Ibrahim siempre te seguiré


No hay nada mas dificil que no engañarse a uno mismo.

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Manifiesto Comunista.

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EL MANIFIESTO COMUNISTA 
1. Un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo, contra este fantasma se han coaligado en santa jauría todos los poderes de la vieja Europa, el Papa y el Zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los policías alemanes. ¿Dónde hay hoy un partido de la oposición a quien sus adversarios en el gobierno no le lancen la infamante acusación de comunista? Y ¿dónde hay un partido de oposición que no fulmine con este reproche oprobioso tanto a los oponentes más avanzados como a sus adversarios de la reacción? De este hecho se desprenden dos consecuencias: Que el comunismo es ya reconocido como un poder por todos los poderes europeos. Que ya ha llegado el momento de que los comunistas expongan públicamente y ante el mundo entero sus concepciones, objetivos y tendencias y salgan al paso de las fábulas en torno al fantasma del comunismo con un manifiesto de su propio partido. Con este propósito se han reunido en Londres comunistas de las más diversas nacionalidades y han redactado este manifiesto que se publicará en las lenguas inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa. BURGUESES Y PROLETARIOS
 1. La historia de todas las sociedades humanas habidas hasta hoy ha sido la historia de la lucha de clases. Hombre libre y esclavo, patricio y plebeyo, barón y siervo de la gleba, maestro y oficial del gremio, en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron en perpetuo antagonismo, librando una lucha incesante, a veces encubierta y a veces franca, lucha que se saldó en cada caso con una transformación revolucionaria de toda la sociedad o bien con el hundimiento conjunto de las clases enfrentadas. En épocas anteriores de la historia hallamos en casi todas partes una completa articulación orgánica de la sociedad en diversos estamentos, una variada gradación jerárquica de las posiciones sociales. En la antigua Roma hallamos a los patricios, los caballeros, los plebeyos y los esclavos. En la Edad Media a los señores feudales, a los vasallos, a los maestros y oficiales gremiales y a los siervos de la gleba, aparte de que casi todas estas clases tienen su propia jerarquía interna. La moderna sociedad burguesa, surgida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha suprimido los antagonismos de clase. Lo único que ha hecho es establecer nuevas clases, nuevas condiciones de opresión y nuevas formas de lucha en substitución de las anteriores. Nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza, sin embargo, por el hecho de haber simplificado estos antagonismos de clase. Paso a paso, el conjunto de la sociedad se va escindiendo en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases directamente enfrentadas: la burguesía y el proletariado. De los siervos de la gleba medievales fueron surgiendo los pecheros de las primeras villas. A partir de éstos, fueron desarrollándose los primeros elementos de la burguesía . El descubrimiento de América y la circunnavegación de África abrieron nuevos caminos a la burguesía en ascenso. El mercado de las Indias Orientales y de la China, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el aumento de los medios de cambio y de las mercancías en general dieron al comercio, a la navegación y a la industria un auge nunca visto y, con ello, un rápido desarrollo al elemento revolucionario de la sociedad feudal en descomposición. La hasta entonces imperante explotación feudal o gremial de la industria no podía ya satisfacer las necesidades que crecían con los nuevos mercados y hubo de ceder el puesto a la manufactura. Los maestros gremiales fueron desplazados por la clase media industrial. La división del trabajo entre las diferentes comporaciones desapareció dando paso a la división del trabajo dentro mismo de cada taller. Pero los mercados continuaron expandiéndose y las necesidades creciendo. La misma manufactura resultó ya insuficiente, El vapor y la maquinaria vinieron entonces a revolucionar la producción industrial y la manufactura tuvo que ceder el puesto a la gran industria moderna. El lugar de la clase media industrial lo ocuparon los millonarios de la industria, jefes de auténticos ejércitos fabriles, los burgueses modernos. La gran industria ha creado el mercado mundial previamente preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial ha permitido un ingente desarrollo del comercio, la navegación y las comunicaciones por tierra. Este desarrollo ha repercutido, a su vez, en la ampliación de la industria. Y en la misma medida en que se ampliaban la industria y el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se desarrollaba también la burguesía, aumentando sus capitales y desplazando a un segundo plano a todas las clases originarias de la Edad Media. Vemos, pues, cómo también la burguesía moderna es el producto de un largo proceso de desarrollo, de una serie de transformaciones radicales de los modos de producción e intercambio. Cada una de estas fases de desarrollo de la burguesía iba de la mano del correspondiente progreso político. Estamento oprimido bajo la dominación de los señores feudales, asociada después en comunas armadas y con administración autónoma, república ciudadana independiente en unos sitios, tercer estado tributario de la monarquía en otros, fue más tarde, en la época de la manufactura, contrapeso frente a la nobleza en el seno de la monarquía estamentaria o absoluta; en todo caso, fundamento social de las grandes monarquías hasta que, finalmente, consiguió con su lucha establecer su dominación política exclusiva en el moderno estado representativo sobre las dos premisas de la gran industria y del mercado mundial. El poder estatal moderno equivale al Consejo de Administración de los intereses generales del conjunto de la burguesía. La burguesía ha desempeñado en la historia un papel eminentemente revolucionario. Donde quiera que haya llegado al poder, la burguesía ha destruido todas las relaciones feudales, patriarcales, idílicas. Desgarró inexorablemente los abigarrados vínculos feudales que ataban al hombre a sus superiores naturales sin dejar entre los hombres otro vinculo que el del desnudo interés, el del implacable «pago en dinero contante». Ahogó en el agua helada de su cálculo egoísta los piadosos estremecimientos de la exaltación religiosa, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del burgués filisteo. Ha disuelto la dignidad personal en el valor de cambio y en el lugar de todas las innumerables libertades, bien adquiridas y escrituradas, ha establecido como única libertad la del libre comercio sin escrúpulo. En una palabra, la burguesía ha substituido la explotación envuelta en ilusiones religiosas y políticas por la explotación franca, descarada, directa y adusta. La burguesía despojó de su halo de santidad a todas las actividades contempladas hasta entonces con piadoso temor como venerables, convirtiendo en sus sirvientes a sueldo al medico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia. La burguesía arrancó el velo patético-sentimental que encubría las relaciones familiares reduciéndolas a una mera relación de dinero. La burguesía puso al descubierto que los alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media, hallaban su adecuado complemento en la más indolente haraganería. Ella ha sido la primera en demostrar lo que la actividad humana es capaz de realizar, consumando obras prodigiosas totalmente distintas a las de las pirámides de Egipto, los acueductos romanos o las catedrales Góticas y llevando a cabo expediciones muy distintas a la Invasión de los Bárbaros o las Cruzadas. La burguesía no puede existir si no es revolucionando de continuo los instrumentos de producción, las relaciones de producción y, consiguientemente, la totalidad de relaciones sociales. Las clases productivas anteriores tenían, por el contrario, como primera condición de su existencia el mantenimiento, sin variaciones, del viejo sistema de producción. La incesante transformación a fondo de la producción, la ininterrumpida conmoción de todo el sistema social, la inseguridad y el movimiento perpetuos son precisamente los rasgos característicos de la época de la burguesía respecto a las demás. Todas las relaciones rígidas y enmohecidas, con su acompañamiento de ideas y concepciones de venerable tradición, quedaron disueltas y las recién constituidas envejecen antes de adquirir consistencia. Todo cuanto era estamental y estable se esfuma; todo lo santo es profanado y los hombres se ven finalmente forzados a contemplar con prosaica frialdad su posición en la vida y sus relaciones interpersonales. La necesidad de colocar sus productos en mercados cada vez más amplios empuja a la burguesía a los más apartados rincones del planeta. En todas partes tiene que afincarse; echar raíces y establecer relaciones. Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha imprimido un carácter cosmopolita a la producción y al consume de todos los países. Muy a pesar de los reaccionarios, ha privado a la industria de su base nacional. Antiquísimas industrias nacionales han sido ya arrasadas y otras lo son diariamente al verse desplazadas por otras nuevas cuya instalación resulta vital para todas las naciones civilizadas. Industrias éstas que no elaboran materias primas del país, sino originarias de las más lejanas zonas planetarias y cuyos productos no se consumen tan sólo en el propio país, sino en todos los continentes al mismo tiempo. En lugar de las viejas necesidades para cuya satisfacción bastaban los productos del país, surgen otras nuevas que exigen para su satisfacción los productos de los países y climas más exóticos. La vieja autarquía local y nacional y el aislamiento económico dejan paso a un comercio universal y a una universal interdependencia de las naciones. Y cuanto acontece en el plano de la producción material, resulta también aplicable a la cultural. Los productos culturales de las diferentes naciones se convierten en bien común. La estrechez y cortedad de miras nacionales se van haciendo imposibles con el tiempo y, a partir de las diferentes literaturas nacionales y locales, se va configurando una literatura universal. Con el rápido perfeccionamiento de todo el utillaje productivo y la ilimitada mejora de las comunicaciones, la burguesía arrastra a la civilización a todas las naciones, incluidas las más bárbaras. La baratura de sus mercancías constituye la artillería pesada con la que arrasa todas las murallas chinas e impone la capitulación a los bárbaros de más obstinada xenofobia. Fuerza a todas las naciones a hacer suyo el sistema de producción burgués, salvo que prefieran su propia ruina. Las obliga a adoptar para sí mismas la llamada civilización, es decir, a convertirse en burguesas. En una palabra, la burguesía se crea un mundo hecho a su imagen y semejanza. La burguesía ha sometido al campo a la dominación de la ciudad. Ha creado ciudades enormes aumentando la población urbana en una proporción muy elevada respecto a la rural y con ello ha arrancado a una parte considerable de la población al idiotismo de la vida del campo. Del mismo modo que ha hecho al campo dependiente de la ciudad, también ha hecho a las naciones bárbaras o semibárbaras dependientes de las civilizadas, a los pueblos de agricultores dependientes de los pueblos de predominio urbano y al Oriente dependiente del Occidente. La burguesía supera progresivamente la dispersión de los medios de producción, de la propiedad y de la población. Ha aglomerado la población, centralizado los medios de producción y concentrado la propiedad en pocas manos. La consecuencia necesaria de todo ello fue la centralización política. Regiones independientes, apenas aliadas entre sí, con intereses diversos y leyes, gobiernos y aduanas distintos, fueron integrados en una única nación, en un único gobierno, bajo una única ley y con una única frontera aduanera. En su dominación de apenas un siglo de duración, la burguesía ha creado fuerzas de dimensiones más colosales que las creadas por todas las generaciones anteriores conjuntamente. ¿Qué siglo del pasado podía ni siquiera soñar que en el seno del trabajo social dormitasen energías productivas tales como para sojuzgar a las fuerzas de la naturaleza, producir la maquinaria, poner la química al servicio de la industria y los cultivos, crear la navegación a vapor, los ferrocarriles, el telégrafo eléctrico, roturar continentes enteros, hacer navegables los ríos y hacer que ciudades enteras brotasen del suelo como por encanto? Hemos visto, pues, que los medios de producción y transporte que sirvieron de base para la constitución de la burguesía se generaron en la sociedad feudal. Alcanzada una cierta fase de desarrollo de estos medios de producción y transporte, las relaciones según las cuales producía e intercambiaba la sociedad feudal, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, dejó de corresponder ya al grado de desarrollo de las fuerzas productivas. En lugar de propiciarla, frenaban la producción. Se convirtieron así en otras tantas trabas para la misma. Había que hacerlas saltar y saltaron. Vino en su lugar la libre concurrencia con la constitución social y política a ella adecuada, es decir, con la dominación económica y política de la burguesía. Ante nuestros ojos se desarrolla ahora un proceso similar. Las relaciones burguesas de producción e intercambio, el régimen burgués de propiedad, la moderna sociedad burguesa que ha sido capaz de crear como por encanto tan colosales medios de producción y transporte, se asemeja al encantador incapaz de dominar los poderes infernales por él conjurados. Ya desde hace decenios, la historia de la industria y del comercio no es sino la historia de la rebelión de las modernas fuerzas productivas contra las modernas relaciones de producción, contra el régimen de propiedad, condición de vida de la burguesía y de su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales cuya periódica repetición cuestiona con peligros cada vez más amenazadores la existencia misma de toda la sociedad-burguesa. Las crisis económicas se saldan con la destrucción de una buena parte no ya de los productos elaborados, sino de las mismas fuerzas productivas ya creadas. En las crisis se desata una epidemia social que, a los ojos de las épocas anteriores, habría aparecido como un contrasentido, la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve súbitamente retrotraída a una situación de barbarie momentánea. Podría pensarse que una plaga de hambre o una guerra de destrucción total la hubiese privado de todos sus recursos alimenticios. La industria y el comercio parecen arrasados. Y todo ello ¿por qué? Porque la sociedad posee un exceso de civilización, de víveres, de comercio. Las fuerzas productivas con que cuenta no parecen servir ya para propiciar el régimen social de propiedad burgués. Son ya, por el contrario, excesivamente poderosas respecto a ese régimen y frenadas por él. Apenas superan ese freno, siembran el desorden en el conjunto de la sociedad burguesa y ponen en peligro la existencia de la propiedad privada. El marco de relaciones burguesas se ha hecho demasiado estrecho para abarcar la riqueza que en él se genera. ¿Por qué medio supera las crisis la burguesía? Por una parte, mediante la destrucción forzosa de una masa de fuerzas productivas. Por otra, mediante la conquista de nuevos mercados y la explotación más a fondo de los existentes. Bien mirados, estos medios equivalen a la preparación de crisis más amplias y violentas y a la reducción de los medios para prevenirlas. Las armas con que la burguesía abatió al feudalismo se vuelven ahora contra ella misma. Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas que le acarrearán la muerte, sino también a los hombres que han de manejarlas, los obreros modernos, los proletarios. En la misma medida en que se desarrollaba la burguesía, es decir, el capital, se desarrollaba asimismo el proletariado, la clase de los obreros modernos, que tan sólo puede vivir a condición de hallar trabajo y tan sólo pueden hallar trabajo a condición de que éste acreciente el capital. Estos obreros, obligados a venderse uno a uno como piezas, son una mercancía como cualquier otro artículo de comercio y, como tal, expuestos a los altibajos de la competencia, a las oscilaciones del mercado. La expansión de la maquinaria y la división del trabajo han hecho que la faena de los proletarios pierda toda autonomía y cualquier clase de estímulo. Se convierten en meros apéndices de la máquina y tan sólo se exige de ellos las manipulaciones más simples monótonas y fáciles de aprender. Los costos que el proletario origina se reducen a poco más del monto de los víveres necesarios para su subsistencia y la reproducción de su especie. El precio de una mercancía, por tanto, también el del trabajo mismo, es igual a los costos de su producción. En la misma medida en que aumenta el carácter odioso del trabajo, disminuye, consecuentemente, el salario. Más aún: en la misma medida en que van aumentando las máquinas y progresando la división del trabajo, aumenta también la masa de trabajo o bien mediante el aumento del número de horas de trabajo o bien mediante el aumento del trabajo exigido en cada unidad de tiempo determinado por el funcionamiento más rápido de las máquinas, etc. La industria moderna ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial. Las masas obreras aglomeradas en la fábrica son organizadas a manera de un ejército. En cuanto que simples soldados rasos de la industria, los obreros se ven sometidos al mando de toda una jerarquía de suboficiales y oficiales. No tan sólo son los siervos de la clase burguesa, del estado burgués, sino que diariamente y hora tras hora se ven sujetos a la servidumbre respecto a la máquina, al capataz y, sobre todo, respecto al correspondiente burgués. Este despotismo resulta tanto más mezquino, odioso y exacerbado cuanto mayor es la franqueza con que proclama que su único interés es el lucro. A medida que el trabajo manual exige una habilidad y una fuerza cada vez menores, es decir, a medida que se va desarrollando la industria moderna, el trabajo de los hombres se va viendo desplazado por el de las mujeres y los niños. Las diferencias de edad y sexo carecen ya de cualquier reconocimiento en lo que respecta a la clase obrera. Se trata de meros instrumentos de trabajo que originan diversos costos según su edad y sexo. Apenas acababa la explotación del obrero por el capitalista, de modo que aquél pueda percibir su salario en mano, los otros representantes de la burguesía caen inmediatamente sobre él en forma de propietario de la vivienda, de tendero, de prestamista, etc. Las capas sociales medias hasta ahora existentes, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, los artesanos y los campesinos, descienden socialmente hasta integrarse en el proletariado. Ello sucede en parte por el hecho de que su pequeño capital resulta insuficiente para la explotación de la gran industria y cae, así, víctima de la competencia con los capitalistas más poderosos; en parte, porque su habilidad productiva queda desvalorizada por los modernos procesos de producción. De esta forma, el proletariado se recluta a partir de todas las clases de la población. El proletariado recorre varias etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía se inicia con su propia existencia. Al principio lucha el obrero aislado. Después, los obreros de una fábrica. Seguidamente, los obreros de todo un ramo productivo local contra el burgués individual que los explota directamente. Lanzan sus ataques no sólo contra las condiciones burguesas de producción, sino contra los mismos instrumentos de trabajo. Destruyendo las mercancías de la competencia, destrozando las máquinas e incendiando las fábricas, tratan de recuperar la situación, definitivamente desaparecida, del obrero medieval. Durante esta fase de desarrollo, los obreros constituyen una masa extendida ya por todo el país y desunida por la competencia. La cohesión de las masas obreras no resulta todavía de su propia unión, sino que es consecuencia de la unión de la burguesía, la cual, para conquistar sus propios objetivos políticos, se ve obligada a movilizar el conjunto del proletariado, cosa que consigue de momento. En esta fase pues, los proletarios no compiten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, los restos de la monarquía absoluta, los latifundistas, la burguesía no industrial, la pequeña burguesía. De esta forma, toda la iniciativa histórica se concentra en manos de la burguesía; toda victoria así obtenida es una victoria para la burguesía. Con el desarrollo de la industria, sin embargo, no solamente aumenta el número de proletarios, sino que se aglomeran en masas mayores, creciendo su fuerza y la conciencia de la misma. Los intereses y las condiciones de vida se igualan paulatinamente en el seno de la clase proletaria a medida que la maquinaria va borrando las diferencias entre un trabajo y otro y rebajando el salario al mismo nivel en casi todas partes. La creciente competencia de los burgueses entre si y las crisis comerciales que de ello resultan someten el salario del obrero a fluctuaciones cada vez mayores. La incontenible y progresiva mejora de la maquinaria hace cada vez más inseguras sus condiciones de vida, de modo que los enfrentamientos entre cada obrero y cada capitalista por separado van adoptando cada vez más el carácter de colisión entre dos clases. Los obreros comienzan a formar coaliciones contra los capitalistas agrupándose en defensa del salario de su trabajo llegan incluso a crear asociaciones de carácter permanente al objeto de acumular reservas en prevención de futuras rebeliones. En algunos sitios, la lucha desemboca en auténticos motines. De vez en cuando, los obreros consiguen la victoria, pero tan sólo transitoriamente. El resultado más genuino de su lucha no estriba en el éxito inmediato sino en la ampliación, siempre creciente, de la unión entre los obreros. Esa unión se ve propiciada por los crecientes medios de comunicación producidos por la gran industria, que permiten establecer contacto entre los obreros de las diversas poblaciones. Basta precisamente este contacto para que las diversas luchas locales, que en todas partes poseen la misma naturaleza, se puedan centralizar en una lucha nacional, de clase. Toda lucha de clase es, sin embargo, una lucha política. Gracias al ferrocarril, los modernos proletarios están en situación de conseguir su unión en unos cuantos anos, mientras que los burgueses de la Edad Media, con sus caminos vecinales, requerían siglos para llegar a ella. La organización de los proletarios como clase y, por tanto, como partido político, salta a cada momento en pedazos a causa de la competencia existente entre los obreros mismos. Pero resurge una y otra vez con más fuerza, más firme y poderosa, obligando al reconocimiento en forma de ley de algunos de sus intereses aprovechando las escisiones en el seno de la burguesía. Un ejemplo de ello es la ley de la jornada de diez horas en Inglaterra. Las colisiones que se dan en la vieja sociedad favorecen por distintos caminos el desarrollo del proletariado. La burguesía se halla empeñada en una lucha constante: al principio, contra la aristocracia; más tarde, contra otros sectores de la misma burguesía cuyos intereses están en contradicción con el progreso de la industria. Lucha de modo permanente contra la burguesía de los demás países. En todas estas luchas se ve obligada a recurrir al proletariado, exigiendo su ayuda y comprometiéndolo consecuentemente en el movimiento político. De este modo, proporciona al proletariado los elementos de su propia cultura y, con ello, las armas que se volverán contra ella. Además, como ya hemos visto, el progreso de la industria arroja al seno del proletariado a sectores enteros de la clase dominante o, cuando menos, pone en peligro sus condiciones de vida. También estos sectores aportan al proletariado todo un acervo de elementos culturales. Finalmente, en aquellos periodos en que la lucha de clases se aproxima al momento decisivo, el proceso de descomposición de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, se hace tan acusado y tan estridente que una pequeña parte de esta misma clase dominante se escinde de ella y se incorpora a la clase revolucionaria, en cuyas manos está el porvenir. Así como en el pasado una parte de la nobleza se pasó al campo de la burguesía, también en la actualidad, una parte de la burguesía se pasa al proletariado y, de modo especial, una parte de los ideólogos burgueses que han sido capaces de elevar su esfuerzo intelectual hasta la comprensión teórica de la totalidad del movimiento de la historia. De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, tan sólo el proletariado constituye una clase auténticamente revolucionaria. Las otras clases se atrofian y desaparecen con la gran industria mientras que el proletariado es precisamente el producto más genuino de la misma. Las capas medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante y el campesino combaten, todos ellos, a la burguesía para asegurar su existencia como tales capas medias y salvarse de su hundimiento. No son, pues, revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias en cuanto que tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Y cuando son revolucionarias, lo son con vistas a su inminente transición hacia el proletariado, de modo que no defienden sus intereses actuales sino los de su futuro. De esta manera, abandonan sus propios puntos de vista y adoptan los del proletariado. El proletariado «lumpen» producto de la putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado al movimiento acá y allá, si bien -en consonancia con el conjunto de condiciones de su vida-, estará predispuesto a dejarse comprar en apoyó de maquinaciones reaccionarias . Las condiciones de vida del proletariado equivalen ya hoy a la destrucción de las condiciones de vida de la vieja sociedad. El proletariado carece de propiedad. Su relación respecto a la mujer y los niños nada tiene ya en común con la situación familiar burguesa. El trabajo en la moderna servidumbre bajo el capital, que viene a ser la misma tanto en Inglaterra como en Francia, en América como en Alemania, le ha privado de todo carácter nacional. Las leyes, la moral y la religión significan para él otros tantos prejuicios burgueses, tras los cuales se ocultan los correspondientes intereses de la burguesía. Todas las clases anteriores que conquistaron el poder trataron de asegurar la posición social así adquirida sometiendo a toda la sociedad a las condiciones que les permitieran a ellas la obtención de su ganancia. Los proletarios sólo pueden conquistar las fuerzas productivas sociales a cambio de abolir su propio modo de apropiación anterior y, con ello, cualquier modo de apropiación existente hasta hoy. Los proletarios no tienen nada propio que asegurar; sino que destruirán, antes bien, todo género de garantías y seguridades privadas precedentes. Todos los movimientos anteriores han sido movimientos de minorías en interés de minorías. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de la inmensa mayoría en interés de la inmensa mayoría. El proletariado, la capa más baja de la actual sociedad, no puede levantarse ni sacudir su yugo sin hacer saltar en pedazos toda la superestructura de las capas que componen la sociedad oficial. La lucha del proletariado contra la burguesía es, por de pronto, una lucha nacional, aunque lo sea por su forma y no por su contenido. El proletariado de cada país tiene que ajustarle las cuentas, lógicamente, a su propia burguesía. Al describir con trazos muy generales las fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las huellas de la guerra civil más o menos encubierta que se da en la sociedad vigente hasta el momento mismo en que desemboca en revolución abierta y el proletariado fundamenta su poder mediante el derrocamiento violento de la burguesía. Todos los tipos de sociedad anteriores se basaban, como hemos visto, en el antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. Pero para poder oprimir a una clase es preciso asegurarle las condiciones mínimas que le permitan arrastrar su vida de servidumbre. El siervo de la gleba fue capaz, merced al trabajo de su servidumbre, de elevarse a miembro de la comuna y el pequeño burgués, por su parte, se elevó a burgués bajo el yugo del absolutismo feudal. El obrero moderno, por el contrario, en vez de elevarse socialmente a medida que progresa la industria, se hunde más y más por debajo de la condición de su propia clase. El obrero se depaupera y el pauperismo se extiende con mas rapidez aún que la población y la riqueza. Se hace así patente que la burguesía es incapaz de permanecer por más tiempo como clase dominante de la sociedad y seguir imponiendo como tal clase sus condiciones de vida como ley reguladora para toda la sociedad. Es incapaz de dominar puesto que es incapaz de asegurar a sus esclavos la existencia, aunque sea dentro de su esclavitud, y los arrastra a una situación de tal indigencia que le resulta forzoso alimentarlos en vez de hacerse alimentar por ellos. La sociedad no puede vivir ya bajo su dominio o, lo que es igual, su existencia como clase se ha hecho incompatible con la de la sociedad. La condición esencial para la existencia y la dominación de la burguesía es la acumulación de riqueza en manos privadas, la formación y ampliación de capital. La condición básica del capital es el trabajo asalariado. El trabajo asalariado se basa exclusivamente en la concurrencia de los obreros entre si. El progreso de la industria cuyo agente involuntario y pasivo es la burguesía, substituye el aislamiento de los obreros, resultado de la concurrencia, por su unión revolucionaria mediante la asociación. Con el desarrollo de la industria, pues, la burguesía ve desaparecer bajo sus pies la base misma que le permite producir y apropiarse la producción. Antes que nada, produce sus propios sepultureros. Su hundimiento y el triunfo del proletariado son igualmente inevitables. PROLETARIOS Y COMUNISTAS 1. ¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general? Los comunistas no son un partido especial frente a los otros partidos obreros. No tienen intereses propios, separados de los intereses del conjunto del proletariado. No establecen principios especiales a los que pretendan amoldar el movimiento proletario. Los comunistas se diferencian de los restantes partidos proletarios por el hecho de que, por una parte, en las diversas luchas nacionales de los proletarios, resaltan y hacen valer de modo especial los intereses comunes a todo el proletariado, independientes de su nacionalidad y, por la otra, porque en cada una de las fases de desarrollo que recorre la lucha entre proletariado y burguesía, defienden siempre los intereses del movimiento en su conjunto. Los comunistas son, pues, prácticamente entre todos los partidos obreros del mundo el sector que con mayor denuedo y mayor dinamismo empuja hacia adelante el movimiento. Aventajan a la restante masa del proletariado por su comprensión teórica de las condiciones, del derrotero y los resultados generales del movimiento proletario. El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de los restantes partidos proletarios: constitución del proletariado como clase, derrocamiento de la dominación burguesa, conquista del poder político por parte del proletariado. Los postulados teóricos de los comunistas no se basan, en modo alguno, en principios descubiertos o ideados por cualquier redentor visionario. Son formulaciones generales de situaciones reales que se dan en una lucha de clases real, en el movimiento histórico que se desarrolla a la vista de todos. La supresión del régimen de propiedad preexistente no es la característica específica del comunismo. Todos los sistemas de propiedad históricos estuvieron sujetos a continuos cambios, a la continua modificación de la historia. La Revolución francesa, por ejemplo, abolió la propiedad feudal en favor de la propiedad burguesa. Lo que caracteriza específicamente al comunismo no es la supresión de la propiedad en general, sino la supresión de la propiedad burguesa. Sólo que la moderna propiedad privada burguesa es la expresión última y más acabada de la producción y apropiación de productos basadas en los antagonismos de clase, en la explotación de unos hombres por otros. En este sentido, los comunistas si que podrían resumir sus teorías en esta sola fórmula: supresión de la propiedad privada. Se nos ha reprochado a los comunistas que pretendemos suprimir la propiedad personal adquirida mediante el trabajo propio; la propiedad que constituye el fundamento de toda libertad, la actividad y la autonomía personales. ¡La propiedad bien adquirida como fruto del trabajo y del esfuerzo propios! ¿Os referís a la propiedad del pequeño burgués, del pequeño campesino que precedieron a la propiedad burguesa? No necesitamos suprimirla. El desarrollo de la industria la ha suprimido y la sigue suprimiendo día tras día. ¿O bien os referís a la propiedad burguesa moderna? ¿Acaso el trabajo asalariado, el trabajo del proletario, le procura propiedad? En modo alguno. Lo que hace es crear capital, es decir, la propiedad que explota el trabajo asalariado y que sólo puede acrecentarse a condición de generar nuevo trabajo asalariado al que explotar de nuevo. La propiedad en su actual configuración se mueve en la antítesis entre capital y trabajo asalariado. Vamos a examinar los dos términos de esta antítesis. Ser capitalista significa ocupar una posición no meramente personal sino social en la producción. El capital es un producto social y únicamente puede ponerse en movimiento mediante la actividad común de muchos o, en última instancia, de todos los miembros de la sociedad. El capital no es, pues, un poder personal, sino social. Así pues, el que el capital pase en su día a ser propiedad colectiva, perteneciente a todos los miembros de la sociedad, no significa que la propiedad personal se transforme en colectiva: sólo queda transformado el carácter social de la propiedad al perder el carácter de clase. Centrémonos ahora en el trabajo asalariado. El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario; es decir, la suma de los bienes de subsistencia que resultan necesarios para mantener en vida al obrero como tal obrero. Lo que el obrero asalariado se apropia mediante su actividad es el mínimo imprescindible para mantener escuetamente su vida. En modo alguno queremos suprimir esta apropiación personal de productos, necesaria para la continua reproducción de la vida, una apropiación que no deja ningún rédito neto que pudiera dar poder sobre el trabajo ajeno. Lo que queremos es destruir el carácter miserable de esta apropiación en que el obrero vive únicamente para acrecentar el capital y ello mientras los intereses de la clase dominante así lo exijan. En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre es meramente un medio para acrecentar el trabajo acumulado. En la sociedad comunista, el trabajo acumulado es tan sólo un medio para ensanchar, enriquecer y fomentar el régimen de vida de los obreros. En la sociedad burguesa, el pasado domina sobre el presente. En la comunista, el presente sobre el pasado. En la sociedad burguesa, el capital goza de autonomía la personalidad mientras que el individuo active vive en coerción y la impersonalidad. ¡Y la supresión de esta situación es calificada por la burguesía de supresión de la personalidad y la libertad! Y con toda razón. Se trata, eso sí, de la supresión de la personalidad, la autonomía y la libertad burguesas. Por libertad se entiende, en el marco de las relaciones de producción burguesas, el libre comercio, la libertad de comprar y vender. Pero, desaparecido el tráfico logrero, desaparece asimismo la libertad de traficar. La fraseología acerca de la libertad de tráfico, así como las restantes loas retóricas de nuestra burguesía, tan sólo tienen sentido respecto al tráfico sujeto a trabas y al burgués sojuzgado, propios de la Edad Media, pero no respecto a la supresión comunista de este tráfico logrero, de las relaciones de producción burguesas y de la burguesía misma. Os aterráis de que queramos suprimir la propiedad privada como si no fuese una realidad que en la sociedad actual, la vuestra, se ha suprimido la propiedad privada para el noventa por ciento de sus miembros. La propiedad que existe se basa precisamente en su no existencia para ese noventa por ciento. Lo que nos reprocháis, pues, es querer suprimir una propiedad que tiene como condición necesaria la carencia de propiedad de la aplastante mayoría de la sociedad. Nos reprocháis, en una palabra, el querer suprimir vuestra propiedad. Ciertamente, es eso lo que pretendemos. Desde el momento en que el trabajo no pueda ya convertirse en capital, dinero y renta del suelo, resumiendo, en poder