Ibrahim siempre te seguiré


No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

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Eduardo Mata, in memoriam

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Carlos Pineda


Ya con los armónicos en calmo reposo al pie de los atrilistas y las luces mercuriales dominando programas y partituras, sube al podio el director de orquesta: paleógrafo de corcheas y grabador de silencios en que se transfigura al abrir las compuertas de la música.

Blandir la batuta como florete, o posarla en la mano tal cual suspensa vela, no es, no sólo (como quiere el distraído) llevar el compás para que los músicos toquen a tempo: es un acto creativo eminentemente racional, que inspirado en el gozo por lo inasible, por la emoción del "más sublime de los placeres" (Beethoven dixit) inunda al escucha, lo embruja y evidencia los nervios de su espíritu.

Dirigir un orquesta sinfónica es también una mise en scéne. ƑCómo olvidar el rostro adusto, concentrado, líricamente expresivo de Herbert von Karajan, o el gozo desbordante, antisolemne y siempre lúdico de Leonard Bernstein? Hombres que batuta en mano nos ofrecen la plasticidad de sus movimientos, sus gestos, como apoyaturas de intención que convocan a la música y la visten, la materializan. Esta cualidad "plástica" de la dirección orquestal no la detentan todos los directores, la expresan sólo aquellos que tienen una fina percepción poética aunada a un carácter febril. A esta estirpe de músicos perteneció Eduardo Mata (1942-1995), a quien recordamos a diez años de su muerte.

Mata ha sido el mejor director de música de concierto que ha dado México, y que a la par de su actividad como director y compositor, supo darse el tiempo justo para desarrollar proyectos en pro de la consolidación de políticas adecuadas para estimular tanto la creación como la difusión de la música clásica en México.

Para la Universidad Nacional Autónoma de México su aportación e impulso fue de gran trascendencia, ya que a partir de su incorporación como jefe del Departamento de Música (1965-1972) primero, y posteriormente como director artístico de la en aquel entonces denominada Orquesta Sinfónica de la Universidad, hoy ofunam, inicia la consolidación de uno de los conjuntos de música sinfónica más importantes de Latinoamérica. En este mismo sentido y gracias a su labor de demiurgo y encantador, el auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras, donde por aquellos años se llevaban a cabo los conciertos de la ofunam, pronto fue insuficiente para albergar a la cantidad de asistentes que se daban cita para escuchar y verle dirigir. Este hecho őque hoy nos puede parecer inusitadoő sería el detonador de la iniciativa para construir una de las salas de concierto más bellas de Latinoamérica y una de las mejores del mundo, la Sala Nezahualcóyotl.

Pero Eduardo Mata, como todo gran músico, necesitó del vuelo para seguir su ascendente y fulgurante carrera. Así, en poco más de una década fue nombrado director residente en el Festival del Berkshire Music Center (1964) y de la Sinfónica de Phoenix (1974 a 1978); director musical de la Sinfónica de Dallas (1977) y temporal de la Sinfónica de Londres (1974), entre otros nombramientos que le granjearon un lugar de suma importancia en el circuito de la música clásica mundial.

En 1984, al momento de ingresar al Colegio Nacional, Mata denuncia el estado de postración y autismo en que se encontraba en aquel entonces tanto el público (obnubilado por los ardides mercadotécnicos) como los profesionistas de la música (preocupados en sobrevivir), así como de la magra, cuando no nula, existencia de crítica musical en nuestro medio cultural. Esta observación la hizo hace veinte años. Hoy día la situación no es mejor y el asunto empeora constantemente. Prueba de ello es que al momento de escribir esta breve semblanza-homenaje, las actividades culturales anunciadas para recordar al maestro son escasas. Modestos homenajes, que si los valuamos con respecto a la inmensa geografía humana del país y a la trascendencia de este director para la cultura mexicana, son apenas murmullos frente al inmenso silencio que lo envuelve.

Pero no es esta ocasión para el lamento, sino para la celebración, así que recordemos a Eduardo Mata como todo músico desea ser recordado: a través de su obra.

Recomendaciones discográficas

ʼn RCA MRS, 003, Orquesta Sinfónica de la UNAM, Carlos Chávez, Discovery; Silvestre Revueltas, Sensemayá; Eduardo Mata, Sinfonía No.3 para orquesta de alientos y corno obligato; Vicente Zarzo, cornista.

ʼnRCA MKLA65, Orquesta Sinfónica de la UNAM, Manuel Bernal Jiménez, El Chueco, Carlos Chávez, H.P. (Caballos de vapor).

ʼn RCA RL, 25181, James Galway Plays Mozart, London Symphony Orchestra, Mozart, Concerto in C Major for flute, harp and orchestra, K299-, Mozart, Concerto in G Major for flute, and orchestra, K622G, James Galway, flute, Marisa Robles, harp.

ʼnVOX CUM LAUDE 9032 (Digital), London Symphony Orchestra, Carlos Chávez, The Six Symphonies.

ʼn DORIAN DOR 90161, (Disco compacto) Orquesta Sinfónica de Dallas, Shostakovich, Sinfonía No. 7 "Leningrado".

Karl Popper revisa a Platón

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Marcos García Caballero

Porque lo queramos o no, Popper, filósofo muerto en 1994, es ya un clásico. En primer lugar puede darse el lujo de bajar de su eterno pedestal a ni más ni menos que a uno de los rectores del pensamiento de todos los tiempos: Platón, en la obra La sociedad abierta y sus enemigos, tabique de 693 páginas que por sí solo ya produce un goce estético: "¡Este cuate pensaba tanto!", porque, como se sabe, el tabique es hermoso pero más hermoso es el horno de donde sale…

Pero no es a Platón a quien ataca Popper, sino que busca "destruir todo aquello que, a mi juicio, tiene de perjudicial esta filosofía. Es la tendencia totalitaria de la filosofía política de Platón lo que trataré de analizar y criticar". No es este el espacio de cuestionar tal ataque sino de describirlo en forma resumida partiendo de la siguiente afirmación: si todo el psicoanálisis y sus mayores expositores de cierta forma le dan un golpe bajo a toda la producción intelectual occidental por lo menos, precisamente hasta la de los tiempos de la Grecia clásica, de la misma manera lo hace Popper con Platón cuando nos refiere el contexto en el cual fue creciendo el discípulo de Sócrates: "Durante la juventud de Platón, el gobierno democrático de Atenas se vio envuelto en una guerra mortal con Esparta, la ciudad cabecera del Peloponeso, que había conservado muchas de las leyes y costumbres de la antigua aristocracia tribal. La guerra del Peloponeso duró, incluyendo una interrupción, veintiocho años. […] Platón nació durante la guerra y tenía veinticuatro años cuando ésta terminó…" ¿Pero qué dimensiones tenía esa guerra mientras crecía Platón? En sus años de mayor esplendor, Atenas debió haber sido, comparativamente, del tamaño de la ciudad de Aguascalientes en los años setenta del xx, mientras que Popper, es preciso recordar, escribió La sociedad abierta y sus enemigos cuando el rumbo de la segunda guerra mundial todavía era incierto para los países aliados. Imagino a Popper, este pensador inmenso y orejón, escribiendo con la auténtica conciencia de que su obra lo iba a inmortalizar, diciéndole a Platón en su soledad: "Yo tuve más güevos que tú, porque no me acobardó Hitler ni perdí la dimensión del pensamiento crítico, mientras que tú, a los veinticuatro años ya eras un cobarde ante la realidad política." Pero de la analogía no debe desprenderse un símil de pleito de machitos de cualquier cantina, sino cuál fue la actitud tanto de Platón frente a su realidad como la de Popper frente a la suya, ambos en ardua labor de pensamiento profundo y creador. Mi especulación debe quedar como lo que es: mera especulación, pero tal axioma especulativo puede servir para entender cómo Popper derrumba a Platón en uno de los temas centrales de la obra: el ataque a toda forma de interpretación historicista, y el método del pensador historicista, aclara Popper al comienzo de la obra, "es la tendencia a juzgar los Grandes Acontecimientos, las Grandes Ideas, las Grandes Naciones o los Grandes Líderes dentro de la comedia representada en el escenario Histórico y claro está que si logra hacerlo será capaz de predecir las evoluciones futuras de la humanidad". Esta frase nos da la oportunidad para entender que el enemigo intelectual de Popper no es Platón, sino los líderes de los países del Eje. Se puede así considerar que La sociedad abierta y sus enemigos no fue escrita por mera casualidad en esas fechas –1943–; puede hablarse de que verdaderamente es un monumento intelectual para afirmar que ante la aberración de la guerra, Popper hace lo mejor que puede hacer un intelectual: mostrarse como verdadera autoridad frente a la barbarie.

Está muy difundida la idea en nuestra actualidad de que una mala lectura de Nietzsche fue lo que hizo que el Tercer Reich tomara las brutales determinaciones que fueron parte de la peor guerra de la humanidad hasta la actualidad, pero tal afirmación peca principalmente de partir de un lugar común y no de una investigación seria. Popper escribe la obra desde una perspectiva de autoridad moral irrefutable que cuestiona a Platón pero no alza el dedo para decirle: "La culpa de mi presente eres tú"; simplemente –como si así lo fuera–, hace una trayectoria intelectual de la filosofía social y a nosotros, los del siglo XXI, nos dice que el problema de la guerra no fue causado por malas lecturas de Nietzsche, sino por planteamientos y determinaciones funestas que, en parte, (compréndase: en parte), tuvieron su origen en la cuna de la civilización donde se gestaron los primeros errores, casi tan descomunales como los mejores hallazgos de lucidez.

Si Platón, como sostiene Popper, albergaba nociones de una raza superior que debería de gobernar Atenas, así como la defensa de un Estado promotor de la esclavitud de ciertos miembros de la ciudad (nociones que actualmente son simplemente un mito para cualquiera), se lo tomaba como dice el epígrafe de la primera parte de la obra, llamado El influjo de Platón: "De todos los principios, el más importante es que nadie, ya sea hombre o mujer, debe carecer de un jefe. Tampoco ha de acostumbrarse el espíritu de nadie a permitirse obrar siguiendo su propia iniciativa, ya sea en el trabajo o en el placer. Lejos de ello, así en la guerra como en la paz, todo ciudadano habrá de fijar la vista en su jefe, siguiéndolo fielmente, y aun en los asuntos más triviales deberá mantenerse bajo su mando. Así, por ejemplo, deberá levantarse, moverse, lavarse o comer… sólo si se le ha ordenado hacerlo. En una palabra: deberá enseñarle a su alma, por medio del hábito largamente practicado, a no soñar nunca actuar con independencia, y a tornarse totalmente incapaz de ello." Al mismo tiempo que su noción de lo que es el cambio –idea que retoma de Heráclito–, para Platón el cambio en el gobierno, en las almas, en la sociedad, sólo puede generar degeneración: "En conclusión –escribe Popper–, Platón enseña que el cambio es el mal y que el reposo es lo divino." Dicha conclusión es monstruosa para el contexto del futuro que seguiría a la segunda guerra mundial. Aparte de provenir de la familia real, Platón creía que las fuerzas que operan en la historia son de carácter cósmico; como muchos de los presocráticos, entre ellos Heráclito, su poética era su filosofía (pero para nosotros los postmodernos la poética y la filosofía no deben contraponerse, pero tampoco una sustituye a la otra o la toma como máscara). Por eso podemos entender que muchos de los poemas presocráticos fueran leídos con una visión científica; ciencia que provenía de la mitología griega y mitología griega que desembocaba muchas veces en una visión historicista: Edipo encuentra su destino fatal, por ejemplo, debido a la profecía y a las medidas adoptadas por su padre para eludirla, y no a pesar de ellas.

Popper recorre fragmentos de Las leyes y de La República para demostrar que Platón (probablemente debido a su origen real) ordena y justifica, desde un punto de vista sociológico, que los gobernantes de Atenas o de los Estados existentes, no fueran sino la copia de una Forma o Idea inmutable, de la cual sólo puede esperarse la decadencia y la vejez (como el destino de todo hombre es la decadencia, así lo es de toda ciudad y de toda época), pero como a Platón esto le sirve para justificar la esclavitud o el totalitarismo autárquico, la relectura de La sociedad abierta y sus enemigos es de suma urgencia en la actualidad precisamente porque Popper explica y desentraña "la licencia poética" que debe rodear al nacimiento de las grandes creaciones, como en este caso, los Estados nacionales, ni más ni menos.

