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Tributo a Castoriadis

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César Cansino


Tributo a Castoriadis


Castoriadis, dice Cansino, estaba preocupado por el tema “de la desestatización de la política y de su recuperación por parte de la sociedad civil”. En este bien documentado ensayo aparece Cornelius Castoriadis de cuerpo entero con sus viajes a cuestas, su “helenidad”, su amor por Francia, sus días comunistas, su trabajo ejemplar en la revista Socialismo o barbarie, su vida en el psicoanálisis y en la academia, así como su crítica de la burocracia del Kremlin y el PCUS. En estos tiempos cínicos y tecnocráticos, el discurso de Castoriadis adquiere una notable actualidad, en especial su idea de que “la política debe ser invención constante” o, dicho de otra manera, “en cuestión de democracia todo está por inventarse”. Esto entrega el poder a su dueña originaria, la sociedad civil, y reivindica el valor de la imaginación.



El 27 de diciembre de 1997 falleció uno de los pensadores políticos más importantes del siglo XX, Cornelius Castoriadis. Como suele ocurrir, la noticia pasó prácticamente inadvertida en los medios periodísticos e intelectuales en México. El hecho es preocupante porque el filósofo francés es uno de los pocos autores que ha pensado la democracia más allá de los estrechos marcos de las instituciones políticas, los políticos profesionales y los partidos. Su aportación para entender el entramado simbólico de la sociedad es por ello inconmensurable y constituye una bocanada de aire fresco en el viciado entendimiento dominante de la política.

En efecto, según el discurso en boga en los círculos académicos e intelectuales, la democracia se reduce a un juego de minorías que compiten en un mercado político por las preferencias de las mayorías. Castoriadis, por el contrario, pertenece a una tradición de pensamiento que tiene como eje la desestatización de la política. En esta tradición, además de Castoriadis, confluyen autores como Hannah Arendt, Claude Lefort y Helmut Dubiel. Bajo su influencia se ha configurado en Occidente una corriente intelectual que concibe a la democracia como un dispositivo simbólico, una creación histórica de una colectividad consciente de sí misma.

Griego de nacimiento y francés por adopción, Castoriadis desarrolló un pensamiento político atípico y singular. Sus percepciones y análisis poseían una agudeza y crítica propias de los grandes filósofos. Sostenía con frecuencia que algunas cosas son importantes para pensarse y que el ejercicio del pensamiento nos mantiene lúcidos y alertas frente a las diversas realidades sociales. Si los análisis considerados “concretos” figuraban como único medio de la práctica sociológica, Castoriadis nos enseñó, con la libertad y el coraje de sus reflexiones, a pensar la política y la sociedad a través de nuevos enfoques. Tenemos pues, mucho que agradecerle.

A finales de 1945, Castoriadis llegó a Francia para quedarse. Casi inmediatamente entró al Partido Comunista Francés y fundó con otro gran pensador, Claude Lefort, un grupo autónomo alrededor de la revista Socialismo o barbarie, que durante quince años permeó el debate intelectual en aquel país. Trabajó hasta 1970 como economista en la ocde (Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos). En 1973 se volvió psicoanalista y en 1980 fue elegido director de estudios en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París.

Su primera fase intelectual fue marcada por la experiencia de la revista Socialismo o barbarie, en la cual escribía bajo los seudónimos de Chaulieu, Cardan o Delvaux. Fue de los primeros que, sin renunciar a la concepción marxista, se empeñó en desenmascarar la ideología del socialismo real. En aquellos años de grandes dogmas sostuvo que en la Unión Soviética la burocracia del Kremlin y del pcus, en lugar de llevar a la emancipación de la clase obrera se había esclerotizado y había asumido el papel de clase dominante, instaurando un sistema dictatorial atroz y cínico.