social monopolizable o, para decirlo de otro modo, desde el momento en que la propiedad personal no puede transformarse en propiedad burguesa, vosotros proclamáis que con ello queda abolida la persona como tal. De este modo, reconocéis que vosotros únicamente entendéis por persona al burgués, al propietario de la burguesía. Y es cierto que esta persona como tal debe ser abolida. El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales. El único poder que suprime es el de hacer de esta apropiación el yugo que permita sojuzgar el trabajo ajeno Se ha objetado que con la supresión de la propiedad privada se paralizaría toda actividad y reinaría la indolencia general. Según esto, la sociedad burguesa se habría hundido ya víctima de la haraganería, pues los que en ella trabajan nada adquieren y los que en ella adquieren no trabajan, Esta objeción se reduce íntegramente a la tautología de que, una vez desaparecido el capital, desaparece, por consiguiente, el trabajo asalariado. Todas las objeciones lanzadas contra la forma comunista de apropiación y producción de bienes materiales se han hecho extensivas a la apropiación y producción de bienes culturales. Del mismo modo que el burgués piensa que el cese de la propiedad clasista equivale al cese de la misma producción, piensa asimismo que la supresión de la educación clasista equivale prácticamente a la supresión de la educación sin más. La educación, cuya pérdida lamenta el burgués, no es otra cosa, para la aplastante mayoría de la población, que el adiestramiento para el manejo de la máquina. Pero ¿por qué discutís con nosotros acerca de la supresión de la propiedad burguesa aplicando criterios basados en vuestras ideas burguesas acerca de la libertad, la educación, el derecho, etc.? Vuestras mismas ideas son producto de las relaciones burguesas de producción y propiedad del mismo modo que vuestro derecho no es otra cosa que la voluntad de vuestra clase elevada a ley, una voluntad cuyo contenido se deduce de las condiciones materiales de vida de vuestra clase. Esa idea interesada que os hace convertir vuestro régimen social de producción y propiedad -régimen transitorio en cuanto que resultado de la historia- en una ley eterna de la naturaleza y la razón, la tenéis en común con todas las clases dominantes ya periclitadas. Lo que os parece comprensible respecto a la propiedad en la Antigüedad y os parece asimismo comprensible respecto a la propiedad feudal, no sois capaces de comprenderlo en el caso de la propiedad burguesa. ¡Supresión de la familia! Hasta los más radicales se exaltan escandalizados ante este propósito execrable de los comunistas. Pero ¿en qué se basa la familia actual, la burguesa? Se basa en el capital, en el lucro privado. Sólo para la burguesía se da una familia en sentido pleno, cuya contrapartida está en la forzosa carencia de familia de los proletarios y en la prostitución pública. Este tipo de familia burguesa desaparecerá, naturalmente, con la desaparición de su contrapartida y ambas desaparecerán con la desaparición del capital. ¿Nos reprocháis el querer suprimir la explotación: de los niños por parte de sus padres? Sí, nos declaramos reos de ese crimen. Pero afirmáis que al substituir la educación doméstica por la social eliminamos la más pura intimidad familiar. Pero ¿acaso vuestra educación no está determinada por la sociedad, por las relaciones sociales que sirven de marco a la educación, por ingerencia más o menos directa de la sociedad a través de la escuela? Los comunistas no han inventado la influencia de la sociedad en la escuela. Lo único que pretenden es modificar su carácter sustrayéndola al influjo de la clase dominante. La retórica burguesa acerca de la familia y la educación, acerca de la intimidad familiar entre padres e hijos, resulta tanto más repugnante cuanto que con la extensión de la gran industria se van desgarrando todos los lazos de las familias proletarias y los niños se van transformando en meros artículos de comercio e instrumentos de trabajo. ¡Pero vosotros los comunistas, nos grita a coro toda la burguesía, queréis implantar la comunidad de mujeres! El burgués ve en su mujer un simple instrumento de producción y como ha oído que los instrumentos de trabajo beben ser explotados en común, no puede menos de pensar que también a las mujeres les aguarda el destino de la colectivización. No puede ni imaginarse que de lo que se trata precisamente es de suprimir la situación de la mujer como mero instrumento de producción. Por lo demás, ¿hay algo más ridículo que ese espanto de nuestros burgueses, con estridencias de alta moral, ante la pretendida colectivización oficial de las mujeres por parte de los comunistas? Los comunistas no necesitan implantar la comunidad de mujeres ya que ésta se ha dado casi siempre. Nuestros burgueses no se contentan con el hecho de tener a su disposición las mujeres e hijas de sus proletarios -dejando aparte la prostitución oficial- sino que hallan el mayor de los placeres en la recíproca seducción de sus propias mujeres. En realidad, el matrimonio burgués equivale ya a la comunidad de las esposas. A 1o sumo, se podría reprochar a los comunistas el querer implantar una comunidad de mujeres oficial y sin tapujos en lugar de la que ahora se da con velada hipocresía. Ni que decir tiene, por lo demás, que con la supresión de las relaciones de producción ahora vigentes, ha de desaparecer también la comunidad de mujeres que de ella deriva, es decir, tanto la prostitución oficial como la inoficial. También se ha reprochado a los comunistas el querer suprimir la patria, la nacionalidad. Los obreros no tienen patria. No es posible quitarles lo que no tienen. En cuanto que el proletariado tiene por objetivo inmediato la conquista del poder político para constituirse en clase nacional, en nación, el proletariado es nacional, aunque en un sentido muy diferente al de la burguesía. Ya el desarrollo de la burguesía, con la libertad de comercio, el mercado mundial y la uniformización de la producción industrial y de las correspondientes formas de vida, va haciendo que se esfumen paulatinamente los aislamientos y antagonismos nacionales. El dominio del proletariado acelerará esa extinción. Su acción conjunta, por lo menos la del proletariado de las naciones más civilizadas, es una de las primeras condiciones de su liberación. A medida que se vaya eliminando la explotación de unos individuos por otros, se irá eliminando paralelamente la explotación de unas naciones por otras. Desaparecido el antagonismo de clases en el interior de una nación, desaparecerá la actitud hostil de unas naciones para con otras. Las acusaciones lanzadas contra el comunismo desde el plano religioso, filosófico, o ideológico en general, no merecen mayores comentarios. No hace falta una agudeza especial para comprender que, al cambiar las condiciones de vida de los hombres, sus relaciones sociales y su existencia social, se modificarán y asimismo sus ideas, sus concepciones, en una palabra, su misma conciencia. ¿Qué otra cosa demuestra la historia de las ideas sino que las producciones del espíritu se transforman con la producción material? Las ideas dominantes en cada época fueron las ideas de la clase dominante. Cuando se habla de ideas capaces de revolucionar toda una sociedad, se está expresando únicamente el hecho de que, en el seno de la vieja sociedad, se han constituido los elementos de la nueva y que la extinción de las nuevas ideas va de la mano de la descomposición de las viejas condiciones de vida. Cuando el mundo estaba al borde de su desaparición, las religiones de la Antigüedad fueron vencidas por la religión cristiana. Cuando en el siglo XVIII, las concepciones cristianas cayeron abatidas por las ideas de la Ilustración, la sociedad feudal estaba librando una lucha a vida o muerte con la entonces revolucionaria burguesía. Las ideas de libertad de pensamiento y confesión eran la expresión de la libre concurrencia en el campo del saber. Se nos dirá, sin embargo, que las ideas religiosas, morales, filosóficas y jurídicas se modificaron, ciertamente, en el curso del desarrollo histórico pero la religión, la moral, la filosofía, la política y el derecho siempre prevalecieron en este cambio. Se añadirá, incluso, que hay verdades eternas tales como la de libertad y justicia y otras muchas, comunes a todos los sistemas sociales y que, a pesar de ello el comunismo suprime esas verdades eternas, la religión y la moral, en lugar de transformarlas situándose así en contradicción con todo desarrollo social anterior. ¿A qué se reduce esta acusación? La historia de todas las sociedades anteriores se movía en el marco de los antagonismos sociales que en cada época adoptaban distinta naturaleza. Cualquiera que sea la forma adoptada en cada caso, el hecho de la explotación de una parte de la sociedad por la otra es algo común a todas las épocas pasadas. Nada tiene de admirable, por consiguiente, que la conciencia social, producto de muchos siglos, a despecho de su diversidad y multiformidad en el tiempo, se mueva dentro de ciertos esquemas comunes, en formas de conciencia que tan sólo se extinguirán plenamente con la completa desaparición del antagonismo de clases. La revolución comunista significa la ruptura más radical con las relaciones de Producción tradicionales y no nos ha de sorprender, por lo tanto, que rompa en el curso de su desarrollo del modo más radical con todas las ideas tradicionales. Pero dejemos ahora de lado las objeciones burguesas contra el comunismo. Ya vimos más arriba que el primer paso de la revolución proletaria consiste en la elevación del proletariado a clase dominante en la conquista de la democracia. El proletariado usará de su poder político para arrancar paso a paso a la burguesía todo su capital, centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y acrecentar con la mayor rapidez posible el cúmulo de fuerzas productivas. En un principio, todo ello sólo es posible, naturalmente, mediante intervenciones despóticas en el derecho de propiedad y en las relaciones burguesas de producción, es decir; mediante medidas que pueden parecer económicamente insuficientes e insostenibles en si mismas pero que, en el transcurso de todo este movimiento, van, en su alcance, más allá de si mismas y resultan imprescindibles para la transformación radical de todo el sistema de producción. Estas medidas habrán de ser, como es natural, diversas de conformidad con la diversidad de los países. En el caso de los países más avanzados, las siguientes medidas tendrán, sin embargo, una aplicación más o menos general: 1. Expropiación de la propiedad territorial y dedicación para gastos del Estado de la renta del suelo. 2. Impuesto fuertemente progresivo. 3. Supresión del derecho de herencia. 4. Confiscación de la propiedad de todos los emigrados políticos y rebeldes. 5. Centralización del crédito en manos del Estado. 6. Centralización de la red de transportes en manos del Estado. 7. Ampliación del número de fábricas nacionales, instrumentos de producción, roturación y mejora de terrenos de acuerdo con un plan general. 8. Imposición a todos de la obligación de trabajar; organización de ejércitos industriales, especialmente para la agricultura. 9. Explotación combinada de la agricultura y la industria. Intervención encaminada a la eliminación gradual de diferencias entre la ciudad y el campo. 10. Educación pública y gratuita de todos los niños. Eliminación del trabajo fabril de los niños en su forma actual. Interacción coordinada entre la educación y la producción material. Cuando, en el transcurso de este proceso, vayan desapareciendo las diferencias de clase y la totalidad de la producción se halle en manos de los individuos asociados, el poder público perderá su carácter político. El poder político en su sentido más genuino no es sino el poder organizado de una clase para la opresión de las otras. Cuando el proletariado se una forzosamente como clase en su lucha contra la burguesía, se constituya en clase dominante mediante la revolución y como tal clase dominante suprima por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprimirá con ellas la condición misma de los antagonismos de clase, las clases como tales y su propia dominación de clase. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y antagonismos de clases, surgirá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición para el libre desarrollo de los demás. 1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO 1. a) El socialismo feudal Las aristocracias inglesa y francesa estaban llamadas, por su posición social, a escribir panfletos contra la moderna sociedad burguesa. En la Revolución francesa de julio de 1830 y en el movimiento reformista inglés, hubo de sucumbir una vez más ante el odiado advenedizo. A partir de ahí, toda lucha política seria quedaba muy fuera de sus posibilidades. No le quedaba otro recurso que el de la lucha con la pluma. Pero la vieja retórica de la época de la restauración había perdido toda vigencia, incluso en el campo de la literatura. Para despertar simpatías tuvo que olvidar, al menos en apariencia, sus intereses y formular su acta de acusación contra la burguesía únicamente en interés de la clase obrera explotada. De este modo, se daba la satisfacción de entonar coplas libeláticas contra su nuevo dominador y susurrarle al oído profecías más o menos funestas. Así surgió el socialismo feudal, mitad lamento fúnebre, mitad pasquín; mitad resonancia del pasado y mitad amenaza del futuro, capaz a veces de herir en lo más vivo a la burguesía con juicios cáusticos y cortantes por su agudeza, pero dando siempre una imagen ridícula por su incapacidad total para comprender la marcha de la historia moderna. Para atraer al pueblo y ponerse a su cabeza, agitaba como bandera el saco de mendigo del proletariado; pero cada vez que el pueblo le seguía acababa por ver en su trasero los viejos blasones feudales y se dispersaba entre carcajadas tan sonoras como irreverentes. Una parte de los legitimistas franceses y la Joven Inglaterra han desempeñado este papel como autores consumados. En su afán de demostrar que su modo de explotación era de otra naturaleza que el de la burguesa, estos señores feudales olvidan que ellos explotaban en circunstancias y bajo condiciones totalmente diferentes, hoy ya caducadas. Y, al poner de manifiesto que bajo su dominación no existía el proletariado moderno, olvidan que la burguesía moderna es precisamente el vástago que su régimen feudal había de engendrar necesariamente. Por lo demás, la ocultación de su carácter reaccionario es mínima ya que su acusación fundamental contra la burguesía consiste en reprocharle que, bajo su régimen, se desarrolla una clase que hará saltar en pedazos toda la vieja sociedad. Lo que le reprochan no es tanto el engendrar un proletariado como el engendrar un proletariado revolucionario. De aquí que en su praxis política compartan todas las medidas de fuerza contra la clase obrera y en la vida cotidiana, pese a toda su ampulosa retórica, se avengan a recolectar las manzanas de oro y a trocar la fidelidad, el amor y el honor por el sucio tráfico en lana de oveja, remolacha y aguardiente. Al igual que el cura de misa y olla iba siempre del bracete del señor feudal, el socialismo clerical va también de la mano del socialismo feudal. Nada resulta más fácil que dar un barniz socialista al ascetismo cristiano. ¿No lanzó el cristianismo sus invectivas airadas contra la propiedad privada, el matrimonio y el Estado? ¿Acaso no predicó en substitución de todo ello la caridad, la limosna, el celibato y la mortificación de la carne, el monacato y la iglesia. El socialismo cristiano no es otra cosa que el agua bendita con que la clerigalla bendice el enojo de la aristocracia. b) El socialismo pequeño burgués La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía ni la única que hubo de ver cómo sus condiciones de vida se consumían y extinguían en la moderna sociedad burguesa. Los villanos medievales y la clase de los pequeños campesinos fueron los precursores de la moderna burguesía. En aquellos países de menor desarrollo industrial y comercial, estas clases siguen vegetando al lado de la ascendente burguesía. En los países con una civilización moderna desarrollada, se ha ido constituyendo una nueva capa pequeño-burguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que se recompone una y otra vez como grupo complementario de la sociedad burguesa, pero cuyos miembros se ven arrojados continuamente a las filas del proletariado por la competencia económica. Esta pequeña burguesía ve incluso cómo, con el desarrollo de la gran industria, se aproxima el momento en que desaparecerá como sector independiente de la sociedad moderna al ser substituida en el comercio, la producción manufacturera y la agricultura por capataces y domésticos. En países como Francia, en los que la clase campesina constituye más de la mitad de la población, nada tiene de extraño que algunos escritores, al sostener la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen como base de su crítica del régimen burgués criterios pequeño-burgueses o propios del pequeño campesinado. Tomaron partido en favor del proletariado, pero con un enfoque pequeño-burgués. Fue así como surgió el socialismo pequeño-burgués. El representante más relevante de su literatura es Sismondi y ello tanto para Francia como para Inglaterra. Este socialismo analiza con extrema agudeza las contradicciones de las modernas relaciones de producción quitándoles la máscara de retoques cosméticos con que los economistas las disimulaban. Puso al descubierto de forma irrefutable la acción destructora de la maquinaria y la división del trabajo, la concentración de capitales y tierras, la superproducción y las crisis, el forzoso hundimiento de la pequeña burguesía y el campesinado, la miseria del proletariado, las clamorosas desigualdades en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial entre las diferentes naciones, la disolución de las viejas costumbres, de las viejas relaciones familiares y de las viejas nacionalidades. Pero en cuanto a su contenido concreto, lo que este socialismo propone es volver a reconstruir los medios de producción y cambio anteriores y, con ello, las viejas relaciones de propiedad y la vieja sociedad o bien ensamblar de nuevo, por la fuerza, los modernos medios de producción y cambio en el marco de las viejas relaciones de producción, marco-que aquéllos habían hecho saltar como forzosamente debía ocurrir. Tanto en un caso como en otro, su carácter es