Si bien Karl Popper durante toda su vida insistió en que la filosofía debía ser una crítica de la ciencia, no desistió de analizar el fenómeno literario, como lo es su teoría del "horizonte de expectativas", que aquí podemos resumir como un punto de partida desde donde analizamos cualquier circunstancia, el cual está ligado a los prejuicios y los conocimientos previos que limitan nuestras posibilidades de visión. Es una hermenéutica literaria en otras palabras, un método que enseña que, por ejemplo, la lectura de un Kafka o un Joyce o incluso una pieza dramática de Arthur Miller, no fue lo mismo en el xx de lo que será en el XXI, ya que las posibilidades de visión de cada época están marcadas por un sinfín de complejidades en todo tipo de aspectos. Popper es un pensador complejo que intervino también contra el materialismo histórico y la obra de Marx en lo que, a su parecer, guarda remanentes del pensamiento platónico, cuando el pensamiento platónico comete también sus errores. Dice Fernando Savater que el aire platónico ha quedado para siempre como la marca de todo pensamiento filosófico, aunque muchas de sus ideas sean, como he tratado de mostrar en este artículo, del todo monstruosas.

Pero no sólo nos queda la obra de Popper como su inmenso legado para los hombres y las mujeres del XXI; también una idea que hace poco rescató Carmen Aristegui en un programa de radio. Ella recordó que Popper, poco antes de su muerte, al parecer en una entrevista, declaró que si en la actualidad la televisión era un poder, como todo poder debería tener un contrapeso. Así como el poder ejecutivo tiene como contrapeso al legislativo, por ejemplo. Carmen Aristegui lo dijo y siguió dando noticias, pero al echar un vistazo al enorme poder de los medios en la actualidad, la pregunta-reflexión popperiana parece no perder ninguna vigencia.

Mircea Eliade DOS TEXTOS SOBRE ESPAÑA

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Gracias a la valiosa colaboración del rumanófilo español Joaquín Garrigós, publicamos este informe sobre algunos aspectos de la literatura rumana que, a nuestro entender, siendo “periférica” es tan importante como algunas de las “metropolitanas”. Bastaría con los nombres de Eliade, Cioran y Noica para documentar la presencia rumana en el desarrollo del pensamiento europeo. Eminescu, Blaga, Barbu y Arghezi son fundamentales en el campo de la poesía romántica y moderna; Brancusi inaugura la escultura contemporánea; Caragiale, Ionesco y Sebastian, cada uno a su manera, influyen en el teatro moderno, mientras que Sadoveanu, Creanga, Rebreanu, Istrati, Camil y César Petrescu aportaron mucho a los distintos movimientos de la narrativa europea. Eliade describe muy bien la situación rumana frente al eurocentrismo metropolitano: “A nosotros se nos exigen enormes esfuerzos mentales para convencer a un extranjero de que somos inteligentes y de que hemos leído a Proust...” Para anular ese absurdo ninguneo aquí están Eliade, Sebastian, Elena Popescu y Denisa Comanescu. Nuestros lectores se acercarán a dos ensayos en los cuales aparecen Ortega y Gasset, Unamuno, D´Ors y Corpus Barga; a una reseña de Garrigós sobre una novela de Sebastian y a la gran poesía de dos mujeres excepcionales. El fondo es de violines alucinantes de Transilvania, de iglesias pintadas de Moldavia, de doinas campesinas y de hermosas voces que pronuncian las declinaciones del rumano, lengua latina viva en la eterna Dacia.



Una personalidad de saber enciclopédico como Mircea Eliade no podía dejar de fijarse en la cultura española. Siendo todavía estudiante publicó abundantes trabajos sobre algunas de sus figuras relevantes como Blasco Ibáñez, Menéndez y Pelayo, Bonilla San Martín, etcétera. Pero sus auténticas referencias culturales fueron sin duda Miguel de Unamuno, Eugenio d’Ors y José Ortega y Gasset. Puede decirse que fue él quien divulgó en Rumania la obra ensayística del rector de Salamanca, por quien profesó una admiración sin límites, y sus diarios son testigos de las frecuentes lecturas de los ensayos unamunianos, en la edición de Aguilar, y las reflexiones que le produjeron. A Ortega y a D’Ors llegó a conocerlos personalmente y a frecuentar su trato. Incluso proyectó traducir al rumano la obra de D’Ors pero la forzosa expatriación de Eliade al acabar la guerra frustró la idea. Una muestra de esa admiración es el artículo En España y en Rumania incluido en este número.

La carta a Corpus Barga es el grito desgarrador de una cultura que no se considera ni mejor ni peor que otra, pero que no quiere permanecer muda. Decía Emil Cioran que los pueblos que se expresan en una lengua provinciana están condenados al anonimato. Y no le falta razón. Eso impide que Mihail Eminescu sea una referencia obligada en el romanticismo europeo y que, todo lo más, se reduzca a un nombre más en la letra pequeña de las enciclopedias literarias. Y que los únicos escritores rumanos conocidos sean los que cambiaron de lengua, como Eugéne Ionesco, Tristan Tzara, Paul Celan, Vintila Horia, Panait Istrati o el mismo Cioran. A Eliade el amor a las raíces le hizo escribir literatura sólo en rumano y eso tiene un costo.

Pero, tristemente, los lamentos de Eliade en esta carta de 1936 y que, desgraciadamente, nunca pudo leer Corpus Barga, todavía tienen actualidad. Pueden contarse con los dedos de la mano los autores rumanos que han aparecido en español y el propio Eliade lo ha hecho con décadas de retraso. Y el panorama no parece muy alentador por la tendencia cada vez más acusada a hacer de la cultura una mercancía que prima los valores del mercado, la cuenta de resultados, sobre la calidad literaria.

Decididamente, como dice Eliade, todavía hay culturas que no se han beneficiado mucho de la invención de la imprenta.
JOAQUIN GARRIGÓS
I

CARTA ABIERTA AL SEÑOR CORPUS BARGA

No sé, querido Maestro, en qué ciudad europea leerá estas líneas. Ni siquiera sé si las leerá alguna vez. Las impresiones que ha recogido de nuestro país, por halagadoras que sean para nosotros, pronto no serán más que recuerdos. En una Europa nueva y revolucionaria difícilmente pueden cimentarse relaciones entre dos culturas, sólo en recuerdos.

Le escribo esta carta, sin embargo, para atenuar en su memoria un lamentable detalle del que hay que culpar a quien esto escribe.

Tuvo usted la bondad, querido Maestro, de testimoniar a sus amigos rumanos que, además de a otros jóvenes escritores, deseaba conocerme a mí. Confío en haber sido el único que rehusó, con decisión y tristeza, ese honor. Créame, no me resultó nada fácil rehusar tantas y tan insistentes invitaciones. Pensaba, sobre todo, que usted es un distinguido huésped de nuestro país y que esa terquedad mía podría ser considerada como una grave descortesía. Pero estaba decidido a enviarle la presente carta y he soportado, en silencio, todas las reprimendas.

Por supuesto, si sólo se hubiese tratado de una simple excusa personal, me habría apresurado a enviarle unas líneas a la legación de España durante su misma estancia en Bucarest. Su larga y generosa visita a Rumania fue, no obstante (al menos para mí), una nueva ocasión de constatar el desastroso destino del escritor rumano. Voy a hablar muy poco de mí, querido señor Corpus Barga, pero me siento obligado a empezar conmigo.

Soy escritor, o sea un hombre para quien "el mundo interior" existe. Creo, por consiguiente, que el mejor medio para conocer a un escritor es leer sus libros. Para escribir esos libros, tanto el resto de mis colegas como yo, hemos renunciado a muchas cosas agradables y a algunas alegrías fundamentales. Nunca lamentaré las tertulias y veladas en las que no he estado, las películas que no he visto o los libros que no he leído, pero también yacen en el fondo de mi alma las tristezas de tantas primaveras de las que he huido, también me duelen las amistades que he perdido o que no he potenciado, sufro especialmente por todos los hombres que han pasado por mi lado y a los que no he conocido ni querido lo bastante. He renunciado a todo eso, mi querido señor Corpus Barga, porque el gusanillo de la creación consigue vencer casi siempre la más encarnizada resistencia. He renunciado consolándome con una esperanza: la de comunicarme a través de mis libros con los hombres cuya amistad he sacrificado; que a través de esos libros estoy recomponiendo mi familia espiritual; que, en cualquier caso, la escritura me expresa, me conserva y me resume. Como cualquier hombre, como cualquier escritor, yo también he tenido determinadas experiencias que me permiten tener una concreta conciencia teórica de la existencia. Esa conciencia teórica, buena o mala, se refleja en mis libros.

Evidentemente, no incurro en el error de creer que se encuentre en esos libros lo mejor de mí mismo, mi lado más humano y personal. Sin embargo, reconozco que ellos contienen todo lo que es transmisible en mi existencia y en mi conciencia; que en ellos he comunicado sentimientos y juicios que, en conjunto, conforman un todo orgánico que estoy dispuesto a comentar y a rectificar en una conversación inteligente (como la que habría tenido con usted) pero que no puedo resumir.

He aquí, querido señor Corpus Barga, por qué rehusé serle presentado, al igual que, por otro lado, he rehusado conocer a todos los escritores e intelectuales extranjeros que visitaron en los últimos años nuestro país. Además del ritual ridículo de las recepciones, me horrorizaba el trágico destino de la mayoría de los escritores rumanos: su total aislamiento respecto al público europeo. Habría sufrido viendo a Camil Petrescu explicar su concepción sobre la misión histórica del intelectual. Habría sufrido viendo cómo se presenta a Tudor Arghezi como a un gran escritor y al más importante de nuestros poetas contemporáneos, y todo ello sin que usted pudiera penetrar más allá de esos nombres, de esos rostros, de esas conversaciones; sin que, siquiera durante una hora, tuviera usted la impresión de hallarse en presencia de unos grandes escritores. No sé si El bosque de los ahorcados tuvo algún eco en Europa después de que se tradujo al francés1 . Pero estoy seguro de que todo escritor europeo podrá darse cuenta de la grandeza de Liviu Rebreanu, de su arte, de su modo de sentir el mundo, leyendo esa traducción. El papel de las traducciones, por otra parte, no es sólo el de imponer un valor nacional más allá de las fronteras. Las traducciones también tienen a veces una misión más modesta: la de poder comunicarse uno personalmente con un escritor extranjero al que conoce; de poder "resumirse", si las circunstancias lo exigen, en condiciones superiores a las de una conversación. No se les puede decir a todos los hombres que conocemos cuáles son nuestras creencias, cuál es nuestra visión del mundo, qué concepto tenemos del arte, qué técnica utilizamos. Pero si les ofrecemos un libro nuestro en una lengua europea, lo apreciarán por sí solos aunque se trate de una traducción más o menos aproximada.

Lo que resulta deprimente en el destino del escritor rumano es, en primer término, el esfuerzo mental inútil que se le exige para comunicarse con alguien que viene de fuera de nuestras fronteras.

El escritor rumano vive todavía en la Edad Media, antes del descubrimiento de la imprenta. No puede comunicarse con sus colegas europeos más que oralmente, o a través de manuscritos. A nosotros se nos exigen enormes esfuerzos mentales para convencer a un extranjero de que somos inteligentes y de que hemos leído a Proust, cuando sería tan sencillo ofrecerles uno de nuestros libros y luego, a partir de ahí, ponernos a discutir...

Contra este destino de la mayoría de los escritores rumanos, querido Maestro, se podría luchar; podría llegar un día en que ya no nos viéramos obligados a conversar en una lengua que no es la nuestra, en que no nos viéramos obligados a resumirnos y a decir, por ejemplo, a un huésped como usted que Fulano es un gran poeta, Mengano un buen novelista y Zutano dramaturgo. Podría llegar ese día... Evidentemente, sólo si nuestro servicio de propaganda supiera lo que hay que hacer, en primer lugar por la dignidad del escritor rumano y, en segundo lugar, por la gloria del país. Pero sobre esas desgracias nuestras prefiero no hablar. Llevamos mucho tiempo luchando contra las autoridades culturales rumanas y los resultados puede que incluso los conozca también usted. Probablemente le habrán ofrecido a usted un álbum con fotografías de Rumania, y quizás un breviario de historia de Rumania en francés. Esa es, más o menos, toda nuestra dote cultural que puede cruzar las fronteras.