Desde entonces, Castoriadis ha ofrecido una reflexión sumamente lúcida sobre las bases simbólicas de la política. La suya bien puede ser definida como una teoría de la democracia desde la sociedad civil o una teoría del poder político como “espacio vacío” y de la sociedad como “imaginario colectivo”. Para Castoriadis, la política debe ser invención constante o el riesgo totalitario seguirá acechando. Desde este punto de vista, el poder está localizado en aquella dimensión en la que los individuos y grupos se forman una imagen de su situación y su sociedad. El poder no es, frente al catastrofismo de una izquierda metafísica, ninguna fatalidad dominante que se sustraiga al horizonte de experiencias de las personas concretas y que, al mismo tiempo, actúe detrás de ellos. El ejercicio de este poder definiría la acción democrática como la praxis contra todos aquellos mecanismos que ofreciesen resistencia al ejercicio efectivo de la igualdad, la libertad y la solidaridad civil.

En este marco de inquietudes, Castoriadis se enfrascó en primer lugar en una crítica a la burocracia, considerada como la estructura que ha sofocado el potencial emancipatorio del socialismo. De ahí emergen sus dos volúmenes de La sociedad burocrática, en los cuales sostiene que el sistema burocrático no es un “accidente de la historia”, sino que ha sido generado por la división rígida entre quienes dirigen y quienes son dirigidos, entre quienes mandan y quienes obedecen, con la consecuente exclusión de los trabajadores de la gestión de la producción. Contra este nefasto desarrollo de la historia, Castoriadis se propone alentar y solicitar en la sociedad las tendencias antiburocráticas.

No es casual que Castoriadis haya partido de una crítica a la burocracia para construir su teoría de la política y la sociedad. De hecho, el totalitarismo es el horizonte en el cual se inscribe toda reflexión significativa sobre la democracia. En efecto, aun a riesgo de ser calificados de reduccionistas, no hay experiencia que haya puesto a prueba de manera más palpable y dramática el sentido de la humanidad que el totalitarismo. No hay otra experiencia que haya llevado al pensamiento al límite de sus posibilidades. El totalitarismo exige, pues, un intenso esfuerzo de interpretación y sólo un entendimiento adecuado del mismo nos permite valorar el significado de la democracia moderna. Frente al firme propósito totalitario de negación del conflicto a través de la imposición de una única “opinión”, “esquema” o “dogma”, las sociedades democráticas, en la medida en que se fundamentan en el cuestionamiento institucionalizado de sí mismas, renuncian a cualquier tipo de unidad, por débil que fuera. De ahí que la sociedad es pensada por Castoriadis como un “imaginario colectivo” que está en peligro de extinción por la lógica de los mecanismos burocráticos y económicos.

Para mediados de los años setenta, Castoriadis había ya roto con el marxismo para desarrollar su visión de la sociedad y la historia. En su libro más importante, La institución imaginaria de la sociedad, de 1975, Castoriadis busca demostrar que, de Platón a Marx, el pensamiento político occidental ha concebido determinadas teorías de la sociedad para después aplicarlas o actuarlas. Ello desarrolla una concepción de la sociedad en su identidad esencial y estática, una “ontología identitaria” que ocultaría el verdadero carácter de una sociedad, lo que Castoriadis llama el “imaginario social”. Un paradigma positivo de dicho imaginario social estaría representado por la protesta estudiantil de 1968 con el eslogan “¡La imaginación al poder!”

Se trata entonces para Castoriadis de ver lo que el pensamiento político tradicional no ve: que dentro de la “sociedad instituida” se construye una “sociedad instituyente” –el imaginario social–, cuya creatividad y originalidad se sustraen a toda fundación racional. De ahí su invitación a concebir a la sociedad y a su historia como acción creadora, autoconstitución de la identidad de un mundo de individuos.

Siguiendo a Castoriadis, la política es lo decisivo, lo que hace a los hombres verdaderamente humanos; es el espacio determinante de la existencia auténtica, el lugar donde le es dado realizarse. En ese sentido, la política es democrática o no es política, entendiendo por democracia aquella forma de sociedad que es expresión del espacio público, del estar con los otros, un proyecto colectivo nacido de los imaginarios sociales.