reaccionario y utópico al mismo tiempo. Organización gremial de las manufacturas y economía patriarcal en la agricultura. Eso es lo que proclaman en última instancia. En su desarrollo ulterior, esta tendencia se ha refugiado cobardemente en un estado de modorra quejumbrosa. c) El socialismo alemán o «verdadero» La literatura socialista y comunista francesa, surgida bajo la presión de la burguesía dominante y expresión literaria de la lucha contra esa dominación, penetró en Alemania en una época en que la burguesía acababa de iniciar su lucha contra el absolutismo feudal. Filósofos, semifilósofos y espíritus estetizantes de Alemania se lanzaron con avidez sobre esta literatura olvidándose tan sólo de que, si bien aquellos escritos cruzaban las fronteras alemanas provenientes de Francia, ello no significaba que también las cruzasen simultáneamente las condiciones de vida de este país. Frente a las condiciones dadas en Alemania, esta literatura perdía toda significación práctica inmediata, adoptando un aspecto enteramente literario. Tenía que aparecer forzosamente como especulaciones ociosas acerca de la realización de la esencia humana. El sentido que las exigencias de la primera revolución francesa podían tener para los filósofos alemanes del siglo XVIII era el de ser exigencias de la «Razón Práctica» en general, y las decisiones revolucionarias de la burguesía francesa representaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de la voluntad auténticamente humana. El trabajo de los escritores alemanes se redujo exclusivamente a armonizar las nuevas ideas francesas con su anticuada conciencia filosófica o, mejor dicho, a asimilar esas ideas francesas desde el punto de vista filosófico. Esa asimilación se efectuó del misma modo como se efectúa el aprendizaje de una lengua extranjera, mediante la traducción. Es bien sabido que los monjes recubrieron muchos manuscritos, plasmación de las obras clásicas del paganismo, con insípidas vidas de santos de la Iglesia Católica. Los literatos alemanes procedieron a la inversa respecto a la literatura profana francesa. Lo que hicieron fue escribir, tras el texto original francés, sus absurdos filosóficos. Así por ejemplo, tras la critica francesa a las relaciones dinerarias, ellos escribieron: «Alienación de la esencia del ser humano». Tras la crítica francesa al Estado burgués escribieron: «Supresión de la dominación de la universalidad abstracta», etc. A la intromisión chapucera de esa retórica filosófica tras las evoluciones del pensamiento francés se la bautizó con el nombre de «Filosofía de la acción», «Socialismo verdadero», «Ciencia alemana del Socialismo» o «Fundamentación filosófica del Socialismo». La literatura socialcomunista francesa quedó así literalmente castrada. Y como quiera que en las manos de los alemanes dejó de ser la expresión de la lucha de una clase contra las otras, el alemán adquirió conciencia de haber superado la «unilateralidad francesa» y de defender, en lugar de necesidades reales, la necesidad de la verdad y, en lugar de las intereses del proletariado, los intereses del ser humano, del hombre en sí, del hombre que no pertenece a una clase ni pertenece en absoluto a la realidad, sino tan sólo al cielo nebuloso de la fantasía filosófica. Este socialismo alemán, que tan en serio y con tal solemnidad tomaba sus torpes ejercicios escolares hasta el punto de propalarlos a los cuatro vientos al toque de trompetas, fue perdiendo, no obstante, su ingenua pedantería. La lucha de la burguesía alemana, en concreto de la burguesía prusiana, contra los feudales y la monarquía absoluta, es decir, el movimiento liberal, tomo un cariz más serio. Al socialismo «verdadero» se le presentó así la deseada ocasión para contraponer a este movimiento político sus exigencias socialistas, fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre competencia burguesa, contra la libertad de prensa burguesa y contra el derecho, la libertad y la igualdad burguesas, predicando a las masas populares que con este movimiento burgués nada podía ganar y sí, más bien, perderlo todo. El socialismo alemán olvidaba oportunamente que la critica francesa, de la que él no era más que un eco sin vida, presuponía la sociedad burguesa moderna con sus correspondientes condiciones materiales de vida y la constitución política a ellas adecuada, presupuestos que en Alemania estaban aún por conquistar. A los gobiernos absolutistas alemanes con todo su cortejo de curas, maestros de escuela, aristócratas del terruño y burócratas, les sirvió como el espantapájaros que necesitaban para atemorizar a una burguesía que avanzaba amenazadora. Constituía el trago reconfortante que esos mismos gobiernos daban a los obreros después de la implacable ración de latigazos y descargas de fusil como pago por sus revueltas. Si bien el socialismo verdadero constituía, bajo este aspecto, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, al mismo tiempo representaba de modo inmediato intereses reaccionarios, los intereses de la baja burguesía. Proveniente del siglo XVI y resurgida una y otra vez bajo formas muy diversas, esta pequeña burguesía constituye la autentica base social del orden vigente. Mantenerla equivale a mantener el estado de cosas actual en Alemania. La dominación industrial y política de la burguesía le inspira el temor de su segura desaparición, debida por una parte a la concentración del capital y, por otra, al surgimiento de un proletariado revolucionario. El socialismo verdadero le pareció el modo de matar los dos pájaros de un tiro y se extendió entre ella como una epidemia. El ropaje tejido con las telarañas de la especulación, bordado con exquisitas flores retóricas y empapado del sentimentalismo de la embriaguez amorosa, ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían sus escuálidas verdades eternas, contribuyó a aumentar entre ese público la venta de su mercancía. El socialismo alemán, por su parte, se identificó crecientemente con este papel de fatuo representante de esta burguesía filistea. Proclamó que la nación alemana era la nación modélica y el pequeño burgués filisteo alemán, el hombre ejemplar. Detrás de cada una de las bajezas de este tipo humano venia a descubrir un sentido socialista oculto y sublime que le hacía significar lo contrario. Consecuente hasta el final, se alzó para enfrentarse a la tendencia «burdamente destructiva» del comunismo y anunció su egregia imparcialidad por encima de toda lucha de clases. Salvo muy raras excepciones, todo cuanto en Alemania circula en calidad de publicaciones pretendidamente socialistas o comunistas pertenece a este tipo de literatura vil y enervante. 2. EL SOCIALISMO BURGUÉS O CONSERVADOR 1. Una parte de la burguesía desea mitigar los males sociales al objeto de asegurar la permanencia de la sociedad burguesa. Cabe contar aquí a los economistas, a los filántropos, a los humanitarios, a los promotores de la mejora de la situación de las clases trabajadoras, a los organizadores de la beneficencia, a los miembros de la sociedad protectora de animales, fundadores de asociaciones en pro de la frugalidad y a los más pintorescos reformadores de vía estrecha. También este socialismo burgués ha sido objeto de grandes elaboraciones sistemáticas. Vamos a aducir como ejemplo la «Filosofía de la Miseria», de Prudhon. Los socialistas burgueses quisieran tener las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas ni peligros que necesariamente conllevan. Quisieran la sociedad vigente, previa supresión de todos los elementos que la revolucionan y descomponen. Quisieran la burguesía sin el proletariado. La burguesía concibe, naturalmente, el. mundo en que ella domina como el mejor de los mundos. El socialismo burgués elabora un sistema parcial o total partiendo de esa concepción consoladora. Cuando exhorta al proletariado a hacer realidad sus sistemas y entrar en la nueva Jerusalén, lo único que está exigiendo, en último término es que permanezca en el actual sistema social, pero alejando de su mente las odiosas ideas que se ha formado de él. Una segunda modalidad menos sistemática, pero tanto más práctica de socialismo, trata de enfriar cualquier iniciativa revolucionaria de la clase obrera haciéndole ver que no es tal o cual reforma política lo que le reportará ventajas, sino tan sólo la modificación de sus condiciones materiales de vida, de su situación económica. Por modificación de las condiciones materiales de vida no entiende ese socialismo, en modo alguno, la abolición de las relaciones de producción burguesas -cosa que sólo se puede obtener por el camino de la revolución-, sino las mejoras administrativas que se efectúan en el marco de esas relaciones de producción y que en nada modifican, por tanto, la relación entre el capital y el trabajo asalariado. En el mejor de los casos, esas mejoras reducen los costos de la dominación burguesa y simplifican el presupuesto de su Estado. Este socialismo burgués encuentra su expresión más acabada allí donde se convierte en mera figura retórica. ¡Librecambio! En interés de la clase trabajadora. ¡Protección aduanera! En interés de la clase trabajadores. ¡Prisiones celulares! En interés de la clase trabajadora. Ésta es la consigna definitiva, la única que el socialismo burgués toma realmente en serio. El socialismo de la burguesía consiste precisamente en la afirmación de que el burgués es burgués en interés de la clase trabajadora. 3. EL SOCIALISMO Y COMUNISMO CRÍTICOUTÓPICOS 1. No hablamos aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones sirvió de expresión a las exigencias del proletariado (escritos de Baboeuf, etc.). Los primeros intentos del proletariado en una época de agitación general, el periodo de derrocamiento de la sociedad feudal de hacer valer directamente su propio interés de clase, tenían que fracasar forzosamente debido al desarrollo, todavía insuficiente, de su propia constitución así como a la ausencia de las condiciones materiales de su emancipación. Éstas resultan precisamente de la una duración de la época burguesa. La literatura revolucionaria surgida de estos primeros movimientos del proletariado tiene necesariamente, por lo que respecta a su contenido, un carácter reaccionario. Preconiza un ascetismo universal y un burdo igualitarismo. Los sistemas auténticamente socialistas y comunistas, los de Saint Simon, Fourier, Owen, etc., emergen en la primera fase, poco desarrollada, de la lucha entre el proletariado y la burguesía tal y como ya expusimos más arriba (véase el capítulo «Burgueses y Proletarios»). Los creadores de estos sistemas se apercibieron ciertamente del antagonismo entre clases y de la eficacia de los elementos de disolución actuantes en el seno de la misma sociedad vigente. Lo que sin embargo no alcanzaron a ver es la actividad histórica autónoma del proletariado ni el movimiento político que le es propio. Como quiera que el desarrollo de los antagonismos de clase discurre paralelamente al desarrollo de la industria, se mostraron asimismo incapaces de descubrir las condiciones materiales de la emancipación del proletariado y fueron en busca de la ciencia social, de las leyes sociales que las creasen. En lugar de la actividad social había de intervenir su actividad inventiva personal; en lugar de las condiciones históricas de la emancipación, condiciones fantásticas; en lugar de la organización paulatina del proletariado como clase, la organización de la sociedad que sus propias mentes urdían. La historia universal venidera se reduce, para ellos, a la propaganda y puesta en práctica de sus proyectos sociales. Abrigan, de seguro, la conciencia de que con sus proyectos defienden los intereses de la clase obrera como clase más mortificada, pues el proletariado existe para ellos, tan sólo bajo ese aspecto de clase más mortificada. La forma todavía poco desarrollada de la lucha de clases y la posición social propia les hacen creerse muy por encima de los antagonismos de clase. Pretenden mejorar las condiciones de vida de todos los hombres de la sociedad, incluidos los más acomodadas. Por lo tanto, apelan a toda la sociedad sin hacer distinciones e incluso con preferencia a la clase dominante. Pues basta conocer su sistema, piensan, para reconocer en él el mejor plan para la mejor de las sociedades posibles. Por ello repudian toda acción política y de modo explícito la revolucionaria y quieren alcanzar su meta por la vía pacífica, intentando abrir camino al nuevo evangelio social con el poder del ejemplo, mediante pequeños experimentos que acaban, como es natural, en el fracaso. Sus descripciones fantásticas de la sociedad del futuro nacen en una época en que el proletariado está aún en desarrollo incipiente y en consecuencia apenas tiene, él mismo, una idea fantástica de su propia situación y responden a su impulso primario, intuitivo, de transformación general de la sociedad. Pero estos escritos socialistas y comunistas constan también de elementos críticos. Atacan todos los fundamentos de la sociedad vigente y han suministrado por ello materiales valiosísimos para la ilustración de las obreros. Sus tesis positivas sobre la sociedad futura, por ejemplo la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo, de la familia, de la ganancia privada, del trabajo asalariado, la proclamación de la armonía social, la conversión del Estado en mera administración de la producción, todas esas tesis expresan únicamente el escamoteo del antagonismo de clases, antagonismo que tan sólo conocen en su primera indeterminación amorfa, precisamente porque apenas ha iniciado su desarrollo. Por ello, esas tesis, en si mismas, tienen todavía un sentido puramente utópico. La importancia del socialismo y comunismo críticoutópicos está en proporción inversa al desarrollo histórico. En la misma medida en que la lucha de clases se desarrolla. y se vertebra, esta ilusión de flotar por encima de la misma o de combatirla con quimeras pierde todo valor práctico, toda justificación teórica. Por ello, aun cuando los autores de estos sistemas fuesen revolucionarios en más de un aspecto, sus discípulos fundan en todos los casos sectas reaccionarias. Frente al avance histórico del proletariado, ellos se mantienen aferrados a las viejas concepciones de sus maestros. Consecuentemente tratan de quitar virulencia a la lucha de clases y conciliar los antagonismos. Sueñan todavía con la realización experimental de sus utopías sociales, con la fundación de falansterios aislados, la creación de Home-Colonies (colonias de metrópoli) y la instauración de una pequeña Icaria -edición en miniatura de la Nueva Jerusalén-. Y para la construcción de todos estos castillos en el aire se ven obligados a apelar a la filantropía cordial y a la bolsa del burgués. Poco a poco se van integrando en la categoría de los socialistas conservadores o reaccionarios y lo único que los distingue de ellos es su pedantería más sistemática la fanática superstición con que confían en los milagrosos efectos de su ciencia social. Se oponen por ello encarnizadamente a todo movimiento político de los obreros que, a su Juicio, sólo puede provenir de la ciega incredulidad en el nuevo evangelio. Los owenistas ingleses y los fourieristas franceses reaccionan respectivamente contra cartistas y reformistas. 4.POSICIÓN DE LOS COMUNISTAS RESPECTO A LOS DIFERENTES PARTIDOS DE LA OPOSICIÓN 1. Después de lo dicho en el capítulo II, resulta obvia la relación que los comunistas guardan respecto a los partidos obreros ya constituidos, es decir, respecto a los cartistas y los reformadores agrarios en Norteamérica. Los comunistas luchan por la consecución de los objetivos e intereses inmediatos, pero en el movimiento actual representan al mismo tiempo el futuro de ese movimiento. En Francia, los comunistas se unen al partido social-democrático en su lucha contra la burguesía radical y conservadora, sin renunciar por ello al derecho de mantener una actitud crítica frente a la fraseología hueca y las ilusiones provenientes de la tradición revolucionaria. En Suiza, dan soporte a los radicales sin perder de vista que este partido se compone de elementos contradictorios, de demócratas socialistas en sentido francés, por una parte, y de burgueses radicales por otra. En Polonia, los comunistas apoyan al partido que hace de la revolución agraria la condición para la liberación nacional, el mismo partido que dio vida a la insurrección de Cracovia de 1846. En Alemania, mientras la burguesía desempeñe un papel revolucionario, el partido comunista luchará junto a ella contra la monarquía absolutista, la propiedad feudal de la tierra y la pequeña burguesía. Pero no desaprovechará ningún momento para ir forjando entre los obreros una conciencia lo más clara posible acerca de la oposición hostil entre burguesía y proletariado, al objeto de que los obreros alemanes hagan de las condiciones sociales y políticas que la burguesía implantará con su dominación otras tantas armas que dirigirán de inmediato contra esa misma burguesía. Tras el derrocamiento de las clases reaccionarias, dará así comienzo en Alemania la lucha contra la burguesía misma. Los comunistas concentran especialmente su interés en Alemania por estar ésta en vísperas de una revolución burguesa y porque esta convulsión social se da en una situación mas avanzada de la civilización europea y con un proletariado bastante más desarrollado que el existente en la situación de Inglaterra en el siglo XVII o en Francia en el siglo XVIII. De este modo, la revolución burguesa alemana no puede ser sino el preludio inmediato de una revolución proletaria. En una palabra, los comunistas apoyan en todas partes cualquier movimiento revolucionario que vaya contra el orden social y político vigente. En todos los movimientos destacan la cuestión de la propiedad, cualesquiera que sea la forma más o menos desarrollada que haya revestido ésta, como la cuestión fundamental de los mismos. Finalmente, los comunistas se esfuerzan por doquier en favor de la unión y el entendimiento entre los partidos democráticos de todos los países. Los comunistas consideran despreciable el ocultar sus opiniones e intenciones. Proclaman abiertamente que sus objetivos tan sólo se pueden alcanzar mediante el derrocamiento violento de todo el orden social preexistente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución comunista. Los proletarios nada tienen que perder en ella, salvo sus cadenas. Y tienen un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
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El progreso milenario por Gabriel Zaid.

