gran medida, para no decir en forma preponderante, sus raíces en la estructura del edificio social: en la distribución de roles y la institucionalización de modelos de comportamiento” (DSM, 435).
Es éste un procedimiento típico del subjetivismo: confrontado a las críticas suscitadas por su atomismo social, no tiene inconveniente en reconocer que, junto con los deseos, opiniones, habilidades y demás factores “internos” del individuo, hay un contexto social que le impone ciertas funciones y deberes al individuo, quien participa en formas institucionalizadas de conducta. Se enumeran entonces, sin dificultad, los factores “externos” que condicionan la acción individual: el código penal, las convenciones morales, costumbres y tradiciones, los deberes emanados de los roles que el individuo desempeña en la sociedad, etc. El subjetivismo permanece, sin embargo, incólume. Todo ocurre como si los individuos fueran sujetos existentes en y por sí mismos, con una voluntad pura capaz de operar conforme a sus propias intenciones y generar sus propios fines. Se acepta que tales individuos se encuentran, además, en un medio “externo” que moldea en algún grado su voluntad y ejerce cierta influencia sobre sus acciones. Por ello von Wright afirma que “los determinantes externos de nuestras acciones nos son dados como estímulos ante los cuales reaccionamos” (DSM, 419), como si primero existiera un sujeto que después contrae relaciones sociales.
Ya en Explanation and understanding se menciona la relación existente entre la idea de que las acciones tienen causas y una posición determinista en la vieja cuestión del “libre albedrío”. En el ensayo titulado “Determinism and the Study of Man” se vuelve sobre el mismo punto de manera más explícita al describir la presión de las normas sociales y su interiorización por los individuos: “cuanto más a menudo la presión normativa determina el comportamiento, tanto más fuertemente es sentida la fuerza coactiva de la sociedad y tanto menos ‘libre’, en un sentido subjetivo, son los agentes individuales. Pero la interiorización es también, en cierto modo, una pérdida de libertad porque significa que se tolera a los estímulos externamente dados determinar las acciones” (DSM, 420). Así como la paloma kantiana cree poder volar mejor sin la resistencia del aire, así también el subjetivismo está convencido de que las voliciones serían “más libres” sin la influencia del contexto social. La insuficiencia decisiva del modelo de explicación intencionalista estriba en creer que hay una voluntad subjetiva configurada fuera del sistema de relaciones sociales. De allí la inútil clasificación de factores “internos” y “externos”. Debiera ser claro que todos los factores “internos” se conforman fuera del “sujeto” y, por ello, el hecho de que los agentes posean ciertas intenciones y creencias (en vez de otras) es parte de lo que debe ser explicado y, de ninguna manera, la base de la explicación.
IV
Von Wright no rechaza por completo el papel de las explicaciones causales en la historiografía y las ciencias sociales, aunque les concede una función subordinada a otros tipos de explicación. De hecho, considera que las explicaciones cuasicausales figuran de modo prominente en estas disciplinas y son características de ellas. Hay cierta ambigüedad, sin embargo, en el empleo de la noción “cuasi-causalidad”: a veces es utilizada para referir a explicaciones que si bien son de la forma esquemática “X ocurrió porque…” no son, sin embargo, genuinamente causales “porque su validez no depende de una conexión nómica” (EU, 85). En otras ocasiones, el término remite a la combinación entre un esquema causal estricto y el modelo de inferencia práctica. En la respuesta a sus críticos, por ejemplo, von Wright señala: “denominé ‘cuasi-causalidad’ a la interacción entre conexiones nómicas y acción intencional” (R, 375). A pesar de que este texto admite, inclusive, que “algunas conexiones causales pueden estar asociadas con una ley general” (R, 385), todo el discurso gira en torno a la ineficacia de un programa explicativo de esta naturaleza. En virtud de la fragilidad de la alternativa propuesta por von Wright, conviene examinar sus reservas frente a la explicación causal.
La argumentación puede ser reconstruida en los siguientes términos: a) en situaciones experimentales bien definidas y controladas es posible generalizar y decir que ceteris paribus C causará siempre E. Hay otro tipo de situaciones donde se puede afirmar que una causa particular produjo un efecto particular, sin comprometerse por ello con enunciado general alguno. “Las situaciones en las que buscamos las causas de las acciones son, normalmente, de este segundo tipo” (EU, 376); b) cuando se especifican las condiciones en que ocurre un acontecimiento histórico se llega a la conclusión de que una ley pertinente para explicar dicho acontecimiento sería ad-hoc: “el único caso de esta ley sería el que se supone ‘explicado’ por ella” (EU, 25); c) aunque pueda establecerse una correlación estadística aproximada respecto a la conexión entre los determinantes y las acciones, tales correlaciones no son “leyes” porque dependen de factores que cambian en el curso de la historia. “Las leyes científicas, tendemos a pensar, no deben ser dependientes de contingencias históricas. Debieran mantenerse verdaderas semper et ubique” (DSM, 417).
A. No hay duda de que en un sistema cerrado, con un número reducido de variables cuyas relaciones pueden mantenerse bajo control, son menores las dificultades para identificar las causas de cualquier cambio observado en el sistema y, por tanto, para formular leyes de validez, inclusive, necesaria y universal. La organización social, es obvio, posee las características opuestas: es un sistema abierto, con un número abrumador de variables cuyas relaciones no pueden estar bajo control. Esta circunstancia no cancela, sin embargo, la posibilidad de elaborar hipótesis sobre los vínculos existentes entre tales variables; sólo indica un grado incomparablemente mayor de complejidad. Atribuir causas a los acontecimientos históricos exige apoyar esa pretensión en enunciados generales o asumir la arbitrariedad de la interpretación a la que pueden oponerse otras con la misma legitimidad o, tal vez sería mejor decir, ilegitimidad. Una complicación adicional proviene del hecho de que las relaciones causales no operan entre variables consideradas de modo abstracto fuera del sistema, por lo que sus vínculos están sujetos al impacto de las restantes variables y del sistema global.