Hablar de política democrática después de Castoriadis es asumir los siguientes presupuestos: a) la sociedad civil es el espacio público por excelencia, el lugar donde los ciudadanos, en condiciones mínimas de igualdad y libertad, cuestionan y enfrentan cualquier norma o decisión que no haya tenido su origen o rectificación en ellos mismos; b) la esfera pública política es el factor determinante de retroalimentación del proceso democrático y la esencia de la política democrática, contrariamente a cualquier concepción que reduzca la política al estrecho ámbito de las instituciones o el Estado; c) el poder político es un espacio “vacío”, materialmente de nadie y potencialmente de todos, y que sólo la sociedad civil puede ocupar simbólicamente desde sus propios imaginarios colectivos y a condición de su plena secularización; y d) la sociedad civil es por definición autónoma y fuertemente diferenciada, por lo que la democracia se inventa permanentemente desde el conflicto y el debate público.

De las muchas definiciones del concepto de democracia conocidas suele descuidarse aquella que, en lugar de considerarla como un modelo político, la describe como el imaginario social que permite a una colectividad tomar conciencia de sí misma. Por lo general, la cuestión democrática ha sido encajonada por las ciencias sociales, y en particular por la ciencia política, en la órbita del Estado, con lo cual se pierde de vista que la democracia es, por definición, un asunto que compete en primerísima instancia al demos. Esta identificación de la democracia con la esfera estatal ha llevado a privilegiar enfoques institucionalistas que la sitúan dentro del marco de las formas de gobierno o en el horizonte de los métodos y procedimientos para la elección de los gobernantes.

El discurso en boga de la democracia en los círculos académicos e intelectuales ha logrado sellar una operación paradójica y sorprendente: los problemas de la democracia se han vuelto un asunto que compete en primer lugar a los gobernantes y de manera subsidiaria a los gobernados. Esta expropiación de la política adquiere carta de naturalización en las teorías elitistas de la democracia y, en menor medida, en los enfoques participativos de la misma. Así, por ejemplo, para los elitistas, la democracia se reduce a un juego de minorías que compiten en un mercado político por las preferencias de las mayorías. La política se asemeja al mercado y los ciudadanos devienen consumidores. Para los enfoques participativos, por el contrario, la cuestión democrática no es un asunto que competa exclusivamente a las élites, pero los mecanismos de participación de las mayorías en los asuntos públicos suelen limitarse a procesos acotados como elecciones o consultas. En el mejor de los casos, las teorías participativas buscan corregir mas no transformar las imperfecciones de las democracias liberales realmente existentes.

Frente a estas lecturas de la democracia, las lecciones de Castoriadis nos permiten vislumbran un nuevo modelo que tiene como eje la desestatización de la política, vale decir, la expropiación de lo político a los profesionales de la política y su recuperación por parte de la sociedad civil.

En un momento de euforia y francos excesos retóricos, cuando los neoconservadores proclamaban a los cuatro vientos el triunfo de la “democracia”, entendida como mera transmutación del mercado económico, y cuando las alternativas de corte “bienestarista” perdían credibilidad, pues habían mutilado la iniciativa autónoma de la sociedad civil, se recupera para el debate intelectual una cosmovisión distinta que proclama, a contracorriente que en cuestión de democracia todo está por inventarse, que el poder no es algo que se conquista de una vez y para siempre, sino un espacio vacío que sólo puede ser ocupado simbólicamente de vez en vez por la sociedad civil. En esta perspectiva, la democracia no sólo es un modelo institucional, sino sobre todo un dispositivo imaginario que presupone la existencia de un espacio público político donde confluye una sociedad civil que ha ganado el derecho a tener derechos. La propuesta final de la argumentación en favor de la democracia es una teoría de la integración política a través del conflicto más que del consenso.

En síntesis, Castoriadis nos enseñó a ver el mundo como un esfuerzo hacia la conformación de una sociedad autónoma. Por ello, leer su obra no es solamente un hecho teórico sino una auténtica apertura de conciencia, una posibilidad distinta para sentir, pensar y actuar el mundo.