Pero no solamente estas miserias locales levantan murallas entre los escritores rumanos y sus colegas europeos. Espero que no se enfade, querido Maestro, si le recuerdo que en nuestra querida España no se ha traducido a ningún autor rumano. Nosotros, mal que bien, nos hemos honrado traduciendo a unos cuantos escritores españoles y Niebla, de Unamuno, incluso ha gozado de un merecidísimo éxito de librería. Pero, evidentemente, esa no es la razón por la que estamos tan aislados del resto de los escritores europeos.

Nos habría bastado y nos habría contentado el que, al menos, existieran traducciones francesas. Los editores franceses (que venden el diez por ciento de su producción anual en Rumania) no quieren arriesgarse con los escritores rumanos. Los editores franceses hace mucho que traicionaron la misión espiritual y cultural de Francia. Pues la misión de Francia era dar unidad a la cultura europea, hacer accesibles los valores y la sensibilidad de las culturas menores. El que aprende la lengua francesa, una lengua europea, no lo hace sólo para poder penetrar con ella en los hoteles y salones de Belgrado, Bucarest y Varsovia, sino también en la literatura de los respectivos países. Hoy, en francés, sólo se pueden leer traducciones del inglés. Por supuesto, las novelas inglesas son buenas y se venden. Pero la misión espiritual de una cultura de la grandeza de Francia no puede reducirse solamente a conseguir éxitos seguros de librería. ¿O no será que, en realidad, Francia está renunciando a su primacía, está renunciando a seguir asumiendo por nosotros los riesgos y la gloria de ser la única sucesora del Imperio romano?

Reciba, querido Maestro, el testimonio de mi estima y admiración.

Mircea Eliade

Publicado en el diario Vremea, Bucarest, 14 de junio de 1936.
Traducción del rumano de Joaquín Garrigós
II

EN ESPAÑA Y EN RUMANIA

El libro recientemente aparecido Ensayos españoles, del profesor José Ortega y Gasset, deberían leerlo todos los que se han planteado el problema de la originalidad y viabilidad de la cultura de un país pequeño. Allí se encuentran bastantes observaciones sobre el ruralismo y el urbanismo, sobre la falta de una elite en la vida espiritual y política de España, cuestiones todas que nos podrían interesar a nosotros también. Habría que leer y meditar con mucha atención su ensayo tan sugestivamente titulado La España invertebrada, pues puede servir para hacer interesantes análisis sobre la estructura de nuestro Estado.

Pero no tenía pensado escribir ahora sobre este libro de ensayos españoles, sino sobre la extraña semejanza de método, inquietudes e inspiración de los mayores ensayistas españoles contemporáneos: Unamuno, Eugenio d’Ors y Ortega y Gasset. Semejanza que no me parece desprovista de sentido. Al contrario, demuestra una vez más la eficiencia del pensamiento de estos tres grandes españoles y justifica el lugar que ocupan en la cultura europea.

Verdaderamente es extraño que estos tres ensayistas se valgan de unos materiales netamente distintos de los que utilizan los otros ensayistas contemporáneos. Unamuno recoge un sinfín de citas de los místicos, del Quijote y de los nórdicos. Eugenio d’Ors y Ortega hacen continuas referencias al arte español (sobre todo a Goya) o citan trabajos de biología organicista (jamás, por lo que yo he podido constatar, de biología mecanicista), libros de filosofía de la cultura (de una especie poco conocida entre los ensayistas continentales, por ejemplo, del nuevo concepto de la geografía, de la experiencia visual, del barroco, etcétera), en fin, fuentes que apenas se encuentran en la obra del resto de los ensayistas contemporáneos, los cuales siguen acudiendo a las autoridades de siempre (Montaigne y Pascal en Francia, Goethe y Nietzsche en Alemania) que mantienen intactas.

Los ensayistas españoles dominan una cultura mucho mayor y más nueva, y desarrollan un pensamiento más audaz y más plástico. El paisaje natural y el paisaje plástico son una constante en las páginas de Eugenio d’Ors y de Ortega. Podría suponerse que estos pensadores no pueden materializar su visión ni pueden explicar la comprensión de un fenómeno, o incluso la comprensión total de la vida, si no es pensando en formas, colores u objetos plásticos. De ahí, esos admirables análisis de d’Ors y de Ortega, análisis de pintores, de museos y de "elementos" (fondos, colores, expresión de los ojos, etcétera); de ahí, esa continua referencia a la geografía, al "medio". En la Weltanschaung de estos dos pensadores se intuye la colaboración de todas las fuerzas del entendimiento, desde la intuición telúrica de la configuración geográfica a la intuición refinada de las últimas expresiones del arte. Su pensamiento y su intuición están en permanente contacto con todas las realidades. Se siente que estos hombres gozan del paisaje y aman las flores de forma distinta al resto de los intelectuales europeos. La palabra "orgánico" para ellos es algo más que un simple vocablo. Realmente, su pensamiento bebe en todas las fuentes, es un pensamiento vivo y flexible y, por ende, sorprendentemente sugestivo y audaz.

Pero la semejanza entre los ensayistas españoles no acaba aquí. Cada uno de ellos ha elegido un mito central a cuyo través juzga el mundo y la vida y hace interpretaciones y vaticinios. Unamuno, creo que es ocioso decirlo, jamás abandona a don Quijote, leyenda que para él es tan viva como la pasión del Gólgota. Ortega y Gasset ha encontrado a don Juan que, al igual que la Gioconda, encarna la esencia de la feminidad, es la imagen más completa y viva de la virilidad. Y en torno a esa leyenda apócrifa, el profesor Ortega y Gasset no se recata de escribir páginas de sesuda reflexión e impetuosa fantasía. Eugenio d’Ors no ha escogido una leyenda, un personaje de la geografía espiritual de España en torno al cual comentar la actualidad y comprender el mundo. Pero sí conserva los tipos: Goya, Colón o Isabel y Fernando; contando su vida y analizando su obra, el núcleo de su pensamiento discurre por las mismas vías que sus otros dos compatriotas. (¿Qué son las reflexiones sobre Goya, Isabel o el barroco sino un pendant a los comentarios de Unamuno sobre don Quijote, la agonía o la paradoja, y a los de Ortega sobre don Juan, el feudalismo o el ruralismo?)

Sin querer, al concluir estas sumarias líneas sobre el ensayo español, pienso en la cultura rumana y en nuestros ensayistas. La diferencia salta a la vista. Todos los ensayistas rumanos acuden a las mismas fuentes que se utilizan en París, Roma o Berlín. No hay el menor intento de autonomía ni de originalidad en la búsqueda de materiales ni de audacia a la hora de interpretarlos. Hace siete u ocho años estaban de moda la mística la escolástica. Los ensayistas rumanos leían y comentaban la bibliografía alemana reciente. En sus trabajos se encuentran las mismas autoridades que en los de un aficionado en cualquier capital del mundo. No han aportado nada propio, no han impuesto ninguna autoridad.

Tenemos la leyenda de La cordera o la de Maese Manole que, si bien no son únicamente rumanas, son tan nuestras y su mito central es tan rico en significados, que sería preciso, y podría resultar revelador, estudiarlas. Sin embargo, ninguno de nuestros pensadores y ensayistas de altura les ha prestado atención. ¡Qué hermoso "Comentario a la leyenda de Maese Manole" podría escribirse! ¡Qué hermosa historia de la filosofía de la cultura rumana podría escribirse desde La cordera a Vasile Pârvan! Sin embargo, las revistas están llenas ahora, en pleno verano, de debates en torno a la nada. El único problema filosófico que no ha sido intuido por los rumanos, el más extraño a nuestro pueblo...

Publicado en Bucarest, Cuvântul,
21 de agosto de 1933

Traducción del rumano de Joaquín Garrigós


1 Hay traducción española del francés por Rafael Alberti y María Teresa León. Editorial Losada, Buenos Aires, 1967. También tradujeron del francés una antología del citado Tudor Arghezi, publicada por la misma editorial en 1961. Nota del traductor.

El intelectual es un crítico por excelencia

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Andrea Revueltas
y Philippe Cheron


El intelectual es un
crítico por excelencia



Como Andrea Revueltas y Philippe Cheron, somos muchos los que nos hemos preguntado qué pensaría Revueltas de tal o cual acontecimiento reciente, posterior a su fallecimientoÓ. En infinidad de marchas, huelgas y manifestaciones, este sentimiento se ha expresado en un obvio ­pero afortunado­ juego de palabras: ¡Ay, José, cómo me acuerdo de ti con estas Revueltas!Ó Las célebres Conversaciones..., por fin reeditadas, no han perdido nada de su valor e importancia para ver en el autor de El luto humano, Los errores y tantas otras obras insoslayables, no al escritor injustamente tachado por algunos tuertos de Òoscuro y pesimistaÓ o de Òultraizquierdista cerrado e intransigenteÓ, sino al crítico, al inconforme y al pensador vivo, ingenioso, lúcido y dueño de un humor a prueba de bombas.


Conversaciones con José Revueltas apareció por vez primera en el ya lejano año de 1977. Agotado desde hace mucho tiempo, este libro no había conocido reedición alguna hasta ahora. Era tiempo de proceder a su revisión y de ofrecerlo nuevamente al público lector. Además, era justo.

Más allá de la riqueza de estas entrevistas en cuanto a recuerdos, anécdotas y asuntos de índole personal (formación, influencias literarias, gustos, etcétera), de la que carecen en general los textos de Revueltas, son imprescindibles en varios aspectos para conocer su pensamiento, en particular las más recientes (de los años setenta): ahí es donde el escritor ha podido expresar más libremente sus ideas, sobre todo cuando se sabe que la mayor parte del material que elaboró en sus últimos años fueron conferencias y pláticas. Por otra parte, en aquel entonces todo su esfuerzo intelectual se concentró casi exclusivamente en su último ensayo, Dialéctica de la conciencia, en detrimento de todo lo demás, razón por la cual, además del lado más ÒhumanoÓ, más ÒpróximoÓ, estas conversaciones adquieren gran importancia en el marco de su obra.

Resulta apasionante ver lo vigente de varias de sus posiciones, a tres o cuatro décadas de distancia, reubicándolas, desde luego, en el contexto en el que fueron expresadas o actualizándolas mentalmente. Uno se plantea a veces la pregunta de qué pensaría Revueltas de tal o cual acontecimiento reciente, posterior a su fallecimiento. Estas Conversaciones permiten, de algún modo, inferir ciertas respuestas posibles puesto que en ellas el autor se refiere a la actualidad sociopolítica mexicana de los setenta. Sus comentarios verbales aquí recogidos pueden orientarnos un poco, en la medida en que este pasado inmediato es todavía, en parte, nuestro presente. Destaquemos algunos temas abordados en esas entrevistas.

Para empezar, resulta obvia su insistencia en la importancia fundamental de la crítica: Òel intelectual es un crítico por excelencia [...], es el que desempeña el papel de [...] minoría crítica respecto a la sociedadÓ; Òyo, en lo personal, no sólo sería un oposicionista en este régimen, sino también en un país socialista, porque la tarea del pensamiento es la crítica de la realidad, para lograr su perfeccionamientoÓ. ÒSi hay una cosa que a mí me pone fuera de quicio, es la falta de libertad crítica. Yo soy un ser eminentemente crítico, inclusive ejerzo la autocrítica.Ó Vale decir que tenemos aquí una especie de juicio anticipado tanto del intelectual light como de su alter ego, el mega-ultra, para decirlo en términos finiseculares.

Este sentido eminentemente crítico llevó a Revueltas a la denuncia del marxismo dogmático y del socialismo burocrático totalitario, cuyo desmoronamiento no tuvo la suerte de presenciar, aunque lo presentía cuando hablaba de su fracaso por burocratismo y estatismo.1 No dudó en afirmar que Òla religiosidad es lo que ha perjudicado más al marxismoÓ; además, lejos de haber desaparecido, Òla alienación también existe en el mundo socialista. El socialismo no desenajena al hombre, eso es una mentiraÓ. Así, nuestro autor criticó franca y decisivamente al socialismo real, pero además enunció qué tipo de socialismo quería (Òqueremos un socialismo democrático y libre, sin mordazas. A nosotros nos interesa más la libertad y la democracia que la socialización de los medios de producciónÓ) y qué tipo de revolución era deseable: en efecto, tenía una concepción de la revolución como Òparticipación de todos en la creación de valores [...]; el hombre no puede transformarse exclusivamente a través de una revolución social. La revolución tiene que ser una revolución espiritualÓ.