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En los años del Terror (1792-1794) de la Revolución francesa, la Asamblea ordenó el arresto de uno de sus miembros más ilustres, precursor de la matemática electoral y promotor del voto femenino y la educación para todos. Temiendo lo peor (miles de revolucionarios murieron en la guillotina, acusados de esto o aquello por sus correligionarios), se escondió. En los meses que tardaron en encontrarlo, escribió su célebre Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Asombrosamente, el marqués de Condorcet (1743-1794) murió lleno de fe en la Revolución.
El libro distingue diez épocas cada vez mejores de la humanidad, desde la vida nómada hasta la aurora revolucionaria, pasando por la agricultura, la escritura y la imprenta. Seguramente fue inspirado por el “Cuadro filosófico de los progresos sucesivos del espíritu humano” (1750) del abad Turgot, prior de la Sorbona, cuya tesis central es que la humanidad progresa por la acumulación de conocimientos, a diferencia de la naturaleza, que no cambia. Los astros se mueven, pero sujetos a leyes fijas; los vegetales y los animales se reproducen, pero no mejoran.
Los sabios antiguos y también los modernos (hasta Newton, 1643-1727) creyeron en la estabilidad del cosmos. Aunque Plinio (23-79) escribió una monumental Naturalis historia, resumen de todo lo que entonces se sabía, el título no quería decir Historia de la naturaleza, sino algo así como Enciclopedia temática de la naturaleza. (De Plinio viene el nombre de los museos de historia natural.) Fue Laplace (1749-1827) el primero en postular que los planetas no son eternos, sino desprendimientos del Sol en rotación. Una idea tan extraña que Napoleón lo invitó a que se la explicara. Se cuenta que, al terminar, Napoleón todavía le preguntó: “¿Y Dios?” A lo cual respondió coquetamente: “Es una hipótesis innecesaria.”
La naturaleza tiene “historia”. Muchos de sus cambios son cíclicos (el amanecer, las fases de la luna, las estaciones); pero otros son irreversibles, como la formación del sistema solar, que puede considerarse un “hecho histórico” (aunque suele llamarse histórico a lo que deja testimonios escritos). La Tierra no es eterna. Y, en consecuencia, tampoco la vida en el planeta. Darwin (1809-1882) propuso una teoría sobre el origen y evolución de las especies, con cierta inquietud por las creencias religiosas de su mujer y de muchos que se harían la pregunta de Napoleón: “¿Y Dios?” Sin embargo, pocos años después de publicado El origen de las especies (1859), el sacerdote (luego cardenal) Newman (1801-1890) declaró tranquilamente que “la teoría de Darwin (cierta o no) no es necesariamente atea; puede sugerir simplemente una idea más amplia de la providencia divina” (carta al canónigo Walker del 22 de mayo de 1868).
Con mentalidad progresista, la evolución de las especies puede ser vista como progreso, desde las primeras moléculas orgánicas hasta la especie humana. Así también la expansión del universo, desde el “átomo primitivo” postulado por el astrofísico y sacerdote Georges Lemaître (1894-1966); hipótesis rechazada por el astrofísico y novelista Fred Hoyle (1915-2001), que suponía lo contrario: un estado estable del cosmos. Lo del “átomo primitivo” le sonaba a relato mítico de la Creación: un “big bang” de la nada que da origen a todo. Curiosamente, la idea de Lemaître se impuso y lleva como nombre el apodo de Hoyle. Hoy la astrofísica supone que el Big Bang fue el origen del universo hace 13.8 millones de milenios.
Pero, ¿cabe hablar de un progreso involuntario (aleatorio, físico, químico, biológico), anterior al logrado por la creatividad humana? De muchas cosas se ha dicho que son un progreso, y también que no lo son. La noción de progreso implica cuando menos otras tres: cambio, tiempo, mejor; de las cuales también se ha dicho que son ilusorias. Grandes inteligencias afirmaron que el cambio no existe (Parménides), que el tiempo no existe (Einstein), que lo mejor no existe (Nietzsche). También se ha dicho que hablar de progreso en la evolución de las especies es una retrolectura sin fundamento (Stephen Jay Gould, Full house: The spread of excellence from Plato to Darwin).
Hasta se pudiera pensar que las variaciones a lo largo del tiempo son algo así como la diversidad en el espacio. Cuvier (1769-1832) catalogó las especies animales en un cuadro comparativo de sus diferencias, como luego Mendeléyev (1834-1907) catalogó los elementos químicos en una tabla periódica. Pero ni Cuvier ni Mendeléyev vieron las diferencias como cambios evolutivos en el tiempo, menos aún como progreso.
La diversidad de la naturaleza fue catalogada por Aristóteles con criterios jerárquicos. Sus investigaciones (istoría) sobre los animales (llamadas en latín Historia animalium) suponen la noción de mejor. Las piedras son inferiores a la plantas, que son inferiores a los animales, que son inferiores a los seres humanos. Incluso “puede observarse en las plantas un ascenso continuo hacia lo animal” (viii 588b). Pero esto implica jerarquía, no cambio, tiempo, evolución ni progreso. Aristóteles, como Newton, creyó que el universo era estable.
La noción de progreso implica otras dos: gradualidad y rumbo. Los cambios pueden concebirse como saltos bruscos o procesos graduales, solos o combinados: cambios graduales acumulados hasta que se produce un salto brusco (Hegel) o cambios bruscos con ajustes graduales (Gould). También pueden concebirse como orientados a una plenitud cada vez mayor (Hegel) o sin rumbo alguno (Gould).
Diversos mitos sobre el origen último de todo narran episodios sucesivos que suenan a progreso. El Génesis relata la Creación como una serie progresiva: primero la nada, luego la luz (hoy diríamos “Hágase el estallido”, aunque todavía en 1789 Lavoisier, guillotinado en 1794, clasificaba la luz entre los elementos, junto al oxígeno y el hidrógeno); después los cielos, la tierra, las especies vegetales y animales, el hombre y la mujer. Pero una vez que la Creación culmina en la vida humana, el progreso concluye y Dios se complace en su obra. Desde el séptimo día, tanto los cambios como el tiempo son circulares, no lineales: “No hay nada nuevo bajo el sol” (Eclesiastés 1:9). El progreso ulterior es inconcebible.
La ruptura del tiempo circular aparece en las tradiciones mesiánicas, que esperan la salvación y un fin glorioso de los tiempos. Así aparecen el tiempo lineal, la historia sagrada, el futuro absoluto (no relativo) y el progreso prospectivo (aunque no gradual). La plenitud anunciada por los profetas bíblicos será un acto de Dios que vuelve a crear el Paraíso (perdido por el pecado original): “Pues voy a crear unos cielos nuevos junto con una tierra nueva” (Isaías 65:17). El fin de los tiempos se vuelve el polo opuesto del origen de los tiempos.
En los primeros años del cristianismo, muchos esperaban el pronto advenimiento del futuro absoluto, que repentinamente haría pasar el mundo a una vida mejor. San Pablo, sin negar el acontecimiento cósmico que pondría fin al mundo viejo, lo individualiza en el salto de un acontecimiento personal: la conversión (metanoia) que deja atrás al hombre viejo y hace surgir un hombre nuevo, con Cristo resucitado, desde ahora.
En las antiguas concepciones del tiempo, había el eterno retorno de lo mismo; o un hoy venido a menos, menesteroso frente al pasado mítico; o una esperanza de salvación en un tiempo nuevo que era un salto absoluto, no un progreso gradual.
La idea de un perfeccionamiento personal gradual (una especie de salto interminable) aparece en la cultura cristiana del siglo iv. Los ideales monásticos integran el mandamiento radical de ser perfectos (Mateo 5:48), el modelo ascético del atletismo griego (ejercitarse y superarse), la primacía del éxtasis (superior a la acción) de los filósofos neoplatónicos y la invención budista de la vida conventual.
El monasterio es un centro de entrenamiento y progreso espiritual, un anticipo de la vida futura: el glorioso más allá que simbólicamente ya está aquí; la utopía en marcha de un cielo nuevo y una tierra nueva. Así, la polaridad temporal entre el origen y el fin de los tiempos se vuelve una polaridad espacial. Frente a la ciudad de los cristianos normales (integrados al Imperio romano), aparece la ciudad nueva de los cristianos radicales: ermitaños, cenobitas y monjes.
El progreso moderno (gradual, histórico y social, no solo personal) es un mito cristiano tardío. Aparece en el siglo XII y transforma los ideales monásticos en un proyecto para toda la sociedad. No está en La ciudad de Dios de San Agustín (354-430), concebida como polo eterno de la ciudad humana. Tampoco en La crónica de las dos ciudades de Otón de Frisinga (1114-1158), inspirada en la dicotomía agustiniana.
Agustín tiene a la vista el inconcebible hundimiento del Imperio romano (cuando ya había adoptado la religión cristiana) ante los vándalos germánicos. Otón tiene a la vista el asedio musulmán al Sacro Imperio romano germánico y las guerras internas por la hegemonía cristiana. Ambos tienen los ojos puestos en un más allá esperanzador, situado en el futuro absoluto de toda la humanidad, no solo del pueblo cristiano. Transforman la historia sagrada en filosofía de la historia universal.
Pero ya en los tiempos de Otón aparecen rasgos del progreso moderno. Contra la tradición de que todo tiempo pasado fue mejor, nace la idea de que el cristianismo supera a los profetas bíblicos y a los filósofos griegos. Bernardo de Chartres tiene conciencia del progreso intelectual. Modestamente afirma que “somos como enanos montados en los hombros de gigantes”; pero también, nada modestamente: por eso “podemos ver más cosas y más lejos”. A su vez, Abelardo (el de Eloísa) afirma que hoy “sería fácil escribir un libro” igual o mejor que los antiguos. Estas opiniones, recogidas en 1159 por Juan de Salisbury (Metalogicon iii 4), anticipan la jactancia de la Ilustración: Hay que reconocer “la prodigiosa superioridad de nuestro siglo sobre los antiguos” (Voltaire, El siglo de Luis XIV, capítulo 34).
Pero el ideólogo del progreso fue Joaquín (c. 1130-1201), abad del monasterio de San Juan de la Flor (Fiore), en el sur de Italia. Fue elogiado por Dante, Marx y muchos otros, del siglo XIII al XX (como lo reseña minuciosamente Henri de Lubac en un millar de páginas: La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore). Según Norman Cohn (The pursuit of the millennium), Joaquín de Fiore “inventó el sistema profético de mayor influencia en Europa, hasta la aparición del marxismo”. Fue una especie de Marx del siglo XII.
En su teología, la historia se divide en tres etapas de revelación progresiva: la del Padre (bíblica), superada por la del Hijo (evangélica), superada por la del Espíritu Santo (que viene). La Creación pasa de la dependencia servil en los tiempos del Padre, a la dependencia filial en los tiempos del Hijo, a la libertad del Espíritu Santo en los tiempos nuevos. Para Joaquín, aunque era monje, el mundo rebasará a los monasterios. Toda la humanidad tomará el camino de la perfección, no solo los cristianos apartados del mundo. Así, la Ciudad de Dios se vuelve un proyecto de transformación del planeta: restaurar el Paraíso en la tierra. Los temores milenaristas (de que el mundo iba a acabar en el año 1000) se vuelven esperanzas milenaristas (en un mundo nuevo que deja atrás el viejo).
Los nuevos tiempos se revelan en la santidad de Francisco de Asís (siglo XIII), que alaba a Dios en la fraternidad del sol, la tierra, el agua, las flores y los frutos, como si ya estuviera en el segundo Paraíso. Y en la ciencia ficción del franciscano Roger Bacon (también del siglo XIII): “Es posible construir vehículos que se muevan con velocidad increíble y sin ayuda de bestias. Es posible construir máquinas voladoras” (Roger Bacon’s letter concerning the marvelous power of art and of nature).
Para Leibniz, “hay un progreso perpetuo y libre del universo entero”, “que siempre está avanzando hacia más”, sin alcanzar la perfección de Dios (The ultimate origin of things, 1697, www.earlymoderntexts.com). Para el paleontólogo jesuita Teilhard de Chardin, todo converge hacia más: el cosmos, la evolución de las especies, la vida humana y la noósfera que recubre el planeta desde que aparece la cultura (El fenómeno humano, 1955).
El mito arcaico de la Creación desembocó en el mito moderno del Progreso. Con todos sus fetichismos, ha resultado fecundo. Cabe asumirlo todavía, con sentido crítico y sentido del humor. Es razonable suponer que el progreso existe. Que es un hecho anterior a la conciencia del progreso y a los ideales progresistas. Que el cambio, el tiempo y lo mejor existen. Que hay progreso gradual y también saltos de progreso. Que el paso de la nada a la energía, la materia, la vida, la inteligencia y el lenguaje son grandes saltos cualitativos de una realidad que mejora. Que el progreso milenario (con titubeos, altibajos y hasta retrocesos) ha tenido rumbo (visto retrospectivamente), y debería tenerlo (prospectivamente), aunque es difícil definir un rumbo deseable, y más aún lograrlo.
No es verdad que todo tiempo pasado fue mejor. Ni que todo lo más reciente es mejor. Ni que el futuro será siempre mejor. Pero cabe desearlo, y trabajar porque así sea, con optimismo razonable. ~