Historias que se muerden la cola (correspondencia Marcuse-Adorno)

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En estas cartas encontrarán los lectores dos puntos de vista contradictorios y extrañamente complementarios. Los amigos Marcuse y Adorno discuten en ellas sobre el movimiento estudiantil de 1969 en Alemania. Marcuse dice en su carta del 21 de julio: ``El movimiento estudiantil busca hoy desesperadamente una teoría y una praxis, formas organizativas que puedan corresponder y oponerse a la sociedad tardocapitalista. Por otra parte, jamás he sostenido la absurdidad de que el movimiento estudiantil sea revolucionario.'' En su carta del 19 de junio, Adorno escribió: ``Tendría que negar todo cuanto he pensado y sé acerca de la tendencia objetiva, si aceptase creer que el movimiento de protesta estudiantil en Alemania tiene siquiera la mínima posibilidad de actuar de manera socialmente relevante... por ello su efecto es doblemente sospechoso. En este sentido cito como síntomas la táctica de invocar el derecho a la discusión precisamente para hacerla imposible; la bárbara inhumanidad de los modos de comportamiento, que es regresiva y encima confunde represión con revolución...'' Así termina Adorno: ``Me tomo mucho más en serio que tú el riesgo de que el movimiento estudiantil se transforme en fascismo... en Frankfurt el embajador israelí fue acallado entre gritos y silbidos, y no sirve de nada asegurar que no se hizo nada más por antisemitismo.''

En enero de 1969 los estudiantes de la Unión de Estudiantes Socialistas Alemanes (SDS) tomaron las instalaciones del Instituto de Frankfurt de Estudios Sociales, como parte de su movimiento de protesta contra el imperialismo norteamericano (que aún dominaba Alemania Occidental), su guerra en Vietnam, y localmente contra reformas universitarias que apuntaban a ``tecnocratizar la educación''. El 31 de enero, capitaneados por Theodor W. Adorno, los profesores del instituto (sede de la llamada Escuela de Frankfurt) pidieron la entrada de la policía para desalojar las instalaciones. Herbert Marcuse, quien junto a Adorno y Horkheimer era una de las cabezas visibles de dicha escuela de pensamiento de izquierda, reaccionó, desde la distancia que le daba vivir en California, juzgando severamente la decisión de acudir a la policía para confrontar un movimiento de jóvenes de izquierda en el que veía, llevadas a la acción, algunas de las ideas emancipadoras de él y sus colegas. Había, según Marcuse, una responsabilidad por la propuesta teórica que había que afrontar; además de una solidaridad natural con los sectores no conformistas, de izquierda. Adorno, por su parte, rechazaba esa conexión inmediata entre la teoría y la praxis, y veía en la radicalidad e irreverencia de los estudiantes severas vetas de fascismo. El intercambio epistolar en torno a dichos sucesos entre estos antiguos amigos, que luchaban por no romper su amistad, pero que claramente habían dejado de compartir premisas teóricas y posiciones éticas, es un testimonio histórico que vale la pena revisitar en estos días de confusión en nuestro medio universitario. Las disyuntivas planteadas por estos filósofos están lejos de ser fácilmente solubles, y se parecen a las que confrontamos hoy. Como nos lo recuerdan Rosa Pereda (Letra Internacional, núm. 61, 1999) y Guillermo Sheridan (La Jornada, 24 de febrero del 2000), fue de sectores de estudiantes reprimidos en Alemania y en otros sitios, a finales de los sesenta, de donde nacieron los grupos radicalizados que se organizaron en agrupaciones terroristas en la década siguiente. La última carta de este intercambio fue escrita por Adorno tan sólo un mes antes de su muerte en agosto de 1969. Reproducimos algunos fragmentos significativos de las cartas, que aparecen completas en Letra Internacional, núm. 61, 1999, páginas 6 a 14.