B. Es indiscutible el carácter único e irrepetible de los fenómenos históricos, si bien tal unicidad e irrepetibilidad no es, en manera alguna, privativa de la realidad social. El argumento que subraya la especificidad absoluta del hecho histórico siempre ha servido para oponer la índole “ideográfica” de las ciencias humanas a la “nomotética” de las ciencias naturales. No es cierto, sin embargo, que las leyes científicas puedan proponerse sólo cuando los acontecimientos se repiten de manera regular idénticos a sí mismos. Si éste fuera el caso, no habría leyes científicas en campo alguno del saber. Fuera de las disciplinas formales no existe identidad absoluta ni en el mundo sociohistórico ni en el natural. Si bien los acontecimientos históricos presentan un grado mayor de especificidad, ello no niega que están constituidos por entidades, gran parte de las cuales están presentes en amplios períodos de la historia y algunas, tal vez, en todo el proceso histórico. Las ciencias sociales han identificado un gran número de esas entidades y han formulado muchas hipótesis respecto a las relaciones entre ellas cuya validez no se restringe a “casos únicos”.
C. La idea de que las leyes son enunciados válidos “siempre y en todas partes” no resiste el menor examen. Las hipótesis aspiran a tener eficacia explicativa sólo en el marco de ciertas condiciones. No tiene sentido exigirle a las ciencias sociales una pretensión de universalidad que otras ciencias han abandonado hace ya tiempo. Los componentes de la realidad social están sometidos, en efecto, a modificaciones en el curso del proceso histórico. Ello no impide, sin embargo, el establecimiento de correlaciones (no estrictamente universales, pero sí de orden probabilístico), o sea, la formulación del único tipo posible de “leyes científicas”. Ahora bien, la defensa de la explicación causal de los fenómenos sociohistóricos no equivale a comprometerse con la existencia de “leyes de la historia” distintas a las hipótesis producidas por la economía, la sociología, la ciencia política, etc. Por otra parte, la renuncia a la explicación causal conduce a la historiografía descriptiva: “si nos asociamos con algunas opiniones teóricas sobre la metodología del conocimiento social las cuales mantienen que, a diferencia de la relación mecánico-causal donde las leyes median entre los eventos, en la historia son las motivaciones las que median entre los acontecimientos, entonces inevitablemente reducimos la interpretación histórica a mera cronología”.(7).
V
Los trabajos de von Wright tienen su origen en una preocupación por la teoría de la acción humana y no están directamente involucrados en el debate metodológico de las ciencias sociales. “Los conceptos, las hipótesis formuladas por von Wright posiblemente puedan dar cuenta de las acciones humanas, pero se requiere de un modelo teórico mucho más complejo que el de las ‘inferencias prácticas’ para explicar la realidad social”(8). Con independencia, sin embargo, de la aceptación o rechazo de la “explicación intencionalista”, hay, por lo menos, dos planteamientos cuya pertinencia para la teoría de la historia desborda la polémica causalidad versus teleología. Uno de ellos, aunque parezca paradójico, tiene que ver con el carácter de las hipótesis explicativas utilizadas en ciencias sociales, las cuales no serían de una generalización inductiva basada en la observación y el experimento, sino esquemas de relaciones conceptuales. “Las ‘leyes’ sociales no son generalizaciones de la experiencia sino esquemas conceptuales para la interpretación de situaciones históricas concretas. Su descubrimiento, o mejor, su invención es cuestión del análisis de conceptos y su aplicación es cuestión del análisis de situaciones” (DSM, 434). Frente a las limitaciones del empirismo y la confusión de quienes por “leyes de la historia” entienden la inevitabilidad del desarrollo en cierta dirección, hay allí una idea sugerente.
El otro punto recuperable más allá de la postura adoptada respecto a la explicación intencionalista se refiere a la posibilidad de distinguir dos tipos de determinismo. Uno de ellos (predominante en ciencias naturales) está asociado con las ideas de predicción, control experimental, regularidad, etc. Otro concepto de “determinismo” tiene que ver con el conocimiento del proceso sociohistórico. “La inteligibilidad de la historia es un determinismo ex post facto” (EU, 161). El desarrollo de este planteamiento permitiría despejar las continuas confusiones entre las burdas variantes del fatalismo y la concepción determinista de historia.
NOTAS:
(1) F. Stoutland, “The causal theory of action” en J. Manninen and R. Tuomela (Eds), Essayb on Explanation and understanding. D. Reidel Publishing Co., Dordrecht, Holland, 1976, p. 280
(2) R. Tuomela, “Explanation and Understanding of human behavior” en Essays on…, p. 193.
(3) F. Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Ediciones en lenguas extranjeras, Moscú, p. 28.
(4) M. Riedel, “Causal and historical explanation” en Essays on… p. 13.
(5) R. Martin, “Explanation and understanding in history” en Essays on… p. 308.
(6) A. Sánchez Vázquez, Filosofía de la práxis, Ed. Grijalbo, México, 1967, p. 26.
(7) M. Makai, “Against reductionism and purism: tertium datur” en Essays on…, p. 49
(8) C. de Yturbe.
Las obras de Georg Henrik von Wright han sido identificadas con iniciales: EU, Explanation and Understanding, London, 1971; R. “Replies” en Essays on…, DSM, “Determinism and the study of man” en Essays on…., Existe una traducción de la primera, española bajo el título Explicación y comprensión, Alianza Universidad, 1979.
aparecido en revista nexos en sept-1980

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