“Reflexiones sobre la Revolución Francesa y otros escritos”, de Edmund Burke

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“Reflexiones sobre la Revolución Francesa y otros escritos”, de Edmund Burke


El contenido de este libro son las reflexiones que hace Edmund Burke sobre la Revolución Francesa, a raíz de que un joven francés le pidiera su opinión sobre ella. Por eso, no se trata de una obra de ciencia política, ni está organizada bajo un sistema preestablecido para la exposición de los distintos temas en ella desarrollados, sino que, de una manera muy espontánea –ya que se trata de cartas–, expone su opinión sobre las medidas que se tomaron con motivo de la Revolución, haciendo un repaso de la situación política, económica y social francesa anterior a ella.
En todo el desarrollo de “Reflexiones sobre la Revolución Francesa y otros escritos” (Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1980), se ve la preocupación de Burke por conciliar la existencia de la libertad con la necesaria autoridad, sin la cual ningún Estado puede subsistir. Por ello es que funda una de sus críticas a la Revolución Francesa en que en muchos aspectos hubo más “licencia” o descontrol, que una auténtica libertad. Cree que, por un excesivo espíritu de innovación se tomaron medidas poco evaluadas en sus posibles consecuencias. 

Al hacer el repaso a la anterior situación de Francia, piensa que ésta no era tan mala dado el desarrollo que había alcanzado este país en los distintos aspectos de su vida cultural, económica, etc. Se pregunta, aun reconociendo los errores del régimen depuesto, si éste no podría haber sido corregido en vez de echar abajo toda su estructura e implantar un sistema absolutamente nuevo y experimental. Nos explica que es tan perniciosa una monarquía absoluta como una democracia absoluta, porque en esta última las minorías puede ser objeto de la más cruel opresión por parte de la mayoría. Cree que la virtud y el saber son las cualidades que se deben buscar en los gobernantes y que el sólo hecho de que éstos sean elegidos por el pueblo no significa necesariamente que poseerán tales atributos. 

Hacer una síntesis de todo el pensamiento de Burke expuesto en esta obra es una tarea demasiado difícil, ya que es tan vasto que siempre quedaría algo por destacar. Pero para terminar este apenas bosquejo de sus ideas, debemos resaltar el absoluto repudio que expresa sobre el clima de violencia, odio y resentimiento en el que se desarrolló la Revolución, porque ninguna libertad puede ser edificada sobre la injusticia, ninguna justicia ni igualdad sobre el robo, y ningún orden sobre el caos. 

Reproducimos a continuación algunos fragmentos del libro de Burke: 

La nueva libertad 
“En consecuencia yo debería suspender mis congratulaciones por la nueva libertad de Francia hasta que esté bien informado de cómo se combinó con el gobierno, con la fuerza pública, con la disciplina y obediencia del ejército, con la percepción de una renta efectiva y bien distribuida, con la moralidad y la religión, con la seguridad de la propiedad, con la paz y el orden, con las costumbres cívicas y sociales. Todas éstas a su modo son también cosas buenas, y sin ellas la libertad no es un beneficio mientras dura, y no tiene probabilidad de durar mucho tiempo.” 

Las cualidades para ser gobernantes 

“No imaginéis que deseo confinar el poder, la autoridad y la distinción de la sangre, los nombres y los títulos. No, señor. No hay para el gobierno más calificaciones que la virtud y el saber, reales o presuntos. Dondequiera que se hallen efectivamente, tienen, en cualquier estado, condición, profesión o negocio, el pasaporte del Cielo para los puestos y los honores humanos. ¡Pobre el país que impía y locamente rechaza los servicios del talento y la virtud, civil, militar o religioso, otorgados para adornarlo y servirlo; y condenará a la oscuridad todo lo que está formado para rodear al Estado de lustre y gloria! ¡Pobre asimismo del Estado que, pasando al otro extremo, considera que una baja educación, una estrecha concepción de las cosas y una sórdida ocupación mercenaria son títulos preferibles para el mando! Todos los cargos deben estar abiertos, pero no indiferentes a todos. Ninguna rotación, ningún nombramiento por sorteo, ningún método de elección que siga el espíritu de la rotación o el azar, puede en general ser bueno para un gobierno que deba ocuparse en objetivos muy vastos. Porque no hay en ellos tendencia, directa o indirecta, al elegir al hombre con miras a la función, o para acomodar el uno a la otra. No vacilo en decir que el camino hacia la eminencia y el poder, a partir de una posición oscura, no debe volverse demasiado fácil, ni como algo de cajón. Si el mérito raro es la más cara de las cosas, debe someterse a cierta especia de prueba. El templo del honor debe estar ubicado en una elevación. Si debe abrirse a la virtud, recuerdes también que la virtud nunca se prueba sino a través de alguna dificultad o lucha.” 

La composición de la Asamblea Nacional 

“Se dice que veinticuatro millones deben prevalecer sobre doscientos mil. Cierto; si la constitución de un reino fuera un problema de aritmética. Esta especie de discurso sirve si cuenta con el farol como auxiliar: para hombres que pueden razonar con serenidad, es ridículo. La voluntad de los más y su interés pueden diferir a menudo; Y la diferencia será grande cuando hagan una mala elección. Un gobierno de quinientos abogaduchos de campaña y oscuros curas de parroquia no es bueno para veinticuatro millones de hombres, aunque fueran elegidos por cuarenta y ocho millones, ni será mejor por el hecho de estar dirigido por una docena de personas de abolengo que traicionaron su mandato para lograr dicho poder. Actualmente, parecéis haberos extraviado en todo fuera del camino real de la naturaleza. La propiedad de Francia no la gobierna. Por supuesto, la propiedad quedó destruida y la libertad nacional no tiene existencia.” 

Las confiscaciones 
“Pero este acto de secuestro de la propiedad parece ser un juicio legal y no una confiscación. Parece que en las academias del Palais Royal y de los Jacobinos han descubierto que ciertos hombres no tenían derecho a las propiedades de que estaban en posesión por la ley, el uso y las decisiones judiciales, y la acumulada prescripción de mil años. Dicen que los eclesiásticos son personas ficticias, criaturas del Estado a quienes pueden destruir a su placer, y por supuesto limitad y modificar en cualquier punto particular; que los bienes que poseen no son propiamente suyos, sino que pertenecen al Estado creador de la ficción; y que por lo tanto no debemos preocuparnos con lo que puedan sufrir en sus sentimientos naturales y en sus personas físicas, con motivo de lo que se les hace en ese carácter ficticio.” 

“Los escritores, y especialmente cuando operan en corporación y en una sola dirección, ejercen gran influencia en el espíritu público; por lo tanto, la alianza de estos escritores con los grupos financieros contribuyó no poco a hacer desaparecer la animosidad y la envidia populares que rodeaban aquella especie de riquezas. Estos escritores, como los propagandistas de todas las novedades, fingían gran celo a favor de los pobres y de las clases bajas, mientras en sus sátiras volvían odiosos, con todos los medios de la exageración, los defectos de las cortes, de la nobleza y del clero. Se transformaron en una especie de demagogos. Sirvieron como un eslabón para unir, en pos de un solo objetivo, la odiosa riqueza con la pobreza impaciente y decidida a todo.” 

“Cuando producen su efecto natural todos los fraudes, impuestura, violencias, rapiñas, incendios, asesinatos, confiscaciones, emisiones de papel de curso forzoso, y todas las especies de tiranía y crueldad empleadas para procurar y sostener esta revolución, a saber, el efecto de chocar los sentimientos morales de los espíritus virtuosos y sobrios, los defensores de este sistema filosófico inmediatamente esfuerzan su garganta con declamaciones contra el antiguo sistema monárquico de Francia. Una vez que han ennegrecido lo suficiente aquel poder depuesto, prosiguen su argumentación como si todos quienes desaprueban sus nuevos abusos, debieran ser necesariamente partidarios de los antiguos; como si quienes reprueban sus crudos y violentos planes de libertad, debieran ser tratados como abogados de la servidumbre.” 

La democracia absoluta 

“No sé bajo qué denominación clasificar la autoridad que actualmente rige Francia. Pretende ser una democracia pura, aunque creo que va en camino directo a transformase a corto plazo en una innoble y perversa oligarquía.” 

“Si recuerdo correctamente, Aristóteles señala que una democracia tiene muchos notables puntos de semejanza con una tiranía. Estoy seguro, en cualquier caso, de que una democracia la mayoría de los ciudadanos es capaz de ejercer sobre la minoría más cruel opresión, cuando quiera que existan profundas divisiones en una política de esa especie, domo debe de ocurrir a menudo; y dicha opresión de la minoría se extenderá a un número mucho mayor, y será llevada adelante con mucha mayor furia de la que casi siempre se puede temer del cetro de una sola persona. Bajo semejante persecución popular, los individuos que sufren están en una situación mucho más deplorable que bajo cualquier otra.” 