Carlos López Beltrán

Marcuse a Adorno,

5 de abril de 1969:

[...]si acepto la invitación del Instituto [de Frankfurt de Estudios Sociales] sin hablar también con los estudiantes, me identifico (o me identificarían) con una postura que políticamente no comparto. Dicho brutalmente: si la alternativa es policía o estudiantes de izquierdas, estoy con los estudiantes; con la excepción decisiva, vale decir, si mi vida se ve amenazada o si con violencia se amenaza a mi persona y a mis amigos, y la amenaza es seria. Sin esta amenaza violenta, la ocupación de espacios (con la salvedad de mi habitación) no llega a ser causa suficiente para llamar a la policía... Sigo creyendo que nuestra causa (y que por supuesto no es sólo nuestra) está mejor en manos de los estudiantes rebeldes que en manos de la policía, y aquí en California tengo pruebas casi a diario... No podemos prescindir del hecho de que estos estudiantes están influidos por nosotros (tal vez por ti más que por nadie); me siento muy conforme y estoy dispuesto a resignarme al parricidio, aunque a veces duela... [La] situación es tan horrenda, tan asfixiante y humillante, que rebelarse contra ella obliga a una reacción biológica, fisiológica: ya no se puede aguantar más, nos asfixiamos y hay que buscar aire. Y ese aire fresco no es el de un ``fascismo de izquierdas'' (contradictio in adjecto!), es el aire que nosotros (por lo menos yo) deseamos respirar algún día, y que ciertamente no es el aire del establishment. Yo discuto con los estudiantes, los ataco cuando me parece que son tontos y hacen el juego a otros, pero contra sus malas armas no pediría ayuda a armas aún peores y tremenda... La alternativa para mí es: o ir a Frankfurt y discutir también con los estudiantes, o no ir...

Adorno a Marcuse,

5 de mayo de 1969:

[...]Tu carta... me ha afectado y... dolido. La iniciativa de no hablar ante los estudiantes y ante un gran público en su momento partió de ti. Coincidía... con mis intenciones... yo tenía que proteger los intereses del Instituto -nuestro viejo Instituto, Herbert-, [que] se hubiesen puesto en peligro... por ese espectáculo: se intensificaría la extendida tendencia a quitarnos subvenciones... La policía no puede ser ... demonizada en abstracto. Sólo te puedo decir que se ha comportado, sin comparación posible, con muchos más miramientos con los estudiantes que conmigo, pues no hay palabras para describir el trato que me dio. Disiento también contigo en cuanto al momento en que se ha de llamar a la policía. Hace poco, en una discusión del claustro, Cohn-Bendit me dijo que tendría derecho a llamar a la policía sólo cuando me quisieran atizar con una barra de hierro; le respondí que entonces ya sería demasiado tarde. El caso de la ocupación del Instituto no permitía un comportamiento distinto del que tuvimos... los estudiantes tenían la intención de ``ocupar de forma modificada'' el Instituto... no es difícil imaginar lo que habría pasado después, con pintas en las paredes y todo lo demás. Hoy no reaccionaría de manera distinta a como lo hice el 31 de enero. El requerimiento que hace poco me presentaron los estudiantes, de que hiciese una autocrítica pública, lo considero puro estalinismo... Sé que en lo tocante a la relación entre teoría y praxis no disentimos... Incluso estaría dispuesto a concederte que hay momentos en los que la teoría es empujada por la praxis. Sin embargo, hoy objetivamente no impera una situación semejante, y la más pura y brutal puesta en práctica, que es a lo que aquí nos enfrentamos, no tiene absolutamente nada que ver con la teoría. La razón más fuerte que esgrimes es que la situación es tan atroz que hay que tratar de salir, aun cuando se reconociese la imposibilidad objetiva... lo juzgo errado. En su momento tuvimos que soportar, tanto tú como yo, una situación todavía más espantosa, el exterminio de los judíos, sin pasar a la praxis; sencillamente porque la posibilidad de hacerlo nos estaba vedada. Pienso que es parte de la autorreflexión tomar conciencia del elemento de frialdad dentro de uno mismo. Dicho con brusquedad: que tú debido a los acontecimientos en Vietnam y en Biafra sencillamente ya no podrías vivir sin participar en los actos estudiantiles lo considero un autoengaño... Te opones a la expresión de Jurgen (Habermas) ``fascismo de izquierdas'' como contradictio in adjecto. Y sin embargo eres un dialéctico. Como si no existiesen esas contradicciones; como si un movimiento, debido a su antinomia inmanente, no pudiese transformarse en su opuesto. Me parece fuera de toda duda que el movimiento estudiantil, en su forma actual, y por tanto inmediata, lleva el camino de la tecnocratización de la universidad, tecnocratización que supuestamente quiere evitar. Me parece asimismo indiscutible que los comportamientos como los que he tenido que observar... poseen realmente algo de esa violencia sin concepto tan propia del fascismo... si vienes a Frankfurt para discutir con los estudiantes, que frente a mí y frente a todos nosotros se demuestran portadores de una calculada regresión, tendrás que hacerlo bajo tu propia responsabilidad...