Sin dejar de lado las condiciones materiales, económicas, Revueltas puso de relieve que su objetivo era la instauración de una democracia del conocimiento. Lejos del marxismo ortodoxo, llama la atención que al decir esto no hacía sino retomar ciertas ideas expresadas en su tercera novela, Los días terrenales (1949), y severamente criticadas al año siguiente, en particular su concepto de que los hombres deberán aprender a ser Òlibremente desdichadosÓ, en conformidad con la filosofía del Eclesiastés en el sentido de que Òquien añade saber añade dolorÓ. Si conocer es sufrir, también es la única dicha auténtica a la que puede aspirar el ser humano en cuanto ser pensante, de la misma manera que lo es la creación, como lo apuntó Georges Duhamel: ÒCrear, al fin y al cabo, es la única alegría digna del hombre.Ó

Por lo que respecta al movimiento del Õ68, Revueltas hizo un análisis lúcido ­totalmente heterodoxo en aquel entonces, ya que equivalía a despojar al proletariado de su papel incuestionable de ÒmotorÓ de la Historia al afirmar que Òya no conduce la historiaÓ­ cuando supo captar que la antorcha ÒrevolucionariaÓ se había trasmitido de manos del proletariado a las clases medias estudiantiles (del movimiento ferrocarrilero del 58 a la rebelión juvenil del 68). Con el paso posterior ­añadiríamos­ de ese papel crítico y democratizador, de éstas a la sociedad civil (de los años setenta a los noventa) y finalmente hasta la victoria de la democracia electoral (¿anunciadora de la política y la social?), así como el fin del viejo régimen priísta a partir del 2 de julio de 2000, pese a que el rumbo asumido vaya en sentido contrario a las inquebrantables convicciones izquierdistas del autor. Sorpresas ­amargas­ de la Historia.

Revueltas tuvo una percepción temprana de la apertura hacia la democracia a partir del movimiento estudiantil de 1968; demasiado lenta, limitada, se ha vuelto cada vez más decisiva e irresistible a lo largo de los años: De aquí [esto es, el hecho del resurgimiento del 58 en el 68] la forma radical exterior de que se revistió este Movimiento Democrático y de aquí que su configuración ideológica haya asumido exteriormente las formas de conciencia proletaria de que se revestía la lucha democrática buena para toda la sociedad, no sólo para la clase obrera. El nuestro es un movimiento que se inserta no sólo en la realidad mexicana corrompida ­a la cual niega­ sino también en las grandes transformaciones del siglo XXÓ. Demanda de democracia que la propia izquierda tardó en adoptar y que Revueltas planteaba como democracia integral.

En otro orden de ideas, emite en varias ocasiones el juicio acertado de un escritor sobre sus contemporáneos (véase cómo afirma, ya en 1954, el enorme valor de Juan Rulfo), y sobre los jóvenes de aquel entonces, en particular José Agustín, Gustavo Sainz, Salvador Elizondo o Vicente Leñero. Rechazaba al nouveau roman a causa de su obsesión por lo experimental ­con demasiada frecuencia gratuito­ y, a propósito de Los albañiles de este último, consideraba injustificada su construcción. Ahora bien, el propio Leñero reconoció hace poco esos desaciertos de juventud: En ese entonces, años sesenta, estábamos muy influenciados por la forma [...]. Hay una parte de Los albañiles que está un poco disfrazada de nouveau roman [...]. Siento que está hasta cierto punto contaminada de un afán experimental, aunque en el fondo me ganaba el impulso básico de contar cosas.

El novelista admirador de Dostoievski, Strindberg, Proust, era también un gran amante de la poesía que se atrevía a hacer versos de vez en cuando, pero sin perder su capacidad autocrítica, ya que sabía que sus poemas eran más bien una especie de Òaforismos filosóficos. Además, queda patente en estas conversaciones el humor a prueba de bombasÓ de un autor que tiene la reputación de ser oscuro y pesimista; su risa contagiosa, su fe inquebrantable en el valor supremo de la lucha (al igual que para Marx, su concepto de la felicidad es la lucha) y de la verdad (la verdad es siempre revolucionaria).

En fin, otras tantas facetas de un escritor vivo, ingenioso, lúcido, responsable, amante de la fiesta y el alcohol pero a años luz de la imagen del artista bohemio, improvisado, que con demasiada frecuencia aún se tiene de él, o del ultraizquierdista cerrado e intransigente. Para nada: un luchador independiente, un crítico del poder, un anticonformista Òrevolucionario sin partido, un ideólogo abierto a la discusión, un defensor de la crítica y la autocrítica honestas, un hombre que siempre quiso tener, hasta la hora de la muerte, los ojos abiertosÓ. Por si fuera poco, un hombre Òextraordinariamente sencilloÓ, ajeno a cualquier pose intelectual o artística.

1 Creo, personalmente, que el socialismo ha fracasado en escala mundial. Ha fracasado en su aspecto humano, por el burocratismo y el estatismo. Creo que la experiencia histórica ha fusionado dos grandes fracasos, la democracia burguesa y el socialismo estatal. O sea, Revueltas condena a ambos, pero sin dejar de recuperar lo positivo que pueden tener (libertades de prensa, opinión, separación de poderes, etcétera, en el primer caso; ideal de justicia social y de equidad, en el segundo).

Voces de Fernando Benítez

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Voces de Fernando Benítez

La medalla Manuel Gamio al mérito indigenista, recibida por Fernando Benítez en 1979, reconocía en parte una talentosa y tesonera labor en defensa de las naciones que conviven (malamente, por cierto) en el Estado-nación mexicano. Muchos premios recibió el maestro y hermano periodista, y todos los mereció. Proponemos, con esta selección de textos, la relectura de una de las novelas centrales del llamado (y nunca bien definido) ciclo novelístico revolucionario. Nos referimos a El rey viejo, modelo de crónica rigurosa y de relato libérrimo escrito desde la pluralidad de significados de la palabra poética. En la choza miserable de Tlaxcalaltongo terminó abruptamente el desasosiego del Primer Jefe perseguido. Benítez sigue paso a paso la tragedia y nos entrega un testimonio crítico ``a la altura del arte''.

Los indios de México

Entre las muchas diferencias que ofrecen los civilizados y los salvajes, una de las más singulares es sin duda la idea que se forman los unos de los otros. Apenas los españoles lograron entrar a Tenochtitlán, el corazón del imperio azteca, vieron en los indios a unos seres en poder del diablo; no de un diablo indeterminado, sino precisamente del diablo de los españoles. Creyeron haberlo dejado atrás, en Europa, entregado a sus bienes conocidas actividades y he aquí que ese viejo, temido y familiar demonio se les aparecía en la tierra virginal del Nuevo Mundo con su cola, sus cuernos y su maligna fisonomía erigido en el señor y en el dueño de lo extraños seres recién descubiertos.

Esta primera idea resumía otras muchas. La circunstancia de que organizaran sacrificios en masa, fueran pederastas o construyeran templos y pirámides no era otra cosa que un aspecto secundario del culto rendido al demonio. Sus ídolos representaban al diablo, sus sacerdotes le rendían homenaje al diablo, sus canciones, sus danzas estaban consagradas al diablo, sus bienes se destinaban al servicio del diablo.

Una sociedad y unos hombres de tal modo subordinados a las potencias infernales, debían ser conquistados y aniquilados. No merecían vivir en libertad ni disfrutar de ninguna pertenencia. Se les castigaría reduciéndolos a la esclavitud y al despojo y todavía debían dar las gracias a sus conquistadores por haberlos redimido de las tinieblas y permitirles conocer el mundo de la luz y de la verdad que era el mundo propio de los españoles.

Los indios, al fin salvajes -término un poco fuerte que ha sido sustituido por el de primitivos-, creyeron al principio que los españoles eran dioses no debido a que se les presentaran en forma de dioses, sino porque hacía muchos siglos ellos consideraban a sus señores como personajes divinos. El señor -el príncipe, el tecatecutli- se diferenciaba del resto de la población en que descendía por línea directa de Quetzalcóatl. Era un ser distinto a los demás. Nadie podía verle la cara sin caer fulminado al suelo; tenía derecho de vida y muerte sobre el hombre del común -el macehual- y para nombrarle o para nombrar a sus cosas existía un lenguaje especial, de manera que existían dos lenguas: la del macehual y la del príncipe.

Como por añadidura, Quetzalcóatl, el fundador de los linajes indios, había desaparecido en una época remota prometiendo regresar y asumir nuevamente el mando supremo, Moctezuma, conocedor de su historia mítica entendió que las profecías se habían cumplido con la llegada de Cortés y no ofreció resistencia en cederle un mando que él pensaba usufructuar temporalmente durante la ausencia de Quetzalcóatl.

La historia, la religión y la tendencia por revestir de ``prestigio a personas que nosotros encerraríamos en un manicomio'', se conjugaron para sacralizar a los españoles. Sus carnes blancas como la cal, sus filosas espadas, sus cañones, sus casas flotantes, sus caballos, sus armaduras, ese excesivo conjunto misterioso y temible tenía que adscribirse al mundo de lo sagrado, el cual, en relación al mundo de lo profano, era el que contaba significativamente. En este mundo resultaban naturales la violencia y la injusticia. El que está gobernado por dioses debe someterse a los caprichos, a las cóleras, y a las crueldades de sus divinos señores según lo demuestra con suficientes ejemplos el Antiguo Testamento. Aquellos señores surgidos de las olas del Mar Celestial no se conformaban con apresar al Emperador Moctezuma. Exigían oro y tributos -tampoco era ésta una novedad para los aztecas-, comida y obediencia, exigían que renegaran de sus dioses y veneran a los recién llegados, y a cada regalo, a cada nueva cesión, los huéspedes reclamaban mayores donativos y mayores sacrificios.

La matanza de sus nobles desarmados llevada a cabo por Pedro de Alvarado los determinó a defenderse, aunque no a despojarlos todavía de su naturaleza divina. Les fue necesario sufrir los horrores del sitio y sacrificar a varios españoles para arrancarles su máscara y comprobar que estaban hechos de la misma materia que el último de sus macehuales.

El convencimiento llegó demasiado tarde. Realizada la conquista, destruida Tenochtitlán, transformados en espectros sus defensores, Cortés repartió las mejores tierras entre sus compañeros y ante la repugnancia que demostraron por cultivarlas personalmente -habían sido casi todos campesinos en España y porquerizos en las Antillas-, con las tierras les cedió a los indios destinados a trabajarlas. La creación de la encomienda, si por un lado supuso el establecimiento del feudalismo, por el otro significó una sentencia tan inexorable que debe verse como una condenación de alcances divinos.

Hubo frailes que trataron de atenuar esta inmolación. Eran frailes mitad medievales, mitad renacentistas, que lucharon valientemente contra la ciega cupiditia de los nuevos señores. Algunos, como Zumárraga, quemaban vivos a los herejes y a cambio les construían escuelas; otros, como Don Vasco de Quiroga, se esforzaban en realizar la utopía de Tomás Moro; otros, como Las Casas, se pasaban la vida denunciando crímenes, pero este celo apostólico unido a un temple humano excepcional, fue incapaz de suavizar la suerte de los indios. Desaparecido el humanismo en España y erigida la Contrarreforma, la iglesia se sumó al feudalismo. Entre las fortalezas de la encomienda y las fortalezas de los monasterios, no existían diferencias apreciables.

La herencia de los vencidos

El indio abarcó toda la magnitud de su derrota y de su posterior degradación. El llanto se extendía como las aguas amargas de su laguna y las lágrimas golpeaban en Tlatelolco, como si fueran lluvia. Estas metáforas de un pueblo lacustre, no agotan el tema de llanto:

Llorad, amigos míos,
Tened entendido que con estos hechos
Hemos perdido la nación mexicana.
¡El agua se ha acedado, se acedó la comida!

Los bravos guerreros mexicanos ``semejan mujeres''; ``la huida es general'', a todos se les puso precio.

En los caminos yacen dardos rotos,
los cabellos están esparcidos.
Destechadas están las casas,
enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas,
y en las paredes están salpicados
los sesos.
Roja están las aguas, están como teñidas,
y cuando las bebimos,
es como si bebiéramos agua de salitre.