La destrucción del antiguo régimen 
“… ¿Será entonces verdad que el gobierno francés era tal que no merecía o no era susceptible de reforma, de modo que era absolutamente necesario echar abajo de una vez toda su estructura, y limpiar el terreno para levantar un edificio teórico experimental en su lugar? Las instrucciones para los diputados a la reunión de los Estados Generales, de cada distrito del reino, estaban llenas de proyectos para la reforma de aquel gobierno, sin la más remota insinuación de un propósito de destruirlo. Si semejante propósito se hubiera siquiera insinuado, creo que no habría más que una voz para rechazarlo con desdén y horror. Los hombres fueron llevados, a veces gradualmente, a veces precipitadamente a cosas que, si las hubiesen visto en bloque, jamás habrían permitido que se los acercar a ellas en lo más mínimo.” 

La política es inseparable de la justicia 

“Pero, se argüirá, las confiscaciones en Francia no deben alarmar a las demás naciones. Dicen que no se llevaron a cabo por gratuita rapacidad; que es una gran medida de política nacional, adoptada para suprimir un mal extenso, inveterado y supersticioso. Sólo con la mayor dificultad puedo separar la política de la justicia. La justicia es en sí misma la gran política permanente de la sociedad civil; y cualquier notable desviación de ella, bajo cualesquiera circunstancias, queda bajo la sospecha de no ser de ninguna manera política.” 

La libertad que todo lo excusa 
“Los efectos de la incapacidad puesta en evidencia por los dirigentes populares en todos los terrenos fundamentales del Estado van a ser cubiertos en nombre de la libertad ‘que todo lo excusa’. Para alguna gente veo que hay gran libertad, en efecto. Para muchos, si no para los más, una opresiva y degradante servidumbre. ¿Pero qué es la libertad sin sabiduría y sin virtud? Es el mayor de todos los males posibles; porque es insensatez, vicio y locura, sin tutela ni restricción. Quienes saben lo que es la libertad virtuosa no pueden soportar verla deshonrada por cabezas incapaces, para tener palabras altisonantes en sus bocas.” 

No se justifica semejante Revolución 

“Pero, ¿soy tan poco razonable como para no ver nada en absoluto que merezca alabanza en los infatigables trabajos de esta Asamblea? No niego que entre infinito número de actos de violencia y de la locura, puede haberse hecho algo bien. Quienes todo los destruyen, indudablemente suprimirán algunas injusticias. Quienes todo lo hacen de nuevo, tienen una probabilidad de poder establecer algo benéfico. Para darles crédito por lo que han hecho en virtud de la autoridad que han usurpado, y poder excusarlos de los crímenes con que adquirieron dicha autoridad, debe probarse que las mismas cosas no podían haberse llevado a cabo sin producir semejante revolución. Es más seguro que sí podían porque casi cada una de las medidas tomadas por ellos que no fueran equívocas, estaba prevista en las concesiones del rey, hechas voluntariamente al reunirse los Estados Generales, o en las instrucciones coincidentes dadas a los estamentos. Algunos usos fueron abolidos por motivos justos; pero eran de tal especie que, si se hubieran conservado como estaban para toda la eternidad, habrían restado muy poco a la felicidad y la prosperidad de cualquier Estado. Las mejoras de la Asamblea Nacional son superficiales; sus errores, fundamentales.”
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DISCURSO SOBRE LAS CIENCIAS Y LAS ARTES Jean-Jacques Rousseau

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DISCURSO SOBRE LAS CIENCIAS Y LAS ARTES Jean-Jacques Rousseau Obra reproducida sin responsabilidad editorial Advertencia de Luarna Ediciones Este es un libro de dominio público en tanto que los derechos de autor, según la legislación española han caducado. Luarna lo presenta aquí como un obsequio a sus clientes, dejando claro que: La edición no está supervisada por nuestro departamento editorial, de forma que no nos responsabilizamos de la fidelidad del contenido.

PARTE PRIMERA Grande y bello espectáculo es ver al hombre salir de alguna manera de la nada por sus propios recursos; con las luces de su razón disipar las tinieblas en las que la naturaleza le había envuelto; elevarse por encima de sí mismo; gracias a su espíritu lanzarse hacia las regiones celestes; tal como hace el sol, recorrer con pasos de gigante la vasta extensión del universo; y, lo que es aún más grande y más difícil, concentrarse en sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza, sus deberes y su razón de ser. Todas estas maravillas se han vuelto a producir en las últimas generaciones. Europa había recaído en la barbarie de los primeros tiempos. Los pueblos de esta parte del mundo, hoy tan ilustrada, vivían hace algunos siglos en un estado peor que la ignorancia. No sé muy bien qué clase de jerga científica, más despreciable aún que la ignorancia, había usur- pado el nombre a la sabiduría y para impedir su vuelta le ponía obstáculos casi insalvables. Se necesitaba una revolución para volver a encauzar al hombre hacia el sentido común; finalmente vino por donde menos se la esperaba. Fue el estúpido Musulmán, fue el eterno azote de las letras el que las hizo renacer entre nosotros. La caída del trono de Constantino llevó a Italia los escombros de la antigua Grecia. Francia se enriqueció a su vez con estos preciados despojos. Pronto las ciencias sucedieron a las letras; al arte de escribir se unió el arte de pensar; gradación que parece rara y que quizá es demasiado natural; y se empezó a comprender la principal ventaja del comercio con las Musas, a saber, que hace a los hombres más sociables al inspirarles el deseo de complacerse mutuamente con obras dignas de su aprobación. Al igual que el cuerpo, el espíritu tiene necesidades. Las de aquél constituyen los fundamentos de la sociedad, las de éste son su recreo. Mientras el gobierno y las leyes subvienen a la seguridad y al bienestar de los hombres sociales, las letras y las artes, menos déspotas y quizá más poderosas, extienden guirnaldas de flores sobre las cadenas de hierro que los agobian, ahogan en ellos el sentimiento de la libertad original para la cual parecían haber nacido, los hacen amar su esclavitud y los transforman en lo que se ha dado en llamar pueblos civilizados. La necesidad alzó tronos que las ciencias y las artes han consolidado. Potencias de la tierra, amad los talentos y proteged a aquellos que los cultivan. Pueblos civilizados, cultivadlos: dichosos esclavos, les debéis el gusto delicado y fino del que presumís; la dulzura del carácter y la urbanidad en las costumbres que hacen entre vosotros el comercio tan sociable y tan fácil; en una palabra, la apariencia de todas las virtudes sin tener ninguna. Por esta especie de buena educación, tanto más amable cuanto menos digna presentarse, se distinguieron antiguamente Atenas y Roma en los días tan ponderados de su magnificencia y de su brillo: sin duda, por ella tendrán la supremacía, sobre todos los tiempos y sobre todos los pueblos, nuestro siglo y nuestra nación. Un tono filosófico sin pedantería, maneras naturales y, sin embargo, solícitas, alejadas tanto de la rusticidad tudesca como de la pantomima ultramontana: he aquí los frutos del gusto adquirido merced a estudios con calidad y perfeccionado gracias al comercio mundano. ¡Qué dulce sería vivir en nuestra sociedad si la continencia externa fuera siempre imagen de las disposiciones del alma; si la decencia fuera la virtud; si nuestras máximas fueran reglas; si la verdadera filosofía no se pudiera separar de la dignidad de filósofo! Pero tantas cualidades rara vez van juntas y la virtud no se manifiesta con tanta pompa. La riqueza en la vestimenta puede anunciar a un hombre opulento y su elegancia a un hombre con gusto; el hombre sano y robusto es reconocible por otros síntomas: bajo el vestido rústico de un labrador y no bajo los arreos de un cortesano encontramos la fuerza y el vigor corporal. Las galas no tienen nada que ver con la virtud, que es la fuerza y el vigor del alma. El hombre de bien es un atleta que se complace en combatir desnudo: desprecia todos los viles ornatos que estorbarían la utilización de sus fuerzas y que no han sido inventados en su mayoría sino para esconder alguna deformidad. Antes de que el arte hubiera modelado nuestras maneras y enseñado un lenguaje afecto a nuestras pasiones, nuestras costumbres eran rústicas pero naturales; y la diferencia de procedimiento anunciaba a primera vista la diferencia de caracteres. La naturaleza humana, en el fondo, no era mejor; pero los hombres encontraban seguridad en la facilidad de conocerse recíprocamente y esta ventaja, de cuyo precio ya no nos damos cuenta, les ahorraba bastantes vicios. Hoy en día, cuando investigaciones más sutiles y un gusto más refinado han reducido a principios el arte de gustar, en nuestras cos- tumbres reina una vil y engañosa uniformidad y todos los espíritus parecen haber sido fabricados con un mismo molde: la buena educación exige continuamente, el decoro ordena: continuamente nos adherimos al uso, nunca a nuestro propio genio. Nadie se atreve ya a parecer lo que es; y en esta coacción perpetua, los hombres que conforman el rebaño llamado sociedad, situados en las mismas circunstancias, harán todos lo mismo si no se lo impiden motivos de fuerza mayor. Por lo tanto, nunca sabremos muy bien con quién nos enfrentamos; para conocer a un amigo será necesario esperar las grandes ocasiones, es decir, esperar el momento en que ya sea tarde, puesto que para esas mismas ocasiones habría sido esencial conocerlo. ¿Qué comitiva de vicios no acompañará a esta incertidumbre? No más amistades sinceras; no más estima real; no más confianza fundada. Las sospechas, las sombras, los temores, la frialdad, la reserva, el odio, la traición se ocultarán siempre tras el velo uniforme y pérfido de la buena educación, esta urbanidad tan elogiada que debemos a las luces de nuestro siglo. Ya no se profanará con juramentos el nombre del amo del universo, pero se le insultará con blasfemias y nuestros oídos escrupulosos no se ofenderán. Ya no elogiaremos nuestro mérito propio, pero rebajaremos el de los demás. No ultrajaremos burdamente a nuestro enemigo, pero le calumniaremos con habilidad. Los odios nacionales se apagarán, pero será conjuntamente con el amor a la patria. Se sustituirá la ignorancia despreciada por un peligroso pirronismo. Habrá excesos proscritos y vicios deshonrosos, pero otros serán condecorados con el nombre de virtud; será menester tenerlos o fingirlos. Quien quiera que alabe la sobriedad de los sabios; por mi parte, no veo en ellos más que un refinamiento de la intemperancia, tan indigno de mi elogio como su artificiosa sencillez. Tal es la pureza que han adquirido nuestras costumbres. De esta manera hemos llegado a ser hombres de bien. Corresponde a las letras, a las ciencias y a las artes el reivindicar lo que les pertenece de tan saludable obra. Solamente añadiré una reflexión; un habitante de una comarca alejada que buscara formarse una idea de las costumbres europeas sobre el estado de las ciencias entre nosotros, sobre la perfección de nuestras artes, sobre el decoro de nuestros espectáculos, sobre la urbanidad de nuestras maneras, sobre la afabilidad de nuestros discursos, sobre nuestras perpetuas demostraciones de buena voluntad y sobre el concurso tumultuoso de hombres de todas las edades y de todo estado que parecen tener prisa, desde que sale la aurora hasta la puesta de sol, por servirse mutuamente; este extranjero, digo, atribuiría exactamente a nuestras costumbres lo contrario de lo que son. Allí donde no hay efecto no se puede buscar una causa: pero aquí el efecto es evidente, la depravación real; y se han corrompido nuestras almas a medida que nuestras ciencias y nues- tras artes han avanzado hacia la perfección. ¿Alguien dice que es una desgracia particular de nuestra época? No, señores; los males provocados por nuestra vana curiosidad son tan viejos como el mundo. La subida y la bajada cotidianas de las aguas del océano no están tan regularmente sometidas a la trayectoria del astro que nos ilumina durante la noche como el destino de las costumbres y de la probidad al progreso de las ciencias y de las artes. Se ha visto huir a la virtud a medida que la luz de éstas se alzaba sobre nuestro horizonte y el mismo fenómeno se ha observado en todo tiempo y lugar. Ahí tenéis a Egipto, la primera escuela del universo, con ese clima tan fértil bajo un cielo de bronce, comarca célebre de donde partió antiguamente Sesostris para conquistar el mundo. Llega a ser la madre de la filosofía y de las bellas artes y poco después la conquista de Cambises, luego la de los Griegos, la de los Romanos, la de los Arabes y finalmente la de los Turcos. Ahí tenéis a Grecia, en otro tiempo poblada de héroes que vencieron dos veces a Asia, una ante Troya y otra en su propio hogar. Las letras recién nacidas todavía no habían llevado la corrupción a los corazones de sus habitantes; pero el progreso de las artes, la disolución de las costumbres y el yugo del Macedonio se sucedieron con poco intervalo; y Grecia, siempre sabia, siempre voluptuosa y siempre esclava, nunca volvió a experimentar en sus revoluciones más que cambios de dueño. Toda la elocuencia de Demóstenes no pudo ya reanimar un cuerpo que el lujo y las artes habían enervado. En el tiempo de los Ennio y de los Terencio, Roma, fundada por un pastor e ilustrada por labradores, empieza a degenerar. Pero después de los Ovidio, Catulo, Marcial y toda esa masa de autores obscenos, cuyos nombres solos alarman el pudor, Roma, en otro tiempo templo de la virtud, se transforma en el teatro del crimen, en el oprobio de las naciones y el juguete de los bárbaros. Esa capital del mundo cae finalmente en el yugo que había impuesto a tantos pueblos y el día de su caída fue la víspera de aquél en que se otorgó a uno de sus ciudadanos el título de árbitro del buen gusto. Qué diré de la metrópolis del imperio de Oriente, que, por su posición, parecía digna de ser la del mundo entero; de este asilo de las ciencias y de las artes proscritas en el resto de Europa, quizá más por sabiduría que por barbarie. Todo lo más vergonzoso del desenfreno y la corrupción; lo más negro de las traiciones, los asesinatos y los venenos; lo más atroz del concurso de todos los crímenes; he aquí la fuente pura de donde hemos visto emanar las luces de las que se vanagloria nuestro siglo. Pero por qué buscar en tiempos remotos las pruebas de una verdad de la que tenemos testimonios aún vivos bajo los ojos. Existe en Asia una comarca en donde las letras honradas hacen alcanzar las principales dignidades del Estado. Si las ciencias depurasen las costumbres, sí enseñaran a los hombres a derramar su sangre por la patria, si animaran el valor, los pueblos de China serían sabios, libres e invencibles. Pero, si no existe vicio que no los domine, crimen que no les sea familiar; si las luces de los ministros, ni la pretendida sabiduría de las leyes ni la multitud de habitantes de este vasto imperio no le han podido garantizar contra el yugo del Tártaro ignorante y burdo, ¿de qué le han servido todos sus sabios? ¿Qué fruto ha recogido de los honores que les colman? ¿El de estar poblado por esclavos y malas personas? Contrastemos estos cuadros con el de las costumbres de ese pequeño número de pueblos que, a salvo del contagio de los conocimientos vanos, han hecho su propia felicidad a través de sus virtudes para ejemplo de las demás naciones. Tales fueron los primeros Persas, singular nación en la que se aprendía la virtud como en la nuestra se aprende la ciencia; que subyugó a Asia con tanta facilidad; ella sola ha tenido la gloria de que la historia de sus instituciones sea como una novela filosófica. Tales fueron los Escitas, de los que nos quedan magníficos elogios. Tales los Germanos, una de cuyas plumas, cansada de trazar los crímenes y las negruras de un pueblo instruido, opulento y voluptuoso, se consolaba pintando la sencillez, la inocencia y las virtudes. Tal había sido Roma incluso en los tiempos de su pobreza y de su ignorancia. Finalmente, así se ha mostrado hasta nuestros días esa nación rústica tan elogiada por su valor, que no ha podido abatir la adversidad, y por su fidelidad, que no ha podido corromper el mal ejemplo.. No es por estupidez por lo que éstos han preferido otros ejercicios a los ejercicios del espíritu. No ignoraban que en otras comarcas algunos hombres ociosos se pasaban la vida discutiendo sobre el bien soberano, sobre el vicio y sobre la virtud y que razonadores orgullosos, otorgándose a ellos mismos los más grandes elogios, confundían a los demás pueblos bajo el nombre despreciativo de bárbaros; pero han examinado sus costumbres y aprendido a desdeñar su doctrina. ¿Acaso podría olvidar que fue en el mismo seno de Grecia donde se vio elevarse aquella ciudad tan célebre por su feliz ignorancia como por la sabiduría de sus leyes, aquella República de semidioses, que no de hombres (tan superiores parecían sus virtudes a los ojos de la Humanidad)? ¡Esparta! ¡Oprobio eterno de una doctrina vana! Mientras los vicios, conducidos por las bellas artes, se introducían juntos en Atenas, mientras un tirano reunía con tanto cuidado las obras del príncipe de los poetas, tú expulsabas de tus muros las artes y a los artistas, las ciencias y a los sabios. Este acontecimiento marcó la diferencia. Atenas se convirtió en la morada de la buena educación y del buen gusto, el país de los oradores y de los filósofos. La elegancia de sus edificios respondía a la de su lenguaje. Por todas partes se veían mármoles y telas animados por las manos de los más hábiles maestros. De Atenas han salido esas obras sorprendentes que servirán de modelo en los tiempos de la corrupción. El retrato de Lacedemonia es menos brillante. Ahí, decían los demás pueblos, los hombres nacen virtuosos y el mismo aire parece inspirar la virtud De sus habitantes no nos queda más que la memoria de sus heroicas acciones. ¿Tales monumentos deben valernos menos que los mármoles sorprendentes que nos ha dejado Atenas? Es cierto que algunos sabios se han resistido al torrente general y se han guardado del vicio en la residencia de las Musas. Pero escuchemos el juicio que acerca de los sabios y de los artistas de su tiempo efectuaba el primero y más desgraciado de todos ellos. "He examinado -dice- a los poetas y los miro como personas cuyo talento impone a las demás y a ellas mismas, que se las dan de sabias, a las que se tiene por tales, cuando tienen menos de eso que de ninguna otra cosa. De los poetas -continúa Sócrates- he pasado a los artistas. Nadie ignoraba las artes más que yo; nadie estaba más convencido que yo de que los artistas poseían secretos bellísimos. Sin embargo, me he dado cuenta de que su condición no es mejor que la de los poetas y que los unos y los otros se encuentran con el mismo prejuicio. Porque los más hábiles de todos ellos destacan en su patria, se miran ya como los más sabios entre los hombres. Tal presunción ha debilitado completamente a mis ojos su saber. De manera que, poniéndome en el lugar del oráculo y preguntándome qué es lo que preferiría ser, lo que soy yo o lo que son ellos, saber lo que ellos han aprendido o saber que no sé nada, me he respondido a mí mismo y al Dios: Quiero seguir siendo lo que soy. Ni los sofistas, ni los poetas, ni los oradores, ni los artistas, ni yo mismo sabemos qué es lo verdadero, ni lo bueno ni lo bello. Pero entre nosotros existe una diferencia: aunque estas personas no sepan nada, todas creen saber algo. Mientras que yo, si no sé nada, al menos no tengo esa duda. De manera que toda esta superioridad de sabiduría que me otorga el oráculo se reduce únicamente a estar convencido completamente de que ignoro todo lo que no sé." ¡He aquí por lo tanto al más sabio de los hombres según el parecer de los dioses y el más sabio de todos los Atenienses según la opinión de Grecia entera, Sócrates, elogiando la ignorancia! ¿Es posible creer que si resucitara en nuestra sociedad nuestros sabios y nuestros artistas le harían cambiar de opinión? No, señores, este hombre justo continuaría despreciando nuestras vanas ciencias; no ayudaría a enriquecer los ríos de libros que nos inundan por todas partes y no dejaría a sus discípulos y a nuestros sobrinos, como hizo antes, más que el ejemplo y la memoria de su virtud por todo precepto. ¡Así es bello distinguir a los hombres! Sócrates había empezado en Atenas; el viejo Catón continuó en Roma, desencadenándose contra los Griegos artificiosos y sutiles que seducían la virtud y debilitaban el valor de sus conciudadanos. Pero las ciencias, las artes y la dialéctica prevalecieron todavía: Roma se llenó de filósofos y de oradores; se abandonó la disciplina militar, se despreció la agricultura, se acogieron sectas y se olvidó la patria. A los nombres sagrados de libertad, de desinterés, de obediencia a las leyes sucedieron los nombres de Epicuro, de Zenón, de Arcésilas. Desde que han empezado a aparecer los sabios entre nosotros -decían sus propios filósofos- las personas de bien se han eclipsado. Hasta entonces los Romanos se habían contentado con practicar la virtud; todo se perdió cuando empezaron a estudiarla. ¡Fabricio! ¿Qué habría pensado vuestra gran alma si, por desgracia vuelto a la vida, hubierais visto la cara pomposa de esa Roma que vuestro brazo salvó y que vuestro nombre res- petable había ilustrado más que todas sus conquistas? "¡Dioses! -habríais dicho- ¿Qué ha sido de esos tejados de paja y de los hogares rústicos que en otro tiempo habitaban la moderación y la virtud? ¿Qué funesto esplendor ha sucedido a la sencillez romana? ¿Qué es este extraño lenguaje? ¿Qué son estas costumbres afeminadas? ¿Qué significan estas estatuas, estos cuadros, estos edificios? Insensatos, ¿qué habéis hecho? ¿Vosotros, amos de las naciones, os habéis transformado en esclavos de los hombres frívolos que habéis vencido? ¿Os gobiernan los rétores? ¿Para enriquecer a los arquitectos, a los pintores, a los escultores, a los histriones, hab- éis regado con vuestra sangre Grecia y Asia? ¿Los despojos de Cartago son ahora la presa de un flautista? Romanos, apresuraos a echar por tierra los anfiteatros; quebrad los mármoles; quemad los cuadros; expulsad a los esclavos que os subyugan, cuyas funestas artes os corrompen. Que otras manos se iluminen con vanos talentos; el único talento digno de Roma es el de conquistar el mundo y hacer reinar la virtud en él. Cuando Cineas tomó nuestro Senado por una asamblea de reyes no se deslumbró por una pompa vana ni por una elegancia rebuscada. No escuchó en él la elocuencia frívola, el estudio y el encanto de los hombres futiles. ¿Qué vio entonces Cineas que lo hizo a sus ojos tan majestuoso? ¡Oh, ciudadanos! Vio un espectáculo que no ofrecerán nunca vuestras riquezas ni vuestras artes; el más bello espectáculo que haya aparecido jamás bajo el cielo, la asamblea de doscientos hombres virtuosos, dignos de gobernar Roma y la tierra entera." Pero salvemos la distancia de los lugares y los tiempos y veamos lo que ha ocurrido en nuestras comarcas y bajo nuestros propios ojos; o mejor, apartemos cuadros odiosos que herirían nuestra sensibilidad y ahorrémonos el esfuerzo de repetir lo mismo con otro nombre. No en vano invocaba yo los manes de Fabricio; ¿Y qué he hecho decir a aquel gran hombre que no hubiera podido poner en boca de Luis XII o de Enrique IV? Es cierto que entre nosotros Sócrates no habría bebido la cicuta; pero habría bebido en una copa más amarga, la burla insultante y el desprecio, cien veces peor que la muerte. He aquí cómo el lujo, la disolución y la esclavitud han sido en todo tiempo el castigo a los esfuerzos orgullosos que hemos hecho para salir de la feliz ignorancia donde nos había situado la sabiduría eterna. El tupido velo con el que ha cubierto todas sus operaciones parecía avisarnos suficientemente que no nos ha destinado a búsquedas vanas. ¿Pero existe alguna lección suya que hayamos sabido aprovechar o que hayamos abandonado impunemente? Pueblos, sabed de una vez por todas que la naturaleza ha querido preservarnos de la ciencia, como una madre arrebata un arma peligrosa de las manos de su hijo; que todos los secretos que os oculta constituyen tantos males contra los que os guarda y que el esfuerzo que invertís para instruirás es el mayor de sus beneficios. Los hombres son perversos; serían peores aún si hubieran tenido la desgracia de nacer sabiendo. ¡Qué humillantes son estas reflexiones para la Humanidad! ¡Cómo debe mortificarse nuestro orgullo! ¿Qué es lo que ocurre? ¿La probidad es acaso hija de la ignorancia? ¿La ciencia y la virtud son entonces incompatibles? ¿Qué consecuencias se podrían sacar de estos prejuicios? Pero para conciliar estas contradicciones aparentes es necesario examinar de cerca la vanidad y el vacío de los títulos orgullosos que nos deslumbran y que atribuimos gratuitamente a los conocimientos humanos. Consideremos, pues, las ciencias y las artes en sí mismas. Veamos lo que debe resultar de su progreso; y no vacilemos en convenir en todos aquellos puntos en los que nuestros razonamientos se encuentren de acuerdo con las inducciones históricas