Marcuse a Adorno,

4 de junio de 1969

[...]Tu carta no hace siquiera la más remota alusión que permita entender los motivos de la hostilidad de los estudiantes hacia el Instituto. Hablas de los ``intereses del Instituto'' y lo haces con un enfático reproche: ``nuestro viejo Instituto, Herbert''. No, Teddy, no es nuestro viejo Instituto el que han tomado los estudiantes. Conoces tan bien como yo la diferencia esencial que hay entre el trabajo del Instituto durante los años treinta y su trabajo en la Alemania de hoy. La diferencia cualitativa no tiene su origen en el desarrollo de la teoría: las ``subvenciones'', que citas muy de pasada, ¿son realmente tan irrelevantes?... En efecto, no hay que ``demonizar en abstracto'' a la policía. También yo, en determinadas situaciones, la llamaría. En relación con la universidad (y sólo con ella) hace poco lo he formulado así: ``si existe una amenaza real de daño físico a personas y de destrucción de materiales y medios para el desempeño de la función educativa de la universidad''. Por otra parte, creo que, de nuevo en determinadas situaciones, la ocupación de edificios y la interrupción de las clases son actos legítimos de protesta política... Sobre el ``fascismo de izquierdas'': por supuesto que todavía no he olvidado que hay contradictiones dialécticas, pero tampoco que no todas las contradictiones son dialécticas; algunas son sencillamente falsas: la izquierda (auténtica) no puede transformarse en derecha ``debido a su antinomia inmanente'' sin cambiar de forma drástica su base y sus finalidades sociales. En el movimiento estudiantil nada indica semejante cambio.

Adorno a Marcuse,

19 de junio de 1969

[...]Dices que mi carta no hace la menor mención a los motivos de la hostilidad de los estudiantes hacia el Instituto. Motivos no ha habido hasta la ocupación, que se hizo calculando que nos veríamos forzados a llamar a la policía. Ante el menguante interés de los estudiantes por el movimiento de protesta, aquel era el único medio para alcanzar alguna forma de solidaridad... Tú no habrías podido actuar de otro modo en nuestro lugar: el caso que tú citas: ``si existe una amenaza real de daño físico a personas y de destrucción de materiales y medios para el desempeño de la función educativa de la universidad'', se daba en ese momento... Niegas que el Instituto sea ``nuestro viejo Instituto''. Es evidente que no puede ser idéntico al de Nueva York... Las subvenciones públicas han influido en la dirección del trabajo en cuanto que hemos tenido que realizar investigaciones empíricas... No creo que debamos avergonzarnos de los estudios empíricos que hemos hecho... En todos esos volúmenes no encontrarás ni rastro de atención al financiador... El punto central de nuestra controversia ya estaba claro en Crans. Tú entiendes que la praxis, en sentido enfático, no nos está vedada; yo pienso de otra forma. Tendría que negar todo cuanto he pensado y sé acerca de la tendencia objetiva, si aceptase creer que el movimiento de protesta estudiantil en Alemania tiene siquiera la mínima posibilidad de actuar de manera socialmente relevante... (por ello) su efecto es doblemente sospechoso. Primero, porque instiga en Alemania el no disminuido potencial fascista, sin que le importe en absoluto; pero además en cuanto a que en su seno incuba -y también aquí seguramente discrepamos- tendencias que convergen inmediatamente con el fascismo. En este sentido, cito como síntomas la táctica de invocar el derecho a la discusión precisamente para hacerla imposible; la bárbara inhumanidad de los modos de comportamiento, que es regresiva y encima confunde regresión con revolución; la ciega preponderancia de la acción; el formalismo indiferente al contenido y a la configuración de aquello contra lo que se rebela.... El término ``profesor titular'' se emplea con expedita arrogancia para despreciar a alguien, o, por servirme de su curiosa manera de expresarse, para ``liquidarle'', como hacían en su tiempo los nazis con la palabra judío... Me tomo mucho más en serio que tú el riesgo de que el movimiento estudiantil se transforme en fascismo... en Frankfurt el embajador israelí fue acallado entre gritos y silbidos, [y] no sirve de nada asegurar que no se hizo por antisemitismo...