Golpeábamos en tanto los muros de adobe,
y era nuestra herencia una red
de agujeros.*

El apartheid

Los españoles y sus descendientes los criollos establecieron desde el principio un verdadero apartheid, una rígida línea de demarcación que los separaba de los indios. Ellos vivían en sus cabañas o en sus pueblos aislados, y los españoles vivían aislados en sus ciudades. Lo característico no era la relación entre vencedores y vencidos, sino la falta absoluta de relaciones.

El criollo, en el siglo xvi, salía de su casona -ay, esa casona tan pintada, tan amorosamente inventariada por los colonialistas- cubierto con su armadura y seguido de sus criados negros para jugar torneos en el prado del Concejo, o en la noche, vestido de seda, danzaba en los saraos a la luz de las velas puestas en candelabros de plata, componía sonetos petrarquistas y octavas reales, vivía -si era pobre- en las antesalas del virrey solicitando empleos, escribiendo memoriales o poemas donde enumeraba los sudores y los arañazos que había recibido su heroico padre en la guerra. Rico o pobre, el criollo se creía el hijo de un héroe, el heredero de aquel desmesurado hecho de armas y en él apoyaba su derecho a la encomienda. Su heroísmo consistía en estarse largas horas tratando de comprimir en el molde de la octava real los episodios de la conquista. Pensaba estar escribiendo una epopeya y en realidad sólo componía oficios rimados ya que no sentía el heroísmo y sólo lo empujaba el interés de defender su amada encomienda amenazada constantemente; en el fondo, ni Carlos v ni Felipe ii, tocados por las quejas de los frailes, tenían el propósito de suprimirla temerosos de que la tierra ``se despoblara'', pero agitaban el espantajo de su extinción con el fin de mantener sujetos a sus levantiscos señores feudales. La irresolución de los monarcas -su conciencia religiosa estaba en pugna con lo que era y sería la base económica de su reciente imperio colonial-, no benefició nada a los indios y en cambio favoreció una irritación y un malestar que habría de prolongarse hasta la independencia.

* Traducción Angel María Garibay K.

El rey viejo

Sucesos del 20 de mayo anotados el 6 de junio. Afuera de la cabaña se oyó la voz del capitán Valle, uno de los ayudantes, que decía:

-Señor Presidente, ha llegado el enviado del general Mariel.

El Viejo no había dormido. Estaba sentado a la mesa donde ardía un cabo de vela. Al oír la voz del capitán se levantó y él mismo abrió la puerta. Entró Valle acompañado de un indio. Su capa de hojas chorreaba y sus pies descalzos estaban cubiertos del barro amarillo y consistente que cubría los senderos de la montaña.

Recuerdo el crujido peculiar a hojarasca pisada de la capa cuando el indio la abrió para entregar el mensaje. El presidente se acercó a la mesa, desdobló el papel lentamente y lo leyó carraspeando, mientras los ojos oscuros del indio recorrían el interior de la cabaña. No había mucho que ver. En el rincón se hallaba intacta la cama del Presidente: a un lado dormía, vuelto de espaldas, el secretario de Gobernación y cerca de la puerta se extendían las camas de los dos ayudantes que también dormían.

-Bien, muy bien -dijo el Presidente al capitán Valle-, acomode usted al mensajero en un lugar abrigado y retírese a descansar. Gracias por todo.

El Viejo cerró la puerta y se dirigió a la cama.

-¿Ha recibido usted buenas noticias de Mariel? -le pregunté.

-Sí -respondió el Viejo-, por primera vez recibimos buenas noticias. Mariel informa que las fuerzas de Xico permanecen leales al gobierno. Mañana se reunirán todos con nosotros y nos darán escolta. Ya podemos dormir tranquilos.

Apagó la vela que había llevado consigo y lo oí suspirar al meterse a la cama. Seguía la lluvia cayendo con fuerza. Aliviado, volví a dormir y tuve un sueño más cargado de simbolismos extravagantes que el primero.

El Presidente se había transformado no precisamente en un rey sino en un pequeño monarca de la selva. Yo lo veía sentado en su trono, con la barba ensortijada cayéndole sobre el pecho y sosteniendo en la mano el cetro rematado por el águila que devora a la serpiente. Las copas de los árboles servían de dosel al trono; echados a los pies del monarca dormían los guardias y a su lado estaba un ministro de barba en punta y ojos penetrantes cuya figura recordaba la pequeña y nerviosa del ministro de Hacienda.

Llovía, pero el rey no parecía sentir la lluvia. Una muchedumbre de cortesanos rodeaba el trono. Aplastados y oscurecidos bajo el diluvio, cubiertos de impermeables brillantes, de anticuados paraguas y sombreros extrañamente deformados, componían una borrosa muchedumbre de la que brotan exclamaciones cargadas de furia.

Un hombre manco, casi una sombra, agitando su muñón convulsivamente, levantó la voz para dominar el ruido del agua:

-Has dejado de ser rey. Así lo hemos decretado. ¿No oyes? Así lo hemos decretado.

El rey permanecía inmóvil. Había dejado caer el cetro, sus dos brazos colgaban inertes, tenía los ojos cerrados y por su cara, como si fuera la de una estatua, escurría el agua de la lluvia.

El ministro de los ojos sagaces preguntó con voz incisiva:

-¿Y quién eres tú para decretar nada?

-Oh, ¿no lo sabes? Yo soy la Revolución.

-Ve a la escuela -respondió el ministro-. Es un lugar donde enseñan que un cuartelazo no es una revolución.

La voz aflautada de Pablo González brotó de un paraguas chorreante:

-Orden, señores, orden. No debemos olvidar que se trata de un juicio.

-¿Y quién juzga? -preguntó el ministro.

-Juzga el ejército- habló de nuevo la primera sombra-. El ejército que lo hizo rey, hoy lo derroca. ¿Sabes por qué? Porque ese viejo iluso y apolillado se atrevió a desafiarnos. Le hemos enviado los huevos de loro, según la costumbre, para que se suicide, y en vez de suicidarse los ha arrojado al suelo y nos ha respondido que sentará en el trono a un civil. ¡Ja, ja, a un civil! ¿Habéis oído algo más gracioso?

Los gritos se hicieron insoportablemente agudos.

-Ha insultado al ejército y el rey debe morir.

-Hay que ahorcarlo del árbol más alto.

-¿Quién nombra a los reyes? ¿Acaso tú lo sabes? Dilo, ¿quién nombra a los reyes en México? ¿Acaso los nombra el pueblo?

-Yo contestaré por él -cloqueó la sombra de González, sin abandonar el refugio del paraguas-. A los reyes los nombra el ejército. Es nuestro privilegio. Nuestra prerrogativa secular, nuestro máximo orgullo.

-¿Tan pronto habéis olvidado los favores recibidos? -gritó el ministro tratando de imponerse-. El rey le ha dado al país una Constitución.

-Las leyes en México no se hicieron para cumplirse y eso lo sabes tú mejor que nadie, abogado del diablo.

-El rey ha vencido a los tiranos.

-Su más vivo deseo es erigir su propia tiranía.

-El rey nos ha dado la paz.

-Ahora provoca la guerra.

-Viejo y débil -graznó la primera sombra-, he ahí dos palabras que siempre marchan juntas. El destino de México no puede depender de la voluntad de un anciano.

-Cierto -habló González-, muy cierto. El rey debe morir.

-¿Por qué debe morir? -preguntó el ministro sin perder su sangre fría-. ¿Porque tú quieres sentarte en el trono? ¿Cuáles son tus méritos? ¿El haberlo traicionado?

-¿Defender la democracia es una traición? -protestó González con una voz en la que latía el resentimiento.

-Ciertamente -respondió el ministro-, eres un demócrata que confunde la traición con la democracia. En otro país, esas ideas políticas te hubieran conducido a la horca.

Un hombre que se cubría con un impermeable amarillo levantó su mano delgada y pálida:

-Dejad que hable un doctor en derecho. No sé nada de los generales, aunque a veces, por razones profesionales, haya redactado sus proclamas y manifiestos, pero creo, como ellos, que debe morir.

-¿Por qué debe morir? Danos una razón.

-Debe morir, simplemente, porque es muy viejo. No tiene ya fuerzas para someter a los generales.

-Desean un caudillo joven, ¿eh? -preguntó con sorna el ministro-. Lo que estáis pidiendo es un espadón, un tirano que os haga marchar a cintarazos.

-No tiene ya semen -dijeron muchas voces encolerizadas-. Es un viejo impotente, incapaz de embarazar a las mujeres.

-A vuestras mujeres, a vuestras hijas, como es la costumbre en este país para ascender en el ejército.

Las últimas palabras del ministro enfurecieron a la mechedumbre.

-Se ha concluido nuestra benevolencia. Ha pisoteado los huevos de loro y los salvoconductos que le hemos enviado. Ahora vas a morir, viejo cobarde.

Las voces se hicieron intolerables. Sonaban como chillidos de aves enardecidas en medio del blando rumor de la lluvia, destruyendo toda majestad, convirtiendo en añicos el orden establecido, haciendo retroceder el tiempo a la edad en que los salvajes atacaban a sus enemigos con hachas de piedra y rodaban embriagados con el deseo de aniquilarse.

De pronto, dominando la confusión, como un relámpago que en su omnipotencia sobrehumana hiciera pueriles las más feroces peleas de los hombres, se oyó un disparo que hizo temblar la montaña. A su luz cárdena y siniestra vi a la muchedumbre disparar sus pistolas, y al rey, resbalar en su trono, cubierto de sangre.

Desperté sobresaltado. En la oscuridad de la cabaña los tiros sonaban en mis propios oídos y las voces se escuchaban todavía más cargadas de rencor que en el terrible sueño:

-Sal, viejo cobarde. Aquí está tu padre. Sal, viejo arrastrado.

Sólo entonces comprendí que éramos atacados. Sin incorporarme, lleno de angustia, llamé en voz alta:

-¿Cómo está, señor? ¿Qué es lo que ocurre?

-Enrique -respondió con voz serena-, me han roto una pierna.

El capitán Suárez, que se hallaba acostado junto a mí, arrastrándose en el suelo, se dirigió hacia el Viejo, exclamando:

-Señor Presidente, señor Presidente.

No recibió ninguna respuesta. Entre el estallido de las balas y de las injurias, se escuchó un ronco estertor y luego, la cortada respiración de los agonizantes.

La cabaña entera parecía hundirse acribillada a tiros y a insultos. Ignoro cuánto tiempo permanecí echado contra el suelo, tratando de cubrirme la cabeza con los brazos. Un temblor nervioso me sacudía, y el sonido de mis dientes, chocando unos contra otros, furiosa y desatentadamente, concluyó por llenarme de pánico.

Después de un largo rato cesaron los disparos y la puerta se vino abajo. En el hueco aparecieron, iluminados por linternas, cinco soldados apuntándonos con sus rifles.

Levanté las manos y miré hacia el rincón donde habían dispuesto el lecho de campaña que ocupaba el Viejo. Se hallaba tendido rígidamente de espaldas y con los anteojos puestos. Una de sus grandes manos colgaba fuera y la sangre enrojecía el dorso y escurría por los dedos.

No sentí indignación, ni dolor, sino asombro. Con las manos levantadas avancé descalzo -eran sólo cuatro o cinco pasos- hasta la cama del Presidente. Su rostro no revelaba agitación. Se había cerrado al exterior y únicamente sus ojos inhumanos, de máscara, medio velados por los cristales de las gafas, indicaban que el Viejo había muerto.

Le quité las gafas, que más tarde entregué a sus hijas, le cerré los ojos, y dije con voz descompuesta:

-Señores, el Presidente de la república ha muerto.


Fernando Benítez


Una historia de suplementos

Con humor, espíritu lúdico, seguridad de que no hay diferencias entre la literatura y el periodismo, y un talento, hecho de generosidad y de agudeza, que le permitió localizar a los verdaderos talentos, el maestro del periodismo cultural en nuestro país, Fernando Benítez, realizó una de las tareas más notables de la historia del periodismo. Su antisolemnidad, su prosa flexible, elegante y divertida, y su información inagotable, lo convierten en una figura fundamental de la historia contemporánea. Para Benítez, la cultura es, sobre todas las cosas, una de las formas mayores del diálogo humano.