. PARTE SEGUNDA

 Una antigua tradición de Egipto importada de Grecia consideraba que el inventor de las ciencias era un dios enemigo de la tranquilidad de los hombres. ¿Qué opinión debían de tener acerca de ellas los mismos Egipcios, en cuya nación habían nacido éstas? Ocurre que veían de cerca las fuentes que las habían producido. En efecto, aun que hojeemos los anales del mundo, aunque suplamos las crónicas inciertas por investigaciones filosóficas, no encontraremos para los conocimientos humanos un origen que responda a la idea que nos gusta tener sobre él. La astronomía nació de la superstición; la elocuencia, de la ambición, del odio, de la adulación, de la mentira; la geometría, de la avaricia; de la física, de una vana curiosidad; todas, incluso la moral, del orgullo humano. Por lo tanto, las ciencias y las artes deben su nacimiento a nuestros vicios: dudaríamos menos de sus ventajas si lo debieran a nuestras virtudes. El defecto de su origen queda bien patente en sus objetos. ¿Qué haríamos con las artes sin el lujo que las alimenta? Sin las injusticias de los hombres, ¿qué utilidad tendría la jurisprudencia? ¿En qué se transformaría la historia si no hubiera tiranos, ni guerras ni conspiradores? En una palabra, ¿quién querría gastar su vida con estériles contemplaciones, si, al no consultar cada uno más que los deberes del hombre y las necesidades de la naturaleza, no se tuviera tiempo para nada que no fuera la patria, los infelices y los amigos? ¿ Es que estamos hechos entonces para morir atados al borde del pozo donde se ha escondido la verdad? Esta reflexión tendría ya que hacer retroceder, desde los primeros pasos, a todo hombre que buscara instruirse con seriedad a través del estudio filosófico. ¡ Cuántos peligros! ¡ Cuántos caminos falsos en la investigación de las ciencias! ¿Por cuántos errores, mil veces más peligrosos que útil es la verdad, no habrá que pasar para llegar a ella? La desventaja es evidente; porque lo falso es susceptible de tener una infinidad de combinaciones; pero la verdad sólo tiene una manera de ser. Por otra parte, ¿existe alguien que la busque sinceramente? Incluso con la mejor voluntad del mundo, ¿por qué indicios la reconoceremos con seguridad? Entre tal cantidad de sentimientos diferentes, ¿ cuál será nuestro criterium para juzgarla acertadamente? Y lo que es más difícil aún, si por fortuna la encontramos finalmente, ¿quién de nosotros sabrá utilizarla bien? Si nuestras ciencias son vanas en cuanto al objeto que se proponen, son más peligrosas aún por los efectos que producen. Nacidas de la ociosidad, la alimentan a su vez; y la pérdida irreparable de tiempo es el primer perjuicio que provocan necesariamente a la sociedad. En política, como en moral, constituye un gran mal el hecho de no hacer el bien; y todo ciudadano inútil puede ser considerado como un hombre pernicioso. Respondedme, pues, ilustres filóso- fos; vosotros, gracias a los cuales sabemos en qué condiciones los cuerpos se atraen en el vac- ío; cuáles son, en las revoluciones de los planetas, las relaciones de las áreas recorridas en tiempos iguales; qué curvas tienen puntos conjugados, puntos de inflexión y de rebotadura; de qué manera el hombre ve todo en Dios; de qué manera el alma y el cuerpo tienen correspondencia sin comunicación, de igual forma que dos relojes; qué astros pueden habitarse; qué insectos se reproducen de forma extraordinaria; respondedme, os digo; vosotros, de quienes hemos recibido tantos conocimientos sublimes; ¿aunque nunca nos hubierais ense- ñado estas cosas, seríamos por ello menos numerosos, estaríamos peor gobernados, seríamos menos temibles, menos florecientes o más perversos? Volved entonces a la importancia de vuestros productos; y, silos trabajos de los sabios más ilustres y de nuestros mejores ciudadanos nos proporcionan tan escasa utilidad, decidnos lo que debemos pensar de esa multi- tud de escritores oscuros y de hombres de letras ociosos que devoran la substancia del Estado sin provecho alguno. ¿Qué digo, ociosos? ¡Plugiera a Dios que lo fueran en efecto! Sus costumbres serían más sanas y la sociedad estaría más tranquila. Pero estos vanos y futiles declamadores van por todos lados armados con sus funestas paradojas, socavando los fundamentos de la fe y destruyendo la virtud. Sonríen desdeñosamente cuando oyen las viejas palabras patria y religión y consagran sus talentos y su filosofía a destruir y envilecer todo lo sagrado que pertenece a los hombres. No es que odien en el fondo la virtud ni nuestros dogmas; son enemigos de la opinión pública; y para hacerlos volver al pie del altar bastaría con relegarlos entre el común de los ateos. ¡Oh, furor por distinguirse! ¿Qué hay que no puedas hacer? El abuso del tiempo es un gran mal. Otros males peores todavía siguen a las letras y a las artes. Así ocurre con el lujo, nacido como ellas de la ociosidad y de la vanidad de los hombres. El lujo se presenta rara vez sin las ciencias o las artes y éstas nunca van sin él. Ya sé que nuestra filosofía, siempre fecunda en máximas singulares, pretende, en contra de la experiencia multisecular, que el lujo hace el esplendor de los Estados; pero después de haber olvidado la necesidad de leyes suntuarias, ¿ todavía osará negar que las buenas costumbres son esenciales para la permanencia de los imperios y que el lujo es lo diametralmente opuesto a las buenas costumbres? Si se quiere, que el lujo sea un signo evidente de riqueza; que sirva incluso para multiplicarla: ¿qué habrá que concluir acerca de esta paradoja tan digna de haber nacido en nuestros días? ¿Y qué será de la virtud cuando sea necesario enriquecerse a cualquier precio? Los antiguos políticos hablaban continuamente de buenas costumbres y de virtud; los nuestros no hablan sino de comercio y de dinero. Uno os dirá que un hombre de cierta comarca vale la suma por la que se le vendería en Argel; otro, siguiendo este mismo cálculo, encontrará paí- ses donde un hombre no vale nada y países donde un hombre vale menos que nada. Eval- úan a los hombres como manadas de reses. Según ellos, un hombre sirve al Estado en función de lo que consume en él. Así, un Sibarita valía perfectamente por treinta Lacedemonios. Intentemos adivinar, pues, cuál de estas dos Repúblicas, Esparta y Sibaris, se vio subyugada por un puñado de campesinos y cuál de ellas hizo temblar a Asia. La monarquía de Ciro fue conquistada con treinta mil hombres por un príncipe más pobre que el más pobre de los sátrapas de Persia; y los Escitas, el pueblo más miserable que haya existido, resistió a los monarcas más poderosos del universo. Dos grandes repúblicas se disputaron el imperio del mundo; una de ellas era muy rica, la otra no tenía nada, y fue esta última la que destruyó a la otra. A su vez, el imperio romano, después de haber engullido todas las riquezas del universo, fue presa de unas gentes que ni siquiera sabían qué era la riqueza. Los Francos conquistaron las Galias; los Sajones, Inglaterra, sin más tesoros que su bravura, y su pobreza. Una tropa de pobres montañeses cuya avidez se limitaba a algunas pieles de cordero, después de haber sometido a la fiera austríaca, aplastó a la opulenta Casa de Borgoña, que hacía temblar a los potentados de Europa. Finalmente, toda la potencia y toda la sabiduría del heredero de Carlos V, sostenidas por todos los tesoros de las Indias, vinieron a estrellarse contra un puñado de pescadores de arenques. Que nuestros políticos se dignen suspender sus cálculos para reflexionar acerca de estos ejemplos y que aprendan de una vez por todas que con el dinero se obtiene todo salvo buenas costumbres y ciudadanos. ¿De qué se trata, pues, en todo este asunto del lujo? ¿De saber si es más importante para los imperios el hecho de ser brillantes y efímeros o virtuosos y duraderos? Digo brillantes, ¿pero con qué brillo? El gusto por el fasto no se asocia con el de la honradez en una misma alma. No, no es posible que los espíritus degradados por abundancia de cuidados futiles se eleven nunca hacia algo grande; y aun si tuvieran fuerzas para ello, les faltaría el valor. Todo artista quiere ser aplaudido. Los elogios de sus contemporáneos son la parte más preciada de su recompensa. ¿Qué hará, pues, para obtenerlos sí tiene la desgracia de haber nacido en un pueblo y en unos tiempos en que los sabios de moda han puesto a la juventud frívola en estado de dar el tono; donde los hombres han sacrificado su gusto en favor de los tiranos de su libertad; donde uno de los dos sexos no se ha atrevido a aprobar lo que está proporcionado a la pusilanimidad del otro y se han desaprovechado obras de arte de poesía dramática y rechazado prodigios de armonía? Señores, ¿qué hará? Rebajará su genio al nivel de su siglo y preferirá componer obras comunes, ésas que se admiran en vida del autor, a maravillas que no se admirarían sino después de su muer- te. Decidnos, célebre Arouet, cuántas bellezas viriles y fuertes habéis sacrificado en aras de nuestra falsa delicadeza y cuántas cosas grandes os ha costado el espíritu de la galantería, tan fértil en cosas pequeñas. De esta manera, la disolución de las costumbres, consecuencia necesaria del lujo, arrastra a su vez la corrupción del gusto. Si entre los hombres extraordinarios por sus talentos se encuentra por casualidad alguno que tenga firmeza en el alma y que se niegue a prestarse al genio de su siglo y a envilecerse con producciones pueriles, ¡ay de él! Morirá en la indigencia y en el olvido. ¡Ojalá esto fuera un pronóstico que hago y no una experiencia que transmito! Carlo, Pedro, ha llegado el momento en que el pincel que estaba destinado a aumentar la majestuosidad de nuestros templos con imágenes sublimes y santas debe caer de vuestras manos o se verá prostituido para adornar con pinturas lascivas las almohadillas de un sofá. Y tú, rival de los Praxíteles y de los Fidias; tú, cuyo cincel habrían empleado los antiguos en fabricarse dioses capaces de excusar su idolatr- ía ante nuestros ojos; inimitable Pigalle, tu mano tendrá que resolverse a rebajar la barriga de un monigote o deberá permanecer ociosa. No se puede reflexionar sobre las costumbres sin complacerse en recordar la imagen de la sencillez de los primeros tiempos. Se trata de una bella ribera, adornada únicamente por las manos de la naturaleza, hacia la cual dirigimos continuamente los ojos y de la cual nos alejamos con pesar. Cuando los hombres inocentes y virtuosos gustaban de tener a los dioses por testigos de sus actos, vivían juntos en las mismas cabañas; pero en seguida se volvieron malvados, se hastiaron de esos incómodos espectadores y los relegaron dentro de templos magníficos. Finalmente los expulsaron de ellos para establecerse ellos mismos; o, al menos, los templos de los dioses no se distinguieron ya de las casas de los ciudadanos. Fue entonces el colmo de la depravación; y los vicios nunca llegaron tan lejos como el día en que se los vio, por así decirlo, sostenidos a la entrada de los palacios de los Grandes sobre columnas de mármol y grabados sobre capiteles corintios. Mientras las comodidades de la vida se multiplican, se perfeccionan las artes y se extiende el lujo; el verdadero valor se enerva, las virtudes militares se desvanecen y se trata también de la obra de las ciencias y de las artes que se ejercen en las sombras de un gabinete. Cuando los Godos arrasaron Grecia, sólo se salvaron del fuego las bibliotecas gracias a la opinión que alguien sembró, según la cual era necesario dejar a los enemigos bienes capaces de desviarlos del ejercicio militar y de divertirlos con ocupaciones ociosas y sedentarias. Carlos VIII se vio dueño de la Toscana y del reino de Nápoles sin casi sacar la espada; y toda su corte atribuyó esta facilidad inesperada al hecho de que los príncipes y la nobleza de Italia se divertían intentando ser ingeniosos y sabios mejor que ejercitarse para llegar a ser vigorosos y guerreros. En efecto, dice el hombre sensato que narra estas dos anécdotas, todos los ejemplos nos enseñan que dentro de esta marcial civilización, y en todas aquellas que se le parecen, el estudio de las ciencias se adecua más a debilitar y a afeminar el valor que a reforzarlo y fomentarlo. Los romanos han confesado que la virtud militar se había apagado entre ellos a medida que empezaron a reconocerse en cuadros, en grabados, en jarrones de orfebrería y a cultivar las bellas artes; y como si esta comarca célebre estuviera destinada siempre a servir de ejemplo a los demás pueblos, la elevación de los Médicis y el restablecimiento de las letras han hecho sucumbir de nuevo y quizá para siempre aquella reputación guerrera que parecía haber recuperado Italia desde hacía algunos siglos. Las antiguas repúblicas de Grecia, con la sabiduría que reinaba en la mayoría de sus instituciones, habían prohibido a sus ciudadanos todos los oficios tranquilos y sedentarios que, al apoltronar y corromper el cuerpo, enervan en seguida el vigor del alma. En efecto, pensemos con qué cara pueden afrontar el hambre, la sed, las fatigas, los peligros y la muerte hombres que el menor esfuerzo hace retroceder. ¿Con qué valor soportarán los soldados los trabajos excesivos a los que no están acostumbrados? ¿Con qué ardor efectuarán marchas forzadas bajo el mando de oficiales que ni siquiera tienen fuerzas para viajar a caballo? Que no se me objete el valor renombrado de todos los guerreros modernos tan sabiamente disciplinados. Me elogian su bravura en un día de batalla, pero no se me dice cómo soportan el exceso de trabajo, cómo resisten el rigor de las estaciones y las intemperies del aire. Basta un poco de sol o de nieve, basta la privación de algunas superfluidades para fundir y destruir en pocos días el mejor ejército. Guerreros intrépidos, soportad de una vez por todas la verdad que os es tan extraña; sois bravos, lo sé; habríais triunfado con Aníbal en Cannes y en Trasímeno; con vo- sotros, César habría pasado el Rubicón y esclavizado el país; pero con vosotros el primero no habría atravesado los Alpes y el segundo no habría vencido a vuestros antepasados. Los combates no son siempre el éxito de una guerra y existe para los generales un arte superior al de ganar batallas. Uno puede correr hacia el fuego con intrepidez sin dejar de ser por ello un malísimo oficial: incluso en el soldado un poco más de fuerza y de vigor sería quizá más necesario que tanta bravura que no le guarda de la muerte; ¿y qué le importa al Estado que sus tropas perezcan a causa de la fiebre y el frío o a causa de la espada enemiga? Si la cultura de las ciencias es perjudicial para las cualidades guerreras, todavía lo es más para las cualidades morales. Desde los primeros años, una educación insensata adorna nuestro espíritu y corrompe nuestro juicio. Por todas partes veo establecimientos inmensos donde se educa a los jóvenes costosamente para enseñarles toda clase de cosas, salvo sus deberes. Vues- tros hijos ignorarán su propia lengua, pero hablarán otras que no se usan en ninguna parte; sabrán componer versos que comprenderán a duras penas; sin saber distinguir el error de la verdad, poseerán el arte de volverlos irreconocibles a los demás gracias a argumentos especiosos; pero las palabras magnanimidad, templanza, humanidad, valor, jamás sabrán lo que significan; el dulce nombre de patria nunca llegará a sus oídos; y si oyen hablar de Dios, será menos para temerle que para tener miedo de él. Decía un sabio: preferiría que mi alumno hubiera pasado el tiempo en un frontón; al menos tendría el cuerpo más ágil. Sé que hay que ocupar a los niños en algo y que la ociosidad es para ellos el peligro más temible. ¿ Qué es necesario que aprendan, pues? ¡He aquí, desde luego, una bonita pregunta! Que aprendan lo que deben hacer al ser hombres y no lo que deben olvidar. Nuestros jardines están decorados con estatuas y nuestras galerías con cuadros. ¿Qué pensáis que representan estas obras de arte expuestas a la admiración pública? ¿A los defensores de la patria? ¿O a esos hombres más grandes aún que la han enriquecido con sus virtudes? No. Son imágenes de todos los extravíos del corazón y de la razón, sacados con mucho cuidado de la mitología antigua y presentados precozmente ante la curiosidad de nuestros hijos; sin duda para que tengan a la vista modelos de malas acciones antes incluso de saber leer. ¿De dónde nacen todos estos abusos, sino de la desigualdad funesta introducida entre los hombres por la distinción de los talentos y por el envilecimiento de las virtudes? He aquí el efecto más evidente de todos nuestros estudios y su consecuencia más peligrosa. Acerca de un hombre ya no se pregunta si es honrado, sino si tiene talento; ni acerca de un libro si es útil, sino si está bien escrito. Las recompensas se prodigan a los espíritus brillantes y la virtud queda sin honores. Hay mil premios para los discur- sos bonitos, ninguno para las grandes acciones. Que alguien me diga, sin embargo, si se puede comparar la gloria atribuida al mejor discurso de todos los que serán galardonados en esta Academia con el mérito del que instituyó el premio. El sabio no corre detrás de la fortuna; pero no es insensible a la gloria; y cuando la ve tan mal distribuida, su virtud, que habría fomentado y hecho ventajosa para la sociedad un poco de emulación, languidece y se apaga en la miseria y el olvido. He aquí lo que, a la larga, debe producir en todas partes la preferencia por los talentos agradables sobre los talentos útiles y lo que ha confirmado completamente la experiencia desde la renovación de las ciencias y de las artes. Tenemos físicos, geómetras, químicos, astrónomos, poetas, músicos, pintores; ya no tenemos ciudadanos; y si todavía nos quedan algunos, dispersos en nuestros campos abandonados, donde mueren, indigentes y despreciados. Este es el estado al que han quedado reducidos, éstos son los sentimientos que obtienen de nosotros los, que nos proporcionan el pan y dan leche a nuestros hijos. Sin embargo, debo confesar algo: el daño no es tan grande como habría podido llegar a ser. La previsión eterna, al colocar al lado de ciertas plantas perjudiciales otras sencillamente saludables y en la substancia de varios animales dañinos el remedio para sus heridas, ha ense- ñado a los soberanos, que son sus ministros, a imitar su sabiduría. Gracias a su ejemplo, del seno mismo de las ciencias y de las artes, fuentes de mil irregularidades, ese gran monarca, cuya gloria no hará sino adquirir de año en año nuevo esplendor, sacó las célebres sociedades encargadas a la vez del peligroso depósito de los conocimientos humanos y del depósito sagrado de las costumbres, por la atención que prestan a mantener en ellas toda su pureza y exigirla a los miembros que reciben. Estas sabias instituciones reforzadas por su augusto sucesor e imitadas por todos los reyes de Europa servirán al menos de freno a las personas de letras que, al aspirar todas al honor de ser admitidas en las Academias, se vigilarán e intentarán hacerse dignas con obras útiles y costumbres irreprochables. De todas estas compañías, aquellas que, para los premios con los que honran el mérito literario, escojan temas capaces de reanimar el amor a la virtud en los corazones de los ciudadanos demostrarán que este amor reina en ellas y proporcionarán a los pueblos ese placer tan raro y tan dulce que es ver cómo se vuelcan las sociedades sabias para derramar sobre el género humano no sólo luces agradables, sino también instrucciones saludables. Por lo tanto, que no se me plantee una objeción que no es para mí sino una nueva prueba. Tantos cuidados muestran perfectamente la necesidad de adoptarlos y no se buscan remedios a males que no existen. ¿Por qué es necesario que éstos contraigan por su insuficiencia misma el carácter de remedios ordinarios? Tan- tos establecimientos hechos para beneficio de los sabios están capacitados para imponerse sobre los objetos de las ciencias y para dirigir los espíritus hacia su cultura. Si consideramos las precauciones que se adoptan, parece como si hubiera demasiados labradores y que se temiera carecer de filósofos. No quiero aventurar aquí una comparación entre la agricultura y la filosofía: sería insoportable. Unicamente preguntaré: ¿qué es la filosofía? ¿De qué tratan los escritos filosóficos más conocidos? ¿Qué lecciones nos dan los amigos de la sabiduría? Cuando los escuchamos, ¿no se les tomaría por una tropa de charlatanes que gritan, cada cual por su lado, en una plaza pública: Venid a mí, sólo yo no engaño a nadie? Uno pretende que no hay cuerpo y que todo es representación. Otro, que no hay más substancia que la materia ni otro dios que no sea el mundo. Este nos adelanta que no existen las virtudes ni los vicios y que el bien y el mal moral son quimeras. Aquél, que los hombres son lobos y pueden devorarse con la conciencia tranquila. ¡Grandes filósofos! Ojalá reservarais estas lecciones provechosas para vuestros amigos y para vuestros hijos; recibiríais pronto su precio y no temeríamos encontrar entre los nuestros uno de vuestros sectarios. ¡Aquí tenéis a los hombres maravillosos a los que se ha prodigado en vida la estima de sus contemporáneos y reservado la inmortalidad después de muertos! He aquí las sabias máximas que hemos recibido de ellos y que transmitiremos a nuestra descendencia de generación en generación. ¿Acaso el paganismo, librado a todos los extravíos de la razón humana, ha dejado a la posteridad algo comparable con los monumentos vergonzosos que le ha preparado la imprenta bajo el reinado del Evangelio? Los escritos impíos de los Leucipes y de los Diágoras han muerto con ellos. Todavía no se había inventado el arte de eternizar las extravagancias del espíritu humano. Pero, gracias a los caracteres típográficos6 y al uso que hacemos de ellos quedarán para siempre las peligrosas divagaciones de los Hobbes y Spinoza. Vamos, escritos célebres de los que no habrían sido capaces la ignorancia y la rusticidad de nuestros padres; acompañad hacia nuestros descendientes las obras todavía más peligrosas de las que se desprende la corrupción de las costumbres de nuestro siglo y llevad conjuntamente a los siglos venideros la historia fiel del progreso y de las ventajas de nuestras ciencias y nuestras artes. Si os leen, no les dejaréis ninguna perplejidad acerca de la cuestión que debatimos hoy: y, a menos que sean más insensatos que nosotros, alzarán las manos al cielo y dirán con el corazón lleno de amargura: "Dios todopoderoso, tú que tienes a los espíritus en tus manos, líbranos de las luces y de las artes funestas de nuestros padres y devuélvenos a la ignorancia, a la inocencia y a la pobreza, únicos bienes que pueden hacer nuestra felicidad y que tú consideras preciosos." Pero si el progreso de las ciencias y de las artes no ha añadido nada a nuestra verdadera felicidad; si ha corrompido nuestras costumbres y si la corrupción de las costumbres ha atentado contra la pureza del gusto, ¿qué vamos a pensar de la multitud de autores elementales que han apartado del templo de las Musas las dificultades que impedían su acceso y que había sembrado la naturaleza como prueba para las fuerzas de aquellos que se vieran tentados de saber? Qué debemos pensar de los compiladores de obras que han roto indiscretamente la puerta de las ciencias e introducido en su santuario a un populacho indigno incluso de acercarse a él; mientras que habría sido preferible que todos aquellos que no hubieran podido llegar lejos en la carrera de las letras se hubieran echado atrás en el umbral mismo y se hubieran lanzado al ejercicio de las artes útiles para la sociedad. Aquel que va a ser durante toda su vida un mal versificador, un geómetra subalterno, habría llegado a ser quizá un gran fabricante de tejidos. Los que la naturaleza destinó a tener discípulos no han necesitado maestros. Los Veru1am, Descartes y Newton, preceptores del género humano, no los han tenido; ¿y qué guías los habrían conducido hasta donde les ha llevado su vasto ingenio? Maestros ordinarios no habrían hecho sino menguar su entendimiento al encerrarlo en la estrecha capacidad del suyo propio. Gracias a los primeros obstáculos han aprendido a esforzarse y se han ejercitado salvando el espacio inmenso que han recorrido. Si hay que permitir a ciertos hombres el librarse al estudio de las ciencias y de las artes, es a aquellos que tengan fuerzas para andar solos en su busca y para adelantarlas. A esta minoría corresponde levantar monumentos a la gloria del espíritu humano. Pero si se quiere que nada se encuentre por encima de su genio es necesario que nada se encuentre por debajo de sus esperanzas. He aquí el único estímulo que necesitan. El alma se adapta insensiblemente a los objetos que la ocupan y sólo las grandes ocasiones hacen a los grandes hombres. El príncipe de la elocuencia fue cónsul de Roma y quizá el más grande de todos los filósofos, canciller de Inglaterra. ¿Es creíble que si uno de ellos hubiera ocupado únicamente una cátedra de cualquier universidad y el otro no hubiera obtenido más que una módica pensión académica, es creíble, digo, que sus obras no se habrían resentido por ello? Que los reyes no desdeñen admitir en sus consejos a las personas más capacitadas para aconsejarles acertadamente: que renuncien al viejo prejuicio inventado por el orgullo de los Grandes según el cual el arte de conducir pueblos es más difícil que el de ilustrarlos: como si fuera más fácil inducir a los hombres a hacer el bien por las buenas que coaccionarlos a ello. Que los sabios de primer orden encuentren asilos honrosos en sus cortes. Que obtengan de ellas la única recompensa digna; la de contribuir con su crédito a la felicidad de los pueblos a los que habrán enseñado la sabiduría. Solamente entonces se verá lo que pueden la virtud, la ciencia y la autoridad fomentadas por una doble emulación y trabajando unánimemente para la felicidad del género humano. Pero en tanto se encuentre el poder solo de un lado y las luces y la sabiduría solas del otro, pocas veces pensarán los sabios grandes cosas, pocas veces los príncipes harán cosas bellas y los pueblos seguirán siendo viles, corruptos y desgraciados. En cuanto a nosotros, hombres vulgares a quienes el cielo no ha deparado tan grandes talentos y a los que no destina a tanta gloria, permanezcamos en nuestra oscuridad. No persigamos una reputación que se nos escaparía y que, en el estado de cosas actual, nunca nos devolvería lo que nos hubiera costado, aun cuando tuviéramos todos los derechos para obtenerlo. ¿Para qué buscar la felicidad en la opinión del prójimo si podemos encontrarlo en nosotros mismos? Dejemos a nosotros el cuidado de instruir a los pueblos en sus deberes y limitémonos a cumplir los nuestros, no necesitamos saber más. ¡Oh, virtud! Ciencia sublime de las almas sencillas, ¿hacen falta tantos esfuerzos y tanto aparato para conocerte? ¿Acaso tus principios no se encuentran grabados en todos los corazones y no basta, para aprender tus leyes, con mirarse a sí mismo y escuchar la voz de la consciencia en el silencio de las pasiones? He aquí la verdadera filosofía, sepamos contentarnos con ella; y, sin envidiar la gloria de los hombres célebres que se inmortalizan en la república de las letras, intentemos poner entre ellos y nosotros la distinción gloriosa que se apreciaba antiguamente entre dos grandes naciones; una de ellas sabía hablar bien, la otra, hacer bien.


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