Marcuse a Adorno,

21 de julio de 1969

[...]Paso así a lo que tú llamas el ``punto central de nuestra controversia''. Por mi parte creo que el movimiento estudiantil tiene la posibilidad de ``actuar de manera socialmente relevante''. Pienso sobre todo en Estados Unidos, pero también en Francia (mi estancia en París me lo ha reconfirmado) y en Sudamérica. Obviamente, las ocasiones que desencadenan el proceso son muy diferentes, pero al revés de Habermas, me parece que aun en medio de todas las diferencias actúa como fuerza motriz el mismo fin. Y este fin es la protesta, que llega hasta la raíz misma de la existencia, contra el capitalismo y sus esbirros en el Tercer Mundo, su cultura, su moral. Naturalmente, jamás he sostenido la absurdidad de que el movimiento estudiantil sea revolucionario. Pero hoy es el único catalizador para el desmoronamiento del sistema de dominación... Como casi siempre, los dominadores hacen una valoración del significado de la oposición estudiantil más exacta que la que hacen los propios estudiantes: en Estados Unidos la represión se organiza sobre todo contra colegios y universidades. Y donde no sirve la cooptación, sirve la policía. El movimiento estudiantil busca hoy desesperadamente una teoría y una praxis, formas organizativas que puedan corresponder y oponerse a la sociedad tardocapitalista. Desgarrado por dentro, está plagado de provocadores y de individuos que objetivamente practican la provocación como fin. Como a ti, me parecen reprobables algunas acciones como las que según me cuentan tuvieron lugar en Frankfurt y en Hamburgo. Públicamente he combatido, por juzgarla una acción suicida, la consigna de la destrucción de la universidad. Creo precisamente que en esta situación nuestra tarea consiste en prestar ayuda al movimiento, bien teóricamente, bien defendiéndolo de la represión y la delación.... ¿Y por qué la subversión debe necesariamente provocar una dictadura peor de lo que ahora existe? El deseo del actual movimiento de protesta, en especial el de los estudiantes, ¿no es precisamente impedir semejante evolución? ¿Y hay que denunciar desde el principio este movimiento como ``violencia impotente'' -ante todo, es más que dudoso que aquí quepa hablar en conciencia de violencia- si se le compara con aquella que utilizan los dominadores? Los estudiantes conocen muy bien los límites objetivos de su protesta... La violencia, los practitioners of violence están en otro lado, en el campo del adversario, y nosotros tendríamos que cuidarnos de asumir sus categorías y golpear con ellas al movimiento de protesta... ¿Y la dictadura después de la subversión? Tendremos que tener el valor teorético de no identificar, bajo la categoría general de dictadura, a la violencia de la liberación con la violencia de la represión. Por atroz que sea: el campesino vietnamita que mata al terrateniente que durante décadas lo ha torturado y explotado, no hace lo mismo que el terrateniente que mata al esclavo rebelde...

Traducción de Rosa Pereda