Cómo nació el Suplemento

La primera idea de un suplemento me vino aquel mismo año de 1936 cuando entre las muchas publicaciones que llegaban a la redacción descubrí las secciones dominicales de La Nación y de La Prensa, los grandes diarios argentinos donde figuraban desde Borges hasta Ortega y Gasset y desde Alfonso Reyes hasta Azorín y Baroja. ¿Cuándo será posible -me pregunté- que México llegue a editar algo siquiera aproximado?

Ese viejo sueño principió a realizarse cuando, diez años después, fui director de El Nacional. No llegué solo sino acompañado de amigos, unos famosos hoy, otros ya muertos y algunos jóvenes republicanos españoles.

Nombré director del suplemento a Juan Rejano -murió muchísimos años después, es ese cargo- y solicité las ilustraciones del Taller de Gráfica Popular, dirigido por Leopoldo Méndez.

Consideré que como director no podía traicionar al reportero cardenista que fui, y seguir esta línea editorial me costó mi primer cese fulminante. Tuve el honor de que mi jefe de redacción, Francisco Martínez de la Vega, renunciara conmigo.

México en la Cultura

Por una serie de casualidades, en 1949 logré que don Rómulo O'Farril, recién elegido director general de Novedades, aceptara la propuesta de crear un suplemento de cultura. Don Rómulo no tenía ninguna idea de lo que era un periódico o un suplemento de esa clase. El mismo diario, con toda su espléndida maquinaria, no estaba ejercitado para editar una publicación tan fuera de las normas corrientes. Las dificultades técnicas del suplemento las resolvió el pintor Miguel Prieto, diseñador de Romance (1940-41) donde yo figuré como colaborador. Prieto fue un maestro de la tipografía. Su diseño era de una gran elegancia, si bien a veces sacrificaba el texto a la composición.

Acudí a don Alfonso Reyes, el gran periodista, el autor de Las mesas de plomo. Reyes, con su peculio editaba su correo personal, Monterrey, y aun pagaba algo de sus libros de muy escaso tiraje. Yo le ofrecí cien mil lectores y él preparó un número sobre Grecia, acompañado de un fragmento de su Homero en Cuernavaca, todavía inédito. La aparición de ese ejemplar en un México poblado de historietas grotescas y de periódicos rutinarios que concedían mayor importancia al crimen que a la cultura, causó sensación. Siempre creí que la excelencia atrae la excelencia y así ocurrió. Reyes, hasta su muerte, fue nuestro más constante colaborador. Paul Westhein, el gran crítico europeo desterrado por el nazismo, se ocupó del arte antiguo de México y del arte mundial. El gran maestro Adolfo Salazar, de la música, José Moreno Villa impuso con su estilo claro y preciso una nueva crítica de arte. Francisco Pima, crítico de cine, fue el primero en rechazar el patronazgo de las empresas cinematográficas. Luis Cernuda escribió en esas páginas muchos ensayos que después formaron libros hoy clásicos. Octavio Paz nos enriqueció con poemas y ensayos. Estaban con nosotros Alí Chumacero, José Iturriaga, Tito Monterroso, Leopoldo Zea, Luis Villoro, José Luis Martínez, Rubén Bonifaz Nuño y Miguel León-Portilla que publicó su después muy famosa Visión de los vencidos. Figuraron desde el principio Pablo y Henrique González Casanova.

Iniciamos el folletón con El niño y la niebla de Rodolfo Usigli que, andando los meses, se llevaría al teatro y al cine. Alfonso Reyes dijo antes de morir que no se podía hablar de una década -1949-1959- sin recurrir a México en la Cultura.

En efecto, los estudiosos han compuesto un índice del suplemento y me han dicho que registraron 25 mil fichas, lo cual me llenó de asombro.

La cultura en las calles

A medida que transcurrían los años se sucedían nuevas generaciones. Fueron mis inolvidables subdirectores Gastón García Cantú y Jaime García Terrés creador y animador de la valiosa Revista de la Universidad, y también Pepe Iturriaga, los González Casanova y el propio Zea. Elena Poniatowska hizo un arte de la entrevista y José Luis Cuevas destruyó con sus explosivos artículos el monopolio de los tres grandes. Ya en los últimos años irrumpieron los jóvenes: Rosario Castellanos, Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea, Jorge Ibarguengoitia, Carlos Valdés, Emilio García Riera, Juan Vicente Melo, el más grande crítico musical de este siglo en México. Intervinieron Gabriel García Márquez, Luis Cardoza y Aragón, Lya su mujer, Enrique González Pedrero, Julieta Campos, Raquel Tibol, Emilio Carballido, Luisa Josefina Hernández, Sergio Magaña, Juan García Ponce, José de la Colina, Marta Traba. Los últimos que entraron tenían 18 años y se llamaba José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis.

Habíamos destruido las capillas y el ninguneo, y la cultura circulaba al fin por las calles.

Los ensayos de Juan García Ponce eran de tal modo engañosos y simbólicos que con sólo un cambio de nombres servían para una crónica literaria o de artes plásticas.

Nunca hubo épocas de vacas flacas o de graves disensiones.

Si hubiera micrófonos en el Café París donde se reunían los Contemporáneos, o en los bares, restaurantes o redacciones, tendríamos un material literario hablado de valor inestimable. Cuántos juicios, cuántas agudezas y obsesiones se han perdido para siempre. Sin pretenderlo, esas tertulias, como la de México en la Cultura, fueron verdaderos salones literarios.

La aportación
de los trasnterrados

La masificación de la ciudad ha creado una incomunicación deplorable. Sólo nos reunimos en los entierros. La muerte y no la vida de la creación nos convoca, como ocurrió en los casos de Efraín Huerta y de Juan Rulfo. La literatura somos todos, pero esos todos están dispersos y entregados a su tarea. Bastante difícil es para un mexicano escribir y ganarse la vida.

Debo hacer una mención especial de Paul Westhein. En Alemania había sido el vocero y el crítico del expresionismo alemán y de las nuevas corrientes de arte. Logró huir de un campo de concentración y por un encadenamiento de equívocos, medio ciego -carecía de medicinas adecuadas- llegó a México. Había perdido su revista -hoy reimpresa en Alemania-, su casa y su admirable colección de pinturas. No tenía un centavo ni sabía español. Mariana Frenk fue su ángel salvador y más tarde su esposa. Ella traducía a excelente español sus ensayos y me los daba. Publicamos sus magistrales análisis del arte antiguo de México y sus iluminadores trabajos sobre el arte cntemporáneo. Era pobrísimo y vivía en una vecindad. Se asombró de que el arte mexicano no tuviera los críticos que demandaba su excelencia y fundó un premio a la crítica. Lo ganaron Beatriz de la Fuente y Jorge Alberto Manrique. No fue el multimillonario dueño del periódico el que dio el premio sino el más pobre de nuestros colaboradores. Sus ensayos, como los de José Moreno Villa, están en libros siempre reeditados.

El caso de Paul Westhein se reproduce en los españoles. Eran los desterrados del totalitarismo, los repudiados, los derrotados. Cárdenas les ofreció una patria, los salvo del horror de la segunda guerra mundial, y de la vergüenza de Franco. Podían haber venido más, si las divisiones entre Negrín y Prieto no lo hubieran impedido. Los que se quedaron en los campos de concentración franceses fueron los héroes de la resistencia, los lídres del maquis.

A García Lorca lo asesinaron. Alexaindre se encerró en su casa, Alberti y Juan Ramón Jiménez lograron emigrar. Unamuno murió con su sentencia: ``Venceréis, pero no convenceréis.''

Su aportación a la filosofía, a las letras, a la enseñanza, a la industria editorial, son invaluables. México en la Cultura se consolidó gracias a ellos. Se adaptaron fácilmente a la vida pobre y digna del intelectual mexicano. Benjamín Jarnés, Eduardo de Ontañón, Florentino Martínez Torner, Emilio Prados, Antonio Sánchez Barbudo, José Herrera Petere, Eugenio Imaz, Pedro Garfias, Juan Gil Albert, lo mismo que Enrique Díez-Canedo, León Felipe junto con Aníbal Ponce, Juan Manello, Nicolás Guillén, se integraron a la redacción de El Nacional desde 1939. Los transterrados pertenecieron a la mejor generación española. Conocíamos al buen gachupín, a uno de los ancestros y ahora teníamos a un español desconocido, ya no detrás del mostrador, sino en la cátedra y el escritorio.

De este material de sangre, de lágrimas, de desarraigos, de estas convulsiones sociales que movilizan a millones y los llevan a la muerte, surge un ansia de vivir, de creación, de renovación y de cultura. También los mexicanos habían sufrido una revolución brutal, una guerra fraticida, y los españoles encajaban bien en el periodo cardenista, culminación de diecinueve años de guerras. Juntos nos sanábamos de heridas semejantes. Por ello veo en el decenio de 1939-49 y en los años posteriores una calidad superior de la vida cultural y le doy trascendencia a lo que pudimos hacer entonces. Aprendimos mucho. El Estado ya no fue el gran patrón. En la pintura, en la literatura, en la difusión cultural, los escritores y los artistas se valieron por sí mismos.

Nueva casa

La situación del suplemento en el periódico siempre fue muy difícil, en 1958 la publicación en primera plana con dibujos de Elvira Gascón del poema de John Donne, llamado Going to Bed, traducido por Octavio Paz, casi me costó el cese. Se me acusó de hacer pornografía y de manchar la reputación del diario.

La reproducción de Las Tres Gracias de Rubens provocó la cólera de don Alejandro Quijano, el director que no dirigía el periódico. Me dijo que su mujer, al mirar aquella inmundicia, había tirado el suplemento y al pisotearlo colérica, se dislocó un tobillo.

Cualquier innovación provocaba reproches y censuras.

El fin llegó al ocuparnos de la revolución China y sobre todo de la cubana. En diciembre de 1961 se me cesó del modo más arbitrario y despótico, pero esta vez, en un acto de solidaridad conmovedora, renunciaron los treinta colaboradores del Suplemento Novedades -con la sola excepción de nuestro defensor Fernando Canales-, nunca se dio cuenta de que disponía de los mejores escritores e intelectuales del país.

A todo esto el presidente Adolfo López Mateos me buscó y me ofreció el dinero suficiente para fundar un nuevo suplemento. Le di las gracias y le dije que ya José Pagés Llergo no sólo me había ofrecido su hospitalidad sino también a los treinta colaboradores del suplemento.

Nuestro contacto se rompió bruscamente en julio de 1962, cuando Carlos Fuentes, Víctor Flores Olea, León Roberto García y yo publicamos el reportaje Un día en la tierra de Zapata donde describíamos el asesinato de Rubén Jaramillo y de su mujer embarazada en las ruinas de Xochicalco, el altar de la muerte. Se me acusó entonces de morder la mano que se me había extendido en plena cacería de brujas.

Durante una comida en la casa de Pepe Pagés Llergo, le expliqué al Presidente que yo no había contraído ningún compromiso y nuestro reportaje le daba la oportunidad de librarse de aquella sangre derramada.

La Cultura en México

No hubo problemas. El equipo formado en Novedades pasó íntegro a Siempre! y fue enriqueciéndose con una segunda generación de escritores. Trabajábamos los lunes después de comer en la casa de Alba y Vicente Rojo, entonces recién casados. Vicente Rojo me había malacostumbrado desde Novedades. Desde 1956, cuando sustituyó a Miguel Prieto, con su diestra mano izquierda componía el formato y luego lo revisábamos en las mesas de plomo del periódico. En Siempre! las cosas cambiaron. Se imprimía en rotograbado, la imprenta estaba lejana y se encargaban de la edición José Hernández Azorín y José Emilio Pacheco.

La enorme sala destartalada de la casa porfiriana de Siempre! estaba siempre llena de escritores y amigos que platicaban y hacían bromas, mientras a Vicente le bastaba contar las letras del primer renglón de un artículo para sumarlas y saber con la mayor precisión el espacio que debían ocupar. Diseñaba en medio del tumulto, calculaba ilustraciones y a las ocho o nueve de la noche él, José Emilio Pacheco y yo depositábamos la maqueta, los materiales y hasta la nómina en la mesa de nuestro querido Pepe Pagés. Las colaboraciones llovían a torrentes. Fue la época de Carlos Monsiváis, García Ponce, Federico Alvarez, Zaid, Melo, Batis, García Riera, de tantos ensayistas, cuentistas, poetas y novelistas que se sucedían ya no de generación en generación sino de año en año.

Vicente no sólo era el ordenador del caos sino el que sugería la coherencia y la unidad del Suplemento. Descansaba en él y en la maestría de José Emilio Pacheco. Nunca pudimos establecer una sólida crítica literaria pero colaboraron nuestros grandes ensayistas, novelistas y poetas. Dedicamos una sección a la ciencia pero jamás logramos asentarla. No había divulgadores científicos disponibles. Nos ocupábamos de los problemas de México y de la política del mundo como parte fundamental de la cultura. Por rechazar a los muy mediocres nos ganamos la calificación de ser una mafia a pesar de que pecamos de una manga muy ancha.

1968, el año crítico

Nos ocupamos del 68 exhaustivamente y la protección del generoso José Pagés Llergo nos salvó de ir a la cárcel. El acoso del gobierno hacía nuestra vida imposible. Se había instalado el fascismo y sus bajezas inevitables. Telefonazos nocturnos nos llenaban de obscenas injurias. Según recuerdo, se publicó un libelo donde yo figuraba como el administrador de una finca propiedad de Octavio Paz donde se sembraba mariguana y celebrábamos bacanales indecentes. El trabajo de denigrarnos se encargó a rufianes de baja estofa. Lanzaban a los hijos contra sus padres. Al ocurrir la carnicería de Tlatelolco publicamos el poema de Octavio Paz. Lo leí en voz alta en la redacción y el joven poeta José Carlos Becerra exclamó: ``Esto sólo pudo hacerlo Octavio Paz.''

Cuando el presidente Díaz Ordaz en su programa nacional de televisión trató de injuriar a Paz salimos en su defensa José Emilio Pacheco, Vicente Rojo, Carlos Monsiváis y yo.

Nuestros amigos estaban en la tumba o en la cárcel. Es grotesco que a cada aniversario de la muerte de aquel verdugo se le rindan homenajes y se hable de él como el salvador de las instituciones cuando lo que Díaz Ordaz hirió de muerte fue el monopolio del poder al restarle credibilidad.

Sin duda fue aquel año el más crítico y difícil. La cultura se reveló como un arma muy poderosa. El tiempo nos ha juzgado pero también nos ha dispersado. De 1939 a 1987 casi todos nuestros españoles han muerto y ya muy pocos sobreviven en bien de la cultura. Los más antiguos ya somos viejos, la segunda hornada alcanza los sesenta, los más jóvenes de entonces arañan los cincuenta: sienten que apenas comienza su tarea. Pero en tan largo lapso nuevas y vigorosas generaciones con procesadores de palabras van abriéndose camino. Los que se formaron conmigo hoy son mis guías y mis maestros. El satírico español Rojas de Oquendo huyó de México en el siglo xvi maldiciendo: ``En la ciudad de México hay más poetas que estiércol.'' Así es todavía. No pasa un año sin que aflore una centena. Tenemos grandes poetas. La poesía hoy es el andamiaje de la literatura nacional y lo que nos da consistencia. Un país de poetas está salvado.

Donde el juego es trabajo

Desde luego creo haberme buscado el mejor trabajo o al menos el más conveniente para mí. Después de diez años de reportero, el periódico se volvió mi casa. A unos les gusta el ronroneo de los gatos y a mí me gusta el ronroneo de las rotativas. Tomar un número recién impreso todavía oloroso a tinta y a madera constituye un placer. El trabajo del reportero es duro: debe buscar la noticia y escribirla bien y de prisa. El director es otra cosa. Como director me siento en la cabina de una nave fantástica cuyas órdenes cumplen abajo los tipógrafos, los cabeceros, los formadores de planas, los correctores y los rotativos. Algo nuestro que se va en aviones, en trenes, en camiones y aparece en las calles de las ciudades más remotas.

El trabajo de director del suplemento es el más divertido y el menos fatigoso. Equivale a una tertulia del café o de las antiguas librerías donde los escritores amigos se reunían para charlar de temas literarios, de ellos mismos o de otros, de política, y se entregaban a un reconfortante chismorreo. Octavio Barreda era un bromista. Se hacían muy buenas frases y salidas jocosas de excelente humor. Mi trabajo consistía en platicar, en sugerir, en informarme y sobre todo en charlar. La redacción estaba siempre pletórica. Vicente Rojo diseñaba, José Emilio Pacheco revisaba con sus ojos escrutadores de miope los originales. Monsiváis, siempre receloso, tenía la debilidad de enseñarme su crónica y yo se la arrebataba sin contemplaciones para evitar que siguiera corrigiéndola. Dos horas rogaba que le permitiera llevársela de nuevo y yo, implacable, la publicaba y siempre constituía un éxito. A Emmanuel Carballo le sugería entrevistar a los viejos escritores ya próximos a la muerte y así recogimos las últimas confesiones de José Vasconcelos, de Martín Luis Guzmán y José Gorostiza. Son documentos esenciales para la historia de la literatura.

Cincuenta años después

Veinticinco años más tarde juzgué conveniente dejar a los jóvenes la dirección del suplemento y me retiré no sin nostalgia. Al ocurrir la catástrofe de Excélsior mi viejo amigo Manuel Becerra Acosta me propuso la dirección de un nuevo suplemento, y acepté. Se trataba -nada más y nada menos- que de crear un diario moderno, crítico, en todo diferente a los viejos dinosaurios que constituían y constituyen la llamada gran prensa.

Mi equipo estaba disperso y había contraído nuevos compromisos. Sin colaboradores y privado de Vicente o de José Emilio, el millonario se transformó en un mendigo. Me pasaba horas enteras, teléfono en mano, solicitando la limosna de una colaboración.

Remé otro diez años en compañía de José de la Colina y de Huberto Batis. Debo decir que a partir de Siempre!, nunca hubo censuras, pero tampoco estímulos. Los suplementos son un apéndice de los diarios, una especie de Cenicienta fuera del trajín cotidiano. Lo comprendo bien. El periódico es un tonel de las Danaides que nunca se llena y cada veinticuatro horas debe abastecerse de nuevo. Su fecha es asimismo su nacimiento y su epitafio.

La vida interna de los periódicos es siempre muy conflictiva. Estallan pasiones, intereses, desacuerdos, personalismos muy difíciles de conciliar. Debemos alentar siempre grandes proyectos a sabiendas de que la realidad los irá mutilando de manera irremediable. Cuando las pasiones personales se sobreponen al interés superior de una publicación sobrevienen rupturas que la empobrecen y la deterioran.

Por supuesto, la crisis iniciada en 1981 ha golpeado a la cultura nacional y, según era de esperarse, a sus más débiles organismos. La atomización del peso y la dificultad de obtener dólares han determinado la imposibilidad de pagar a escritores de renombre y los mismos sueldos del personal directivo se han convertido en cenizas.

La Jornada Semanal

Todo este cúmulo de adversidades, lejos de conducirnos al pesimismo, ha redoblado nuestra fe en que la difusión de la cultura es más necesaria que nunca en medio de la crisis.

Nacido en el periodismo, considero que sus suplementos culturales son mucho más importantes que las revistas, debido a su difusión nacional y a su saturación inmediata. Desde luego, las revistas no presionadas por el tiempo son excelentes e indispensables a la salud espiritual de la nación. Para fortuna nuestra, con mayor o menos éxito, todos los diarios han creado un espacio a la cultura. No estamos ya solos como lo estuvimos en Novedades.

El problema consiste en la escasez de expertos. Octavio Paz, con todo su prestigio y sus recursos, declara que no ha logrado establecer en su revista una crítica literaria en cierto modo orgánica. Son los escritores los que debían hacerla, pero los reclama la necesidad de su trabajo y de su propia obra realizada en condiciones cada vez menos favorables.

En nuestro medio sólo existe un gran escritor dedicado a la crítica: José Emilio Pacheco. Su rareza nos habla de la precariedad de este quehacer. Y no sólo en el campo literario. Disponer de un crítico de teatro como Guillermo Sheridan, o de un experto en música como Juan Vicente Melo, o de un profesional en cine como Emilio García Riera, o de artes plásticas como Cardoza y Aragón o Juan García Ponce, constituyen hallazgos insustituibles. No es remuneradora ni se improvisa esta tarea. La industria editorial está en crisis. Sin embargo, nosotros, con grandes sacrificios pecuniarios de La Jornada, sí creemos en el futuro del libro. No es posible que en un país de muy buenos escritores y editoriales ambiciosas no exista una crítica que responda a su calidad. Intentaremos hacerla con la ayuda de los nuevos escritores.

Me santiguo al abordar la nave construida por mis amigos. Confieso que me invadió un poco de miedo pero al entrar en mi cabina la presencia de los capitanes y de los oficiales desvaneció el miedo y me llenó de seguridad.

Todo está hecho, toda la tripulación en su puesto, listos para elevar el ancla. Dios mío -dice el ateo- este barco, pulido y afinado, construido, con tan amorosa paciencia, me llevará muy lejos. El timón obedece, los motores trabajan, mis radares señalan puertos, islas de la especiería, sueños y esperanzas.

Ya traspasamos la línea de sombra y el hechizo se desvaneció. La proa corta las olas agitadas. Sonrío. El viaje, sí, el último viaje. Pienso que ``estoy a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar''.

Adriana Cortés entrevista con Miguel León Portilla

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Pensamiento náhuatl y mensaje cristiano



En esta entrevista, Miguel León Portilla, autor de La filosofíanáhuatl y La visión de los vencidos, entre muchos otros libros, habla acerca de sus inicios como historiador, de su método de investigación a lo largo de cincuenta años de trabajo y de su más reciente libro: Tonantzin Guadalupe. Pensamiento Náhuatl y Mensaje Cristiano, editado por el FCE, donde muestra su interpretación del polémico relato del Nican mopohua, que trata acerca de las apariciones de Tonantzin Guadalupe. Adriana Cortés preguntó al maestro Portilla sobre el método seguido por su preceptor, el padre Garibay. El doctor Portilla entra a terrenos polémicos con una gran seriedad científica, pero también con el sentido del humor propio de los que saben mucho y tienen vocación de servicio a la comunidad.


¿Qué lo motivó a dedicarse a la historia?

–Influyó en mí el doctor Manuel Gamio, el iniciador de la moderna antropología, quien era mi tío. Cuando era niño, sabía que él trabajaba en las excavaciones del templo de Quetzalcóatl en Teotihuacán. Desde entonces me sentí profundamente atraído por la cultura prehispánica. Años más tarde escribí mi tesis de maestría sobre Las dos fuentes de la moral y la religión, de Henri Bergson, que es en cierta forma un libro de historia de las religiones comparadas, de filosofía y también, en cierta forma, de historia y de antropología. En ese momento cayeron en mis manos algunas traducciones del padre Ángel María Garibay, de Poesía indígena de la altiplanicie, que publicó hacia 1940, y de Épica náhuatl. Yo había estudiado a los presocráticos y me parecía que los autores de esos poemas nahuas eran una suerte de filósofos indígenas.

–¿Cuándo y cómo fue su primer contacto con el padre Garibay?

–Después de cursar el posgrado en Estados Unidos, a través de Manuel Gamio le dije al padre Garibay: "Yo quiero estudiar con usted." Él me preguntó: "¿Sabe usted náhuatl?" Yo no sabía, entonces me respondió: "Pues tiene que estudiar, yo le ayudo, pero si veo que no da usted golpe, se va de aquí porque yo no pierdo el tiempo." Eso ocurrió en 1956; después entré a la UNAM e hice mi tesis de doctorado con él: La filosofía náhuatl.

–¿Cuál es su método de trabajo?

–Siempre he tomado como método el localizar los documentos, los textos, paleografiarlos, traducirlos y comentarlos. Asimismo, los cotejo con otros textos para ver si tienen expresiones paralelas y busco su relación con los códices de jeroglíficos y con los hallazgos de la arqueología. Cuando el Templo Mayor se empezó a excavar, iba mucho con Eduardo Matos Moctezuma. Descubrimos textos que hablan del templo; gracias a eso, podemos saber lo que es el Templo Mayor. El famoso Cerro de Coatepec vuelve a ser el corazón del pensamiento mexica, donde nació Huitzilopochtli.

–Después de haber investigado sobre temas de la cultura náhuatl, ¿por qué su interés por la Virgen de Guadalupe, en su más reciente libro?

–La Virgen de Guadalupe, a lo largo de la historia de México y en el contexto más amplio de nuestra cultura, tiene una gran significación. Lo podemos ver en grandes movimientos sociales y en situaciones de gran crisis: en la Colonia hubo momentos de graves epidemias, entonces se invocaba a la Virgen de Guadalupe; cuando Hidalgo inicia la guerra de independencia, toma un estandarte con la efigie de la Virgen; Morelos le atribuía el haber ganado la batalla. Más recientemente, los zapatistas llevaban en su sombrero una imagen de la Virgen. Y basta con ir a la Basílica de Guadalupe un 12 de diciembre: la Virgen atrae multitudes.

–Según su punto de vista, ¿dónde radica su fuerza?

–Veo en ello raíces indígenas. En el mundo prehispánico se concebía a la divinidad suprema como un solo dios que era a la vez nuestra madre y nuestro padre: Tonantzin, nuestra madrecita, ocupa el aspecto femenino de la religión. Considero que eso es importantísimo. Ignacio Manuel Altamirano dijo: "Si algún día se olvida a la Virgen de Guadalupe en México, posiblemente ese día estará en peligro de desaparecer la nacionalidad mexicana." El texto del Nican mopohua tiene muchos elementos del pensamiento náhuatl que no ponen de relieve la mayoría de las traducciones; yo quise resaltarlos en mi trabajo. Esos son los principales motivos que me llevaron a entrar en este campo.

–¿En su libro toca el punto de las polémicas de los aparicionistas?

–Desde luego me alejo por completo de las polémicas de los aparicionistas y de los antiaparicionistas. No es tarea del historiador demostrar milagros, aunque hay gente que cree en ellos. Me interesa el texto, la resonancia de la imagen y el simbolismo de la Virgen de Guadalupe. Para el historiador es imposible demostrar un hecho sobrenatural; prescindiendo de si hubo o no hubo una aparición de la Virgen, lo que sí es un hecho es que se decía que algo había ocurrido. Yo, como todos los mexicanos, siento cercanía al simbolismo de la Virgen de Guadalupe como quien se declara ateo y se dice guadalupano. Aquí, en el centro de Coyoacán, en el muro de la iglesia se formaron con el agua unas manchas que parecían la imagen de la Virgen y le pusieron flores y veladoras. Decía la gente: "¡Se apareció, se apareció!" Por eso yo repito: la aparición de la Virgen de Guadalupe era un rumor que corría en el siglo xvi, de eso no hay duda.

–¿Cuándo fue su primer encuentro con el texto y cómo ocurrió?

–Bueno, el texto es muy conocido. Hay varias traducciones de él. Lo que me ha interesado en los últimos años ha sido el texto en algunos de los manuscritos más antiguos. No se conserva el texto original del Nican mopohua. Tenemos la edición de Lasso de la Vega publicada en el siglo XVII; se ha buscado por todas partes el manuscrito original. En la Biblioteca Pública de Nueva York hay algunos manuscritos en náhuatl que contienen parte del texto; uno en particular, que contiene los primeros folios, parece ser una copia muy temprana.

Algunos historiadores, como el padre Ernesto Burrus, pensaron que podía ser el original; yo creo que eso es imposible porque hay en él un párrafo repetido, probablemente debido al error de un copista. Sin embargo, este texto que se conserva es muy antiguo y es el que tomo como base para la primera parte de mi traducción; después acudo a la edición de Lasso de la Vega. Yo digo que el Nican mopohua está escrito en un estilo de una lengua clásica náhuatl y que es una joya de la literatura colonial en náhuatl.

–Se sabe que Carlos de Sigüenza y Góngora, Lorenzo Boturini y otros historiadores tanto de siglos pasados como de la época contemporánea tuvieron conocimiento del texto. ¿Ellos también aludieron a sus elementos indígenas?

–Sigüenza y Góngora dice que tuvo el manuscrito y que estaba firmado de puño y letra por Antonio Valeriano. Bezerra Tanco también dice que estaba hecho por la mano de un indio muy conocido. Lorenzo Boturini se interesó muchísimo por los documentos que tenían que ver con la Virgen de Guadalupe. Él dice que le consta que ese texto era de Valeriano. Hay historiadores modernos que sostienen que no hay pruebas suficientes para asegurarlo.

–¿Cuál es su postura al respecto?

–Pienso que el hecho de que Sigüenza –quien dice haber tenido el texto– haya afirmado que era de Valeriano, es un testimonio que debemos tomar en cuenta. Además, coincide con Bezerra Tanco y Boturini. Curiosamente, Edmundo O’Gorman, en Destierro de sombras –donde pretendía desmitificar la historia de la Virgen de Guadalupe al decir que no hay bases para sustentar sus apariciones–, admite que Valeriano escribió el Nican mopohua hacia 1556, es decir, coincide con lo afirmado por Sigüenza y Góngora y Boturini. Creo que quien escribió el Nican mopuhua era una persona que conocía muy bien la lengua náhuatl, que la tenía como materna. Es un texto en un náhuatl correcto y castizo, por decirlo así; un náhuatl que recuerda el de los Huehuehtlahtolli o de los Cantares mexicanos. Además, conocía muy bien textos de la antigua literatura y la visión del mundo náhuatl. Tuvo que ser alguien del siglo XVI, porque ya en el XVII había menos gente indígena que pudiera conocer esto. Así que su autor fue muy probablemente Valeriano.

Y éste –dice Hernando Alvarado Tezozómoc, cronista de la nobleza indígena más alta–, no era noble, pilli, sino un hombre del pueblo y un gran sabio. Bernardino de Sahagún, quien lo tuvo por discípulo en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, dice que era de los más inteligentes. Llegó a ser gobernador de la ciudad donde nació, Azcapotzalco, y después fue gobernador de México durante muchos años hasta su muerte a principios del siglo xvii. Ha de haber nacido por 1518; probablemente en tiempos de la Conquista era un niño. Valeriano era respetadísimo; se conservan muchos textos firmados por él en el Archivo General de la Nación. Cuando era gobernador firmaba sentencias y acuerdos. Se dice que no era sólo un gran conocedor del latín, sino que inclusive era filósofo.

–¿Qué tan cierta es la hipótesis de que uno de los objetivos del Nican mopohua fue el de sacralizar la imagen de la Virgen de Guadalupe?

–Efectivamente, por esos años el padre Bustamante, provincial de los franciscanos, dio un sermón mediante el cual condenaba la devoción a la Virgen de Guadalupe. Montúfar, el segundo arzobispo de México, se disgustó mucho con ese sermón; promovió una serie de investigaciones y así fue como muchos testigos hablaron del asunto; entre ellos un catalán que decía: "Así como en mi tierra va mucha gente a la Virgen de Montserrat, aquí vienen muchísimas personas a la Virgen de Guadalupe." Para mediados del siglo XVI, el culto guadalupano tenía bastante fuerza.

En su libro Documentos guadalupanos, Xavier Noguez, discípulo mío, muestra que en varios anales indígenas se alude a un portento que hubo. Es decir, había conciencia en el pueblo de que algo había ocurrido. Inclusive, Valeriano había oído hablar de las apariciones y probablemente había leído o le habían enseñado algo sobre éstas.

–¿Qué relación encuentra entre las representaciones teatrales de la época y el Nican mopohua?

–Probablemente Valeriano vio algunas representaciones teatrales que se llamaban Neixcuitili, como las obras que escenifica Miguel Sabido. Lo que escribió él tiene un poco el aire de una obra de teatro en varios actos. Yo no digo que lo sea; sin embargo, lo parece. Quizás el arzobispo Montúfar, al saber que escribía muy bien, le pidió que escribiera el Nican mopohua y él lo hizo con base en los rumores que corrían, dándole una fundamentación basada en el pensamiento náhuatl.

–¿Puede hablarse de una variedad de estilos en el Nican mopohua?

–En el Nican mopohua no. Sí los hay en lo que publicó Lasso de la Vega; también me ocupo de esto en mi libro. El Nican mopohua es de un solo estilo, no solamente correcto, sino elegante y pulido, del náhuatl clásico. Lo que publicó Lasso de la Vega es una serie de fragmentos y él se pone como autor del Nican mopohua y del Nican motecpana; fray Juan de Torquemada, quien escribió su Monarquía indiana hacia 1619, también se hace pasar por autor de cosas que no había escrito. Asimismo, Angel María Garibay afirma que el Nican mopohua es de un solo estilo a diferencia de los otros escritos publicados por Lasso. O’Gorman no profundiza en este aspecto; de hecho, él no podía opinar al respecto ya que no sabía náhuatl. Dos norteamericanos, Burrus y Lockhart, grandes conocedores de la cultura náhuatl, sostienen también mi hipótesis.

–¿Cuáles son los elementos nahuas del Nican mopohua?

–Abunda en metáforas típicas de la literatura indígena; tiene frases paralelas: los paralelismos típicos de la literatura náhuatl indígena prehispánica; alude a conceptos netamente indígenas. Por ejemplo, cuando aparece Juan Diego caminando por el Tepeyac para ir a Tlatelolco, su pueblo, dice que oyó unos cantos de aves, de las cuales da sus nombres. Estos pájaros preciosos aparecen en los Cantares. Luego dice: "y parecía como que el monte le respondía"; esta frase se encuentra ¡idéntica! en los Cantares mexicanos. Y dice: "Yo entré al bosque florido, a la tierra de nuestro sustento, que es Tonacatlalpan, a la tierra florida, Xochitlalpan." Algunos que tradujeron esto antes ponían: entré al Paraíso terrenal. Así, esfuman todo el sentido indígena. Juan Diego oye cantos y contempla flores. Flor y canto en el pensamiento náhuatl son la belleza, la poesía. Cuando la Virgen le dice quién es ella, se dirige así a Juan Diego: "Porque yo soy la siempre doncella; su madrecita del dador de la vida; del dueño del cerca y del junto; del dueño de la superficie de la tierra; del dueño de los cielos." No dice: "Soy la madre de Jesucristo."

Cuando Juan Diego manifiesta a la Virgen quién es él, habla así: "Soy una cosa para cargar bultos, un cacaxtli, un pobre hombre del pueblo, un hombrecillo; yo no soy como los pilli, los que tienen sangre y color, busca uno de ésos." Enteramente es toda una concepción náhuatl. Cuando le dice que su tío Bernardino está muy enfermo y que está esperando la muerte, le dice: "porque la muerte es nuestro tributo, es nuestro trabajo". No tengo la menor duda de que el Nican mopohua tiene una manera de expresión estilística de gran tradición indígena prehispánica y que aflora mucho el pensamiento náhuatl.

–¿De qué manera contribuyó el texto a la conquista espiritual de la Nueva España?

–Tendríamos que saber hasta qué grado se difundió en el siglo xvi. Sabemos que se publica hasta 1649; el rumor de las apariciones corrió un siglo antes. No sé si circularon copias de él, es posible. ¿Sirvió para la conquista espiritual? Yo publiqué otro texto importantísimo llamado El libro de los coloquios, sobre los diálogos de los sacerdotes indígenas con los primeros frailes, y también tienen un estilo parecido al Nican mopohua. Aunque los cronistas hablaban de él, no sabemos si el pueblo lo leía o no.

La gramática más antigua y completa del náhuatl se debe a fray Andrés de Olmos. La terminó el primero de enero de 1547 y de ella circulaban muchas copias manuscritas. En esa época no se imprimía mucho, era muy difícil. En el primer capítulo trato del origen del texto; en el segundo, de la estilística y de la presencia indígena en el pensamiento; y en el tercero analizo con cuidado todo lo concerniente al manuscrito y a la letra. Después dedico una parte a la traducción pareada: en náhuatl de un lado y en español del otro, como si fueran versos.

Al final del libro, como un apéndice, ofrezco un Cantar, cuya estructura es muy parecida a la del Nican mopohua. En él hay un personaje que entra también a la tierra de nuestro sustento, nada más que allí, quien le sale al encuentro es un colibrí precioso, que podría ser Huitzilopochtli, que significa "el colibrí izquierdero", y él le pregunta: "¿Qué buscas?" Es un diálogo paralelo en cierto modo al que encontramos en el Nican mopohua. Al final le dice: "Recoge flores, ponlas en tu tilma, y llévaselas a los señores para alegrarlos a ellos", como Juan Diego se lo informó al obispo Zumárraga. Esto lo incluyo en el libro porque creo que muestra justamente el pensamiento indígena.

–Una última pregunta: ¿no teme usted que su libro sirva de apoyo a los que defienden una teología indígena?

–Por el contrario, me gustaría que así fuera.